martes, 11 de mayo de 2021

Anticipo de «Vaselina», novela de Graciela Scarlatto


Graciela Scarlatto
Vaselina 

ISBN 978-987-554-230-3
Novela, 176 pp.



PRÓLOGO


Esos caranchos, Gómez, vienen por sus ojos. Así como no se lo digo –pero podría– le digo otra cosa. No sé. Habría que pensarlo. Me gusta imaginarlo así, enterrado hasta el cuello en el desierto, con la cabeza afuera, comido por las hormigas, chupado por la sed y las serpientes o no. 

   Pero este indio que soy no se conmueve. La lástima no se obsequia a los amigos aunque tampoco a los enemigos. Y no me compadezco, no, porque yo no tengo sed. Soy la lengua del desierto y vengo a hablarle desde muy lejos, desde el orfanato, cuando ni siquiera podía comer; desde el cinto del coronel que me introdujo en el arte de mandar. Soy un fantasma, si usted quiere. Una aparición. Y todo esto podría ser poco más que una parodia de la vida entera. 

   El pozo lo hicieron los muchachos y bastó una orden, una palabra mía para horadar la tierra con las palas, tomando tetra y fumando; dos pozos al sereno bajo las estrellas. Y usted llenará uno de ellos porque lo desea, según parece, o está ya adentro, enterrado hasta el pescuezo, con la vida a sus espaldas pero la cabeza en alto. Agradézcalo. Usted, cabeza gacha todo el tiempo, ahora mira las estrellas y piensa en la lluvia, quizá. Mira a lo alto o debería hacerlo, Gómez, no se tire a menos. Tiene lo suyo, usted. Me dio una hermandad que por mucho tiempo me esquivó la vida. Un hombre como usted. Un gringo. Y si después me la retiró, habría que pensarlo; no es cosa de ponerse a matizar ahora, en estas circunstancias apremiantes. ¿Tiene sed? ¿La tendrá? Usted es el hombre de la sed. Y yo soy el aguatero. Yo lo tengo todo y nada al mismo tiempo. Yo hablo en el desierto, mi palabra está muda, es la lengua del que ya no necesita decir nada. 

   Insignificante. 

   Un solo gesto mío basta para llevarlo a la muerte, un solo gesto para enterrarlo en un pozo o para redimirlo. Pero la cosa viene dura, para mí, para usted. La cosa siempre viene dura para un indio maleante. La transa ya no es fácil. Me pongo viejo o no; soy como un muchacho montando a pelo una moto en la montaña. Hay que ser muy macho en la frontera; traficar, se trafica con las vidas. La esperanza es moneda de cambio. Agua le ofrecería, un balde de agua fresca en la cara para ver cómo lo anega el barro, cómo escurre por el cuello la lava cristalina evitando su boca. No se puede beber. No podrá. La vida esquiva todo lo que es prioritario, se hace rogar; nos vuelve arqueólogos, geólogos de un sueño. 

   Y así vamos, Gómez, tomando ginebra en la Asociación de Box, charlando o escapando. ¿Qué es una traición, una más? ¿Y una amistad? ¿No hubo una hermandad entre grapa y grapa? Las cosas que hacen los gringos. Las cosas que puede hacer un indio como yo. Mestizo. Puchero de maldad y bonhomía. Vaya a saber. Qué dice usted ahí enterrado o fumando en un café, viendo pasar a las pibas que se visten como ella. Porque seguro que las mira. ¿O no? Anoche cayó la helada y el desierto se parte en una grieta por donde hierven las hormigas. Las culebras, Gómez, se arrastran con la lengua alzada. Un hombre enterrado hasta el cuello, sus ojos serán un gran bocado. Dos ratas sedientas, sus ojos. Así lo imagino. Medio muerto, herido, seco gracias a mí. 

   Y no me felicito en nada.


viernes, 30 de abril de 2021

Los Echeverri: Capítulos de la novela


Martín Sanguinetti

Los Echeverri

(novela)

Prólogo de Marcelo Birmajer

ISBN 978-987-554-225-9
272 pp.


I


Que quede bien establecido que la voluble actividad de la ética empieza cuando uno tiene la panza vacía o el corazón amargado. Difícilmente el saciado se siente a pensar en la maldad, y las más de las veces es la acre envidia la musa que atrapa al moralista en su confusa madeja de preceptos. De todos modos, ni uno ni otro eran el caso de Juan Echeverri. Para empezar, porque no se contaba el hambre en su holgado patrimonio y, para terminar, porque también carecía de envidia, y a esta carencia abonaban más de un argumento. Digamos, dos. Por un lado, el innato abundante patrimonio del que ya hablamos, le impedía los fines de semana mirar más allá de los altos cercos que coronaban su casa, y los días laborables, levantar la vista más allá de sus livianas preocupaciones por la conveniente gestión de su dinero. Por el otro, el haber nacido hijo único de padres longevos, hecho que le había evitado sufrir las aflicciones fraternales y suponer así, en los extraños, eventuales enemigos, en ese tiempo en que se cincelan en el hombre carácter y convicciones, rasgos e ideas.
   Pero una mañana del mes de septiembre de 1997, mientras paseaba su mirada –que a fe cierta debía ser lánguida y descansada en esos momentos o al menos así lo imagino– por el generoso parque que rodeaba su casa, un evento vendría a cambiar para siempre su notable ingenuidad o más bien su manifiesta ajenidad en materia de moral. Viene a cuento establecer que Juan Echeverri, además de haber sabido mantener y aumentar la herencia de sus padres, prodigó el vientre de su mujer con cinco embarazos separados a intervalos de un año y medio, meses más, días menos, que dieron como resultado idéntica cantidad de hijos e hijas. La mayor de las tres mujeres contaba para ese septiembre de 1997, más precisamente el día 27, con veinticinco años. Sería conveniente al lector retener esta fecha, para comprender el curso de los acontecimientos y evitarme iteraciones molestas. Camila, Susana, Juan Esteban, Rafael y Candelaria eran los rótulos filiales. Y si bien ninguno de sus hijos e hijas participó en el encuentro que daría un giro en la vida de Juan padre, sí serían partícipes de sus derivaciones y consecuencias.



II


La que quedará fuera, tanto del suceso mentado como de sus efectos posteriores, será María Emilia, mujer legítima de Juan padre, y madre de la prole. Una temprana dolencia del alma, llámesela si se quiere locura, apareció de manera incipiente después del embarazo de Rafael, y se afincó definitivamente en su mente apenas nacida Candelaria. Juan había asumido la dolencia de su mujer como quien sufre una baja profunda en los títulos que tiene colocados en la bolsa. 
   Era consciente de la diferencia entre la baja bursátil –en la que todo efecto descendente, tiene, a la larga o a la corta, su efecto contrario ascendente– y la locura –la cual solo parece ir escaleras abajo–, pero esa diferencia en su burda analogía no lo desanimaba, y todos los últimos domingos del mes hacía traer a su declinante esposa de la clínica psiquiátrica a la casa quinta, para que participase en un almuerzo familiar. La presencia de María Emilia en el entorno hogareño hacía azarosa la buena marcha del almuerzo, y últimamente habían tenido que contratar un enfermero que estuviera a disposición ese domingo de visita. Aun así, Juan observaba como un precepto invulnerable el de la continuidad del ritual de fin de mes.



III


Pero ese día 27, mientras paseaba su sosegada mirada por el césped y la detenía en forma morosa y ocasional en los detalles de las flores, sus diversos colores y formas, sonó el timbre de la casa. Que en la quinta sonara el timbre ya de por sí era inusual y hasta se podría decir, sorprendente; tan poco frecuentada solía estar de vida social. Pero mucho mayor fue la sorpresa cuando se apersonó, secundada por la empleada, una señora que podía dar el rango de edad muy cercano al suyo, bien vestida y mejor olida, y estrechó la mano de Juan –la hasta ese momento lánguida mano– con un gesto de familiaridad consumada. Luego la señora –que no había mencionado su nombre, ni menos aún su apellido– hizo un gesto claro, que acompañó con unas palabras no tan claras, manifestando su interés en hablar en privado. Juan indicó a la empleada que se retirara y, nuevamente impulsado por otro gesto contundente de la visita, no ho­mologado por su boca, cerró la puerta mientras la otra hacía mutis.
   El hecho que más había sorprendido a Juan –y que preanunciaba tácitamente el contenido de la conversación que vendría– no era la irrupción de la visita importuna: era el notable parecido físico que la visitante tenía con el susodicho Echeverri. Las cejas arqueadas, de un extraño rubio lavado, los ojos un tanto saltones, los labios flojos y húmedos, las patas de tero, con las rodillas volcadas hacia adentro, y los hombros tirados hacia atrás, como quien portara una panza voluminosa, aunque esta en realidad brillara por su ausencia. Todos los rasgos, si bien se miraba, daban nota de mostrar enfrentados a dos hermanos gemelos, donde las diferencias –el género, el atuendo, los afeites, el largo del pelo– aparecieran como meras impostaciones. Conste entonces que el hecho de que la visitante fuera “la”, y no “el”, no hacía menos manifiesta la calidad de copia auténtica, intercambiable, que tenían ambos personajes.
   A puertas cerradas, la conversación versó hasta cierto punto sobre lo que tenía que versar; es decir, que el manifiesto parecido, la sensación de natural identidad de ambos rostros, cuerpos y gestos, se debía atribuir a un vínculo fraterno: que además de haber nacido del mismo vientre, y a partir de la misma simiente, habían nacido en el mismo momento o tal vez separados en algunos minutos. Ídem, que, si se trataba de gemelos o mellizos, según deslizó la señora, no lo podía afirmar o negar, sin análisis que constatara el hecho; pero que alguno, de esos dos vínculos los tenían, eso sí, podría afirmarlo sin atisbo de duda. 
   Quedó claro para Juan que Juana estaba un poco falta de conocimientos acerca de las reglas de la genética, pero no juzgó útil esclarecer esa ignorancia. Tampoco juzgó útil que se le vinieran en aquel momento todas las leyes de Mendel a la cabeza y las pudiera recitar como si estuviera sentado en el banco de una clase de secundaria. Pero, al parecer, su mente no estaba asistiendo a criterios de utilidad en aquel trance que se le había sobrepuesto tan brutalmente. Se preguntaba el susodicho por qué no le venían a la mente recuerdos que le sirvieran para lidiar con la situación. Por qué estaban ahora en su cabeza las leyes de Mendel y, en cambio, nada recordaba del momento de su nacimiento, que tan útil le habría sido para afrontar esta visita. Sin embargo y a la postre, quedó claro para Juan que no resultaba útil acudir a las reglas de la genética: con la mera observación aparecía la evidencia manifiesta, ante la cual se podía obviar cualquier declaración o juramento, cualquier análisis científico.
   Y bien se dice que la conversación versó hasta cierto punto sobre lo que tiene que versar, porque luego derivó en un derrotero tan inesperado para Juan Echeverri como para cualquier espectador que se ilusionara con un argumento más convencional. Concretamente Juana –así daba en llamarse la susodicha– comenzó explicando que amén de portar la calidad de mellizos o gemelos, sus vidas se habían separado apenas nacidos. Juan se había quedado con los padres biológicos, y Juana había pasado a formar parte de la familia de un primo hermano paterno, es decir, un tío segundo de ambos. Supo Juana de este incidente en su adolescencia, y poco se interesó en la cuestión. Tan poco era su interés, que jamás preguntó el motivo de la temprana separación de los hermanos. Suponía que el tío o la tía eran aquejados por impotencia –él– o esterilidad –él, ella, o ambos– y en un gesto de amor profundo que los primos debían prodigarse, ella –hablo de Juana– había sido otorgada a la pareja yerma. 
   Tan profundo debía ser el amor como el don, ya que debieron dejar de verse para siempre, con el fin de asegurarse que la dación –oculta tras papeles que daban fe de nacimientos separados y padres distintos– no fuera descubierta. De esta suposición sí que no podía dar juramento, ni mostraba interés en indagar la historia previa al encuentro. Por lo demás, a Juan, el asunto también lo tenía sin cuidado, al menos en este instante, que asemejaba todo él –al instante me refiero– un baño sorpresivo en agua helada. Tal vez un observador externo hubiera notado que Juan prestaba oídos al relato, como quien se ve obligado a sostener entre sus dedos una babosa escurridiza, o una rata viviente y enfurecida, desde el rabo.
   Aparte de ese misterio –que, como dijera, ambos estaban dispuestos a no dilucidar–, mal podía quejarse Juana del amor dispensado y del dinero gastado en ella por sus tíos devenidos en progenitores. Antes bien, consideraba que todo ese amor tal vez no habría sido dado en idéntica medida por los padres biológicos –es decir, los padres atribuidos a Juan–, menos aun si hubiera tenido que competir por sus favores con un hermano nacido el mismo día. Así que la cuenta estaba saldada y bien saldada y no había rencores de parte de ella, por donde se mirase. Para colmo de bienes, se llamaba Juana, y también Echeverri, así que ni de la nominación de la estirpe debía estarse a lidiar por preces. Ahora bien, como se sabe, las motivaciones reales suelen venir laterales, aunque luzcan otras fingidas al frente, y las de Juana, claramente, estaban por aparecer de entre bastidores. 
   Que los tíos habían prodigado amor era un hecho, pero también lo era que no habían observado debidamente el cuidado del patrimonio, con la prolijidad y la prudencia de los padres biológicos, y de eso se desprendía que, idos sus criadores a mejor mundo, la llamada Juana debía trabajar a destajo para llegar a cerrar ciclos mensuales y anuales, sin mucha oportunidad de conseguir algún remanente por el que holgara en vacaciones. Avanzado este punto de la conversación, que se había tornado un tanto sinuosa, Juan podía visualizar cómo continuaría, así que, dejándose llevar por una ansiedad creciente, sacando de sí un coraje que jamás hubiera supuesto tener, intentando tirarse a atajar una pelota que aún no había comenzado a rodar, le espetó a boca de jarro, que si pretendía reclamar la mitad de la herencia debía hablar con sus abogados. 
   Aquí había incardinado una falsía, ya que él jamás había tenido abogados –ni en plural ni en singular se había entendido con leguleyos–. El único juicio que en su vida debió iniciar y jamás lo hizo, fue el sucesorio de sus padres, omisión que explicaba que todas las propiedades que cuidaba y atesoraba continuaran en cabeza de sus progenitores, como si estuvieran estos últimos hoy vivitos y coleando. Pero bien podemos asentar que a situaciones desusadas les corresponden reacciones desusadas, y el recurso a la mentira comenzaría en la vida de Juan a tener cierta prestancia. 
   La respuesta también volvió a desacomodar su brújula, ya que su hermana –podemos empezar a llamarla así– le contestó que, sobre el mentado interés en la mitad de la herencia, podía dar un sí o un no. Empecemos por el sí: argumentó que no dudaba que le vendrían bien tantos millones y que, por lo visto, jamás se le ha ido de la cabeza la posibilidad de hacer el reclamo. Pero, yendo por el no, manifestó tener intenciones más elevadas que las que se derivan del vil metal, intenciones que la desvelaban de noche y la abatían de día, y que sin duda no le permitirían descansar hasta concretarlas, Cualquiera sea la cifra que me espere en la cuenta, aun el cero, remató. Ahí mismo lanzó una propuesta que tenía por fin llegar –ella– a concretar aquellas elevadas intenciones, con la ayuda primordial e ineludible del hermano. Apenas terminada la conversación –que más bien se tornó en monólogo–, Juana deslizó una tarjeta con su domicilio y su teléfono, pues quería ser informada tanto sobre la aceptación concreta de la propuesta como sobre los posibles avances en la concreción del encargo, en caso de ser aceptado.
   La inopinada reunión duró tal vez una hora, tal vez dos, y cuando salió la hermana, parecía a Juan que hubiera quedado el eco viviente, resonando en las paredes de la sala, en los estantes de la biblioteca. No dio nota de conmoción, ni ante empleados ni ante vástagos, pero más por ser de por sí falto de gestos, que por obra de esfuerzo y disimulo. Habíamos dejado establecido que la voluble actividad de la ética empieza cuando uno tiene la panza vacía o el corazón amargado; y a partir de ese entonces, Juan había pasado raudamente a la fila de los que portan un corazón amargado. Luego de hablar con la empleada más fiel dando instrucciones para suspender el almuerzo del día siguiente y de no ser molestado lo que restara de tiempo a aquel 27, se encerró en su biblioteca con las persianas bajas y las cortinas echadas y así se mantuvo hasta el otro día. 





martes, 20 de abril de 2021

De la elegancia mientras se duerme

 En breve, la reedición de una obra maestra...




«De mis libros hay dos que prefiero: La Sombra de la Empusa y De la elegancia mientras se duerme. Son dos títulos jeroglíficos que han creado el estupor y la distancia de lectores ortodoxos. Han sentido a la legua, que yo no lo era. ¿Cómo podría ser escritor de sus épocas, si tengo el amor propio de no repetirme? Excesiva exigencia que es también el único título que me autoriza a escribir cartas al futuro. Los verdaderos libros, viven cien años después. Son misivas dirigidas a la posteridad, cuando el libro ya no es un mendicante humano, sino un jocundo mazo de papel. Un papel con señales mágicas y croquis de circunstancia y anotación lírica o personaje bíblico o mapa de pirata o confesiones sin pudor o grito que sale al fin de las mazmorras o duende sacrílego con hábito franciscano o espectro del padre de Hamlet, con un vaso de cerveza en la mano. En ese momento, recién el libro se abre en el valle de Josaphat, para ser leído en voz alta y clara.» (Vizconde de Lascano Tegui)

 

Emilio Lascanotegui nació en Mercedes (Depto. de Soriano, Uruguay) en 1888. Siendo aún niño de corta edad, se mudó con su familia a la casona que el abuelo paterno mantenía en Buenos Aires. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional Oeste y frecuentó, desde joven, los círculos bohemios del Café de los Inmortales y del Royal Keller. Participó en la Revolución radical de 1905, dirigida por Hipólito Yrigoyen, e integró el Club Radical Intransigente de la parroquia Balvanera sud. En 1908 consiguió su primer empleo en la Dirección Administrativa del Correo.

Al regreso de un viaje por Francia, Italia y el norte de Africa, conmocionó el ambiente literario con la publicación de La sombra de la Empusa (1910), libro de poemas que inicia entre nosotros la «nueva sensibilidad», y comenzó a firmar sus colaboraciones en la prensa con el seudónimo de Vizconde de Lascano Tegui. La presunta ayuda de testigos de favor le permitió obtener la Libreta de Enrolamiento argentina; con la adopción irregular de la nueva nacionalidad empezaría a difundir la historia de su nacimiento en Concepción del Uruguay (Entre Ríos), impostura que aún confunde a biógrafos y ocasionales articulistas.

Fue fabricante de específicos farmacéuticos, traductor en la Oficina Internacional de Correos, comisionista, decorador, ropavejero, corresponsal de guerra, conferencista, mecánico dental, conservador de museo, pintor muralista y eximio maestro del arte culinario. En 1923 ingresó en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto como Canciller de segunda clase y se desempeñó en legaciones de Francia, Venezuela y Estados Unidos hasta 1944, año en que se le solicitó tramitar el expediente jubilatorio. Su labor periodística le granjeó infrecuente celebridad: escribió miles de notas para La Mañana, El Tiempo, Crítica, La Fronda, Caras y Caretas, La Prensa, La Noche, Plus Ultra, El Hogar, Patoruzú, Correo de la Tarde y otras publicaciones que acogieron también sus poemas, cuentos y entrevistas.

El Vizconde de Lascano Tegui falleció en Buenos Aires en 1966.

En Simurg hemos publicado De la elegancia mientra se duerme, Muchacho de San Telmo (1895), El libro celeste y la antología Mis queridas se murieron.


martes, 12 de enero de 2021

Reseña de «El bandido en el bosque de ladrillo» en Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica (Univ. de Los Andes, Colombia)

https://revistas.uniandes.edu.co/doi/full/10.25025/perifrasis202112.23.11

Arlt, Roberto. El bandido en el bosque de ladrillo. 

Compilación y prólogo de Gastón S. Gallo, Simurg, 2018, 224 pp.

Universidad Autónoma de Entre Ríos, Argentina

Roberto Arlt (1900-1942) publicó en vida dos libros de cuento: El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941). Estos volúmenes comprenden alrededor de un tercio de su producción en el género. La mayor parte de su narrativa breve se editó solo en revistas y periódicos de Buenos Aires y fue alcanzando post-mortem el formato libro en ediciones, cada vez más abarcadoras, de sus Cuentos completos; la última de ellas a cargo de Seix Barral (2017). Más de tres cuartos de siglo después del fallecimiento de Arlt —quizás el autor más leído en la Argentina en el siglo xx— el mundo de la edición todavía le debe a lectores y críticos un volumen que reúna la totalidad de sus relatos. En camino hacia ese objetivo, la aparición de El bandido en el bosque de ladrillo (Simurg, 2018), nacido del trabajo de investigación y compilación de Gastón Sebastián Gallo, marca un hito, pues exhuma la impactante cifra de veinte prosas y por primera vez habilita a dudar de si aún quedan piezas por recobrar o ya llegaron al soporte libro todas las narraciones cortas del cuentista, novelista, dramaturgo y periodista porteño.

Gallo, más atento que cualquier compilador anterior a los mínimos detalles, recuperó dieciocho textos firmados por Arlt entre 1927 y 1942 revisando miles de ejemplares de publicaciones de la época en múltiples hemerotecas, pero también persiguió incansablemente el esquivo número de una revista, ausente en todas las colecciones salvo en la Biblioteca Nacional, donde faltaba una hoja, justo la que tenía el cuento de Arlt, hasta que, a punto de dar por perdido el texto, encontró un ejemplar íntegro en una feria popular. Gallo, además, descubrió la mano de Roberto Arlt tras el seudónimo Mario Fernández, ficticio autor del final de un cuento ganador de un certamen de la revista Mundo Argentino, para la cual Arlt trabajaba: el tema, el estilo, los escenarios de la narración parecen remitir al autor de Los siete locos, mas el dato que realmente lo delata es la dirección postal del tal Fernández, la casa donde Arlt pasó su adolescencia. El concurso de finales de cuentos (la revista proveía los principios) se llevaba a cabo regularmente y lo obtenían escritores reales, pero cuando se fraguó un autor, Gallo lo detectó.

Con todo, este libro —cuyo título honra la promesa que no pudo cumplir Arlt de editar un volumen homónimo—, no solo suma un número significativo de obras al universo cuentístico arltiano, lo que nos permite renovar el placer de leerlo, sino que, por la índole del material revelado, puede estimular el desarrollo de estudios críticos novedosos, desde perspectivas teóricas y metodológicas no aplicadas hasta hoy al autor y planteando problemáticas aún no transitadas por su prolífica crítica. Doy dos ejemplos: 1. Se ha dicho hasta el cansancio que Arlt escribía y publicaba frenéticamente, sin corregir ni dejar borradores, y que por eso su obra literaria se resistía a estudios genéticos. El bandido en el bosque de ladrillo presenta un cúmulo de textos que alientan una serie de estudios genéticos de la obra literaria de Arlt; algunos son primeras versiones, ampliaciones o desvíos de cuentos bien conocidos del autor, o bien adaptaciones al género de escritos surgidos de su escritura periodística, teatral o novelística. Cuentos como “Ester Primavera” (con el mismo nombre) y “El jorobadito” (aquí “El insolente jorobadito”) y la obra de teatro La isla desierta (aquí “El hombre del tatuaje”), encuentran en este libro una versión diferente. “Beso de muerte” y “Naufragio” se vinculan a novelas: aquel se disolverá volviéndose capítulo de Los lanzallamas; este expandirá un pasaje de Los siete locos autonomizándose. Si “Noche terrible” (en El jorobadito, 1933) aborda la separación de una pareja donde la novia es de clase media baja, “Ruptura de compromiso” (en este libro) es su calco, salvo por las pequeñas y cruciales diferencias que impone al relato que la abandonada pertenezca a la clase media alta. Los críticos pueden de acá en más esclarecer la mecánica de estas repeticiones, desplazamientos, transfiguraciones entre intertextos de evidente correspondencia mutua, pero también entre otros de parentescos menos obvios: v.g. entre “Un ladrón”, donde el protagonista afirma: “Todos los delincuentes ocasionales caen porque lo último de que se preocupan es del domicilio donde se refugiarán cuando huyan” (117), y el cuento sin título ganador del concurso, donde el domicilio consignado reveló al autor encubierto.

2. En sus últimos cinco años Arlt escribió más de dos veces el número de cuentos que compuso el resto de su vida. Ese lapso (1937-1942) coincide con un brusco viraje de su trabajo en el diario El Mundo: allí abandona las crónicas costumbristas locales —las Aguafuertes porteñas— y se aboca a comentar y recrear noticias de política internacional con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo en la sección Al margen del cable. De modo análogo a lo que acontece con su labor periodística, su cuentística también se atiborra de conflictos, malentendidos y trágicos desencuentros entre personajes de distintas culturas, etnias, países o regiones de un mismo país. Por eso, si hasta hoy la preponderancia de su imagen de autor como “escritor de Buenos Aires” —cimentada en la centralidad de sus novelas y aguafuertes— era el motivo que mejor explicaba la inexistencia de estudios imagológicos de sus textos —entendiendo la imagología como ejercicio de una literatura comparada entre series de autoimágenes y series de heteroimágenes—, desde la aparición de El bandido en el bosque de ladrillo, por estar sus relatos plagados de escenas donde “los de aquí” y “los de allá” buscan destruirse o preservarse unos a otros, la formulación de investigaciones desde la perspectiva imagológica se vuelve inaplazable. Es probable que los críticos venideros descubran en el último Arlt un exponente tan temprano como desencantado de la interculturalidad.

Dos reparos menores, que no opacan el estupendo trabajo de recuperación literaria llevado adelante por el licenciado en Letras Gastón Gallo: 1. La ilustración de tapa: una insulsa fotografía escogida con paradójico descuido. 2. La decisión de incluir “El hombre del tatuaje”, obra dramática, no parece justificada en un libro de cuentos. Sería más adecuado que integre un tomo del “teatro inédito” de Arlt junto a Escenas de un grotesco y La cabeza separada del tronco, dos hipotextos de Saverio el cruel que no solo no figuran en las compilaciones que han pretendido ofrecer su Teatro Completo, sino que hasta el día de hoy permanecen —vaya ventura— inéditos en libro.

Párrafo final para los cuentos: los hay excelentes, los hay olvidables. Hay una estética que los atraviesa a todos y que es marca de fábrica del autor: la pasión por el retorcimiento, por la negación de los probos y la renegación de los nulos. Exponen a un autor que ingresó a la literatura argentina reivindicando los “saberes del pobre” (Sarlo) y que en sus últimas producciones redobla la apuesta: enhebrando aquellos saberes con una portentosa enciclopedia de saberes “cultos” —literarios, de otras artes, de política, de filosofía, de sociología— reclama un lugar en la literatura mundial.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Alejandro Sux, poeta anarquista


Alejandro Sux por el Vizconde de Lascano Tegui

"Alejandro Sux llegó a París con una mano atrás y otra adelante. No se sabe, ni lo dijo entonces, qué expediente lo había traído. Se presentó de improviso, su título era el de poeta, su nobleza, la de ser un anarquista. Apenas era poeta. Era incapaz de ser anarquista.
No tenía otro programa que vivir. No tenía dinero. Ni monedas falsas como aquella que trajo Cádiz. Su único amigo era un ácrata empleado como lavaplatos en un hotel. Todas las tardes le pasaba por una ventana del hotel, un huevo que lograba substraer a una tortilla y un pedazo de carne devuelta por algún cliente.
Yo me había encargado de suministrarle un litro de leche que el lechero dejaba a crédito delante de mi puerta y veinte centésimos de pan que con igual inocencia me traía el panadero.
Sux cuando llegó el invierno, se halló sin sobretodo. Amador le regaló su traje árabe. Sux se dejó la barba y la gente de los bulevares le siguió con curiosidad. Era un árabe arrogante y decidido.
Un día, su único menú, el litro de leche, el huevo y el pan estaban sobre la mesa. Estaba aburrido de tomar la leche fría y el huevo crudo. Pensó en reunir los dos elementos y hacer algo así como un candeal polar y sin azúcar. Rompió la cáscara y vertió el huevo en la botella. Apenas pasó. Era un pollito que fue a enturbiar la leche.
Sux quedó durante una hora angustiado frente al litro de leche inservible y al huevo demasiado huevo. Su hambre crecía en proporción a su fracaso y el tiempo que corría.
Y se tomó el pollito líquido.
No pudiendo comer, Sux se emborrachaba. Alcohol o éter. Una noche vino a mi cuarto con Amador. Una botella de éter que sorbieron mientras yo protestaba y pateaba. Amador cayó sobre mi cama. Sux en el sofá. Yo dormí en el suelo.
A media noche, gran sobresalto. Sux quiere matar a Amador. Pero no puede. Le pasa la mano por la garganta y aprieta. Amador sueña con cosas mejores y Sux llevado por el éter a los paraísos estúpidos y artificiales, quiere cometer un crimen elegante y sin premura.
Yo soy la única víctima tendido en el suelo, mi cabeza sobre una valija, mis pies sobre una silla desvencijada."


 

viernes, 18 de septiembre de 2020

Los libros de Marcelo Abadi en Simurg


 

De El filósofo y su alumna, volumen de próxima aparición, ofrecemos a título de anticipo el ensayo «Las manos de René».

¿Quién no se ha sentido perplejo alguna vez al observar sus propias manos? 
Descartes mira las suyas mientras sujetan un papel, y se pregunta si existen realmente. Luego se contesta: ¿cómo podría negar que estas manos y este cuerpo sean míos? Lo contrario sería propio de locos, piensa. Pero quizás el filósofo sea un tal loco, uno que se ha vuelto loco a fuerza de protegerse de un mundo de incertidumbres y errores.
Es de noche. Descartes está en robe de chambre, sentado frente al fuego, pero ¿cómo asegurarse de que no está desnudo en la cama? Se ha propuesto dudar de todo aquello que aprendió hasta ese momento, incluyendo las circunstancias en las que se encuentra. 
Y por si no bastara considerar la posibilidad de la locura, se pregunta si todo aquello que tuvo por real, todo lo que está frente a él, no es solo sueño.
Surge entonces, como para el náufrago la visión de una tierra firme, la certidumbre de que no hay sueño sin soñador, ni pensamiento sin alguien que piense. Cogito, sum. Pienso, soy: esa es la primera verdad, la verdad indubitable sobre la cual se levantará todo el edificio del saber. En el Discurso del método, de 1637, era «pienso, luego soy», «cogito, ergo sum». En la primera Meditación, de 1641, es «pienso, soy». Una intuición instantánea, no un silogismo.
Ahora bien, el discurso más racional se sustenta en la particular experiencia de quien lo formula. 
Descartes vivió el miedo, el desprecio, el amor y también el odio. Tuvo una hija natural cuya muerte, según dijo, le provocó la mayor pena de su existencia. (Y eso, en tiempos en los que no se hacía mucho caso de la pérdida de los hijos.) 
Por otra parte, sabía bucear en las razones o los motivos de sus sentimientos. Ejemplo: su amigo Pierre Chanut, representante de Francia ante la reina Cristina de Suecia, le pregunta en una carta, por encargo de esa reina, a qué se debían las preferencias que se tienen por una persona determinada. A esa consulta el filósofo contestó, el 6 de junio de 1647, en primera persona. Contó que de niño había amado a una chica estrábica de su misma edad. Desde entonces, y durante mucho tiempo, experimentó una fuerte inclinación por las mujeres bizcas hasta que entendió que el estrabismo no era una ventaja, sino un defecto. 
A partir del amor primero, razonaba el filósofo, se habrían formado en su cerebro unos pliegues que se activaban cada vez que veía a una mujer con una mirada similar a la de la niña de entonces. 
Fue una de las decepciones de Descartes. No la ú­nica.
El miedo de vivir en una guerra de todos contra todos, el espanto frente al silencio eterno de los espacios infinitos, la tristeza por la muerte de un amigo dilecto, el asombro, todos esos sentimientos reverberan en los sistemas filosóficos, aun en los que culminan en vastos palacios de la razón, esos palacios que, según se dijo, los hombres pueden admirar pero no habitar. «El corazón tiene sus razones que la razón no comprende», anotó Pascal. Y aunque esas razones no determinen la verdad o la falsedad de las construcciones racionales, las recorren subterráneamente. 
La primera razón del saber no es una pura razón. Lo sabía ya Aristóteles, que apuntaba que el asombro, y no otra cosa, es el origen del filosofar. 
Por su parte, Descartes parte de la puesta en duda de todos los conocimientos. Se ha dicho que la suya es una duda metódica, hiperbólica, llevada al extremo con el fin de encontrar una verdad que le resista, dar con una roca inconmovible sobre la cual construir el edificio de la ciencia, una ciencia que nos haga amos y señores de la naturaleza, y de nosotros mismos.
Esa duda, bien puede tener origen, no tanto en una decisión metodológica como en un sentimiento profundo de decepción. (1)
Expuesta en El discurso del método en 1637 y en las Meditaciones metafísicas en 1641, la duda cartesiana parte de la desconfianza en los conocimientos provenientes de los sentidos, como en el antiguo escepticismo, pero se extiende al cuerpo propio y a toda existencia. Podemos ser engañados por un Dios benevolente o aun por un genio maligno que no vacila en conducirnos a arenas movedizas para hundirnos en ellas para siempre. 
En El discurso del método Descartes cuenta su situación al terminar los estudios en el Colegio de La Flèche. Sus maestros le han enseñado lindas frases, pero nada cierto, y decide entonces ir a leer en «el gran libro del mundo». Toma las armas, aunque más que guerrear acompaña ejércitos, visita cortes reales y también a alquimistas, a supuestos poseedores de saberes ocultos. Y se pregunta qué camino seguir en la vida. Las largas deducciones de las matemáticas lo deslumbran, pero no alcanzan a darle seguridad en lo que hace a la conducción de su existencia.
Dicen que su padre, hombre próspero de la pequeña nobleza, no lo apreciaba. Según él, solo serviría para ser encuadernado en cuero. En cuanto a su madre, se cita una carta que el filósofo envió a la princesa Elisabeth en 1645, o sea ya cerca de la cincuentena. Decía: «Habiendo nacido de una madre muerta pocos días después de mi nacimiento por una enfermedad pulmonar causada por algunos disgustos [...]», cuando en realidad la mujer murió cerca de un año después de su nacimiento, alumbrando a otro hijo, que a la vez murió a los tres días. Si este falso cuadro familiar indica o no el origen de la decepción de Descartes, puede ser tema para psicoanalistas. De todos modos, cabe suponer que en esa época no se prestaba tanta atención como ahora a las muertes de los infantes. No mucho tiempo antes, Montaigne contaba que había perdido dos o tres hijos durante el alumbramiento. Dos o tres. Ni se acordaba bien de cuántos.
Lo cierto es que Descartes describe cada error como la privación de algo que nos es debido. Llevado al extremo, este sentimiento da origen en las Meditaciones de 1641 a la hipótesis de que existe un temible deceptor, un gran mentiroso que se complace en engañarnos. No es Dios, claro, es un geniecillo maligno, y muy poderoso.
Se entiende que la decepción esté acompañada por sentimientos afines. Borges, que no era particularmente devoto del filósofo francés, le consagra un poema en el que le hace decir: 

Siento un poco de frío, un poco de miedo. 
Sobre el Danubio está la noche.
 
¿Miedo? ¿Por qué no? Descartes sintió un gran temor, acaso justificable. En 1633, al enterarse de la condena de Galileo decide no dar a conocer su Tratado del mundo. Adopta como divisa el «bene vixit, bene qui latet» (bien vive aquel que bien se esconde) de Ovidio. Evita discutir con los doctores de la Sorbona, se va a vivir a los Países Bajos, donde busca seguridad para desarrollar su doctrina.
En las exposiciones de esa doctrina, después de cuestionar las informaciones que provienen de los sentidos, pone en duda la propia existencia de las cosas. No solo duda de cómo son, sino también de que sean. Es el solipsismo. Solo yo existo. Y aun yo, ¿existo realmente? En una de sus etapas, la duda alcanza la propia existencia. ¿Es una locura dudar de sí mismo? El filósofo está dispuesto a perder la razón, a volverse loco con tal de alcanzar una certidumbre entera y esa certidumbre llega cuando, desprovisto de toda creencia, cae en la cuenta de que para que haya engaño debe haber engañador y engañado, y que para pensar hay que ser. 
A partir de ese yo memorable que surge entonces, y alcanzada luego la prueba (o hecha la apuesta) de que hay un dios y de que ese dios no puede querer engañarnos, el conocimiento se torna posible. No cualquier conocimiento, claro, sino el que procede con ideas claras y distintas, el que avanza con la certidumbre de las matemáticas.
Descartes derriba luego la barrera que separa las matemáticas de la física, y la física de la biología. Expulsa de la ciencia la consideración de las causas finales, y llegando al terreno de la vida entiende a los animales como máquinas. En su concepción de la realidad distingue por una parte el pensamiento, por otra la extensión. Ah, y Dios, sí, pero no hay ningún papel para él en el desarrollo del saber. Nos creó, nos crea a cada instante, creó las verdades eternas y garantiza que lo que concebimos clara y distintamente es verdadero. Además, dispuso el mundo de tal modo que en él rija –descubre Descartes– el principio de inercia, lo cual significa que nada se modifica sin razón. Nihil sine ratione. Listo.
Desgraciadamente, la física cartesiana fue floja y su biología disparatada. La duda metódica, por otra parte, fue puesta en cuestión por su posteridad racionalista. Leibniz pretendió destruirla, establecer graduaciones. El filósofo alemán anotaba: «Que deba dudarse, como dice Descartes, de todas las cosas en las que hay hasta la menor incertidumbre, sería preferible expresarlo con esta fórmula mejor y más clara: debe pensarse qué grado y cuál merezcan de asentimiento o disentimiento».
Por mucho tiempo nadie retomó, en el principio de la filosofía, ese voto de pobreza que consistía en el rechazo de todo aquello sobre lo cual pudiera planear la más mínima duda.
Pero Husserl entendió, siglos después, que el gesto cartesiano era el comienzo obligado de todo filosofar. En 1929, invitado a explicar la fenomenología en la Sorbona, dijo, y no solo por cortesía: «Todo aquel que quiera seriamente convertirse en filósofo debe, “una vez en la vida”, replegarse sobre sí mismo y, dentro de sí mismo, voltear todas las ciencias admitidas hasta aquí y tratar de reconstruirlas. La filosofía –la sabiduría– es de alguna manera un asunto personal del filósofo. Debe ser [...] su saber». Y luego: «Las Meditaciones de Descartes no quieren ser una cuestión puramente privada del filósofo Descartes [...] Por el contrario, dibujan el prototipo de [...] las meditaciones necesarias a todo filósofo que comience su obra».
Por cierto, Husserl no pretendía recomendar a ningún aspirante a filósofo una temporada en el infierno de la decepción, que tal vez conoció cuando en los albores del nazismo su discípulo Heidegger cruzaba a la vereda opuesta para no tener que saludarlo. 
Una de las desilusiones de Descartes fue, como él le contaba a Chanut, advertir que el estrabismo no era una ventaja. Sin embargo, parece que tardó bastante en descubrirlo. El estrabismo que evoca no es el llamado convergente, sino el divergente, como lo sugiere al recordar conmovido la mirada perdida de sus amadas. (¿Y si no se hubiera equivocado? ¿Acaso un tal estrabismo no fue atribuido a la mismísima Venus, la diosa del amor?) 
Descartes amó las dueñas de aquellos ojos que se extraviaban por los cielos a los que no ascendía su orgullosa filosofía.
Nada dice su autor sobre Hélène, la mamá de Francine. Se sabe que era la mucama de unos amigos, pero se ignora cómo era su mirada.
Otras dos mujeres importaron en su vida pública, y no eran del gremio de las servidoras. La primera fue Isabel de Bohemia y del Palatinado, cuya dinastía fue derrotada en Praga, en la batalla de la Montaña Blanca, y que se instaló en los Países Bajos. Isabel era una joven de rara inteligencia que mantuvo una correspondencia muy elevada con Descartes. La segunda fue una reina, la muy singular y varonil Cristina de Suecia. Ella lo quería tener en su corte, en Estocolmo, para que le diera lecciones de filosofía. Descartes vacilaba, temía el invierno del país de los osos, según decía. Finalmente aceptó, acaso para influir a favor de Isabel, más probablemente para asegurarse una pensión. 
La reina se hacía dar clase a las cinco de la mañana. Descartes había llegado en noviembre de 1549; en febrero de 1650 murió. De neumonía, se dijo.
¿O bien asesinado? Un historiador alemán conjeturó, con argumentos no tan insensatos, que el muy ortodoxo cardinal Viogué, de la corte de la Reina, había envenenado con arsénico a su peligroso rival. Los rastros del arsénico quedan por mucho tiempo en el cuerpo, y se podrían aún advertir, dijo el alemán, si tan solo se examinaran los restos. Lo cual no se hizo.
Años tardó en colocarse el cadáver en su ataúd final, un ataúd de cobre, y ser llevado a Francia. Ahí anduvo dando vueltas por París hasta terminar, no en el Panteón, sino en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. Al cadáver le faltaba el cráneo. Y las manos estaban despegadas de los brazos, esas manos que él había mirado perplejo aquella noche junto al fuego. 

[1] Cf. Ferdinand Alquié, La découverte métaphysique de l’homme chez Descartes, Paris, 1950. El primer capítulo de esta obra magistral se titula "La déception".