martes, 11 de enero de 2022

Cristian Vázquez: Alberto Laiseca, el escritor máximo de la vida misma (Jot Down Cultural Magazine)

Alberto Laiseca, el escritor máximo de la vida misma

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Alberto Laiseca Imagen Ministerio de Cultura Argentina.
Alberto Laiseca. Imagen: Ministerio de Cultura Argentina.

Alberto Laiseca imaginó una historia cuando era niño, mientras en el patio de su casa animaba guerras entre ejércitos compuestos por figuritas recortadas de revistas. A los veinte años la escribió, pero no quedó conforme con el resultado y la destruyó. La escribió por segunda vez, pero le pasó lo mismo y la desechó también. Y luego repitió el proceso una vez más. La cuarta versión la empezó a escribir a comienzos de la década del 70 y la terminó en los últimos días de febrero de 1982, cuando acababa de cumplir cuarenta y un años de edad. Con esa cuarta versión —que se extendía por más de mil trescientas páginas— por fin se sintió satisfecho. Aquella sí era la obra que quería escribir. Su título: Los sorias.

Entonces se puso a buscar editor. Pero no dio con ninguno dispuesto a arriesgarse por una creación tan desmesurada. Comenzó a pasar el tiempo, y la novela inédita fue adquiriendo tintes de leyenda: la leyeron autores como Ricardo PigliaCésar Aira y Fogwill y le prodigaron elogios extraordinarios. Y sin embargo casi nadie podía acceder a ella. Laiseca, poco a poco y a su pesar, fue casi aceptando que tal vez la novela no se publicara jamás. Por eso se sorprendió tanto cuando una tarde de mediados de 1997, tres lustros después de haber puesto aquel punto final, atendió el teléfono y escuchó la voz de un joven editor que desde el otro lado de la línea le explicaba que quería publicar Los sorias.

—¿Pero usted tiene idea de lo que está diciendo? —respondió.

Sí, el editor tenía idea. Un año más tarde, el acontecimiento literario se produjo: el sello Simurg publicó Los sorias, en una edición de trescientos cincuenta ejemplares numerados y firmados por el autor. Ricardo Piglia escribió el prólogo, que comienza afirmando que es «la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde Los siete locos» (de Roberto Arlt, publicada en 1929). La novela más voluminosa de la literatura de este país ahora sí comenzaba a estar disponible para los lectores. Terminaba una leyenda. De algún modo, nacía otra.

* * *

Laiseca —de cuya muerte se cumplen cinco años en estos días— no solo escribió una obra muy personal e inclasificable: él mismo era un tipo muy particular. Con sus casi dos metros de altura y los enormes bigotes manchados de tabaco que le ocultaban la boca, llamaba la atención desde el primer momento. Cuando hablaba por primera vez con alguien, daba la impresión de ser un hombre serio, parco, casi hosco, intimidante. Casi como el personaje que construyó para la televisión, en el ciclo Cuentos de terror, que emitió el canal I-Sat a comienzos de los años dos mil: rodeado por el humo del cigarrillo, bajo las aspas de un ventilador ominoso, narraba historias lúgubres de Edgar Allan PoeH. P. LovecraftHoracio Quiroga y muchos más. El programa se tornó de culto; hoy todas sus entregas se pueden ver en YouTube.

Pero si uno tenía la oportunidad de avanzar en la conversación con él, al rato veía cómo otra parte de su personalidad salía a la luz: su lado afable, divertido, incluso tierno, siempre un poco delirante. «Lo que no es exagerado no vive», le gustaba repetir. Era —como lo definió la periodista Flavia Costa— un «erudito en cosas raras», dueño de una cultura colosal y un humor exuberante, capaz de ponerse a tararear, por ejemplo, de la nada, una melodía, y si su interlocutor no la reconocía le explicaba: «El himno de la Unión Soviética», para estallar en una carcajada después.

«Realismo delirante»: así bautizó Laiseca a su propio estilo. «La realidad es delirante —me dijo en una ocasión—. La realidad está muy bien y el delirio está muy bien, pero por separado no sirven. Si los juntamos, tenemos la verdadera realidad y el verdadero delirio». Esa fue su propuesta literaria, su poética. El resultado: una veintena de libros en los que se mezclan mundos fantásticos, guerras totales, farones egipcios, emperadores chinos, máquinas de tortura, pornografía, vampiros, máquinas parlantes y una buena cantidad de otros elementos que otorgan a «la civilización Laiseca» (como titula Piglia el prólogo a Los sorias) una cartografía tan inconfundible como singular.

* * *

Alberto Jesús Laiseca nació en Rosario (como Messi y el Che Guevara y otros seres excepcionales) el 11 de febrero de 1941. Creció en Camilo Aldao, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, Argentina. Su madre murió cuando él tenía tres años. En ese momento «papá se volvió loco», dijo en una ocasión. Su infancia la pasó bajo «la dictadura soviética» de su padre, llena de órdenes contradictorias, castigos absurdos y otros maltratos psicológicos. Sin embargo, su padre —que era un médico muy reconocido: hoy una calle de su pueblo lleva su nombre— le hizo un regalo inestimable. Un día se presentó en su cuarto y le dijo: «Mirá, Alberto, creo que podrías leer este libro, a lo mejor te gusta». Era El fantasma de la ópera, de Gaston Leroux. «Mi padre tuvo muchísimas cosas malas que a mí me hicieron un enorme daño, pero me estimuló la lectura, y la lectura me salvó la vida».

El mandato paterno hizo que el joven Alberto se mudara a la ciudad de Santa Fe para estudiar ingeniería química en la universidad. Fue en esa época cuando empezó a escribir. Cursó la carrera durante tres años, hasta que se animó a enfrentar a su padre y decirle que eso no era lo suyo. «No nos hablamos por un tiempo», contó. Se fue al campo, a distintas provincias: trabajó en las cosechas un par de temporadas. Luego se instaló en Buenos Aires. Eran mediados de los años 60. Fue empleado de limpieza durante varios años, por sueldos de miseria. «No sabés lo que es no tener guita para arreglarte los zapatos que tienen un agujero grande así. ¿Qué hacés? Le ponés cartón, para no tocar el piso con la piel del pie. Por eso en Los sorias cuento que con las lluvias no hay pobreza que no salga afuera. Se te mojan los cartones y ahí te quiero ver».

Comenzó a frecuentar el bar Moderno, en la calle Maipú, un reducto de los artistas calificados alguna vez como «los beatniks argentinos». Laiseca recuerda esa época como su existencia underground. Escribía como un desaforado, pero las editoriales rechazaban sus textos. Su primera publicación llegó en 1973, un cuento titulado «Mi mujer» que apareció en el diario La Opinión. Años después llegaron sus libros: las novelas Su turno para morir (1976), Aventuras de un novelista atonal (1982), La hija de Kheops (1989), La mujer en la Muralla (1990) y El jardín de las máquinas parlantes (1993, para cuya finalización recibió una beca Guggenheim), los cuentos de Matando enanos a garrotazos (1982), un volumen de poesía titulado Poemas chinos (1987) y el ensayo ¡Por favor, plágienme! (1991).

Pero su máximo deseo, su anhelo mayor, era que se editara Los sorias. «Estaba muy preocupado porque no lograba publicarla. Ese era un tema de largas conversaciones», me cuenta Omar Recchia, que fue su amigo y compartió mucho tiempo con él a finales de los ochenta y principios de los noventa. Vivieron juntos varios meses, en un departamento que Recchia y quien por entonces era su pareja, Ana O’Donnell, alquilaban en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Laiseca venía de separarse de Mariana, una mujer a la que amaba. Sufrió mucho esa ruptura. Allí, mientras hacía su duelo, en compañía de sus amigos, escribió La mujer en la Muralla.

El departamento solo tenía una habitación y un living, además de la cocina y el baño, recuerda Recchia. Y «el living, que era chiquito, estaba copado por Laiseca», que era enorme. Laiseca se iba a trabajar al diario La Razón, donde en esa época se desempeñaba como corrector, volvía y se ponía a escribir, a mano, con su caligrafía enorme, toda en mayúsculas, rodeado del humo de los Imparciales, sus cigarrillos negros. Después se agasajaba con cerveza Quilmes Imperial. «La de la victoria», la llamaba. La mujer en la Muralla se publicó en noviembre de 1990. Está dedicada «a Ana O’Donnell y a Omar Recchia, que me ayudaron en los tiempos difíciles».

El caso es que Los sorias parecía signada por la mala suerte. Según la solapa de La mujer en la Muralla, la «ya legendaria» novela comenzaría a ser publicada «en varios tomos en España el año próximo», es decir, en 1991. La solapa no lo dice, pero quien iba a estar a cargo de esa publicación era el gran editor Mario Muchnik, quien llegó a firmar un contrato y a pagar un adelanto a Laiseca. Pero poco después Muchnik perdió su editorial, que fue absorbida por el grupo Planeta, y el proyecto de publicar Los sorias en España se desvaneció.

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Cuenta la leyenda, abonada por el propio Laiseca, que fue César Aira quien le sugirió a Gastón Gallo, el editor de Simurg, que publicara Los sorias. Pero Gallo me explica que no. Estaba reunido con Aira, detalla, hablando de la edición de Las curas milagrosas del doctor Aira, y uno de los dos mencionó a Laiseca. Gallo preguntó si Los sorias ya se había editado y Aira respondió que no. Entonces Gallo dijo lo que se le ocurrió en ese preciso momento, algo que no había pensado antes: «Yo la quiero publicar». Aira le dio el número de teléfono de Laiseca: esa fue su participación. Esa misma tarde, Gallo (quien había fundado Simurg apenas dos años antes) llamó a Laiseca para decirle que quería publicar Los sorias y Laiseca le preguntó si tenía idea de lo que estaba diciendo.

En la tradicional confitería Las Violetas —el mismo lugar en que Gallo se reunió muchas veces con Laiseca después de aquella llamada— el editor me muestra el contrato firmado por él y Laiseca para la publicación de la novela. Es el contrato más breve del mundo: tiene media página. Incluye una errata en la que siguen incurriendo la mayoría de los textos que se refieren a la obra: dice Los Sorias, con mayúscula, cuando sorias, en la novela, es un sustantivo común. Está fechado el 14 de junio de 1997. Un día antes, Gallo había cumplido veintiséis años. Él me destaca otra particularidad: lleva la «firma larga» del autor. Laiseca firmaba Lai casi todos los documentos, pero en esa ocasión rubricó con su nombre completo. Gallo prefiere reservarse la imagen del contrato completo, pero la firma de Laiseca es esta:

firma_alberto laiseca

Laiseca solo tenía el original de la novela: cuatro bloques de papel amarillento, gordos como guías telefónicas. Más de mil trescientas páginas de no muy clara legibilidad, pues habían sido mecanografiadas entre finales de los 70 y principios de los 80 en una máquina de escribir con la cinta muy gastada en la parte inferior. Gallo y dos colaboradoras digitalizaron el material a partir de fotocopias, porque Laiseca no quiso dejarle el original. Lo bueno fue que el texto de Laiseca era el definitivo: requería muy pocos ajustes. El libro apareció un año después, a mediados de 1998, con una obra del pintor Guillermo Kuitca en la portada y el mencionado prólogo de Piglia.

Y, de pronto, todo el mundillo literario hablaba de Laiseca.

Las editoriales, antes tan renuentes, ahora lo llamaban para ver si tenía algo nuevo para publicar. Y Laiseca tenía y produjo más. En los años siguientes llegaron a las librerías las novelas El gusano máximo de la vida misma (1999), Beber en rojo (2001), Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003), Las cuatro torres de Babel (2004) y Sí, soy mala poeta pero… (2006), y los cuentos de Gracias Chanchúbelo (2000) y En sueños he llorado (2001). En 2002, además, comenzó con los Cuentos de terror (programa con el que obtuvo cierta celebridad: mucha gente no lo ha leído pero lo conoce de la tele) y en 2004 se reeditó Los sorias, ahora a través del sello Gárgola, con una tirada de mil quinientos ejemplares.

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En el mundo de Los sorias existen tres superpotencias: la Tecnocracia, la Unión Soviética y Soria. La geografía de esta última coincide con la de la provincia española homónima, pero en la novela España no existe, y Soria tiene el tamaño de Alemania antes de 1914 y ochenta millones de habitantes. Los tres Estados entran en una guerra total, en la cual las poderosísimas armas que desarrollan los científicos se encuentran al mismo nivel de importancia que los conjuros, los hechizos esotéricos y los viajes astrales de los que echan mano los magos y chamanes de cada bando.

El gran tema de la novela (y, de alguna manera, de toda la obra laisequiana) es el poder. Y sus derivaciones: sus usos y abusos, los delirios que provoca, la ambición, la mentira, la historia, el destino, las obsesiones, la soledad. Antes de que el libro se publicara, Fogwill escribió que «había pasado cerca de ciento cincuenta horas leyéndolo, odiando a Laiseca en las jornadas durante las que su trabajo apunta a horadar minuciosamente la paciencia del lector, adorándolo cada vez que su imagen se me representaba como parte de algo sublime inalcanzable y amándolo al cabo de cada capítulo interminable, cuando volvía a la convicción de que su empeño en torturarme perseguía el goce de producir un cambio en mí, convenciéndome, al mismo tiempo, de que yo lo merecía».

Los sorias es, además, el núcleo de la civilización Laiseca. Todo el resto de su producción —tanto la publicada antes como la que vino después— incluye múltiples referencias a la novela mayor. En un prólogo a ¡Por favor, plágienme!Hernán Bergara habla de un «esquema soriacéntrico» en el cual «una serie de guiños, de personajes, de lugares y de palabras que se hacen insoslayables si se ha pasado por la lectura de ese libro». «Los sorias es el exorcismo que preside su obra, la operación mágica destinada a permitirle sobrevivir y escribir desde la vida corriente —anotó por su parte César Aira—. El verdadero triunfo de esa maravillosa obra de arte es que fracasó en su cometido de exorcismo, y Laiseca no sobrevivió».

Será que algunos exorcismos son decididamente impracticables. O será, a lo mejor, que para ciertas personas la vida corriente no es un objetivo que se pueda trazar.

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Todos los libros de la biblioteca de Laiseca estaban forrados con un papel originalmente blanco, que con el tiempo se fue amarilleando. Para que, al no ser identificables, no se los robaran: esa era la justificación «oficial». Pero ¿para que no se los robara quién? En El jardín de las máquinas parlantes —novela que retrata el mundo de la esquizofrenia y de las instituciones psiquiátricas al mismo tiempo que el de la magia, el esoterismo y las batallas entre entidades del más allá— uno de los protagonistas aprende que debe forrar sus libros de blanco para que le sean robados por los fantasmas. Laiseca creía en eso. Su vida fue una danza constante sobre la delgada frontera que separaba el mundo físico y sus creencias en lo sobrenatural. Realidad y delirio, una vez más.

Cuando la primera edición de Los sorias ya se estaba produciendo, Laiseca le pidió a Gallo, su editor, que le diera el primer ejemplar que saliera de imprenta. No le importaba que faltara la cubierta: con la tripa del libro estaba bien. Gallo no sabe qué fue de aquel primer ejemplar; alguien le dijo que Laiseca lo incineró como parte de un ritual.

En 2005, cuando Ricardo Piglia afrontó un traspié judicial (fue condenado por ganar «con trampa» el Premio Planeta de Argentina) y numerosos escritores y otros artistas firmaron una solicitada en su apoyo, Laiseca se rehusó; cuentan que fue porque lo consideraba un plan de acción incorrecto: creía que Piglia debía instrumentar «medidas esotéricas». Eso los distanció. Un par de años después, entrevisté a Piglia y le pregunté por Laiseca. «Las amistades entre los escritores no son fáciles», me dijo. Pero también me dijo que Laiseca era «un tipo muy entrañable, muy buena persona».

Ese tipo entrañable que era Laiseca tuvo ocasión de saldar algunas cuentas pendientes. Por ejemplo, reencontrarse con su padre. Paseaba por el zoológico de la ciudad de Mendoza cuando se cruzó por casualidad con un conocido de Camilo Aldao. «Me dijo esta frase mágica y terrible: “Qué viejo que está tu papá” —recordó Laiseca—. Eso me hizo mierda. Entonces lo fui a visitar. Hice bien, no me arrepiento. Mucho peor hubiera sido que no le pasara bola nunca más. Después lo hubiera tenido que pagar yo. Hasta su muerte, nunca dejé de visitarlo. Le escribía para su cumpleaños, para el día del padre, esas cosas. Y me alegro. Me alegro».

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Laiseca, en los 60, quiso ir a combatir a la guerra de Vietnam. Literalmente. Trató de obtener la ciudadanía estadounidense. Como no lo logró, le escribió una carta al entonces presidente Lyndon Johnson. Nunca obtuvo respuesta. ¿Por qué quería ir a la guerra? «Tenía un potencial de miedo que gastar. Me dije: “Sigo un curso ontológico rápido y gano y vuelvo sano y salvo, o cagué fuego”. No era por una cuestión política, ni mucho menos para correr aventuras. No soy tan estúpido. La guerra no es una aventura, sino una experiencia trascendental en la cual usted puede perder la vida o volver mutilado. Pierde la vida si tiene buena suerte».

Vietnam se le tornó, entonces, una obsesión. Omar Recchia me cuenta que era uno de sus principales temas de conversación: se pasaban horas hablando de esa guerra. «Vietnam nunca terminó para mí, sigue estando —me dijo Laiseca en una ocasión—. Todavía veo las colinas altas centrales, los boinas verdes, la ofensiva del Tet. Todo eso está pasando hoy». Sabe de otras guerras, pero no le interesan. «Yo ya tengo con la mía, que continúa. Saigón para mí está cayendo todos los días. Y jamás caerá. Cuando a mí me ha ido mal con mujeres, lo sentí así: como que me echaban de Saigón con helicópteros y todo».

«La soledad, no tener una pareja: ese es su Vietnam», me dijo Sebastián Pandolfelli, discípulo de Laiseca, una de las personas que estuvieron más cerca de él en sus últimos años. Laiseca cargaba con la maldición de ser un tipo muy solitario y, a la vez, sufrir mucho la soledad. Su última pareja murió en 2001 y él vivió solo desde entonces. Una docena de años después dijo en una entrevista que su única cuenta pendiente era el amor. «No estoy enojado con las mujeres —explicó—. Creo que ellas en su inmensa mayoría me quisieron todo lo que pudieron. Pero no fue bastante. En el otro mundo voy a estar muy solo. A mis setenta y dos años, tengo que conseguir un amor más o menos completo, o si no voy a estar muy jodido».

En esos últimos años, su salud se deterioró rápidamente. Quizá le pasaron factura el trabajo duro de su juventud, los años de pobreza, los Imparciales que fumaba sin parar, la melancolía. Durante una internación hospitalaria, debida a una caída y una fisura de cadera, sus discípulos (Pandolfelli, Selva Almada, Leonardo OyolaAlejandra Zina y otras voces destacadas de la actual literatura argentina, que participaron durante muchos años de los talleres de Laiseca) se turnaban para visitarlo. Una enfermera, sorprendida de encontrarlo todos los días acompañado, le dijo: «Usted parece una religión».

Simurg volvió a publicar Los sorias en 2013. Un año después apareció el último libro de Laiseca: La puerta del viento. Su novela sobre Vietnam. Una novela brevísima, lo contrario de su obra maestra. La novela que, como él mismo explicaba, le debía a su juventud. El título alude a una expresión china que nombra tanto a un ataque mortal como a una técnica del taichí para distribuir la energía de forma armónica por todo el cuerpo. «Vale decir, la puerta es la vida o la muerte», dice el narrador.

Laiseca decía que no quería morirse porque «en el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza». Pero, como tarde o temprano nos sucede a todos, le tocó atravesar la última puerta: en Buenos Aires, el 22 de diciembre de 2016. Sus cenizas fueron esparcidas en el Tigre, a la altura del río Carapachay, por donde paseaba con Mariana, aquella mujer a la que tanto había querido.

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Dos documentales retrataron a Laiseca en sus últimos años. Uno de ellos se titula El monstruo en la piedra (2016) y lo dirigió el barcelonés Ignasi Duarte. El otro es argentino y se titula Lai (2017), de Rusi Millán Pastori. Antes, el escritor había participado de películas de ficción, como El artista (2008) y Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011), esta última basada en un cuento suyo, ambas dirigidas por Mariano Cohn y Gastón Duprat (quienes también habían estado a cargo del ciclo Cuentos de terror).

En Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, Laiseca oficia de presentador y narrador. Sentado ante un escritorio, con una enorme biblioteca a sus espaldas, sin dejar de fumar, mira a cámara y se presenta: «Soy Alberto Laiseca. Esta película esta basada en un cuento mío. La historia que vamos a contar se supone que es ficción. Pero no. Nunca hubo diferencia entre ficción y realidad. Porque este es un mundo mágico. Y no se puede imaginar lo que no existe». Y dice también: «Yo nunca fui joven, salvo ahora, que tengo casi setenta. Y es muy de nuestros tiempos de eclipse que los jóvenes sean viejísimos, porque es la muerte de la imaginación».

Esta película, o los documentales, o los Cuentos de terror, quizá sean una buena forma de tomar contacto por primera vez con este personaje tan particular. La otra es, por supuesto, ir directamente a sus libros. «Sus lectores se convierten en arqueólogos que descubren en medio de la selva una gran civilización perdida y vuelven a la ciudad para contarlo», cierra Piglia (quien murió quince días después que Laiseca) su prólogo a Los sorias. Ahí está Laiseca, el escritor máximo de la vida misma —lo que no es exagerado no vive—, ahí está su mundo, a la espera de arqueólogos nuevos que se animen a visitarlo.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Libros: cinco títulos argentinos que deja el 2021 (Joaquín Rodríguez Freire, Ámbito Financiero)

Libros: cinco títulos argentinos que deja el 2021

LIFESTYLE 

Mientras la industria editorial intenta sortear la crisis, autores y autoras continúan lanzándose a la aventura de escribir. A continuación, una selección de Ámbito.


A la crisis general que atraviesa la economía, la industria editorial le suma sus propios desafíos, con graves dificultades que se profundizaron en los últimos años. Pandemia mediante, ese cocktail se amplificó y golpea a los pulpos del sector, pero mucho más a la editoriales pequeñas e independientes, que buscan hacer pie en un contexto incierto.

Sin embargo, pese a las horas de zozobra, escritores y escritoras desafían a los tiempos violentos y se abren paso a fuerza de prepotencia de trabajo, ofreciendo año a año ficciones, ensayos y periodismo de calidad. Por supuesto que el 2021 no fue la excepción y dejó buenos títulos. A continuación, Ámbito recomienda cinco por fuera de los grandes sellos y sus satélites.


Vaselina

Graciela Scarlatto

"Vaselina" (Simurg, 2021) comienza como un western. La llegada de un extraño a La Dormida, un pueblo minúsculo y desértico de Mendoza, cae con la potencia de un rayo en medio de la parsimonia cotidiana. Este evento despertará todo tipo de suspicacias sobre ese huésped incómodo que, desde una pieza compartida en la Asociación de Box local, cruzará su destino con el del indio Sinchicay y la adolescente Marina. El trinomio no estará exento de sospechas, confesiones y asuntos sucios que vuelan de un lado al otro como dardos.

A través de un relato coral, donde los tres protagonistas se alternan la narración, Graciela Scarlatto da vida a una novela que halla en la violencia uno de sus leitmotivs Atrapante y crudo por momentos, pero siempre punzante, el libro está dividido en dos partes bien definidas. En la primera, los personajes desandan su pasado y revelan historias tormentosas, donde el crimen y la brutalidad están a la orden del día, mientras que en la segunda, los recuerdos cesan y la acción toma las riendas, arrastrando a la narración a un frenesí vertiginoso.

Scarlatto entrega un thriller envolvente y ríspido. Aunque reconoce que no se trata de una "novela nihilista", sí admite que "se bañan en aguas donde la búsqueda de sentido se vuelve arbitraria y violenta". Mención aparte para la omnipresencia del calor, el polvo y la sensación de desamparo, que ayudan al lector a ubicarse en ese páramo mendocino donde atiende el Diablo y no todo es lo que parece.


Nota completa en el siguiente enlace:

https://www.ambito.com/lifestyle/libros/cinco-titulos-argentinos-que-deja-el-2021-n5336867

viernes, 22 de octubre de 2021

Presentación de Vaselina, novela de Graciela Scarlatto. Lunes 25 de octubre, 19 hs, en la sala virtual de Fundación La Balandra:

https://us06web.zoom.us/j/84660499137?pwd=RU0zUkhpOGdVdzBnQ2NUV2V4VEI2QT09&fbclid=IwAR2laCiR3k2MYCnQQSrhtSXy3z9kbmrnZgG19iDuUjd93FIDkUSxp0etYg4#success



 

miércoles, 23 de junio de 2021

«Las sirvientas del domingo» de Elías Scherbacovsky, por Luis Benítez (Revista «Alas de cuervo», Caracas)


Las sirvientas del domingo: el irónico humanismo de Elías Scherbacovsky




Por Luis Benítez

Que para los buenos escritores no existen temas menores es algo bien sabido y en ocasiones hasta damos con sus mejores ejemplos. Un episodio como el asesinato de una anciana usurera a manos de un mísero estudiante, que acosado por un inspector de policía termina confesando su culpa, es hoy –en medio de tantos horrores como describe la prensa- apenas digno de 15 líneas en las últimas páginas de un medio amarillista. Pero lo toma como excusa para la mejor prosa alguien como Fiódor Mijáilovich Dostoyevski y nos deja Crimen y castigo.  

Ese acierto vuelve  a confirmarse en el caso de Las sirvientas del domingo, nueva entrega de Elías Samuel Scherbacovsky (La Plata, Argentina, 1936), quien ya anteriormente demostró sus capacidades narrativas en novelas como La Monalisa de Jerusalén, El padre de los monos, Los resentidos de la Patagonia –más los relatos reunidos en Obituarios escogidos-, Galia y el limpiador de edificios y Soleá: Un gitano en el kibutz. 

Las sirvientas del domingo es un volumen de cuentos lanzado por Ediciones Simurg (www.edicionessimurg.com.ar), de Argentina, hace pocos meses (ISBN 978-987-554-229-7, 128 pp., Buenos Aires, 2021) que reúne en sus páginas cinco relatos titulados por Scherbacovsky: “Gastón Lerchundi entre la vida y la perfección”, “Bacigalupo me visita en Jerusalén”, “Las sirvientas del domingo”, “Méndele Saratogo y la fidelidad” y “El testimonio de Olinda”.

Con pareja calidad, este quinteto de historias se ocupa de existencias dominadas por la sordidez que empaña lo cotidiano, donde la infelicidad, los añejos desengaños, la ambición sin fundamento ni puerto posible, el desmadre emocional y el vacío interior que retrata el autor con fidelidad fotográfica –un preciso blanco y negro que no necesita de añadidas coloraturas- no le impiden a este sugerir qué dignos de ternura y compasión resultan ser sus personajes, a los que reviste de una carnadura que nos resulta preocupantemente familiar.

Scherbacovsky bien conoce los entresijos y las esquinas que ofrece la condición humana, sus contradicciones y límites, pero solo con ese saber no se edifica una obra literaria de los calibres que demuestran sus relatos. Es necesario poseer su maestría para los juegos de indicios, las pistas que el autor sabe cómo brindar con la mera descripción de un tic, la pausa de un silencio, un premeditado equívoco, la falta de término de una frase, la pintura más acabada de los caracteres que ha ficcionalizado para volverlos más reales todavía que muchas personas a las que suponemos conocer y que tratamos en la vida diaria sin prestarles mayor atención. Sujetos que guardan, como Gastón Lerchundi, tal como Atilio Bacigalupo, Enrique Carrera Gutiérrez, Méndele Saratogo o el inefable y kafkiano señor R. y la enternecedora Olinda –dúo inolvidable del muy logrado cuento que cierra el volumen-, una relación directa con esa realidad que, gracias al arte de escritores como quien nos ocupa, se transforma en representación de sus ficciones.

Estamos refiriéndonos a un autor que domina como pocos  la habilidad de resumir en una frase, un párrafo corto, la vacilación que teclea en falso dentro de una respuesta, un conjunto de visiones y perspectivas que en otros textos necesitan de páginas enteras para conducirnos a un sitio similar. Y Scherbacovsky lo logra, además, sin apelar a enrarecimientos de la escritura, citas ripiosas, falsos atajos que demoran y entorpecen el acceso al potente núcleo de sentidos que logra desnudar ante nosotros. Su discurso narrativo tiene una fluidez acuática, tan natural que nos lleva con ella a donde nos quiere conducir sin tropiezos ni desvíos; una sencillez expresiva que el lector avezado inmediatamente reconoce como resultado de un complejo trabajo narrativo que simula ser casual, como al desgaire, para así acrecentar todavía más su vigorosa irrupción –y permanencia- en la sensibilidad de quien lee. 

Y la ironía, otro elemento fundamental en el arsenal literario de que dispone el escritor que anima estas ficciones,  está dirigida invariablemente a poner de relieve esas bajezas, miserias, debilidades y efímeras grandezas que nos constituyen y nos dan entidad diferenciada, por lo que Scherbacovsky la utiliza para mejor pintar qué es lo humano y apiadarse de ello, apiadarse siempre, aunque sonría amargamente cada vez que  ella surge bajo el pulso de sus dedos.

Sin duda se trata de un texto de relevancia visible y palpable, cuyo único defecto estriba en su brevedad: uno de esos que hace lamentar al lector que acabe y no continúe más allá de su última página.


Publicado en http://aladecuervo-vocablos.blogspot.com/2021/06/las-sirvientas-del-domingo-el-ironico.html

martes, 11 de mayo de 2021

Anticipo de «Vaselina», novela de Graciela Scarlatto


Graciela Scarlatto
Vaselina 

ISBN 978-987-554-230-3
Novela, 176 pp.



PRÓLOGO


Esos caranchos, Gómez, vienen por sus ojos. Así como no se lo digo –pero podría– le digo otra cosa. No sé. Habría que pensarlo. Me gusta imaginarlo así, enterrado hasta el cuello en el desierto, con la cabeza afuera, comido por las hormigas, chupado por la sed y las serpientes o no. 

   Pero este indio que soy no se conmueve. La lástima no se obsequia a los amigos aunque tampoco a los enemigos. Y no me compadezco, no, porque yo no tengo sed. Soy la lengua del desierto y vengo a hablarle desde muy lejos, desde el orfanato, cuando ni siquiera podía comer; desde el cinto del coronel que me introdujo en el arte de mandar. Soy un fantasma, si usted quiere. Una aparición. Y todo esto podría ser poco más que una parodia de la vida entera. 

   El pozo lo hicieron los muchachos y bastó una orden, una palabra mía para horadar la tierra con las palas, tomando tetra y fumando; dos pozos al sereno bajo las estrellas. Y usted llenará uno de ellos porque lo desea, según parece, o está ya adentro, enterrado hasta el pescuezo, con la vida a sus espaldas pero la cabeza en alto. Agradézcalo. Usted, cabeza gacha todo el tiempo, ahora mira las estrellas y piensa en la lluvia, quizá. Mira a lo alto o debería hacerlo, Gómez, no se tire a menos. Tiene lo suyo, usted. Me dio una hermandad que por mucho tiempo me esquivó la vida. Un hombre como usted. Un gringo. Y si después me la retiró, habría que pensarlo; no es cosa de ponerse a matizar ahora, en estas circunstancias apremiantes. ¿Tiene sed? ¿La tendrá? Usted es el hombre de la sed. Y yo soy el aguatero. Yo lo tengo todo y nada al mismo tiempo. Yo hablo en el desierto, mi palabra está muda, es la lengua del que ya no necesita decir nada. 

   Insignificante. 

   Un solo gesto mío basta para llevarlo a la muerte, un solo gesto para enterrarlo en un pozo o para redimirlo. Pero la cosa viene dura, para mí, para usted. La cosa siempre viene dura para un indio maleante. La transa ya no es fácil. Me pongo viejo o no; soy como un muchacho montando a pelo una moto en la montaña. Hay que ser muy macho en la frontera; traficar, se trafica con las vidas. La esperanza es moneda de cambio. Agua le ofrecería, un balde de agua fresca en la cara para ver cómo lo anega el barro, cómo escurre por el cuello la lava cristalina evitando su boca. No se puede beber. No podrá. La vida esquiva todo lo que es prioritario, se hace rogar; nos vuelve arqueólogos, geólogos de un sueño. 

   Y así vamos, Gómez, tomando ginebra en la Asociación de Box, charlando o escapando. ¿Qué es una traición, una más? ¿Y una amistad? ¿No hubo una hermandad entre grapa y grapa? Las cosas que hacen los gringos. Las cosas que puede hacer un indio como yo. Mestizo. Puchero de maldad y bonhomía. Vaya a saber. Qué dice usted ahí enterrado o fumando en un café, viendo pasar a las pibas que se visten como ella. Porque seguro que las mira. ¿O no? Anoche cayó la helada y el desierto se parte en una grieta por donde hierven las hormigas. Las culebras, Gómez, se arrastran con la lengua alzada. Un hombre enterrado hasta el cuello, sus ojos serán un gran bocado. Dos ratas sedientas, sus ojos. Así lo imagino. Medio muerto, herido, seco gracias a mí. 

   Y no me felicito en nada.


viernes, 30 de abril de 2021

Los Echeverri: Capítulos de la novela


Martín Sanguinetti

Los Echeverri

(novela)

Prólogo de Marcelo Birmajer

ISBN 978-987-554-225-9
272 pp.


I


Que quede bien establecido que la voluble actividad de la ética empieza cuando uno tiene la panza vacía o el corazón amargado. Difícilmente el saciado se siente a pensar en la maldad, y las más de las veces es la acre envidia la musa que atrapa al moralista en su confusa madeja de preceptos. De todos modos, ni uno ni otro eran el caso de Juan Echeverri. Para empezar, porque no se contaba el hambre en su holgado patrimonio y, para terminar, porque también carecía de envidia, y a esta carencia abonaban más de un argumento. Digamos, dos. Por un lado, el innato abundante patrimonio del que ya hablamos, le impedía los fines de semana mirar más allá de los altos cercos que coronaban su casa, y los días laborables, levantar la vista más allá de sus livianas preocupaciones por la conveniente gestión de su dinero. Por el otro, el haber nacido hijo único de padres longevos, hecho que le había evitado sufrir las aflicciones fraternales y suponer así, en los extraños, eventuales enemigos, en ese tiempo en que se cincelan en el hombre carácter y convicciones, rasgos e ideas.
   Pero una mañana del mes de septiembre de 1997, mientras paseaba su mirada –que a fe cierta debía ser lánguida y descansada en esos momentos o al menos así lo imagino– por el generoso parque que rodeaba su casa, un evento vendría a cambiar para siempre su notable ingenuidad o más bien su manifiesta ajenidad en materia de moral. Viene a cuento establecer que Juan Echeverri, además de haber sabido mantener y aumentar la herencia de sus padres, prodigó el vientre de su mujer con cinco embarazos separados a intervalos de un año y medio, meses más, días menos, que dieron como resultado idéntica cantidad de hijos e hijas. La mayor de las tres mujeres contaba para ese septiembre de 1997, más precisamente el día 27, con veinticinco años. Sería conveniente al lector retener esta fecha, para comprender el curso de los acontecimientos y evitarme iteraciones molestas. Camila, Susana, Juan Esteban, Rafael y Candelaria eran los rótulos filiales. Y si bien ninguno de sus hijos e hijas participó en el encuentro que daría un giro en la vida de Juan padre, sí serían partícipes de sus derivaciones y consecuencias.



II


La que quedará fuera, tanto del suceso mentado como de sus efectos posteriores, será María Emilia, mujer legítima de Juan padre, y madre de la prole. Una temprana dolencia del alma, llámesela si se quiere locura, apareció de manera incipiente después del embarazo de Rafael, y se afincó definitivamente en su mente apenas nacida Candelaria. Juan había asumido la dolencia de su mujer como quien sufre una baja profunda en los títulos que tiene colocados en la bolsa. 
   Era consciente de la diferencia entre la baja bursátil –en la que todo efecto descendente, tiene, a la larga o a la corta, su efecto contrario ascendente– y la locura –la cual solo parece ir escaleras abajo–, pero esa diferencia en su burda analogía no lo desanimaba, y todos los últimos domingos del mes hacía traer a su declinante esposa de la clínica psiquiátrica a la casa quinta, para que participase en un almuerzo familiar. La presencia de María Emilia en el entorno hogareño hacía azarosa la buena marcha del almuerzo, y últimamente habían tenido que contratar un enfermero que estuviera a disposición ese domingo de visita. Aun así, Juan observaba como un precepto invulnerable el de la continuidad del ritual de fin de mes.



III


Pero ese día 27, mientras paseaba su sosegada mirada por el césped y la detenía en forma morosa y ocasional en los detalles de las flores, sus diversos colores y formas, sonó el timbre de la casa. Que en la quinta sonara el timbre ya de por sí era inusual y hasta se podría decir, sorprendente; tan poco frecuentada solía estar de vida social. Pero mucho mayor fue la sorpresa cuando se apersonó, secundada por la empleada, una señora que podía dar el rango de edad muy cercano al suyo, bien vestida y mejor olida, y estrechó la mano de Juan –la hasta ese momento lánguida mano– con un gesto de familiaridad consumada. Luego la señora –que no había mencionado su nombre, ni menos aún su apellido– hizo un gesto claro, que acompañó con unas palabras no tan claras, manifestando su interés en hablar en privado. Juan indicó a la empleada que se retirara y, nuevamente impulsado por otro gesto contundente de la visita, no ho­mologado por su boca, cerró la puerta mientras la otra hacía mutis.
   El hecho que más había sorprendido a Juan –y que preanunciaba tácitamente el contenido de la conversación que vendría– no era la irrupción de la visita importuna: era el notable parecido físico que la visitante tenía con el susodicho Echeverri. Las cejas arqueadas, de un extraño rubio lavado, los ojos un tanto saltones, los labios flojos y húmedos, las patas de tero, con las rodillas volcadas hacia adentro, y los hombros tirados hacia atrás, como quien portara una panza voluminosa, aunque esta en realidad brillara por su ausencia. Todos los rasgos, si bien se miraba, daban nota de mostrar enfrentados a dos hermanos gemelos, donde las diferencias –el género, el atuendo, los afeites, el largo del pelo– aparecieran como meras impostaciones. Conste entonces que el hecho de que la visitante fuera “la”, y no “el”, no hacía menos manifiesta la calidad de copia auténtica, intercambiable, que tenían ambos personajes.
   A puertas cerradas, la conversación versó hasta cierto punto sobre lo que tenía que versar; es decir, que el manifiesto parecido, la sensación de natural identidad de ambos rostros, cuerpos y gestos, se debía atribuir a un vínculo fraterno: que además de haber nacido del mismo vientre, y a partir de la misma simiente, habían nacido en el mismo momento o tal vez separados en algunos minutos. Ídem, que, si se trataba de gemelos o mellizos, según deslizó la señora, no lo podía afirmar o negar, sin análisis que constatara el hecho; pero que alguno, de esos dos vínculos los tenían, eso sí, podría afirmarlo sin atisbo de duda. 
   Quedó claro para Juan que Juana estaba un poco falta de conocimientos acerca de las reglas de la genética, pero no juzgó útil esclarecer esa ignorancia. Tampoco juzgó útil que se le vinieran en aquel momento todas las leyes de Mendel a la cabeza y las pudiera recitar como si estuviera sentado en el banco de una clase de secundaria. Pero, al parecer, su mente no estaba asistiendo a criterios de utilidad en aquel trance que se le había sobrepuesto tan brutalmente. Se preguntaba el susodicho por qué no le venían a la mente recuerdos que le sirvieran para lidiar con la situación. Por qué estaban ahora en su cabeza las leyes de Mendel y, en cambio, nada recordaba del momento de su nacimiento, que tan útil le habría sido para afrontar esta visita. Sin embargo y a la postre, quedó claro para Juan que no resultaba útil acudir a las reglas de la genética: con la mera observación aparecía la evidencia manifiesta, ante la cual se podía obviar cualquier declaración o juramento, cualquier análisis científico.
   Y bien se dice que la conversación versó hasta cierto punto sobre lo que tiene que versar, porque luego derivó en un derrotero tan inesperado para Juan Echeverri como para cualquier espectador que se ilusionara con un argumento más convencional. Concretamente Juana –así daba en llamarse la susodicha– comenzó explicando que amén de portar la calidad de mellizos o gemelos, sus vidas se habían separado apenas nacidos. Juan se había quedado con los padres biológicos, y Juana había pasado a formar parte de la familia de un primo hermano paterno, es decir, un tío segundo de ambos. Supo Juana de este incidente en su adolescencia, y poco se interesó en la cuestión. Tan poco era su interés, que jamás preguntó el motivo de la temprana separación de los hermanos. Suponía que el tío o la tía eran aquejados por impotencia –él– o esterilidad –él, ella, o ambos– y en un gesto de amor profundo que los primos debían prodigarse, ella –hablo de Juana– había sido otorgada a la pareja yerma. 
   Tan profundo debía ser el amor como el don, ya que debieron dejar de verse para siempre, con el fin de asegurarse que la dación –oculta tras papeles que daban fe de nacimientos separados y padres distintos– no fuera descubierta. De esta suposición sí que no podía dar juramento, ni mostraba interés en indagar la historia previa al encuentro. Por lo demás, a Juan, el asunto también lo tenía sin cuidado, al menos en este instante, que asemejaba todo él –al instante me refiero– un baño sorpresivo en agua helada. Tal vez un observador externo hubiera notado que Juan prestaba oídos al relato, como quien se ve obligado a sostener entre sus dedos una babosa escurridiza, o una rata viviente y enfurecida, desde el rabo.
   Aparte de ese misterio –que, como dijera, ambos estaban dispuestos a no dilucidar–, mal podía quejarse Juana del amor dispensado y del dinero gastado en ella por sus tíos devenidos en progenitores. Antes bien, consideraba que todo ese amor tal vez no habría sido dado en idéntica medida por los padres biológicos –es decir, los padres atribuidos a Juan–, menos aun si hubiera tenido que competir por sus favores con un hermano nacido el mismo día. Así que la cuenta estaba saldada y bien saldada y no había rencores de parte de ella, por donde se mirase. Para colmo de bienes, se llamaba Juana, y también Echeverri, así que ni de la nominación de la estirpe debía estarse a lidiar por preces. Ahora bien, como se sabe, las motivaciones reales suelen venir laterales, aunque luzcan otras fingidas al frente, y las de Juana, claramente, estaban por aparecer de entre bastidores. 
   Que los tíos habían prodigado amor era un hecho, pero también lo era que no habían observado debidamente el cuidado del patrimonio, con la prolijidad y la prudencia de los padres biológicos, y de eso se desprendía que, idos sus criadores a mejor mundo, la llamada Juana debía trabajar a destajo para llegar a cerrar ciclos mensuales y anuales, sin mucha oportunidad de conseguir algún remanente por el que holgara en vacaciones. Avanzado este punto de la conversación, que se había tornado un tanto sinuosa, Juan podía visualizar cómo continuaría, así que, dejándose llevar por una ansiedad creciente, sacando de sí un coraje que jamás hubiera supuesto tener, intentando tirarse a atajar una pelota que aún no había comenzado a rodar, le espetó a boca de jarro, que si pretendía reclamar la mitad de la herencia debía hablar con sus abogados. 
   Aquí había incardinado una falsía, ya que él jamás había tenido abogados –ni en plural ni en singular se había entendido con leguleyos–. El único juicio que en su vida debió iniciar y jamás lo hizo, fue el sucesorio de sus padres, omisión que explicaba que todas las propiedades que cuidaba y atesoraba continuaran en cabeza de sus progenitores, como si estuvieran estos últimos hoy vivitos y coleando. Pero bien podemos asentar que a situaciones desusadas les corresponden reacciones desusadas, y el recurso a la mentira comenzaría en la vida de Juan a tener cierta prestancia. 
   La respuesta también volvió a desacomodar su brújula, ya que su hermana –podemos empezar a llamarla así– le contestó que, sobre el mentado interés en la mitad de la herencia, podía dar un sí o un no. Empecemos por el sí: argumentó que no dudaba que le vendrían bien tantos millones y que, por lo visto, jamás se le ha ido de la cabeza la posibilidad de hacer el reclamo. Pero, yendo por el no, manifestó tener intenciones más elevadas que las que se derivan del vil metal, intenciones que la desvelaban de noche y la abatían de día, y que sin duda no le permitirían descansar hasta concretarlas, Cualquiera sea la cifra que me espere en la cuenta, aun el cero, remató. Ahí mismo lanzó una propuesta que tenía por fin llegar –ella– a concretar aquellas elevadas intenciones, con la ayuda primordial e ineludible del hermano. Apenas terminada la conversación –que más bien se tornó en monólogo–, Juana deslizó una tarjeta con su domicilio y su teléfono, pues quería ser informada tanto sobre la aceptación concreta de la propuesta como sobre los posibles avances en la concreción del encargo, en caso de ser aceptado.
   La inopinada reunión duró tal vez una hora, tal vez dos, y cuando salió la hermana, parecía a Juan que hubiera quedado el eco viviente, resonando en las paredes de la sala, en los estantes de la biblioteca. No dio nota de conmoción, ni ante empleados ni ante vástagos, pero más por ser de por sí falto de gestos, que por obra de esfuerzo y disimulo. Habíamos dejado establecido que la voluble actividad de la ética empieza cuando uno tiene la panza vacía o el corazón amargado; y a partir de ese entonces, Juan había pasado raudamente a la fila de los que portan un corazón amargado. Luego de hablar con la empleada más fiel dando instrucciones para suspender el almuerzo del día siguiente y de no ser molestado lo que restara de tiempo a aquel 27, se encerró en su biblioteca con las persianas bajas y las cortinas echadas y así se mantuvo hasta el otro día. 





martes, 20 de abril de 2021

De la elegancia mientras se duerme

 En breve, la reedición de una obra maestra...




«De mis libros hay dos que prefiero: La Sombra de la Empusa y De la elegancia mientras se duerme. Son dos títulos jeroglíficos que han creado el estupor y la distancia de lectores ortodoxos. Han sentido a la legua, que yo no lo era. ¿Cómo podría ser escritor de sus épocas, si tengo el amor propio de no repetirme? Excesiva exigencia que es también el único título que me autoriza a escribir cartas al futuro. Los verdaderos libros, viven cien años después. Son misivas dirigidas a la posteridad, cuando el libro ya no es un mendicante humano, sino un jocundo mazo de papel. Un papel con señales mágicas y croquis de circunstancia y anotación lírica o personaje bíblico o mapa de pirata o confesiones sin pudor o grito que sale al fin de las mazmorras o duende sacrílego con hábito franciscano o espectro del padre de Hamlet, con un vaso de cerveza en la mano. En ese momento, recién el libro se abre en el valle de Josaphat, para ser leído en voz alta y clara.» (Vizconde de Lascano Tegui)

 

Emilio Lascanotegui nació en Mercedes (Depto. de Soriano, Uruguay) en 1888. Siendo aún niño de corta edad, se mudó con su familia a la casona que el abuelo paterno mantenía en Buenos Aires. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional Oeste y frecuentó, desde joven, los círculos bohemios del Café de los Inmortales y del Royal Keller. Participó en la Revolución radical de 1905, dirigida por Hipólito Yrigoyen, e integró el Club Radical Intransigente de la parroquia Balvanera sud. En 1908 consiguió su primer empleo en la Dirección Administrativa del Correo.

Al regreso de un viaje por Francia, Italia y el norte de Africa, conmocionó el ambiente literario con la publicación de La sombra de la Empusa (1910), libro de poemas que inicia entre nosotros la «nueva sensibilidad», y comenzó a firmar sus colaboraciones en la prensa con el seudónimo de Vizconde de Lascano Tegui. La presunta ayuda de testigos de favor le permitió obtener la Libreta de Enrolamiento argentina; con la adopción irregular de la nueva nacionalidad empezaría a difundir la historia de su nacimiento en Concepción del Uruguay (Entre Ríos), impostura que aún confunde a biógrafos y ocasionales articulistas.

Fue fabricante de específicos farmacéuticos, traductor en la Oficina Internacional de Correos, comisionista, decorador, ropavejero, corresponsal de guerra, conferencista, mecánico dental, conservador de museo, pintor muralista y eximio maestro del arte culinario. En 1923 ingresó en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto como Canciller de segunda clase y se desempeñó en legaciones de Francia, Venezuela y Estados Unidos hasta 1944, año en que se le solicitó tramitar el expediente jubilatorio. Su labor periodística le granjeó infrecuente celebridad: escribió miles de notas para La Mañana, El Tiempo, Crítica, La Fronda, Caras y Caretas, La Prensa, La Noche, Plus Ultra, El Hogar, Patoruzú, Correo de la Tarde y otras publicaciones que acogieron también sus poemas, cuentos y entrevistas.

El Vizconde de Lascano Tegui falleció en Buenos Aires en 1966.

En Simurg hemos publicado De la elegancia mientra se duerme, Muchacho de San Telmo (1895), El libro celeste y la antología Mis queridas se murieron.