lunes, 17 de marzo de 2014

Retrato de Alberto Laiseca en la Revista Ñ (14/03/14)

El desparpajo sin límites

Narrativa argentina. Retrato íntimo de Alberto Laiseca, un escritor de culto y autor de una obra excéntrica que empezó a traducirse al francés.

Por Diego Erlan

LAISECA. Nació en Rosario pero su infancia transcurrió en Córdoba. Con "Los Sorias" se convirtió en una leyenda.

 LAISECA. Nació en Rosario pero su infancia transcurrió en Córdoba. Con "Los Sorias" se convirtió en una leyenda.

 

Hay una anécdota de principios de los setenta, época en la que Alberto Laiseca vivía en Escobar. A pesar de tener que viajar cuatro horas todos los días para llegar al trabajo, vivía allí porque le gustaban los animales y sólo en Escobar podía tener una casa con patio. Un día encontró un gato de dos meses en la calle y lo adoptó. Empezó a darle de comer, a cuidarlo y encariñarse. Al día siguiente tuvo que irse a trabajar y dejó al gato en la casa. Al volver, el lugar estaba convertido en un escenario de terror: los perros habían despedazado al pobre gato. La furia que le generó la escena hizo que quisiera castigar, incluso matar, a esos animales asesinos pero instintivamente se puso a ladrar y aullar como un perro más. Con los pelos erizados como si estuvieran recibiendo una descarga eléctrica, los perros retrocedían con las patas encogidas, se arrinconaban y gemían. El escritor César Aira, quien supo diseminar el relato, interpreta que el temor del perro ante su amo convertido en perro supera el castigo más violento. Es peor incluso que la muerte. La hipótesis de Aira es que ese hombre transformado en perro seguirá siendo el amo pero además será perro. Es decir: “conocerá desde adentro los mecanismos de acción y reacción del perro, y podrá ejercer un dominio al lado del cual el del hombre-hombre sobre el perro es apenas un simulacro lúdico de dominación”. El poder del hombre-perro sería, para el perro, una verdadera pesadilla.
La escena no sólo describe el instinto de Laiseca. Describe también su forma de pensar y su desparpajo distribuido por novelas kilométricas, cuentos hilarantes y poesías que parodian la historia de China. Escribió Los Sorias , su monumental novela de 1998, durante los diez años que vivió en esa casa de Escobar y le costó dieciséis años publicarla. Y ahora todo indica que esta novela-mito será traducida al francés por la editoral El Nuevo Attila. Hace un año, la misma editorial publicó Aventuras de un novelista atonal , con la traducción de Antonio Werli y en un formato capicúa de sus dos partes. Y para el Salón del Libro de París, que transcurre desde el 21 hasta el 24 de marzo –aclaremos, Laiseca no ha sido ni invitado ni deliberadamente excluido–, se presentarán los relatos “Yo comí una chuleta de Napoleón” y “Mi mujer”, en coedición con La Guêpe Cartonnière, melliza francesa de Eloísa cartonera. No es una apuesta menor: el lenguaje que atraviesa su obra es lúdico, exuberante y se empeña en deambular por una cornisa.

Surgimiento de un culto
Los primeros lectores de Laiseca fueron Ricardo Piglia, Fogwill y Aira, todos pertenecientes a una misma generación. Ellos recibieron los originales mecanografiados y se preocuparon por inocular un virus. Piglia, al establecer su linaje con Arlt, ya que encontró en su literatura otra forma de oponerse a la norma pequeñoburguesa hipercorrecta que atisba en Los siete locos . Aira, al recomendar la publicación de Los Sorias en Simurg. Y Fogwill, en ese tráfico de autores que ejercía a través de charlas o artículos, al entender a Laiseca como si fuera un fractal; es decir, un objeto complejo construido en base a repeticiones en diferentes escalas. “Había pasado cerca de ciento cincuenta horas leyéndolo”, escribió Fogwill a mediados de 1983,“odiando a Laiseca en las jornadas durante las que su trabajo apunta a horadar minuciosamente la paciencia del lector, adorándolo cada vez que su imagen se me representaba como parte de algo sublime inalcanzable y amándolo al cabo de cada capítulo interminable, cuando volvía a la convicción de que su empeño en torturarme perseguía el goce de producir un cambio en mí, convenciéndome, al mismo tiempo, de que yo lo merecía.” En ese mismo año lo incluye como personaje de “Help a él”, esa relectura carnal de “El Aleph” de Borges, como Adolfo Laiseca (en el papel de Carlos Argentino Daneri). En una escena del cuento, mientras fuman, Laiseca le muestra al narrador lo que al parecer es un libro de cuentos ( Matando enanos a garrotazos ). “La prosa era impecable”, escribe el narrador, “y abundaba en ese truco de Adolfo que yo había señalado en su novela: un uso anómalo de ciertos giros coloquiales, como si yo ahora escribiese que en ciertos párrafos, él ‘enchufaba’ palabras de un léxico legítimo, pero inesperado en el contexto del relato. Ese uso irruptivo y exagerado del giro coloquial distorsionaba toda alusión realista, creando un clima de alteración mayor que el que la improbabilidad de esos componentes del lenguaje llevaría a pensar”.
Laiseca no está loco: es un excéntrico. O mejor, un disidente del mundo, una de esas personas que, como decía Nathaniel Hawthorne, se apartan de los sistemas en los que los individuos se ajustan a la perfección por temor a perder su lugar. El excéntrico siempre provoca, aunque no lo desee. Está al margen: más cerca del asceta religioso, de un linyera o un mago. Y su deseo está puesto en la rara manera que tiene de ver el mundo. Ese punto de vista diferente es el que construye su universo de ficción. Por eso quiso ir a pelear a Vietnam (para sacarse el miedo que “me encajó mi padre”, “para seguir un curso rápido de crecimiento”) y con ese objetivo hasta escribió una carta al presidente Lyndon Johnson. Nunca recibió respuesta.
“Estaba desesperado, pero creo que fue para bien porque si no, no hubiera vuelto”, dice ahora Laiseca en el departamento de planta baja donde vive en la calle Bogotá, sentado frente a su macizo escritorio (conocido como la mesa vaticana) donde tiene una botella de cerveza caliente, un cenicero que rebalsa de colillas de Imparciales y el televisor en mute . No corre aire y Laiseca suspira. Y se acuerda de la época en que escribía cuándo podía. Era principios de los setenta. Trabajaba como corrector de pruebas en el diario La Razón . Viajaba en colectivo, leía a historiadores antiguos como Tito Livio o los relatos de Las mil y una noches , y cuando el colectivo entraba al barrio La Chechela de Escobar y frenaba en la carnicería La Esperanza, donde Laiseca debía bajarse. Era de noche. Le quedaban todavía catorce cuadras por la avenida Tapia de Cruz hasta llegar a la única casa propia que tuvo. Siempre llegaba cansado y sospechaba que ni siquiera iba a tener fuerzas para comer. Mucho menos para escribir. “Sin embargo, era tan mágica esa casita”, dice Laiseca. “Se me iba el cansancio.” Preparaba un bowl de té hirviendo, le agregaba rhum Negrita, varias cucharadas de azúcar y empezaba.
El recuerdo de la máquina de escribir se interrumpe por una inquieta gata negra de tan sólo dos meses que intenta romper el pantalón del visitante. “¡Negrita!”, grita Laiseca. “Si te clava las uñas pegale un chirlo”, recomienda. “Pegale un chirlo porque si no la voy a tener que castigar yo y muy mal, ¿entendés?” Oscar Wilde entendió que el arte encuentra su perfección dentro, y no fuera, de sí mismo y por eso no se lo debe juzgar con parámetros externos de semejanza. El arte, dice Wilde en La decadencia de la mentira , más que un espejo es un velo, tiene flores que los bosques no conocen, pájaros que ninguna fronda posee y es el encargado de crear y deshacer mundos. Laiseca siempre fue un buen lector de Wilde. Y siempre contó que el tema del poder –base de Los Sorias , la historia de un dictador que se humaniza– se hizo carne en él desde los nueve años, época en la que fabricaba un mundo ilusorio con miles de niños a sus órdenes que construían cavernas subterráneas por debajo del pueblo donde se crió, Camilo Aldao, al sureste de la provincia de Córdoba. En 1998, cuando esa novela se publicó, Laiseca desenterró una frase que le decía su padre (“Vos no mandás aquí”) y a partir de ella supo que lo interesante que tiene el poder “es hacer sufrir a los demás sin razón alguna”. La perversión era una mecánica aplicada por su padre y por los adultos de su infancia y la única salida que encontró fue la de construirse un mundo sólo gobernado por sus caprichos. Así lo hizo.

Si no le gusta, vayasé
Hay otra anécdota que Laiseca convirtió en mitología. Durante años vivió en pensiones y en el autorretrato que escribió para el libro Primera persona (Norma, 1995) relató que ganaba poco (como obrero de la construcción o empleado telefónico) y no le quedaba otra más que compartir las piezas con dos o tres tipos y una variedad inimaginable de bichos infames. Una de las primeras cosas que le enseñaron en ese tipo de lugares fue “Si no le gusta, vayasé”, y esa frase, con el tiempo, terminó por convertirse en atributo de sus textos. La convivencia nunca fue fácil y el hacinamiento no colaboraba con ciertos roces. “Con los que peor me llevé fue con dos hermanos: Juan Carlos y Luis Soria”. La novela parte de aquí: un muchacho (Personaje Iseka) es obligado a compartir una habitación miserable con dos hermanos metidos que le dan consejos, le revisan las cosas y “le hacen sentir la fuerza de sus masas gravitatorias”. En la primera de las 1.342 páginas que la convirtieron en leyenda, Personaje Iseka abre los ojos y lo primero que ve es a un Soria. De esa manera, el despertar funciona como inmersión en un agujero de gusano (esa pasadizo entre dos universos) para que esa lucha interna en la pensión termine por reflejarse en una guerra mundial entre estados poderosos: Soria, Tecnocracia y la Unión Soviética. La física teórica aún no tiene claro si el ser humano puede pasar por un agujero de gusano sin desestabilizarlo o ser desestabilizado. Frente a su obra, frente a su cuerpo intimidante (Laiseca mide casi dos metros), frente a su voz, su risa o los libros maniáticamente forrados de su biblioteca, el lector siente lo mismo.
“La ficción reconstruye la conciencia del perseguido que intenta comprender el universo del que trata de huir”, analizó Ricardo Piglia en el prólogo a la primera edición. A partir de Los Sorias , Laiseca construyó para su universo una serie de constelaciones: Aventuras de un novelista atonal (1982), especie de prólogo a ese libro “enciclopédico, único, misterioso y larguísimo”, los relatos de Matando enanos a garrotazos (1982), del que Borges comentó sobre el título que parecía “una historia crítica de la literatura argentina”, y El jardín de las máquinas parlantes , “una novela sobre el saber por su lealtad al borde”, como escribió Fogwill en 1986.
En el primer número de la revista El Ansia de octubre de 2013, Miguel Vitagliano interpreta una lectura que hace Fogwill en el prólogo que escribe para la reedición de Aventuras de un novelista atonal (2002). Allí, Fogwill destaca el modo en que Laiseca “sabía librarse del tono de una época” y que desde los primeros ochenta persistió en su desmesura temática y una particularísima lengua: “No escribe con la lengua hablada –ese artificio magistral del grado cero del decir– sino con la lengua natural de la literatura, que, en la parodia, remite permanentemente a la épica y a los orígenes de la novela”. Vitagliano observa con razón que Fogwill no escribió “liberarse” del tono sino “librarse”. “Liberarse del tono –apunta Vitagliano– sería creer que puede haber libertad cuando uno depende de otro, aun cuando lo que se pretenda sea tomar distancia de ese otro. Liberarse de un tono-amo es seguir hablando la lengua del amo. Librarse del tono resulta menos ilusorio, es una posición activa y no reactiva. Define la distancia que existe entre escapar y salir.” Fue en Escobar donde Laiseca quemó las miles de páginas del manuscrito de Los Sorias y los papeles con anotaciones que construyeron la trama de El jardín de las máquinas parlantes (1993). En lo que él llama sus naufragios (“esos días en los que volvés a tu casa y encontrás que te tiraron todas tus cosas a la mierda”) perdió cientos de páginas más con obra inédita. Nunca pudo reescribir esos libros porque, según él, las cosas no se pueden escribir de nuevo. “Lo que se perdió, se perdió. En su momento, me dio bronca, furia, desesperación, pero nada más ni nada menos.” Laiseca enciende otro cigarrillo y mueve la cabeza. “No, no se pueden escribir de nuevo las cosas. Porque las cosas son únicas, ¿entendés? Y si se pierden se perdió lo único, que era eso. No se puede reescribir: la vida pasa, tu cabeza está en otra.” Desde hace años, sin embargo, la cabeza de Laiseca está metida en una guerra que no termina. “Tengo a mitad de camino una novela sobre la guerra de Vietnam, pero es un tema que me afecta mucho”. Se titula La puerta del viento y tiene como protagonistas a dos personajes, el lieutenant Reese y el teniente Lai. “Que soy yo”, aclara Laiseca. “Pero también Reese soy yo. Son el mismo. Lo que pasa es que Reese está loco y no entiende nada. El único que entiende es el teniente Lai. Entonces pasa toda la guerra defendiéndolo a Reese porque tiene la certeza de que si lo matan a Reese, él muere automáticamente, porque es su doble. De eso se trata.” En una entrevista con Daniel Guebel Laiseca decía que el universo es el doble de lo que imaginamos. “Está lo que se ve y la parte sumergida. Curiosamente, los niños sí lo saben. Por ejemplo, los chicos les tienen miedo a los fantasmas. ¿Quéres que te cuente una cosa? Los fantasmas existen, ese es el secreto. Para mí la realidad es eso.” Cuando escribe, Laiseca se sumerge en algo que llama la “cuenca oceánica” y cuando baja a la cuenca oceánica de la creación empezás a ver cosas. “Te comunicás con las memorias universales.” En base a esa idea, el escritor construyó ese “realismo delirante” que sostiene sus novelas, algunas como máquinas del tiempo (como La hija de Kheops , La mujer en la muralla o incluso sus Poemas chinos ) y otras como máquinas de invención, que le sirven al autor para “sacarse muchas obsesiones de encima”.

–¿Uno lo consigue o siguen ahí?
–Sí, siguen estando pero bajo control. No se van a ir y quizá sea bueno que no se vayan, porque si no, dejarías de ser vos.
–Y esa novela sobre Vietnam, ¿no sería bueno terminar de escribirla para tener esa obsesión bajo control?
–Seguramente, pero me cuesta mucho porque el tema es muy doloroso para mí.
–¿Por qué es tan doloroso?
–Porque se perdió una guerra que nunca debió haberse perdido.
–Estaba muy compenetrado en esa época, ¿nunca pudo ver de afuera esa confrontación?
–Es que no hay que verlo de afuera, hay que verlo desde adentro para verlo.

La risa de Laiseca retumba.
En las paredes cuelga una fotografía de Laiseca, que mira de costado, y otra del padre, como campeón de tiro.
A finales de los ochenta, Laiseca creía que uno, para independizarse definitivamente de sus padres, necesita perdonarlos por un acto de voluntad. “De lo contrario, va a seguir pegado a ellos, aunque sea por el odio”. Y ahora, tantos años después, mira esa fotografía en la pared, le da una pitada a su cigarrillo y dice que ese es su padre: “Era un buen hombre.”

En Revista Ñ: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Alberto-Laiseca_0_1102089796.html

 

martes, 11 de febrero de 2014

"Las voces de abajo", de Pablo Melicchio: reseña en Radar Libros


 
libros
Domingo, 9 de febrero de 2014

CAPACIDADES DIFERENTES

En la novela de Pablo Melicchio se aborda el tema de los desaparecidos a partir de un elemento sobrenatural, pero que lleva a una indagación social sobre las heridas que no cierran y los duelos que finalmente sobrevendrán.

Por Martín Kasañetz


Lejos de permanecer pasiva en los libros de historia –y a pesar de algunos sectores de la sociedad que intentan ocultarla– la temática de los desaparecidos en la Argentina existe, de manera activa y en forma creciente, desde los últimos treinta años. Esta especie de zombie histórico que tristemente habita en nuestro país mantiene su supervivencia –más allá de la crueldad de cualquier genocidio– debido a múltiples condiciones pero fundamentalmente a dos, las cuales determinan que su impronta vuelva una y otra vez de (y hacia) la sociedad argentina. En primer lugar, esta temática tiene el componente trágico de imposible resolución que toda muerte tiene, pero además, la situación de injusticia de un Estado ejerciendo violencia sobre su propio pueblo, generando una deuda social inagotable. En segundo lugar, la falta de información que las desapariciones generaron, obligando al horror que proviene de no poder cerrar la historia de una vida. Esta grieta (ésta sí real, no ficticia) se sigue manifestando continuamente en la cultura argentina por medio del cine, la música, y los libros como una forma de buscar respuestas que encuentren algo de comprensión a lo irresoluto.
En Las voces de abajo, Pablo Melicchio aborda esta realidad argentina, pero por medio de una situación sobrenatural: Chiche es un joven con un retraso mental leve que permanece internado en un centro de atención para personas con capacidades diferentes. Un día, trabajando en sus tareas –tiene a su cargo la supervisión de una pequeña granja de animales a los cuales, a modo de terapia, cuida y alimenta– siente una pequeña vibración bajo sus pies que da comienzo a un sonido humano que proviene de bajo la tierra. Chiche comienza a escuchar las voces de un grupo de desaparecidos que fueron asesinados y enterrados bajo lo que hoy es una institución de salud mental. En lugar de alejarse, Chiche toma esta comunicación como algo normal y comienza a dialogar con ellos para luego intentar resolver, a su manera, ciertas necesidades –en especial la de cómo conseguir noticias de actualidad– que ellos le manifiestan. Así comienza su relación con Ernesto, Fernando, Juan y en especial con Dolores, quien busca a su hijo, al que le robaron al momento del parto en un Centro de Detención Clandestino. Chiche también tiene una historia familiar violenta que no logra recordar del todo, sin embargo se siente muy identificado con la voz de Dolores, que le recuerda a la de su madre ausente. En paralelo con esta historia, otro texto más lírico –una especie de reflexión introspectiva en forma de prosa poética– va acompañando la historia de Chiche mientras cuenta la vida de Roberto, que acaba de salir de la cárcel y se encuentra signado irremediablemente por su pasado violento.
Las voces de abajo cruza la tragedia personal que proviene de la violencia que el personaje principal carga en su pasado con la violencia que habita en el pasado reciente de nuestra sociedad y que llega hasta hoy de innumerables formas que necesitan una reparación definitiva por medio de la Justicia. Como puede leerse en la novela: “Ser desaparecidos no es ni una cosa ni otra. Una vez descubiertos va a cerrarse un tiempo profundamente doloroso, para abrirse otra temporalidad, pero más lógica, la del duelo”.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Marianella Collette entrevista a Cristina Feijóo







M.C.: ¿En qué año te detuvieron?
C.F.: Fui detenida en septiembre de 1976 y estuve presa hasta noviembre de 1979 en la cárcel de Villa Devoto, donde los militares concentraron alrededor de un millar de mujeres de todo el país. No había acusaciones en mi contra ni se tomaron la molestia de inventarlas; como muchos otros presos políticos, estuve detenida sin proceso. Demoré en pedir la opción para salir del país, a la que teóricamente tenía derecho constitucional, porque no quería irme. Dos años después me pareció que ya era suficiente. Pedí la opción y me la negaron; dos veces. Andaba por los tres años de cárcel cuando un día soleado, mientras caminaba con otras dos mujeres por el patio de recreo, escuché gritar mi apellido. Las voces venían de un círculo de cabezas arremolinadas sobre un diario. Era una lista de libertades. Así me enteré que tenía concedida la salida del país. Me pareció prudente empezar aquí el relato del exilio porque en ese momento tuve la primera sensación concreta de lo inminente: el destierro. Y esa sensación fue contradictoria, premonitoriamente dual, como fue luego toda la experiencia del exilio. Por un lado quería irme en libertad, recuperar mi vida y a mi hija, y por el otro, la idea de dejar el país me entristecía. Era un país ensangrentado y sangriento, pero aun así y contra toda lógica, me entristecía dejarlo. Recuerdo muy bien la tarde en que dejé Devoto. El momento en que la reja se cerró detrás de mí, me di vuelta y la imagen de todas las compañeras apiñadas del otro lado de los barrotes fue como un lanzazo. Nunca más volvería a atravesar esas rejas, era la despedida, y la libertad. Se suponía que debía estar saltando de alegría, pero las rejas que iba dejando atrás las pasé llorando, porque no sentía que me iba, sino que las dejaba. Así eran de paradójicas las cosas en aquellos días. Salí del penal en un transporte para presos que tenía celdas minúsculas con un respiradero hacia la calle, hecho con aletas metálicas; por esas ranuras se veían retazos de la vida afuera. Me llevaron a Coordinación Federal, una dependencia policial donde yo había pasado mis veinte días de desaparecida tres años antes. Pasé allí mi última noche en Buenos Aires. Vinieron a buscarme a las siete de la mañana. Me transportaron esposada en uno de los famosos Ford Falcon verdes, con tres policías de civil y un chileno al que deportaban. Lo que voy a describir ahora puede parecer banal pero no lo es, porque yo me iba y no sabía cuándo volvería, si volvería, y esa era la última vez que estaba viendo a mi ciudad. Cada cosa que vi quedó impresa en mi retina. Chicos saliendo para la escuela con sus delantales blancos, mujeres baldeando la vereda, porteros en la entrada de sus edificios, diarieros, hombres de portafolio y traje yendo al trabajo, gente en la parada de los colectivos, y luego la autopista y las paredes que pasaban a los costados como moles rápidas, con sus manchas de humedad, y su misterioso silencio. En la sala destinada a la Fuerza Aérea del aeropuerto de Ezeiza me permitieron despedirme de mi hija Andrea, que tenía trece años, de mi madre, de mi prima Inesita, de mi tía Victoria, y de dos de mis mejores amigos, Nani y Fernando. Yo llevaba un vaquero viejo y una blusa, pero mi amiga tenía otros planes para mí. Me había comprado un conjunto de cuero: pollera y chaleco en ensamble con una blusa blanca, de mangas abuchonadas. Yo pesaba cuarenta y nueve kilos en ese momento, y mi cuerpo bailaba dentro del conjunto. Tampoco podía mantenerme en equilibrio dentro de las botas de caña alta, con un taco aguja de once centímetros. Así fue como entré, aún esposada, en el avión.

¿Cómo fue tu adaptación en Suecia?
Durante el larguísimo viaje en avión no tuve en la cabeza más que las imágenes nerviosas, agitadas y recurrentes de la cárcel, la reja y las caras y cuerpos de esas mujeres que compartieron años de mi vida. Las veía a través de unos barrotes que las dejaban atrapadas para siempre en mi memoria, porque la memoria es así de implacable y de injusta; a mi hija adolescente que quedaba atrás, en el aeropuerto de Ezeiza y con la que volvería a reunirme cuatro meses después. No conservaba ningún espacio abierto para la intuición o para las expectativas de libertad. Llegué a Suecia en invierno y esa geografía fría, inhóspita, oscura pero de una rara belleza no tenía ninguna resonancia para mí, era como llegar en un viaje espacial a una superficie lunar. Encontré una lengua de sonidos hostiles, encerrados entre el paladar y la garganta, un idioma que pronto me haría saber a través de sus intérpretes que mi condición de argentina era para los suecos una identidad confusa englobada en una más clara, incuestionable identidad latinoamericana que yo apenas teóricamente había asumido. Yo nunca había salido de Argentina, casi diría que de Buenos Aires, y como gran parte de los porteños me sentía más ligada a Europa por herencia y por pensamiento que a la América latina. Para los suecos yo era obviamente latinoamericana, y el hecho de que supiera más sobre Europa que sobre Latinoamérica suponía un malentendido insalvable, una relación alienada que me era impuesta porque había recalado en país europeo; en pocos días me convertí en experta en “eurocentrismo”, una palabra que había estudiado distraídamente en documentos políticos y que ahora tomaba una dimensión sombría y tangible. ¿Qué implicaba este eurocentrismo? En primer término la inadecuación de mi argentinidad y la homologación de mi cultura a una categoría única que englobaba una variedad enorme de culturas, historias, tradiciones y lenguas, enlatadas en un recipiente dentro del cual me encontraba yo, es decir mi nueva identidad o forma de ser yo, de la que desconocía casi todo. Suecia es un país con una larga tradición de refugio y tiene, como diría el Chapulín Colorado, “todo bajo control”. Me enviaron a un “campamento”, que no estaba compuesto de carpas en el medio de la nada –como mi imaginación calenturienta supuso–. Era un confortable hotel de provincia. En ese hotel todos éramos refugiados latinoamericanos, algunos llegados de las cárceles y otros con el olor a pólvora todavía en la nariz y los colmillos del enemigo en los garrones. Todos estábamos un poco locos por el shock, paranoicos. El pueblito era chico, rodeado de bosques y lagos, y los habitantes del hotel no teníamos nada que hacer más que dar unas vueltas cortas por ahí; era invierno y la temperatura rondaba los quince grados bajo cero. Poco después del almuerzo oscurecía. En la larguísima noche sólo estábamos nosotros y nuestra alocada imaginación sobre Suecia y los suecos, nuestras guitarreadas y alguna que otra borrachera, la nostalgia de la patria y una desconfianza de perro apaleado que extendíamos hacia todo lo que se moviera: los suecos, y también los otros refugiados. Cada uno de nosotros contaba su propia historia en tres frases, una breve e impersonal sinopsis; trece años de cárcel en Uruguay, fuga a través de la frontera con Brasil, escape de un campo de concentración, cinco años de cárcel en Argentina, cuatro en Chile, o tres, o siete. El resto eran mateadas y discusiones sobre qué nos tenía preparado Suecia, si era o no aliada del imperialismo, qué exigirle a esta sociedad, cuáles eran nuestros derechos. Teníamos casa, comida, nos compraban ropa y nos daban un dinero de bolsillo que alcanzaba para pagar las estampillas de correo y armar cigarrillos. Mientras tanto íbamos a clases de sueco ocho horas por día; allí nos pasaban videos informativos sobre cómo llenar una planilla para pedir trabajo en la oficina centralizada, cómo cobrar el sueldo por correo, cómo registrarse en el hospital, qué trabajos desempeñar con nuestro elementalísimo nivel de idioma. Para los que veníamos de la cárcel, esa Suecia era una especie de cárcel VIP. Y se reproducían las luchas de la cárcel, en un tira y afloja con los suecos que dirigían el campamento y que estaban acostumbrados a ese estado de semilocura que traíamos y que se expresaba en reivindicaciones como: no queremos comer carne de alce, exigimos vaca, queremos más dinero de bolsillo, sí a éste le dan pañales para sus hijos, los que no tenemos hijos, ¿no deberíamos ser compensados con algo que reemplazara el valor de los pañales? Paralelamente viajaban compañeros del Comité de Solidaridad, que vivían en Estocolmo, y nos instruían sobre las convulsiones internas del organismo, a la vez que nos “bajaban línea” sobre lo que debíamos hacer o evitar hacer. De ese período de campamento, que duró siete meses, me quedó la sensación de mundo delirante, de irrealidad de aldea en cuarentena. Visto a la distancia, creo que esa vieja organización sueca para refugiados estaba pensada más para inmigrantes económicos, que huían del hambre y no de la espada. Me hubiera resultado más sanador integrarme a la vida en la ciudad, al contacto con el mundo sueco, aun con las deficientes herramientas idiomáticas con que contaba. Necesitaba ejercer mi libertad, sacudirme la modorra de largos años de autonomía cero. Cuando llegué a la ciudad fui –como todos– a dar a unos confortables departamentos del Gran Estocolmo en los que recalábamos los inmigrantes de distintos orígenes: eran los guetos. Cada barrio tenía su centro comercial, su consultorio médico, su dentista, su biblioteca, casi se podía vivir en el barrio sin salir de él. Esos guetos concentraban mil nacionalidades, turcos, yugoslavos, iraníes, rumanos, kurdos, polacos, senegaleses, etíopes, nigerianos, paquistaníes, finlandeses: era una babel de idiomas, culturas, hábitos que había que compatibilizar y que daban lugar a un sinfín de malentendidos y negociaciones ajenas a la cultura “sueca”, esa cultura que nos envolvía como el aire y que era, como el aire, inasible. Durante unos meses seguí estudiando sueco, terminé el último nivel en la universidad, y llegó la hora de trabajar. Todas las ofertas me provocaban la misma inapetencia: no tenía un nivel de sueco aceptable para trabajos intelectuales y, obedeciendo a una vieja vocación médica, decidí empezar por la única oferta: el escalón final de la medicina, asistente de asistente de enfermería en un hospital de ancianos. Por dentro estaba segura de que mi sueco era bueno y tal vez lo fuera en otro ámbito. En ése, en que los dientes no abundaban y la demencia senil alteraba el orden lógico del discurso, era una catástrofe. Además los viejos eran viejos, anteriores en educación y crianza al Estado de bienestar, y usaban una lengua más sajona, menos latinizada. Las abundantes palabras de raíz latina que yo había incorporado en mi estudio universitario del sueco pertenecían al estrato más culto del idioma. Esos viejos me dieron una comprensión íntima y afectiva del idioma sueco; regresivos como estaban, usaban la lengua del corazón. Y esa fue mi verdadera entrada al idioma sueco, que hasta ese momento había sido un idioma vacío.

¿Cómo fue la convivencia con los otros exiliados?
Con otros exiliados “latinoamericanos” compartía de vez en cuando eventos culturales y solidarios. Mis amigos del exilio eran rioplatenses: uruguayos y argentinos; tenemos tics comunes y nos entendemos fácilmente, con los mismos guiños. No estaba en una etapa gregaria. Estaba más necesitada de lamerme las heridas. Volaba verdaderamente bajito, y la poca vitalidad que tenía la usaba en entender la sociedad en que vivía. Palparla, tener una intuición de por dónde pasaban sus fuentes de energía.

¿Cómo te relacionabas con Argentina desde la distancia?
La Argentina estaba muy lejos de mis recuerdos. Lo más cercano era la cárcel, que constituía una minisociedad con un miniclima, distante de lo que pasaba en las calles. Yo llegué a Suecia a fines del setenta y nueve, la dictadura parecía muy consolidada, y necesitaba alejarme emocionalmente del país; Suecia podía no necesitarme pero yo necesitaba de Suecia. No podía pasarme años con la valija abierta arriba de la cama. Desempaqué, y me puse a explorar el vacío. Al fin de cuentas podía no estar tan vacío. Ese departamento en el gueto fue mi primera casa. La primera vivienda que no era una pensión o un departamento de paso. Me llevaron a ver la casa. Estaba vacía y me pareció lindísima y enorme. Me dieron un cheque para comprar los muebles. Pasé días mirando catálogos y caminando por IKEA, un lugar donde vendían de todo para el hogar, desde muebles hasta el último foquito de luz; elegía con concentración y entusiasmo, y muy atrás, en el fondo de la cabeza, sentía la picardía, era como un juego, una farsa, o más bien una travesura. Disfrutaba vertiginosamente del nuevo papel de señora de su casa, pasaba las páginas eligiendo el color y diseño de los sillones, la biblioteca, los platos, las sábanas, las ollas, hasta las plantas. Todavía recuerdo el cuadro que elegí para la sala: una pantera negra emergiendo de una floresta con árboles fosforecentes. Un espanto. Tenía mi pieza, mi hija tenía su pieza; el departamento era tan grande que me solazaba paseándome por él. Estaba en una planta baja y desde la ventana de la cocina veía la plaza de juego de los chicos. Desde el salón observaba el bosque. Era mi refugio. Allí tuve mi primer y único piano. Había terminado el profesorado a los diecisiete años, pero nunca había podido tener un piano. Años después, cuando pude volver a Argentina y desmantelé la casa, vendí el piano, símbolo de mis aspiraciones burguesas. Argentina era mi lugar; yo no tenía que refrendar eso, no tenía que acariciarle el lomo para saber que estábamos ligadas. Y cuando digo Argentina digo algo íntimo y personal, olores, esquinas, bares, la falta de transparencia del aire de la ciudad, la humedad, sensaciones que unían en un manojo los retazos que colgaban de mí.
                                                                                         
¿Escribías antes de irte de Argentina?
Escribí siempre. En forma catártica de chica, poemas impresentables de adolescente, pero fue en la cárcel cuando la escritura se me reveló como una función más, como dormir o comer. Escribir me ordenaba la cabeza. Escribía cartas. Por eso tengo un gran amor por el género epistolar. Eran unas cartas larguísimas, con letra tan chiquita que había que leerlas casi con lupa, porque con frecuencia teníamos racionado el papel. Reflexionaba sobre todas las cosas y buscaba un centro, buscaba un sentido provisorio de la belleza y de la vida a través de la escritura; buscaba escapar a la locura, porque aquello era una especie de locura, aquello de resistir a la cárcel, de vivir en la cárcel. Después, en el exilio, escribir fue también una forma de resistencia a la distancia impuesta a contrapelo del deseo. Escribía muchísimo. Y escribí algunos cuentos. Cuando volví a Argentina me faltaron las cartas, ya no había tanto que escribir, pero seguía la necesidad. Fue entonces cuando empecé a escribir ficciones seriamente.

¿Cómo influyó el desarraigo en tu vida?
El desarraigo empezó en la cárcel, siguió en el exilio y no tiene punto final. El desarraigo establece un corte, fracciona, y esta sensación de fragmentación toma posesión de la mente como estado de conciencia. Volver a la patria no restituye la ilusión de unidad que se ha perdido. Volví distinta y volví a un lugar que es objetivamente distinto. El tajo en la subjetividad opera en mí como el lugar desde donde se observa la vida de una manera nueva. La característica más nítida es la separación, la distancia; se ha roto la ilusión de pertenencia total y en su lugar queda una especie de velo que nos separa de una realidad que ya se sabe fragmentada. En cierto modo es como perder la ilusión del paraíso, perder la inocencia. Si comparo lo que escribía antes del desarraigo, aún los textos “dolorosos” tenían una intensidad primitiva, un poco infatuada. Detrás de ellos está la subjetividad de una vida única y las variantes ocurren dentro de esa vida única. Con el desarraigo se agrega una mirada doble, distanciada, que pierde su propio centro, que varía de centros, que busca, que salta de un fragmento al otro. El primer libro que publiqué y que escribí a mi regreso a la Argentina se llama En celdas diferentes, una serie de relatos, algunos de la cárcel y otros no. Mi vida quedó dividida en celdas diferentes. El desarraigo termina con los entusiasmos rabiosos por la cosa propia. Podemos defender con mayor o menor fanatismo el mate o el dulce de leche, pero habrá un poco de impostura en eso porque ya no hay paraíso, no existe más el lugar en el que todo tiene un sentido unívoco. En mi literatura todos los personajes buscan algo. Yo creo que expresan mi propia búsqueda ilusoria de ese lugar unitario.

¿Qué experiencia frustrante viviste en Suecia?
La regresión que me imponía la pérdida del lenguaje. Las relaciones sociales en una lengua que no era la mía eran penosamente forzadas. Me obligaba a mantener un nivel casi primitivo de diálogo. Cuando intentaba profundizar ideas aparecían los matices faltantes, la necesidad de adjetivar con precisión, de calificar, de refinar el pensamiento y las palabras no alcanzaban. Aparecía la lengua de trapo. Esto era tan frustrante que terminaba simplificando, construyendo frases breves y evitando niveles más sutiles de conversación. Lo forzado de la comunicación impregnaba hasta los gestos, la postura del cuerpo. Una sueca me dijo que cuando hablaba mi idioma parecía otra persona. Los suecos, en su infinita amabilidad, hablaban más despacio cuando se dirigían a mí, modulaban mejor, usaban un lenguaje sencillo, sin matices, que me hacía sentir idiota.

¿Qué buenos recuerdos tienes del exilio?
Tengo buenos recuerdos del exilio. A la distancia lo veo como una exploración hacia adentro, una introspección hacia partes mías que hubieran permanecido ignoradas para siempre. Era como una tierra de nadie. Yo estaba allí, sin testigos, llegada de la nada, sin historia. En todo caso mi historia se amontonaba, despojada de los matices personales, a la historia política de otros. Era cruel, y a la vez era liberador. Tenía la fantasía de que podía empezar todo de nuevo, desde cero, si hubiera querido. Era una fantasía y yo lo sabía, pero el anonimato brutal contenía la ilusión de amnesia total, de punto cero. Se podía por lo menos encender linternas para explorar túneles propios, ver qué había allí. Yo estaba muy herida cuando llegué, y aunque detestaba a las mujeres resignadas y deslucidas, eso fui durante un tiempo. No había testigos, no importaba, podía hacerlo. Recuerdo la amplitud de ese departamento que era mi lugar, mi refugio, me sentía bien allí; recuerdo el silencio, la soledad, la belleza del invierno, los paseos en el interior de los bosques, al costado de los lagos, recuerdo las hojas rojas del otoño, los campos repletos de flores del verano, las abejas, las conversaciones en voz baja en restaurantes alumbrados a vela, la perplejidad, la ajenidad dolorosa y liberadora. Después me harté de esa calma, busqué otros caminos, más agitados. Era una rara libertad, como vivir en el limbo, en un paréntesis en el que todo podía ocurrir y nada tenía mucho peso ni importancia. Las lecciones del exilio son muchas. La idea obvia de que no hay una sola manera de estar en el mundo se vuelve una realidad; se aprende otra forma de estar y ser para la cual es necesario despojarse de la soberbia inconsciente de lo propio, de la cultura automática, vivida antes con una desmesura inocente. Eso no se recupera, y este sin retorno es un bien adquirido.

Cuéntame algo anecdótico.
Tengo recuerdos precisos del hospital en que trabajaba. Pacientes que me pusieron ante situaciones perturbadoras, profundamente humanas. Recuerdo en especial a una viejita; como yo era nueva en el piso me mandaron a darle el desayuno, porque a nadie le gustaba atenderla. Entré a su habitación, saludé, y después de apoyar la bandeja en la mesa y elevar la cabecera de la cama, le pregunté si quería usar sorbete o tomar el té de la taza. En sueco no se usa el trato formal, se usa el tuteo, y yo la tuteé. La mujer me reprochó el atrevimiento. Tenía una voz formidable, fuerte y educada. En Argentina jamás se me hubiera ocurrido tutear a un viejo, así que mi “yo” sueco quedó en estado de shock. Me disculpé, roja de vergüenza, y de ahí en más recurrí a un “usted” que extraje como una muela vieja de mis estudios de idioma en la universidad. La mujer resultó ser hija de un médico, había viajado mucho y era cultivada. Había algo fascinante en ella; yo me ofrecía siempre a atenderla, para alivio de mis compañeros. A la tarde, antes de la merienda, me pedía que la peinara. Siempre sentada en su silla de ruedas, siempre mirando el hermoso bosque a través de la ventana. Era casi calva; del cuero cabelludo le colgaban pocos mechones blancos y largos. Ella me daba instrucciones precisas: cómo sujetar el pelo cerca de la coronilla, cómo alisarlo, cómo colocar las hebillas, que apenas se sostenían. Era un ritual meticuloso, su voz era tan potente y emanaba tal seducción de ella que yo me sentía peinando a Melanie Griffith. Un día me dijo que podía tutearla, pero yo no la tuteé nunca. Era una mujer autoritaria, dura. Lo curioso es que estaba completamente indefensa. Medía un metro a lo sumo, porque le habían seccionado las piernas arriba de las rodillas y tenía los brazos cerrados en candado sobre el pecho; las manos retorcidas por la artritis. No podía hacer absolutamente nada sin ayuda y nadie la visitaba jamás. Cualquier persona en ese estado busca, por lo menos, despertar simpatía. No era su caso. Si alguna vez temió el hambre, la sed, el dolor, la indiferencia, es un secreto que se fue con ella. A nosotros nos trataba mal para evitar la compasión. Solo cuando estuvo segura de que yo había entendido las reglas, empezó a hablarme de sí misma. Me contaba sobre todo de su padre, de sus viajes. Tenía el espíritu de una diosa en el cuerpo de un ratoncito mutilado. Pensé que en su infancia debió haberse sentido muy amada.

¿Cuándo volviste a Argentina?
Volví al país apenas retornó la democracia, en diciembre de 1983. En Suecia quedaba mi hija Andrea. El regreso fue contradictorio, doloroso, pero yo deseaba intensamente volver aunque no tenía intuiciones sobre el futuro. Entre la cárcel y el exilio habían pasado siete años. El país había cambiado, yo había cambiado, y en el rubro de las presencias había grandes ausencias. De las seis personas que me habían despedido en el aeropuerto, tres estaban muertas: mi madre, mi tía y mi prima Inesita, por no hablar de la ausencia de compañeros y amigos. Volví con un pasaje de ida y vuelta. No sabía qué país iba a encontrar, pero lo que yo de verdad necesitaba era encontrarme a mí misma, recuperar la noción de quién era, y eso sólo podía suceder en Buenos Aires. Tenía la sensación de que mi conciencia estaba compuesta por capas geológicas inestables, como consecuencia de los sucesivos terremotos y reacomodamientos experimentados. No sabía qué cosas en mí eran, digamos, virósicas, y cuáles eran ya constitutivas. Había vivido en emergencia durante tantos años que caminaba como por un terreno minado, un pie por vez, y sin abrir la boca. Este “sin abrir la boca” resultó ser clave. En mi entorno nadie me preguntó por la cárcel ni el exilio. Amigos y parientes tenían interés en saber de Suecia, sí, pero Suecia la comida, Suecia el frío, Suecia las suecas, Suecia el idioma. Como si yo volviera de unas alegres vacaciones, como si ellos no hubieran padecido sus propios terremotos. Recuerdo haber almorzado en casa de parientes con el televisor encendido en la cabecera de la mesa. Era tremendo, esquizofrénico. En los últimos años me encontré con otras exiliadas que tuvieron experiencias más integradoras, distintas a la mía. En ese momento yo estaba muy aislada y no tenía otros referentes. Para mí el retorno a la democracia tuvo el precio del silencio. Probablemente eso no fuera generalizado, pero esa creencia mía tuvo un efecto muy grande en la manera en que me inserté en el país. Sentí que el pacto era no hablar del pasado. Y dentro de ese silencio había silencios como piedras fundamentales. Durante años pagué el derecho de piso de los sobrevivientes: el silencio. Excluyo a los luchadores por los derechos humanos, para los cuales hablar, investigar y denunciar era su razón de ser. Los anónimos, los que tratábamos de entrar a la vida aquí por algún costado, debíamos callar: éramos uno de los dos demonios que construyó la historia oficial. Yo entré hace diecisiete años en la empresa en la que aún trabajo. Antes de aceptarme pidieron informes policiales. Cuando llegó el informe yo abrí el sobre en secreto y lo leí. Estaba segura de que era mi último día allí. El informe decía que yo “no registraba antecedentes policiales”. Sencillamente no habían pedido informes. La proverbial falta de seriedad argentina. Desde luego nunca hablé en la empresa sobre mi historia. ¿Cómo podía hablar si habían pedido informes policiales? De ese modo vivía una curiosa clandestinidad. No llevaba una doble vida, pero tenía un doble pasado. En ese sentido mi reinserción era sesgada, eternamente condicional. En octubre último, cuando gané el premio Clarín de novela, me encontré de repente ante un micrófono, blanqueando mi pasado militante, hablando de la cárcel, del exilio. Mi literatura, en la que los personajes están marcados, atravesados por la importancia de lo político en la vida, me liberaron, al fin, de esta última cárcel.

¿Qué opinas sobre el debate que se generó sobre el exilio interno y externo?
Leí acerca de ese debate años después. Creo que tuvo lugar hacia el fin de la dictadura. Nunca me interesó. Lo poco que leí era extraliterario, no tenía a la literatura como centro. Parecía más bien un pase de facturas, un coletazo del aún inexistente cuerpo de debate que comienza a materializarse ahora, por la puerta trasera, a la luz del desastre económico y político en nuestro país. El debate sobre los años setenta en Argentina.

¿Cómo han sido recibidos tus libros en Argentina?
Curiosamente, yo escribí sobre el exilio después de volver de exilio. No soy original en eso, les sucedió a muchos escritores y no por casualidad. Volver significa reencontrar sobre todo ausencias, huecos de sentido, se vuelve con la ilusión de recuperar la identidad perdida. Es cuando el lugar del exilio se redimensiona como lugar perdido, como el territorio para esa otra manera de estar en el mundo que ha perdido posibilidad y que se añora. Así, se escribe sobre el exilio como una manera de recuperar ese lugar. Mi segundo libro transcurre enteramente en Estocolmo, es un libro que, a pesar de haber sido premiado, permanece inédito. Mi primer libro de relatos fue publicado en español y distribuido en Suecia y en Argentina. Mi último trabajo coincidió, y no creo que por casualidad, con un final de época en Argentina que remueve fantasmas demasiado carnales para ser fantasmas, una realidad que invita a relecturas de la realidad y de la historia. Mi novela propone una de esas relecturas, coloca al lector ante sus propias valoraciones sobre lo que pasó y lo que pasa hoy mismo.

¿Cómo nació tu novela Memorias del río inmóvil?
Memorias del río inmóvil surgió de una fuerte necesidad mía de narrar lo oculto, de contar una historia anclada en la verdad esencial de los tiempos que corrían en mi país. Quería adentrarme a través de la ficción en la consistencia de los verdaderos lazos entre la sociedad y la gente, los vasos comunicantes, los circuitos cargados de sentido y de coherencia que circulaban por fuera de la parodia oficial y mediática y aún del estado público de conciencia. Yo tenía una aguda percepción de los cambios que se iban operando en la sociedad pero esos cambios no se expresaban en el discurso público ni en el privado, no existían para la prensa ni para la cultura en general. Los que compartíamos esta percepción nos agrupábamos como leprosos, o como miembros de una secta nostálgica, y así éramos tratados. La presión social es incómoda e ineludible; se junta en los hombros como la caspa. Es posible sacudirla pero al rato vuelve a juntarse y produce una sensación de estar fuera de lugar, de no pertenecer. Pasaba una de dos cosas. O la sociedad estaba alienada de éxito y estupidez o la que estaba alienada era yo, y unos pocos más. Esto sucedía para 1996, 1997, cuando escribí esta novela. El consumo era la regla de oro de la nueva cultura; cuanto más se consumía y más caro, más valía el consumidor. El ser humano había desaparecido. En las grandes ciudades argentinas se respiraba un clima de fiesta; chicas anoréxicas y muchachos musculados flotaban en un limbo hedonista sin verse unos a otros. Las 4x4 atravesaban avenidas como bólidos, matando a más de treinta personas por día; políticos y jueces se lucían con adolescentes escuálidas sobre la cubierta de sus yates o en sus coches de lujo. Mientras, como en un juego de espejos, en las calles laterales más oscuras, fuera de cámara, aparecían como hormigas los excluídos, los indeclinablemente pobres. Mendigaban en los trenes, en los bares, dormían en la calle, revolvían la basura. Pero nadie hablaba de ellos, nadie los veía, nadie los miraba. Como la basura que se esconde bajo de la alfombra, pasaban de un escobillazo de la luz a la sombra, de la existencia a la no existencia. Eran los daños colaterales. Los que tenían que esperar que rebasara el vaso de la riqueza. Lo que pasaba era inconcebible, yo tenía la sensación de que la gente caminaba sin ver y sin oír. La adulteración de la realidad no solo era evidente, hería. Me parecía vivir dentro de una incredulidad con la sustancia de una pesadilla. Todo lo que había vivido y presenciado, allanamientos, cárceles, exilio, amigos y compañeros muertos, todo lo que habíamos opuesto para impedir esto que pasaba, y que pasaba sin pena ni gloria, con la aceptación o la inconciencia de la mayor parte de la población, aparecía como inútil y hasta como mínimo. Fue con ese clima interior, con una amarga conciencia de derrota, que escribí esa novela.

¿Memorias del río inmóvil tiene contexto autobiográfico?
No es una novela autobiográfica, pero tiene contexto autobiográfico. En toda mi narrativa los personajes están atravesados por las consecuencias de lo político en la vida cotidiana. Esa es mi propia percepción de la realidad y es inseparable de mi narrativa. Mi país ha sufrido frecuentes golpes de Estado, todos hemos vivido (salvo los muy jóvenes) bajo dictaduras alternadas por breves períodos democráticos, desde 1930 en adelante. Este es un hecho que los jóvenes debíamos confrontar desde cualquier pertenencia social, como trabajadores, estudiantes o intelectuales. Durante los años sesenta y setenta la vocación revolucionaria se extendía por toda América del Sur y Argentina no era ajena a esos vientos, con las consecuencias que todos conocemos. Lo que me pareció interesante tomar como uno de los ejes de mi novela es el brutal cambio cultural que se introdujo con el nuevo modelo. Un modelo impuesto a sangre y fuego, que no sólo cambiaba los parámetros económicos sino que cambiaba la concepción misma de la vida. No había en la población conciencia manifiesta de este cambio. La sociedad dejaba atrás un genocidio como se deja atrás un traje viejo, encandilada con la promesa del jaquet. El presente de mi novela es el de fines de los años noventa y los protagonistas son una pareja de ex militantes de los años setenta, que tratan de insertarse en la nueva realidad después de haber vivido la cárcel y el exilio. Ese era mi caso personal, de modo que hay un contexto autobiográfico allí. Los personajes son imaginarios, pero trabajé muy pegada a emociones y conflictos que entendía muy bien y que podía desplegar como un juego de tensiones éticas entre lo que parecían ser dos épocas. Sin embargo la trama desmiente estos tiempos cerrados proponiendo una continuidad histórica cuya ruptura se manifiesta solo en lo cultural y, fuertemente, en lo ético. Los personajes no se sustraen de estas tensiones éticas, antes bien están atravesados y aprisionados por ellas, en un juego de vaivenes que postulan la idea de que todo salto adelante en la conciencia es, en esas circunstancias, un salto al vacío. Lejos de presentar a mis personajes como héroes, los muestro como exponentes contradictorios de una cultura atravesada por estereotipos. Son críticos desde la conciencia y la voluntad, pero no logran trascender los límites de aquello que cuestionan, con lo cual, según mi lectura, subyace una crítica más global, más radical, de la cultura a la cual pertenecen.

¿Crees que el tema del exilio ha sido discutido con profundidad en Argentina?
No creo que el tema del exilio se haya discutido en profundidad, como no se ha discutido el fenómeno político de los setenta ni el genocidio que siguió. Hubo mucha incomodidad, hubo complicidades que se quisieron ocultar. La “teoría de los dos demonios” cerró un debate que la sociedad no quería siquiera empezar. Es sintomático que cada vez que se quiere iluminar un proceso complejo, un hecho corrosivo, el poder recurre a la demonización. Sacralización y demonización son los elementos clásicos del poder para nublar todo intento de investigación de hechos “incómodos”.

¿Qué estás escribiendo actualmente?
Estoy escribiendo un libro de relatos con protagonistas que eran niños en la época de la dictadura y que en el presente de la trama son adolescentes. Hay personajes que pasan de secundarios a principales de un relato al otro. Es una estructura de novela fragmentada. Otra vez la fragmentación. Y otra vez, personajes modelados por la vida política.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Para despedir el año con la mejor literatura


Alberto Laiseca: Los sorias
1344 pp. $ 950.-
La tirada se compone de quinientos ejemplares, impresos en papel Chambrill de 70 g., con tapas duras trazadas y armadas a mano, guardas en papel Gainsborough de 118 g y sobrecubierta en papel importado de 200 g impresa a cuatro tintas y plastificado mate.

"Los sorias es la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde Los siete locos." (Ricardo Piglia)
 
Marcelo Damiani: La distracción
160 pp. $ 100.-
La distracción es una novela sobre la amistad. Reynaldo Gómez y Nicolás Campriglia, además de su amor al cine, también comparten una admiración incondicional por el mejor crítico del séptimo arte: Caín –seudónimo que apenas esconde a Guillermo Cabrera Infante. Novela sobre la infancia, sobre los fantasmas, sobre la imaginación y los sueños y las pesadillas que representan nuestra vida, como si se tratara de escenas en planos indiscernibles, mientras nos entregamos dócilmente a las fuerzas ambivalentes de la distracción.

Marianella Collette: Voces femeninas del exilio
224 pp. $ 90.-
Este libro es una compilación de entrevistas con doce escritoras argentinas –María Branda, Pilar Calveiro, Iverna Codina, Cristina Feijóo, Marta Goldín, Alicia Kozameh, Alicia Parnoy, Sara Rosenberg, Cristina Siscar, Nora Strejilevich, Marta Vassallo, Marisa Villagra– que rememoran sus particulares vivencias en relación a la experiencia de censura, represión política, social y cultural de los ’70, y de cómo el exilio dejó huellas en la escritura.


Alberto Laiseca: Las cuatro Torres de Babel
192 pp. $ 120.-
"A medio camino entre el idiota del pueblo y un especialista en pirámides egipcias, la lengua que habla aquí el narrador ha sabido sacar asimismo un excelente partido de la lección de los clásicos. No sólo al presentarnos los conflictos del mundo actual con el extrañamiento propio de un historiador antiguo, sino también al intentar rescatar el género novelístico del trasnochado melodrama verista, y volver a situarlo en sus coordenadas originales, junto a la poesía épica." (La Nación)

viernes, 1 de noviembre de 2013

"El marido americano", de Paula Winkler, en la Revista Hispamérica Nº 125 (Reseña de Walter Iannelli)







Paula Winkler, El marido americano, Buenos Aires, Simurg, 2012.

La lectura de esta novela me hizo volver al diccionario para buscar el estricto sentido de la palabra ‘diáspora’. Según la Real Academia Española, en una de sus acepciones, diáspora se define como la “Dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen”. ¿Y qué otra cosa es lo que ha sucedido con muchos argentinos después de una serie de sucesos social y económicamente nefastos acaecidos en el país a fines del año 2001? Una dispersión, una búsqueda del lugar en el mundo que parecía que aquí, en el lugar del nacimiento, nos había sido vedado. Así es cómo Carla, una joven abogada argentina, se instala en los Estados Unidos y, un tanto aburrida de su profesión, se convierte en traductora de autores rioplatenses.

Novela del síntoma de la globalización, en el marco de la cual todo parece estar comunicado, la soledad acosa doble y dualmente a los personajes de esta trama que no solo están solos hacia el fuera, sino que también se enfrentan a la imposibilidad de encontrarse y comunicarse con el propio deseo y apenas atinan al la acción que a veces no lleva a ninguna parte. Es así como Carla conoce a Ron, el hombre americano sucedido marido, que primero la atrae y después la abandona en una isla separada del continente por un mar de diferencias idiosincráticas que no resultan otra cosa que el reflejo de diferentes identidades. Es entonces cuando Carla, abrumada por ese hombre fundado en el apego a la ley y a una tolerancia disciplinar que todavía esconde un gran asombro frente a la diversidad de religiones y culturas, se siente una hispana en Norteamérica, y decide dejarlo para vivir un nuevo exilio hacia adentro que termina desembocando en la puerta de su vecina de departamento, Allyson Prentiss, quien resulta ser una viejita que vive su propia soledad en globalización aun entre los suyos.

Aquí es cuando la palabra diáspora empieza otra vez a ganarse su significado. Dos mujeres solas, en algún lugar del mundo, venidas de cualquier parte, toman té, se reúnen, como si hubieran decidido como grupo emigrar de un lugar oscuro y recóndito para encontrarse en otro. Una, instada como inmigrante a articular signos propios y ajenos, se refugia en los vericuetos de la traducción, tal vez el único puente posible o definitivo obstáculo entre dos culturas cuyo malestar deviene de vértices muy distintos. La otra, reconcentrada en esa soledad que le ha valido lo único cierto: el espacio reconocible y lleno de marcas de un breve departamento devenido en mundo, pero que daría igual que estuviera en cualquier otro sitio del planeta. Es en ese marco en el que la autora da una vuelta de tuerca y le hace vivir a este último  personaje, la anciana Prentiss, un viaje a China en el que irá a buscar ese algo perdido —un amor, objetivo o razón, algo que se sostenga para siempre como una especie de rémora del sueño en sus ojos— en un mundo paradójico y contrario, como si solamente fuera posible pensar un lugar para quedarse yéndose muy lejos, o construir o reconstruir un pasado viajando al futuro.

Paula Winkler sorprende por su vitalidad e inteligencia y no pierde oportunidad para contraponer en distintos registros los enfoques panorámicos de estas dos sociedades, la norteamericana y la china, que solo pueden alumbrarse con una mirada eminentemente argentina. Una mirada, hecha de interminables diásporas —hacia fuera y hacia adentro, geográfica y ontológicamente hablando— que acaban por constituir su gentilicio. Mirada que aún busca su geografía social y se niega radicalmente a toda global o particular substanciación de términos. Malestar que no cesa, en definitiva, ni bajo las luces de Broadway, ni en el largo recorrido por la Muralla China, El marido americano da cuenta de un proceso migratorio interno y sin resolver del ser humano enfrentado al avance de la cultura, o quizá, al avance de la cultura del malestar.



Walter Iannelli