viernes, 20 de noviembre de 2020

Alejandro Sux, poeta anarquista


Alejandro Sux por el Vizconde de Lascano Tegui

"Alejandro Sux llegó a París con una mano atrás y otra adelante. No se sabe, ni lo dijo entonces, qué expediente lo había traído. Se presentó de improviso, su título era el de poeta, su nobleza, la de ser un anarquista. Apenas era poeta. Era incapaz de ser anarquista.
No tenía otro programa que vivir. No tenía dinero. Ni monedas falsas como aquella que trajo Cádiz. Su único amigo era un ácrata empleado como lavaplatos en un hotel. Todas las tardes le pasaba por una ventana del hotel, un huevo que lograba substraer a una tortilla y un pedazo de carne devuelta por algún cliente.
Yo me había encargado de suministrarle un litro de leche que el lechero dejaba a crédito delante de mi puerta y veinte centésimos de pan que con igual inocencia me traía el panadero.
Sux cuando llegó el invierno, se halló sin sobretodo. Amador le regaló su traje árabe. Sux se dejó la barba y la gente de los bulevares le siguió con curiosidad. Era un árabe arrogante y decidido.
Un día, su único menú, el litro de leche, el huevo y el pan estaban sobre la mesa. Estaba aburrido de tomar la leche fría y el huevo crudo. Pensó en reunir los dos elementos y hacer algo así como un candeal polar y sin azúcar. Rompió la cáscara y vertió el huevo en la botella. Apenas pasó. Era un pollito que fue a enturbiar la leche.
Sux quedó durante una hora angustiado frente al litro de leche inservible y al huevo demasiado huevo. Su hambre crecía en proporción a su fracaso y el tiempo que corría.
Y se tomó el pollito líquido.
No pudiendo comer, Sux se emborrachaba. Alcohol o éter. Una noche vino a mi cuarto con Amador. Una botella de éter que sorbieron mientras yo protestaba y pateaba. Amador cayó sobre mi cama. Sux en el sofá. Yo dormí en el suelo.
A media noche, gran sobresalto. Sux quiere matar a Amador. Pero no puede. Le pasa la mano por la garganta y aprieta. Amador sueña con cosas mejores y Sux llevado por el éter a los paraísos estúpidos y artificiales, quiere cometer un crimen elegante y sin premura.
Yo soy la única víctima tendido en el suelo, mi cabeza sobre una valija, mis pies sobre una silla desvencijada."


 

viernes, 18 de septiembre de 2020

Los libros de Marcelo Abadi en Simurg


 

De El filósofo y su alumna, volumen de próxima aparición, ofrecemos a título de anticipo el ensayo «Las manos de René».

¿Quién no se ha sentido perplejo alguna vez al observar sus propias manos? 
Descartes mira las suyas mientras sujetan un papel, y se pregunta si existen realmente. Luego se contesta: ¿cómo podría negar que estas manos y este cuerpo sean míos? Lo contrario sería propio de locos, piensa. Pero quizás el filósofo sea un tal loco, uno que se ha vuelto loco a fuerza de protegerse de un mundo de incertidumbres y errores.
Es de noche. Descartes está en robe de chambre, sentado frente al fuego, pero ¿cómo asegurarse de que no está desnudo en la cama? Se ha propuesto dudar de todo aquello que aprendió hasta ese momento, incluyendo las circunstancias en las que se encuentra. 
Y por si no bastara considerar la posibilidad de la locura, se pregunta si todo aquello que tuvo por real, todo lo que está frente a él, no es solo sueño.
Surge entonces, como para el náufrago la visión de una tierra firme, la certidumbre de que no hay sueño sin soñador, ni pensamiento sin alguien que piense. Cogito, sum. Pienso, soy: esa es la primera verdad, la verdad indubitable sobre la cual se levantará todo el edificio del saber. En el Discurso del método, de 1637, era «pienso, luego soy», «cogito, ergo sum». En la primera Meditación, de 1641, es «pienso, soy». Una intuición instantánea, no un silogismo.
Ahora bien, el discurso más racional se sustenta en la particular experiencia de quien lo formula. 
Descartes vivió el miedo, el desprecio, el amor y también el odio. Tuvo una hija natural cuya muerte, según dijo, le provocó la mayor pena de su existencia. (Y eso, en tiempos en los que no se hacía mucho caso de la pérdida de los hijos.) 
Por otra parte, sabía bucear en las razones o los motivos de sus sentimientos. Ejemplo: su amigo Pierre Chanut, representante de Francia ante la reina Cristina de Suecia, le pregunta en una carta, por encargo de esa reina, a qué se debían las preferencias que se tienen por una persona determinada. A esa consulta el filósofo contestó, el 6 de junio de 1647, en primera persona. Contó que de niño había amado a una chica estrábica de su misma edad. Desde entonces, y durante mucho tiempo, experimentó una fuerte inclinación por las mujeres bizcas hasta que entendió que el estrabismo no era una ventaja, sino un defecto. 
A partir del amor primero, razonaba el filósofo, se habrían formado en su cerebro unos pliegues que se activaban cada vez que veía a una mujer con una mirada similar a la de la niña de entonces. 
Fue una de las decepciones de Descartes. No la ú­nica.
El miedo de vivir en una guerra de todos contra todos, el espanto frente al silencio eterno de los espacios infinitos, la tristeza por la muerte de un amigo dilecto, el asombro, todos esos sentimientos reverberan en los sistemas filosóficos, aun en los que culminan en vastos palacios de la razón, esos palacios que, según se dijo, los hombres pueden admirar pero no habitar. «El corazón tiene sus razones que la razón no comprende», anotó Pascal. Y aunque esas razones no determinen la verdad o la falsedad de las construcciones racionales, las recorren subterráneamente. 
La primera razón del saber no es una pura razón. Lo sabía ya Aristóteles, que apuntaba que el asombro, y no otra cosa, es el origen del filosofar. 
Por su parte, Descartes parte de la puesta en duda de todos los conocimientos. Se ha dicho que la suya es una duda metódica, hiperbólica, llevada al extremo con el fin de encontrar una verdad que le resista, dar con una roca inconmovible sobre la cual construir el edificio de la ciencia, una ciencia que nos haga amos y señores de la naturaleza, y de nosotros mismos.
Esa duda, bien puede tener origen, no tanto en una decisión metodológica como en un sentimiento profundo de decepción. (1)
Expuesta en El discurso del método en 1637 y en las Meditaciones metafísicas en 1641, la duda cartesiana parte de la desconfianza en los conocimientos provenientes de los sentidos, como en el antiguo escepticismo, pero se extiende al cuerpo propio y a toda existencia. Podemos ser engañados por un Dios benevolente o aun por un genio maligno que no vacila en conducirnos a arenas movedizas para hundirnos en ellas para siempre. 
En El discurso del método Descartes cuenta su situación al terminar los estudios en el Colegio de La Flèche. Sus maestros le han enseñado lindas frases, pero nada cierto, y decide entonces ir a leer en «el gran libro del mundo». Toma las armas, aunque más que guerrear acompaña ejércitos, visita cortes reales y también a alquimistas, a supuestos poseedores de saberes ocultos. Y se pregunta qué camino seguir en la vida. Las largas deducciones de las matemáticas lo deslumbran, pero no alcanzan a darle seguridad en lo que hace a la conducción de su existencia.
Dicen que su padre, hombre próspero de la pequeña nobleza, no lo apreciaba. Según él, solo serviría para ser encuadernado en cuero. En cuanto a su madre, se cita una carta que el filósofo envió a la princesa Elisabeth en 1645, o sea ya cerca de la cincuentena. Decía: «Habiendo nacido de una madre muerta pocos días después de mi nacimiento por una enfermedad pulmonar causada por algunos disgustos [...]», cuando en realidad la mujer murió cerca de un año después de su nacimiento, alumbrando a otro hijo, que a la vez murió a los tres días. Si este falso cuadro familiar indica o no el origen de la decepción de Descartes, puede ser tema para psicoanalistas. De todos modos, cabe suponer que en esa época no se prestaba tanta atención como ahora a las muertes de los infantes. No mucho tiempo antes, Montaigne contaba que había perdido dos o tres hijos durante el alumbramiento. Dos o tres. Ni se acordaba bien de cuántos.
Lo cierto es que Descartes describe cada error como la privación de algo que nos es debido. Llevado al extremo, este sentimiento da origen en las Meditaciones de 1641 a la hipótesis de que existe un temible deceptor, un gran mentiroso que se complace en engañarnos. No es Dios, claro, es un geniecillo maligno, y muy poderoso.
Se entiende que la decepción esté acompañada por sentimientos afines. Borges, que no era particularmente devoto del filósofo francés, le consagra un poema en el que le hace decir: 

Siento un poco de frío, un poco de miedo. 
Sobre el Danubio está la noche.
 
¿Miedo? ¿Por qué no? Descartes sintió un gran temor, acaso justificable. En 1633, al enterarse de la condena de Galileo decide no dar a conocer su Tratado del mundo. Adopta como divisa el «bene vixit, bene qui latet» (bien vive aquel que bien se esconde) de Ovidio. Evita discutir con los doctores de la Sorbona, se va a vivir a los Países Bajos, donde busca seguridad para desarrollar su doctrina.
En las exposiciones de esa doctrina, después de cuestionar las informaciones que provienen de los sentidos, pone en duda la propia existencia de las cosas. No solo duda de cómo son, sino también de que sean. Es el solipsismo. Solo yo existo. Y aun yo, ¿existo realmente? En una de sus etapas, la duda alcanza la propia existencia. ¿Es una locura dudar de sí mismo? El filósofo está dispuesto a perder la razón, a volverse loco con tal de alcanzar una certidumbre entera y esa certidumbre llega cuando, desprovisto de toda creencia, cae en la cuenta de que para que haya engaño debe haber engañador y engañado, y que para pensar hay que ser. 
A partir de ese yo memorable que surge entonces, y alcanzada luego la prueba (o hecha la apuesta) de que hay un dios y de que ese dios no puede querer engañarnos, el conocimiento se torna posible. No cualquier conocimiento, claro, sino el que procede con ideas claras y distintas, el que avanza con la certidumbre de las matemáticas.
Descartes derriba luego la barrera que separa las matemáticas de la física, y la física de la biología. Expulsa de la ciencia la consideración de las causas finales, y llegando al terreno de la vida entiende a los animales como máquinas. En su concepción de la realidad distingue por una parte el pensamiento, por otra la extensión. Ah, y Dios, sí, pero no hay ningún papel para él en el desarrollo del saber. Nos creó, nos crea a cada instante, creó las verdades eternas y garantiza que lo que concebimos clara y distintamente es verdadero. Además, dispuso el mundo de tal modo que en él rija –descubre Descartes– el principio de inercia, lo cual significa que nada se modifica sin razón. Nihil sine ratione. Listo.
Desgraciadamente, la física cartesiana fue floja y su biología disparatada. La duda metódica, por otra parte, fue puesta en cuestión por su posteridad racionalista. Leibniz pretendió destruirla, establecer graduaciones. El filósofo alemán anotaba: «Que deba dudarse, como dice Descartes, de todas las cosas en las que hay hasta la menor incertidumbre, sería preferible expresarlo con esta fórmula mejor y más clara: debe pensarse qué grado y cuál merezcan de asentimiento o disentimiento».
Por mucho tiempo nadie retomó, en el principio de la filosofía, ese voto de pobreza que consistía en el rechazo de todo aquello sobre lo cual pudiera planear la más mínima duda.
Pero Husserl entendió, siglos después, que el gesto cartesiano era el comienzo obligado de todo filosofar. En 1929, invitado a explicar la fenomenología en la Sorbona, dijo, y no solo por cortesía: «Todo aquel que quiera seriamente convertirse en filósofo debe, “una vez en la vida”, replegarse sobre sí mismo y, dentro de sí mismo, voltear todas las ciencias admitidas hasta aquí y tratar de reconstruirlas. La filosofía –la sabiduría– es de alguna manera un asunto personal del filósofo. Debe ser [...] su saber». Y luego: «Las Meditaciones de Descartes no quieren ser una cuestión puramente privada del filósofo Descartes [...] Por el contrario, dibujan el prototipo de [...] las meditaciones necesarias a todo filósofo que comience su obra».
Por cierto, Husserl no pretendía recomendar a ningún aspirante a filósofo una temporada en el infierno de la decepción, que tal vez conoció cuando en los albores del nazismo su discípulo Heidegger cruzaba a la vereda opuesta para no tener que saludarlo. 
Una de las desilusiones de Descartes fue, como él le contaba a Chanut, advertir que el estrabismo no era una ventaja. Sin embargo, parece que tardó bastante en descubrirlo. El estrabismo que evoca no es el llamado convergente, sino el divergente, como lo sugiere al recordar conmovido la mirada perdida de sus amadas. (¿Y si no se hubiera equivocado? ¿Acaso un tal estrabismo no fue atribuido a la mismísima Venus, la diosa del amor?) 
Descartes amó las dueñas de aquellos ojos que se extraviaban por los cielos a los que no ascendía su orgullosa filosofía.
Nada dice su autor sobre Hélène, la mamá de Francine. Se sabe que era la mucama de unos amigos, pero se ignora cómo era su mirada.
Otras dos mujeres importaron en su vida pública, y no eran del gremio de las servidoras. La primera fue Isabel de Bohemia y del Palatinado, cuya dinastía fue derrotada en Praga, en la batalla de la Montaña Blanca, y que se instaló en los Países Bajos. Isabel era una joven de rara inteligencia que mantuvo una correspondencia muy elevada con Descartes. La segunda fue una reina, la muy singular y varonil Cristina de Suecia. Ella lo quería tener en su corte, en Estocolmo, para que le diera lecciones de filosofía. Descartes vacilaba, temía el invierno del país de los osos, según decía. Finalmente aceptó, acaso para influir a favor de Isabel, más probablemente para asegurarse una pensión. 
La reina se hacía dar clase a las cinco de la mañana. Descartes había llegado en noviembre de 1549; en febrero de 1650 murió. De neumonía, se dijo.
¿O bien asesinado? Un historiador alemán conjeturó, con argumentos no tan insensatos, que el muy ortodoxo cardinal Viogué, de la corte de la Reina, había envenenado con arsénico a su peligroso rival. Los rastros del arsénico quedan por mucho tiempo en el cuerpo, y se podrían aún advertir, dijo el alemán, si tan solo se examinaran los restos. Lo cual no se hizo.
Años tardó en colocarse el cadáver en su ataúd final, un ataúd de cobre, y ser llevado a Francia. Ahí anduvo dando vueltas por París hasta terminar, no en el Panteón, sino en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. Al cadáver le faltaba el cráneo. Y las manos estaban despegadas de los brazos, esas manos que él había mirado perplejo aquella noche junto al fuego. 

[1] Cf. Ferdinand Alquié, La découverte métaphysique de l’homme chez Descartes, Paris, 1950. El primer capítulo de esta obra magistral se titula "La déception".


jueves, 30 de abril de 2020

Los sorias de Alberto Laiseca


Cuatro ejemplares diferentes de "Los sorias", de Alberto Laiseca.

Fichas técnicas:

Los sorias [novela]. Prólogo de Ricardo Piglia. Primera edición: junio de 1998. Idea original de tapa: Guillermo Kuitca. Tirada destinada a la venta: 350 ejemplares sobre papel Chambrill, numerados a mano y firmados por el autor. Tirada de cabecera: 7 ejemplares numerados en romanos y firmados por el autor, impresos especialmente para Alberto Laiseca, Ricardo Piglia, Guillermo Kuitca, César Magrini, Sylvia Saítta, Liliana Zuccotti y Gastón Sebastián M. Gallo sobre papel Bookcel de 60 g. 1.342 pp. ISBN: 987-9243-09-9
Segunda edición: octubre de 2013. 500 ejemplares en papel Chambrill de 70 g. ISBN: 978-987-554-193-1
Tercera edición: julio de 2017. 1000 ejemplares sobre papel Bond Polar de 63 g, guardas en papel Sirio color cherry de 140 g y tapas en Lustar Gloss Mediaprint de 350 g (rústica). ISBN: 978-987-554-215-0

sábado, 9 de noviembre de 2019

Presentación de la novela "Detrás del silencio" de Claudia Yelin

El martes 12 de noviembre, a las 19 hs, se presenta en DAIN Usina Cultural (Nicaragua 4899 - Palermo) la novela Detrás del silencio de Claudia Yelin.

Panelistas: Lic. Josefina Rabinovich, Dra. Mabel Marcinavicious, Dra. Mercedes Jones.




miércoles, 11 de septiembre de 2019

Matías Stiep: Lavalle o la cruel memoria



Matías Stiep

Lavalle o la cruel memoria

Novela histórica
288 pp.

ISBN 978-987-554-222-8

Cansado y enfermo, perseguido con locura por el comandante federal Oribe y su ejército, Juan Lavalle escapa como puede hacia el norte con sus últimos hombres. Mientras, rememora. Irrumpirán las voces del ayer: su viejo maestro San Martín; Juan Manuel de Rosas, aquel hermano, este Restaurador que ordenó su muerte; su esposa Dolores Correas, tan lejana; y también la sombre infinita del fusilado Manuel Dorrego. Le dirán héroe y asesino. Libertador y golpista. Amante y traicionado. Salvador y enemigo del pueblo. Así interpelado, Lavalle recuerda su vida... o tal vez la reinventa, buscando olvidar sus afrentas, sosegar las contradicciones que lo corroen como su fiebre, incuso explicarse la Patria, esa quimera. Así acosado, Lavalle corre hacia su final tremendo, cazado por la cruel memoria y por ese "destino que nos espera a todos nosotros, desvalidos y desamparados como estamos".

* * *

"Maldigo tu nombre subiendo por el Camino Real con las trizas de mi Legión Libertadora. Meto espuela en los costillares rajados; atrás suenan disparos: sin pausa ni respiro viene Oribe, el brazo enardecido de Juan Manuel de Rosas, antes amigo, hoy monstruo.
El Tirano. Tu compadre.
Apenas oigo los tiros allá atrás, ya no los cascos contra el norte salteño. Blando me dejo llevar por mi tordillo extenuado por las horas y más horas de galope ininterrumpido delante de Oribe, sus lanzas, su locura. No duermo, no puedo desde que salimos de Salta. La fiebre. La náusea en la boca cuarteada. Los años... No, la vida entera peleando por esta causa...
¿Fue solo una? ¿Acaso fue tan nítida, tan luminosa como ahora lo sugiere la nostalgia?
Es cruel, cuando cae la tarde, el ejercicio de la memoria."

jueves, 1 de agosto de 2019

Pablo Albarello: Mi padre fue un destacado Hombre Bala


Pablo Albarello: Mi padre fue un destacado Hombre Bala
ISBN: 978-987-554-224-2
208 pp. [Cuentos]



Mi padre fue un destacado Hombre Bala


 
Tarde, quizás, logré comprender con cuánta fuerza el ADN de un hombre, su razón de ser, su explicación en esta vida, están determinados por su trabajo; y cómo, cuando ese trabajo responde a una obsesión, se hace un deber ineludible apretar los puños, mirar hacia adelante y seguir, hasta el último aliento. Obdulio Joaquín Carbonel, mi padre, fue un destacado Hombre Bala, esa fue su obsesión, a ese arte curioso dedicó su vida y hoy, con sesenta y cinco años, tal vez lo hayamos perdido en el aire para siempre.
Para comenzar esta historia, tal vez se haga necesario ilustrar al poco conocedor sobre las características de la disciplina –los circos, en definitiva, ya hace tiempo que han dejado de ser lo que eran. El Hombre Bala es aquel atleta que se introduce voluntariamente en el tubo de un cañón, con una deflagración se dispara, surca el aire y aterriza sobre una malla de contención, pileta de agua u otro tipo de superficie amigable, ubicada a una distancia previamente estipulada.
“Bum bum” Carbonel –ese fue el nombre artístico que adoptó mi padre– comenzó con su arte a temprana edad en el circo de los hermanos Rosaspini, de la ciudad de Pergamino. Al principio –como se acostumbraba en el rubro– de aprendiz: asistía a un Hombre Bala yugoeslavo, el “Gran Burklev”; lo ayudaba a introducirse en el cañón, colocaba la carga de pólvora, encendía la mecha y –algunas veces– lo iba a buscar con la camionetita del circo hasta un monte de acacias próximo cuando los cálculos de vuelo fallaban.
Un día de febrero del año ’63 en la vida de mi padre se produjeron dos eventos decisivos: Rómulo Rosaspini, socio gerente del circo, lo llamó a la oficina y convidándole un puro le extendió el codiciado “carnet de vuelo”, documento a partir del cual el Hombre Bala ya está en condiciones de ejecutar su primer disparo; por otro lado, conoció a Rosalía Zapata, mi madre, costurera de la tienda de moda Sánchez y Sánchez, donde “Bum bum” llevó inmediatamente a bordar la capa de raso rojo, la camiseta y los calzoncillos largos al tono que utilizaría para el bautismo de fuego. Mi madre, de diecisiete  años, le bordó con cuidadoso punto ciento setenta y dos estrellas plateadas; mi padre, de diecinueve, le hizo prometer que iría a ver su número al circo y se enamoraron al instante.
“Bum bum” Carbonel y mi madre se casaron al poco tiempo y un año después nací yo. Se vivía la segunda mitad de la década del ’60, años prósperos para el país y la época de oro del circo, sobre todo en las ciudades y los pequeños poblados del interior bonaerense. Mi padre ganaba buen dinero, con mi madre compraron a crédito una casita con un amplio terreno de fondo en Pergamino. Los Hermanos Rosaspini, que habían comenzado con una modesta carpa, dos payasos y un par de elefantes alquilados, en poco tiempo se transformaron en empresarios poderosos, comenzaron a otorgar franquicias y el Circo Rosaspini fue estableciéndose con gran impacto publicitario en cada población con más de seis mil habitantes de la provincia.
Mi padre, que ya comenzaba a adquirir fama, tuvo por entonces una iniciativa audaz: con la autorización de los hermanos y tras cuidadosos cálculos de vuelo comenzó a dispararse de una carpa a la otra, de modo que en el transcurso de una semana su número podía ser visto en Lincoln, Baradero, Bahía Blanca, Azul, Necochea, Ranchos, Puán, Daireaux, Junín, Pehuajó, para volver a iniciar la ronda a la semana siguiente.
Sus ingresos lógicamente se multiplicaron, lo que trajo prosperidad a la familia. Recuerdo que yo apenas comenzaba el jardín de infantes y mi padre ya me había comprado el Escalectric y la pista de autos de carrera, y cada verano íbamos a veranear dos meses completos a Potrero de los Funes, San Luis. Pero cuanto más trabajo y éxito artístico acumulaba “Bum bum” Carbonel, menos presente estaba en el hogar y con mi madre comenzamos a sentir su falta.
La ceremonia elemental de compartir un almuerzo en familia, durante meses comenzó a hacerse una práctica casi irrealizable. Cuando se hacían las once de la mañana, todavía en paños menores, mi padre daba un salto de la silla, dejaba un mate a medio tomar y corría al cuarto matrimonial a ponerse el traje de estrellas, las botas y el casco. “Me tengo que ir volando”, decía. Y, aunque niño, yo comprendía que no estaba hablando en sentido metafórico, se iba volando en serio. Partía hacia el circo para dispararse hacia alguno de sus múltiples destinos. Mi madre, entonces, lo esperaba en la puerta con una porción de tarta, un pebete de matambre con mayonesa, delicadamente envueltos y colocados en una lanchera, que él se cruzada a la espalda, para abrirla y comer ya en el aire, a los apurones, siempre frío.
Por aquellos días también se resintió nuestra relación padre-hijo. Lo que unos meses antes había sido un trato cómplice y afectuoso, comenzó a enrarecerse. Recuerdo con angustia mis infructuosas corridas a la salida de la escuela: “Papi, te traje el boletín”, gritaba yo agitando el documento escolar en la mano, pero el gran “Bum bum” ya se había disparado, sobre la nube acre de la explosión veía surgir su estampa imborrable, que se elevaba por sobre mi cabeza rumbo a la bóveda celeste, mientras me miraba con una expresión abstraída, como en sintonía plena con la inmensidad límbica, ya sin retorno.
Esa fue la traza de nuestra relación a partir de allí, siempre de pasada, y yo paulatinamente comencé a odiar el circo, porque era precisamente el circo el que me escamoteaba a mi padre. La psicóloga a la que comenzó a llevarme mi madre insistía con que “Bum bum” Carbonel técnicamente no era un padre “ausente”, sino “en tránsito”.
Así se mantuvo nuestra vida por ese tiempo, hasta que en el año 1975 se produjo un accidente que puso las cosas patas para arriba. El protagonista directo no fue mi padre sino Goliath, el enano que el circo había incorporado como ayudante para el número del Hombre Bala. Un viernes por la mañana mi padre amaneció con gripe, Remo Rosaspini decidió que Goliath ya estaba lo suficientemente capacitado como para reemplazarlo mientras durase la enfermedad, y entonces un error desencadenó la tragedia. Para un hombre robusto de noventa y cinco kilos de peso y un metro noventa de estatura como era en ese momento mi padre, la carga de pólvora necesaria para catapultarlo al éter nunca podía ser la misma que para un enano, sin que esto suene peyorativo para los liliputienses, que no se malinterprete. Pues nadie reparó en el detalle. Con la carpa rebosante de público, llegado el número del Hombre Bala, Goliath tomó posición dentro del cañón, se produjo la deflagración y a la velocidad de una bala de mortero genuina, el infortunado hizo un boquete en lo alto de la carpa y se perdió de vista al instante.
El cuerpo nunca fue encontrado, por la orientación del cañón se especula que cayó para el lado del Paso Cristo Redentor, Mendoza, pero en los hechos no se supo más de él. La viuda de Goliath inició un juicio civil contra los Hermanos Rosaspini, se debió pagar una indemnización millonaria, el circo quebró y sus franquicias se esfumaron dejando a unas seiscientas familias en la calle.
Como dije anteriormente en mi casa llevábamos un nivel de vida desahogado, pero mis padres nunca habían tomado la previsión ahorrar y pronto comenzamos a sufrirlo. Mi madre volvió a los trabajos de bordado para la antigua casa Sánchez y Sánchez y mi tío Delsio, el hermano de mi padre, se ofreció a intermediar para conseguirle un puesto a sueldo fijo en el municipio.
Corría el año ’77, se conmemoraba en Pergamino el 120° aniversario del natalicio del Dr. Ademar Milanese, un reputado intendente local, la Secretaría de Cultura había planeado entre otros fastos mandar a hacer un busto recordatorio y colocarlo en el patio interno del Palacio Municipal, pero la obra había resultado demasiado onerosa, los plazos se acortaban y el Departamento de Contrataciones buscaba de urgencia a alguien con alguna dote de actor para que cumpliera con la tarea.
Mi padre les cayó como anillo al dedo. Así, Obdulio Joaquín Carbonel, de profesión Hombre Bala, comenzó a ponerse chaquet, pegarse bigotes de utilería, colocarse dentro de un falso pedestal y, maquillado de blanco e intentando moverse lo menos posible, de lunes a viernes y por un sueldo básico de auxiliar primero, comenzó a hacer de busto del Intendente Ademar Milanese.
Una broma de mal gusto, podrá argüirse, ¿“Bum bum” Carbonel, el as del aire, el elegido que por intermedio de su arte consigue librarse de los lazos que lo atan a la condición terrestre para surcar los cielos pampeanos como el bello sirirí o la gallareta, condenado a trabajar de estatua en el patio de una oscura repartición pública? Pero todo es tan voluble en este mundo, los argumentos más firmes se vuelven tan escurridizos cuando deben pasar por el tamiz de la necesidad y del apremio inmediatos.
Comenzaron, entonces, las discusiones con mi madre. Si bien nunca hablaban estando yo presente, percibía la tirantez. Mi madre era la voz de la mesura, de la sensatez y los excesos del arte, se sabe, se conjugan mal con las urgencias de la vida concreta. “Bum bum” Carbonel aguantó cuanto pudo, trabajó de busto del Intendente Milanese un mes exacto y una mañana muy temprano una explosión conocida me hizo dar un salto en la cama: el cañón de lo quedaba del Circo Rosaspini había vuelto a la vida para un último acto. Mi padre se disparó llevándose únicamente lo puesto y en los veinticinco años siguientes nadie volvió a verlo.
Hijo único y con apenas doce años, comprenderán cómo me afectó aquello. Las primeras semanas no conseguía dormir, eran noches afiebradas en las que no dejaba de soñar con mi padre: lo veía entrando al cuarto, inclinándose sobre la cama, lo escuchaba decirme en un murmullo “¿Cómo va eso, Joaquincito?”. En la oscuridad no alcanzaba a verle los ojos, pero podía percibir el olor fuerte de la pólvora en sus manos y en el cabello. De golpe la figura se esfumaba y acto seguido se oía el inequívoco disparo del cañón.
Los primeros dos años, mi madre se negó a hacer mención del asunto. Más tarde supe por mi tío Delsio que puntualmente cada mes se acreditaba en su cuenta un depósito proveniente de algún lugar del mundo, que mi tío debía retirar para hacérselo llegar a mi madre. El tiempo, luego, transcurrió veloz, yo crecí e hice mi vida. Terminado el colegio me puse a estudiar comunicación social, decidí que iba ser periodista. Comencé a trabajar en “La Mañana”, el diario local, donde conocí a Mariela, una empleada del departamento publicitario. Nos casamos demasiado pronto, no nos llevamos bien y al poco tiempo nos separamos.
Si bien yo trabajaba en la sección económica, en la redacción siempre estaba atento a las noticias de circo y en un par de oportunidades logré dar con el rastro de “Bum bum”. La primera fue en el año ’85, un cable de agencia elogiaba la presentación de un Hombre Bala argentino en el circo de Los Hermanos Gasca de la ciudad de Barranquilla, Colombia. A continuación describía el número; si bien no consignaba su nombre, por la información no cabían dudas de que se trataba de mi padre. La segunda fue en una revista australiana de turismo que llegó de casualidad a la redacción. Enumeraba las atracciones de la ciudad de Sydney y allí estaba con foto incluida el gran “Bum bum” Carbonel, que se había cambiado el nombre y se hacía llamar “Torpedo John”. Más tarde reapareció en un festival artístico en Hong Kong, un parque temático de Frankfurt, un circo en ciudad de México y otro en Costa de Marfil.
Luego pasé alrededor de un año sin noticias, hasta que una mañana mi madre me llamó a la redacción con tono alterado: había recibido un telegrama donde mi padre anunciaba su regreso. Habían pasado veinticinco años, recuerdo que desconfié y le hice repetir lo dicho porque desde hacía un tiempo mi madre manifestaba algunos raptos de ausencia. Subí al auto conmocionado, un rato después ya estaba con ella en la cocina de casa con el parco telegrama entre mis manos: “Final contrato Houston Las Vegas, vuelvo al hogar”. Lo leía por tercera o cuarta vez cuando escuché un ruido tremendo en el cuarto de huéspedes, nos miramos con mi madre y lo supimos al instante: “Bum bum” Carbonel había regresado.
Corrimos hacia la habitación. Lo primero que vi fue el pedazo de cielo que asomaba del agujero abierto en el techo, entre chapas retorcidas y pedazos de mampostería allí estaba la humanidad moviente y quejosa de “Bum bum” Carbonel, de milagro había aterrizado sobre una de las camas gemelas. Cubierto de yeso y con un pedazo de casco todavía puesto, nos miró con esa expresión abstraída que yo casi había olvidado y dijo con la mayor naturalidad: “¡Es el maldito viento sur, siempre me hace perder estabilidad!”.
Lo ayudamos a incorporarse, lo llevamos hasta la cocina y lo sentamos a la mesa. Le pidió a mi madre un plato de sopa, ella se volvió para servirle. “Alba, quiero decirte que en todo este tiempo te fui absolutamente fiel”, dijo a boca de jarro. Mi madre se mantuvo de espaldas, sin emitir sonido, pero por la expresión que mostraba al volver a la mesa supe que dijera lo que dijese “Bum bum” Carbonel, ella ya lo había perdonado. Los dejé para que arreglaran sus cuentas y me fui.
Tras ese retorno abrupto, lo único que mi madre le exigió a mi padre fue que se hiciera ver por un médico y yo estuve de acuerdo. Se lo veía excesivamente delgado y su semblante no era bueno. El viejo médico de la familia le hizo un chequeo, lo acompañó hasta el hospital donde lo sometió a una serie de estudios, luego nos reunió a los tres en casa y le aconsejó el retiro. Había lesiones y dolencias acumuladas a lo largo de los años, explicó, y si bien mi padre todavía no era un anciano otro disparo, opinó, podía ser fatal. “Bum bum” lo escuchó respetuosamente, pero yo adiviné que no compartía para nada esa opinión. Cuando el doctor se fue, me llevó al patio y me dijo en un murmullo: “Joaquincito, tengo un plan”. Le pregunté si había escuchado al doctor, despreocupado me contestó que los médicos siempre exageraban y pasó a exponerme el proyecto.
Desde que había tomado la decisión de volver tenía una idea que le rondaba la cabeza: la creación del primer Circuito Interoceánico de Hombres Bala. Los recorridos tomarían como base las rutas utilizadas por las líneas aéreas comerciales. Para demostrar la factibilidad del proyecto y conseguir inversores necesitaba fabricar un cañón de grandes dimensiones, como los Krupp alemanes; en los últimos años había juntado los ahorros necesarios para construirlo y, según sus cálculos, el lugar ideal para emplazarlo era el patio del fondo.
Me fui de mi casa preocupado. Si bien las ideas de “Bum bum” en un principio siempre sonaban alocadas y él se las ingeniaba para sacarlas adelante, existía ahora algo indefinido que me causaba una oscura inquietud. En las semanas subsiguientes no pude volver a casa, pero mi madre me tuvo al tanto de las novedades por teléfono. Al parecer, por las mañanas había comenzado a llegar un extraño camión del que se bajaban dos desconocidos de mameluco que acarreaban materiales y se encerraban con “Bum bum” en el patio del fondo hasta el mediodía. Entonces mi madre, que tenía vedado el acceso, escuchaba los martilleos y los ruidos propios de algo en construcción. Me rogaba que fuese cuanto antes para hablar con mi padre y terminar “con esa locura”.
Un jueves por la mañana finalmente cumplí con sus deseos. Tras superar varias vallas de seguridad que la excluían celosamente a ella, “Bum bum” me franqueó el paso a la parte trasera de la casa. Lo que vi me llenó de asombró: el patio con sus canteros de flores, sus rectángulos de césped, la huerta y la parrillita habían desaparecido; su lugar era ocupado por una gran base rectangular de frío hormigón y de su centro, donde antes estaba el limonero, nacía una estructura de gruesas planchas de metal y el comienzo cilíndrico de lo que parecía ser el gran cañón. Dos obreros con antiparras soldaban un complicado mecanismo de poleas y engranajes. “Ese –señaló mi padre– es el sistema de rotación.” Con entusiasmo indisimulable “Bum bum” extendió un plano, me mostró cómo se vería la obra concluida. “Calculo que en dos semanas terminamos. “¡Va a ser algo realmente grande!”.
Me explicó que había decidido hacer un primer disparo de prueba hasta la casa del tío Delsio distante a unas quince cuadras. Esa era la parte del plan en donde yo podía colaborar: tenía que ir hasta lo de mi tío e intentar convencerlo. Desde la defección de “Bum bum” al puesto que el hermano de mi madre le había conseguido en el Municipio veinticinco años atrás, la relación entre ambos no había quedado en los mejores términos. Por otro lado, el tío Delsio acababa de concluir una serie de reformas en su casa (había construido una habitación, un segundo baño y un quincho), así que cuando planteé el pedido de mi padre reaccionó airado: “Decile que no voy a permitir que me rompa un techo ni loco”, dijo, y al día siguiente contrató a un alambrador y cubrió la casa –jardín delantero, patio y quincho incluidos– con una gran cúpula de alambre tejido para impedir cualquier intento de aterrizaje. Al enterarse, “Bum bum” fue a confrontarlo, discutieron, casi se van a las manos y a partir de aquello ya no volvieron a hablarse.
La pelea y la incomprensión familiar no lo desalentaron, en lo sustancial el plan de mi padre no se modificaba, solo se suspendía el disparo de prueba. Por esos días, los últimos, tuvimos un par de charlas y creo que volví a sentirlo próximo. “La gente no es feliz, Joaquincito, ¿y sabés por qué? Porque no descubre cuál es su sueño”, me dijo un atardecer, mientras estábamos en el patio en sendas reposeras, mirando el cielo que comenzaba a llenarse de estrellas. “Sabés, en esa búsqueda no todo es agradable, uno a veces es injusto y causa dolor a quien más quiere, como yo se lo causé a vos y a tu madre. Pero no hay remedio, es como una energía desconocida que te obliga”, agregó, y preguntó con voz temblorosa: “Decime, ¿vos me perdonaste a mí?”. Le respondí que sí, ¿qué otra cosa podía hacer?
Si hoy lo pienso con detenimiento, en el fondo no era difícil descubrir lo que estaba sucediendo, las pruebas estaban a la vista, “Bum bum” Carbonel no estaba interesado en ningún circuito global, red intercontinental, ni nada que se le pareciese; sencillamente había llegado al final de un camino y, como todo gran artista, preparaba su inolvidable acto de cierre.
La construcción del cañón llegó a su fin, el ominoso rulo de metal que se había ido elevando por sobre las dos medianeras y el tapial del fondo, cierto día se detuvo y allí quedó, sembrando inquietud entre los vecinos y a la espera. Mi madre, harta de quedar al margen de los planes de mi padre, había dejado la casa para refugiarse en lo de su hermano.
Un domingo por la tarde recibí el llamado de mi tío Delsio: hacía unos minutos mi padre se había comunicado con él para despedirse, también me dijo que “Bum bum” había dado aviso a los diarios y a la televisión locales para que cubrieran el acto. Al saber esto mi madre había corrido hacia mi casa. Cuando yo llegué, gran parte del barrio ya cortaba la calle y se arracimaba junto al paredón que daba a los fondos de casa. Reconocí a varios colegas y a un camarógrafo del canal de cable. Mi madre estaba en la vereda de enfrente abrazada por un par de vecinas. Apilando unos ladrillos me asomé por sobre el tapial y entonces supe que mi padre me estaba esperando.
No dijo nada, solo me miró y yo sentí que volvían a acariciarme los ojos afectuosos de cuando era chico, fue apenas un instante, porque acto seguido “Bum bum” Carbonel adoptó la expresión abstraída que tan bien le conocía y, resoplando fuerte, comenzó a trepar por la escalera de sogas hacia la boca del cañón. Había algo nuevo en su indumentaria que tardé un par de segundos en identificar: sobre el traje de estrellas ahora llevaba puesto un chaleco de paño negro bordado con decenas, cientos de bengalas, candelas y cañitas voladoras unidas por una larga mecha.
Por sobre la multitud “Bum bum” buscó a mi madre, vi que sus miradas se unían por otro par de interminables segundos, luego hizo la habitual señal de okay levantando el dedo pulgar y se introdujo en el caño. Entre la multitud se escuchó un rumor, pasó un tiempo impreciso de espera tensa, el atardecer ya había dado paso a la noche cerrada y finalmente sobrevino el disparo.
Al estampido y a la nube de humo acre, siguió el contorno fantasmal de aquel portento circense, mitad humano, mitad munición, catapultado y perforando el aire a la velocidad del pensamiento. Llegado a unos trescientos metros de altura, el gran “Bum bum” activó los fuegos de artificio y, entonces sí, su humanidad se transformó en una bola incandescente de la que –como enloquecidos satélites menores– iban desprendiéndose miles de candelas, describiendo círculos y elipses a su alrededor en un conmovedor Big Bang a escala. La festiva constelación siguió ascendiendo, dos mil, seis mil, diez mil metros, su luz comenzó a declinar, hasta que finalmente se ahogó en la inmensidad.
Bajé la mirada con un nudo en la garganta, observé a mi alrededor los ojos empañados, las caras de asombro, y pensé que no estaba mal lo que “Bum bum” había logrado con su extraña vida. Lo que acababa de presenciar no era otra cosa que un adiós a su medida, un “cierre homérico”, como calificaría un colega de “La Mañana” en la edición del día siguiente. Para bien o para mal y durante cuarenta años, mi padre solo había prestado atención a su pase de magia y hoy, en el acto postrero, había vuelto a conseguirlo. Recordé algo que le gustaba decir: “La pureza de mi empresa, Joaquincito, tiene el pase libre de los ángeles”.
Ausculté mi interior, contra lo que se podía esperar no sentía pena, más bien un mezcla de sensaciones encontradas que prefería guardar para recuperar más tarde en soledad. Busqué entonces a mi madre. Había quedado en la vereda de enfrente junto a varias vecinas. Me bajé de la pila de ladrillos, abriéndome paso entre la gente, fui hasta ella y la abracé.