martes, 18 de octubre de 2011

Edición especial de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca








La edición original de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca, que circula en librerías desde mayo de este año, se compone además de una tirada de cabecera de cuarenta ejemplares de los cuales se destinan a bibliófilos y coleccionistas tan solo treinta y cinco. 
Estos libros únicos se han encuadernado artesanalmente en cartoné grabado, poseen una sobrecubierta impresa a medida y –lo más importante– están numerados a mano, firmados por el autor y acompañados de un dibujo original (todos diferentes y firmados) del reconocido plástico argentino Jorge Garnica, con obra en colecciones en diversos países (Museo de Arte Argentino Eduardo Sívori; Casa de las Américas, de La Habana; University of Essex, Inglaterra; Lalit Khala Academy, India, etc.) y por la que ha recibido diversos premios y menciones de honor (Fondo Nacional de las Artes, Asociación Argentina de Críticos de Arte, Salón Nacional de Pintura de la Secretaría de Cultura de la Nación, entre otros).
Luis Felipe Noé ha dicho:


"Garnica es un poeta del lenguaje mudo. Se trata de uno de los más notables y singulares artistas de su generación que se brinda de una manera tan misteriosamente generosa como secreta, tanto sea en su vida personal como en su obra." 


Los ejemplares de la tirada de cabecera se compran únicamente en la sede de la editorial, previa reserva telefónica al (+54 11) 4857-9353. El precio de venta al público es de $ 1.800.- (pesos mil ochocientos).

miércoles, 29 de junio de 2011

Presentación de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca








Ediciones Simurg y Casa de la Lectura
invitan a la presentación de los
  
Cuentos Completos 
 de 
Alberto Laiseca 

a cargo de Walter Iannelli y el autor

Miércoles 13 de julio, 19.30 hs
Casa de la Lectura
Lavalleja 924 
(entre Jufré y Lerma, Barrio de Palermo)

sábado, 16 de abril de 2011

Alberto Laiseca: Cuentos Completos



Alberto Laiseca publicó su primer cuento, "Mi mujer", bajo el seudónimo de Dionisios Iseka en el diario La Opinión el 19 de agosto de 1973, aunque su escritura estaba fechada casi dos años antes (29 de Octubre. 1971). Las páginas que el suplemento cultural le dedicó al joven escritor incluyen el anticipo de dos capítulos de la novela Su turno (que, por razones de mercado, fue publicada por decisión del editor con el título ampliado de Su turno para morir) y una nota de presentación sin firma que reproducimos a continuación, antes de "Mi mujer", rescatado en hemeroteca para el volumen de Cuentos Completos que Simurg distribuye en estos días en librerías de todo el país.

El volumen, merecido homenaje a uno de los escritores más originales de la literatura contemporánea, recopila todos los cuentos que integran sus tres colecciones anteriores (Matando enanos a garrotazos, Gracias Chanchúbelo, En sueños he llorado), otros publicados en antologías y quince inéditos escritos en los últimos años.

Una tirada de cabecera de tan solo cuarenta ejemplares, acompañados de un trabajo original del reconocido plástico argentino Jorge Garnica, se imprime especialmente para bibliófilos. Estos libros, numerados y firmados por Alberto Laiseca, tienen encuadernación artesanal y son vendidos únicamente en la sede de la editorial.







Mi mujer




—Queréis la guerra total, más total que todas las guerras totales que han sido, más total incluso, de lo que yo pueda estar diciendo en este momento, os pregunto de nuevo, ¿queréis la guerra total?
Les largo puchos encendidos a la gente que pasa abajo por la calle. Soy malo. De mal corazón. Cuánto los odio: me acusan de querer  mojarle la oreja a la centralización. “Escuchame, aquí no se trata de mojarle la oreja a la centralización.” Los odio a todos. Plagiando una famosa cinta cuyo título no recuerdo, les reviento a los chicos sus globos con mi pucho encendido. Fumo exclusivamente toscanos y me siento en las confiterías para que las mujeres me odien y se vayan. Algunas me tocan el hombro: “Por favor ¿podrías fumar otra cosa, que no puedo aguantar?” “No.” Luego lo pienso mejor y les agrego: “Peor estábamos en el 43, señorita”. “¿Por?” “Con el Zyklon B kámara. Las cámaras de gas.” “Ah, no sé, porque yo por esa fecha no había nacido.” “Bien, pero el caso es que yo sí, se da cuenta. Porque nací en el 41. Pase buenas tardes.” Entonces ellas toman a su novio por el bracito y se van. Me odian, y yo gozo.


Compró en un kiosco una postal japonesa. Del torso para arriba, una mujer desnuda. Era una de esas postales tridimensionales que los japoneses son tan hábiles para hacer. Cerca de sus manos, ramos de flores que formaban ikebana con el seno izquierdo desnudo de la mujer. Un delicioso pezón rosado. El seno derecho, tapado por el pelo negro, tupido y lustroso que le llegaba al pupo. Una especie de ventana abierta atrás de ella; nubes azules y cielo blanco. Del otro lado de la fotografía, abajo y con letra chiquitita decía:
“Export prohibited to all Europe Kowa Display CO. INC. Tokyo. Japan (216) Toppan”*
Por las noches él le acariciaba el pelo y le mordía el seno. Pero como ella lo miraba con ironía decidió efectuar una expedición punitiva. Le pegó un papelito sobre la boca, suficiente para cubrírsela, y dibujó en él un cierre relámpago. Del otro lado escribió:
“Mona Lisa con gavetas”. Retrato al óleo de mi mujer, por el afamado pintor Dalí. Firmado: Dionisios, amante esposo de Cósima (también llamada Erika Eurídiche Andrómaca Eloísa Electra Adela y Magda). Dalí dice que la dejó muda para que yo pueda oírla mejor detrás de una gaveta.”
Enamoradísimo de ella. Ahora.
Cuando se encontraba con un amigo muy querido le decía tímidamente:
—¿Querés ver una foto de mi mujer?
—¿Mujer? ¿tuya? No sabía que estuvieses casado.
—Pues sí que lo estoy.
—Enseñámela.
—No. No te la muestro nada (decía él con pudor retirando la fotografía apresuradamente). Yo conozco con qué bueyes aro. No te mostraré sus redondeces turbadoras y deliciosas para que después me la seduzcas.
(Riendo.)
—Ah, quiere decir que no estás seguro de vos mismo.
—De mí estoy seguro. No estoy seguro de vos.
—Pero vamos, si yo ya tengo mujer.
—Sí, pero podría ocurrírsete tener otra. Leo en tus ojos tendencias bígamas. (Le daba la foto. Risas.) Lee también del otro lado.
—Muy lindo, muy lindo.
—¿Te gusta?
—Sí. Pero francamente me parece demasiado.
—Nada es demasiado para mí.
Si se la mostraba a una mujer, le decía:
—Te voy a mostrar una foto de mi mujer.
— !
—Sí, pero no la mires con el lesbianismo acostumbrado. Si no dejás la cuádruple raíz del principio de razón lesbiana suficiente en casa, no te la muestro.
Curiosa:
—A ver a ver.
Risas.
—Qué genial.
Él:
—¿Te gusta mucho?
—Sí, mucho.
—Bien. Adela vuelva a casa (y se la arrebataba de la mano, guardándola).
Pero un buen día decidió entrar en acción: Se dijo: “¿Por qué no?” y como era cabalista, podía hacerlo.
Hizo los dibujos y los números. Distribuyó en los ocho trigramas los nombres de poder. La foto en el centro.


Sobre su cama, dormida. Una mujer de 25 cm de altura. Sus miembros eran equivalentes a los del retrato sólo que no terminaban en la cintura. La japonesita estaba completa y abrió sus ojos sintiendo que la llamaban: “Adela, Adela, mujer mía”. Se desperezó hasta la punta de sus pies. Luego se sentó.
—Mon amour, déjame ver si el otro lado es tan delicioso como éste. (Y ella, que sabía a qué se refería, con un ademán echó airosamente la masa de pelo hacia atrás. Por fin podía mirarle el pezón derecho. Tenía una levísima hendidura en la parte superior, como un abismo diferencial. Él se lo besó.)
Ella dijo:
—No te has afeitado y me pinchás con la barba. Así no me gusta que me besen. Tengo la piel muy delicada y soy chiquitita, de modo que si querés besarme, afeitate primero.
—Me afeité esta mañana.
—Afeitate de nuevo.
—No puedo porque se me irrita la cara.
—Entonces no me beses.
—Qué mala sos. (Entonces ella se arrepentía y me abrazaba un dedo.)
La llevaba a la cama todas las noches. Me había impuesto a mí mismo el hábito subconsciente de no moverme mucho para no aplastarla.
Era sumamente erótica. Con mi lengua tocaba la punta de sus senos, sus hombros y su sexo, y se estremecía de placer. Ella también cabalgaba sobre mí y abarcando parte de mi cabeza, besaba mi boca.
Yo decía:
—Te amo igual aunque tengas secretamente boca de puta y aunque al fabricarte se me haya olvidado hacerlo con su respectiva gaveta.
Ella con un mohín delicioso:
—Si me amases de verdad tendrías que amarme con mi boca de puta incluida.
Yo. Sacudiendo la cabeza:
—Estas mujeres que no comprenden.
Ella tomaba la postal como si fuese un cartelón gigantesco y decía admirando:
—La verdad es que soy muy fotogénica. Claro que yo soy mucho más hermosa.
Vivíamos así los dos. Un día la encontré llorando.
—¿Qué te pasa, osito?
Se echó el pelo atrás con furia:
—Ya sé que has andado detrás de esas estúpidas gigantonas. Quién te necesita.
—Te aseguro, mi amor, que todo el día pienso en vos.
Y le di un hermoso pañuelo que acababa de comprar, un pañuelo transparente, como azul, como rojo, como verde, que recordaba el nombre de “Heliogábalo, emperador” al mirarlo.
—Es para que te hagas un vestido.
Muy contenta, estuvo todo el día haciéndoselo. Por la tarde (le quedaba maravillosamente tanto el vestido como la tarde) yo le dije:
—Te amo.
Ella:
—Soy muy feliz.


Un día dijo:
—Quiero hacer el amor. ¿Por qué no podemos tener hijos nosotros?
Y entonces los dos llorábamos porque no se podía por razones obvias. Yo prácticamente deliraba por poseerla. En medio de mi locura me parecía en un momento que ella no era tan chica después de todo y que tal vez…
Otras veces me hacía la ilusión de que yo era más pequeñito y que entonces…
—Y si fue así como me creaste ¿por qué no lo hacés de nuevo? Quiero ser más grande.
—No se puede.
—Cómo que no se puede. Sí se puede. Si antes pudiste.
—Tiene que darse el milagro. Tenemos que jugarnos los dos esta vez. Uno solo no puede.
—¿Jugarme en qué sentido? —Como se ve ella había reducido el plural al singular—. ¿De qué estás hablando? Hablá más claro.
—Vos no sos cualquier mujer.  Sos una mujer mágica. De modo que nuestra casa, para que podamos vivir, tiene que ser cuidada por los dos. Hay quienes tratan de impedirlo. Y si queremos que lo nuestro sea bello, tenemos que trabajar los dos para que vos crezcas.
—Últimamente y yo por qué tengo que crecer, ¿no podrías vos hacerte más chico?
En otros momentos me decía:
—Si perdés altura te mato.
Era así de contradictoria.
Yo le explicaba:
—Hay poderosas fuerzas mágicas adversas que luchan para que no pueda hacerte crecer. Puedo hacerlo pero ¿de qué valdría si todo saldrá mal?
—Es tu problema. Yo no tengo nada que ver con eso.
—¿No es ésta tu casa?
—La mía es una posición correctísima. Sin fallas. Yo hago todo lo debido. El cabalista sos vos, no yo. Así que arrégleselas como pueda.
—No seas tan egoísta que todo se va a destruir y vamos a andar los dos, solos y sin amor, por toda la eternidad.
—Claro que soy egoísta. El egoísmo es un bien, no un mal. ¿Acaso no lo dijo Ayn Rand a quien vos tanto admirás?
—No tergiverses, mi vida. No tergiverses por favor. El tuyo es un egoísmo feo e inartístico. Es antiegoísmo, porque conduce a la destrucción de nuestras almas.
—Hablá más claramente.


Un día traje a casa la postal de un hombre desnudo: un japonés. Un samurai que dormía y sus armas montaban guardia a su lado.
Ella se pasaba horas mirándolo y decía:
“Qué hermoso es. ¿No te parece hermoso?”
Yo que comprendía lo que ella no podía comprender, dije:
“Sí. Es muy hermoso. Lo que no sé es si te será útil.” “¿Qué querés decir? ¿Por qué siempre hablas con enigmas? ¿No te podrías olvidar de la cábala siquiera por un rato?” Y volvía a mirarlo.


Tracé nuevamente los dibujos sagrados. Coloqué los nombres de poder sobre los ocho trigramas.


Ella se acercó al hombre dormido y lo despertó.
Vi que se iban. Además para eso se los di.


* Esta fotografía existe.





sábado, 5 de febrero de 2011

Sobre literatura argentina (Jorge Baron Biza)


La solución de todos los problemas
de la Literatura argentina

Por Jorge Baron Biza


Me contaron que en algunos diccionarios, enciclopedias y otros repertorios de los autores argentinos figuran libros que nunca existieron. Se filtraron: es imposible que los recopiladores verifiquen cada una de las obras que los autores se atribuyen.
Estos chismes me llegan por lo general con aire de rechazo moral. Sin embargo, creo que nos encontramos frente a la gran solución de los problemas de la literatura nacional.
Cada vez que hablo con un editor, en algún momento de la charla se pone la mano en la frente y exclama: ”¡Estoy hasta aquí de originales! Tengo un cuarto lleno. Todo el mundo escribe”, con el mismo tono con que algunas maestras se quejan porque tienen muchos alumnos. Con demasiada frecuencia me encuentro con abogados, economistas, militares, políticos, profesoras de gimnasia, ex cualquier cosa, poetas de los de “amor” con “temblor”, empresarios con éxito, argentinos que pelearon en la guerra del Golfo (¿pero existió?), pintoras con casa en balneario paquete. A todos les brillan los ojos cuando ven la posibilidad de ser escritores. Lo sé muy bien porque yo mismo les escribí algunos de sus libros. El único que no me pagó fue el empresario; pero la pintora gastó más –mucho más– en el cóctel de presentación que en su escritor fantasma. Nosotros, los fantasmas, tenemos que cuidarnos mucho si queremos seguir trabajando: te piden que describas en el libro cómo engañaron sin piedad a su rival, pero sienten pánico ante la más remota posibilidad de que se descubra que no son escritores.
Trato de disuadir a los escritores que no son escritores: les muestro las últimas liquidaciones de mi editor; las radiografías de mi columna, les hablo de que hay que dar la cara, de las burlas si las cosas salen mal, del ninguneo si las cosas salen bien.
Todo en vano: quieren tener su libro. Nada los detiene. Dos hectáreas de bosque en Canadá, Misiones o Finlandia tiemblan ante la determinación de cada una de esas miradas. Las agujas de los pinos se erizan mientras alguien con influencias revisa su agenda soñando con una reseña en los diarios de gran tirada. 
También hablo con los libreros: “¡Demasiados títulos, dónde los voy a exhibir, y al mes siguiente otra oleada, no hay tiempo de comercializar bien ni de que funcione el boca a boca!”. En la redacción del diario para el cual trabajo hay un ropero lleno de libros que esperan ser comentados en las cada vez menos páginas dedicadas a la cultura. Detrás de cada uno de esos ejemplares acecha una persona habitualmente amable, hasta inteligente quizá, que se convertirá en una arpía de persecución  personal si no le publican la reseña. No hablemos de reseñas desfavorables, porque eso casi no existe en la Argentina. Como buen país mafioso, la más leve insinuación de que después de la página cuatro el libro sufre una operación alquímica que lo transforma en plomo, la sospecha de que el autor no es un genio total, la falta de convicción de que ésa pueda no ser una de las cumbres de las letras nacionales, son todas excelentes razones para que el autor llame al secretario de redacción y le cuente que a su periodista cultural la vieron la otra tarde salir de un cabaret. La corte es la antesala de la mafia. A cada mes que pasa, estos enemigos se van sumando. Muchos se conocen entre sí y van estrechando redes y combinando operaciones cada vez más complejas y sutiles. En pocos años, el periodista cultural es una Virgen de Lippi entre los gladiadores, una cebra con los colores de Newell`s en un campo de toros carnívoros.
A esta altura el lector ya sabrá cuál es la solución que propongo. En lugar de cubrir de vergüenza a los autores que se inventan algún librito por ahí, cubrámoslos de gloria. Son buenas almas que no atormentan a editores, ni libreros, ni reseñadores. Sus ficciones no atiborran camiones de reparto, ni depósitos, ni estantes de librerías. Gracias a sus pacíficas ficciones los bosques del mundo respiran aliviados. Hemos llegado a una nueva categoría de héroe, tan en onda con la historia de su tiempo como el héroe kantiano lo estaba con el romanticismo por venir: hoy tenemos al héroe que no ha hecho nada.
Tampoco debemos despreciar los méritos específicamente literarios de su trabajo. Está la idea de la coherencia. La profesora de gimnasia no puede atribuirse Cómo ganar una fortuna en tres meses ( a costa de no pagar a los escritores). Eso queda para empresarios y editores. No, ella está en el negocio de perder, tiene que inventarse algo del estilo Cómo perder todo en tres meses. Los lacanianos son expertos titulando. Una obra maestra sería Delirio, comunicación y simultaneidad, en la que el primer término pone el paroxismo, el segundo la nota intelectual actualizada y el tercero el misterio que nos hace abrir el librito: nos encontraríamos con un estudio sobre los efectos de la televisión en unos chicos, observados primero aisladamente y después en grupo. Otras obras maestras que nunca fueron escritas: La expropiación fluida de la intimidad, Orificios y equilibrio. Los sociólogos tampoco lo hacen mal: Asco, la marcha en el trasfondo de Las sociedades impotentes. Reciencito se han sumado también los estetas: La tecnología del Assemblage como expresión de la différance, o El Cyborg en la representación del infinito.
Frente al refrito, el plagio, el afano –o como dicen ahora, la “apropiación”– propongo el libro nunca escrito. Habrá que hacer algunos ajustes en el campo literario. Dar becas y premios por no haber escrito un libro. Si se tienen en cuenta las horas que se ahorrarán editores, reseñadores, libreros y lectores, podría instituirse algún derecho de noautor, estimado por la DGI sobre la base de horas ahorradas por esas categorías más expuestas al diluvio de las letras.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Vizconde de Lascano Tegui: El libro celeste (selección)

El libro celeste (1936), estructurado en numerosos capítulos breves sin numeración, retoma el fragmentado estilo de De la elegancia mientras se duerme (1925) pero con un renovado signo que se traslada de la incursión por la tradición francesa al despliegue de una ferviente argentinidad amparada en la dedicatoria tutelar que encabezan Domingo French y Antonio Berutti, “los dos merceros inspirados que el 25 de Mayo de 1810, cerrando las calles adyacentes al Cabildo, sólo dejaron pasar a los criollos perfectos que iban a darnos la libertad”. No es  simple elogio criollista ni exaltado ejercicio de patriotismo, sino un volumen de pulida prosa, mezcla irreductible de autobiografía lírica, pintoresca sátira, análisis sociológico, etimologías provenientes de Isidoro de Sevilla y enciclopedismo medieval, que configura un extraño mundo cuya órbita se centra en la participación de las letras locales en la cultura universal. Presentado como geografía abstracta, bestiario, herbario y lapidario argentinos, la novela del Vizconde —si es que la amplitud de este género moderno puede admitir tan particular composición— reclama la ayuda de la fantasía como camino hacia la felicidad. Sus originales cruces iluminan —en un tono por demás opuesto al de las preocupaciones contemporáneas de Eduardo Mallea o Ezequiel Martínez Estrada— la esencia del ser nacional.
El diagnóstico de los males contemporáneos de la Argentina se entreteje en sus páginas, en difuso recorrido temático de clave contrapuntística, con las analogías más inesperadas provenientes de la imaginación poética del autor. Mezcla de géneros y tradiciones, El libro celeste perpetúa en renovada línea la experimentación híbrida que, noventa años antes, se perfilaba ya en el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Pero es también, y en esencia, ejemplo de la memoria atravesada por el tiempo, los viajes y las lecturas de un espíritu itinerante que titula su libro con el color del barrilete de infancia en atemporal vuelo.




Vizconde de Lascano Tegui: El libro celeste (selección)



El animal mayor de la República sería el dragón, pero no existe. Ha sido reemplazado por la estatua ecuestre. Es un animal fabuloso. Es de piedra y de bronce. Recuerda a los héroes de la Independencia que resolvieron a caballo nuestra libertad política. Desde 1810 hasta 1860 no bajaron del corcel. Las dificultades que les creaba su posición ecuestre les impedían adaptar como cosa suya los principios liberales de Voltaire y Montesquieu, a esa asociación fundamental y que parecía eterna (antes de la invención del vapor) entre el héroe y la bestia, y que no cesó sino con la degeneración del héroe en montonero y en la disminución notable del valor del caballo criollo como elemento civilizador frente al ferrocarril. Los héroes de Mayo, continuando a caballo, terminaron en gauchos alzados que resistíanse a tomar el tren y trataban de enlazarlo. La primera estatua ecuestre que debía devolver la justa medida del héroe fue la de San Martín en la plaza del Retiro. La habían fabricado para Chile, pero cuando se dieron cuenta los patriotas del desfavor que les echaba encima la preferencia chilena, sobornaron al escultor francés y éste fundió dos estatuas en el mismo molde y a uno de los caballos (el chileno) le alargó la cola, dándole así una mejor sustentación a la estatua, que se levantaría en un terreno volcánico. Cuando el modelo del hombre perfecto se plasmó en bronce sobre un zócalo de mármol y explicaron los poetas por qué señalaba con su dedo la cordillera de los Andes,

“¿no lo ha visto a San Martín,
entre el laurel y el olivo,
señalando con el dedo
donde viene el enemigo?”,

los falsos profetas y al mismo tiempo seudos formadores de nacionalidades, los Facundo, los Ferrer, los Bustos y los Ibarra, se perdieron en los campos todavía no arados. La nación comenzaba. La civilización también. La estatua de San Martín fue regalada como una recompensa desde Buenos Aires a las provincias que se portaban bien. Una estatua ecuestre de San Martín surgió en las plazas centrales de las capitales de provincia cada vez que uno de nuestros presidentes, por ser galante con la esposa de un fundidor de bronce, recibía su visita perfumada dentro del fuerte de Buenos Aires. El pintor Villegas nos ha dejado, de uno de esos días felices, un paisaje en que las aguas del Río de la Plata parecen más azules, las veletas de San Ignacio y San Francisco mucho más doradas y las banderolas blancas de la escolta presidencial, sobre las lanzas, mucho más lindas... La estatua ecuestre de otros héroes, por su abundancia, creó la raza argentina del dragón de bronce. Hoy es común. Está en todos los catálogos de bazar. Cuando nace una ciudad, y nacerán muchas en la extensión ilimitada de la nacionalidad, será siempre una estatua ecuestre el mejor florón de su corona. Porque desde ese día, la ciudad se sentirá tan noble como aquellas ciudades medioevales que habían dado hijos, y Perseos, vencedores de dragones.


El tábano nace de la bellota del cardo. El picaflor, según los primeros conquistadores, sale del fruto del chaviyú. Pero hay algunos sabios que, como el Padre Guevara, aseguran que la hembra pone un solo huevo, y otros más sabios, de la misma laya, que sólo pone dos huevos, de los que sale un gusano que se convierte en mariposa y la mariposa en picaflor a fuerza de volar. Aceptemos la duda como en el origen de Homero y reconozcamos que el picaflor es un pavo real diminuto. Es todo pluma decorativa. Su cuerpo no es mayor que una almendra y dentro de las cartas que enviaban a España los soldados que no conocían todavía la tarjeta postal —pero sentían su necesidad— ponían el cadáver de un picaflor. Con él querían dar la sensación del nuevo mundo mentiroso y atrayente.


Entre las piedras que devolvían al colonial desilusionado su juventud, no puedo olvidar a la macedonia y a la cimbra, que nacen en el exterior de los pescados o del aliento de las ballenas, origen presunto pero no muy seguro. Lo cierto es que el mar las deposita en la playa. Blanqueadas y una su vez secas, devuelven las fuerzas perdidas. La macedonia, que era piedra capaz de engendrar otras piedras y que algunos usaban para matar las moscas, empleábase en verdad como un potente afrodisíaco. La macedonia como la silenita crecía y decrecía con la luna.


Como de la vida de Shakespeare quedan muy pocas trazas, los historiadores y los admiradores han querido llenar el vacío con cartas, documentos, anillos con sus iniciales, libros con sus firmas contradictorias. La duda planea sobre ellos cuando la investigación científica y policial no ha demostrado que son falsos y apócrifos. Felizmente el hombre sabe mentir, y si Ossián y sus poemas son invenciones, la tiara de Saitaphernes, hecha hace unos meses, es una mistificación más que honra a la imaginación humana. De la tierra virgen de América corrieron por Europa mil y una mentiras y mil y una leyendas; que, a fin y al cabo, las leyendas son mentiras más largas que las comunes. Eran cuentos sin control y sin ejemplo que persuadiera. De luengas tierras podían y debían llegar siempre las luengas mentiras. Pocos espíritus lo suficiente veraces aportan pruebas a sus afirmaciones. Ruy Díaz de Guzmán afirma haber cazado un animal que tenía un espejo en la frente y que pensaba remitir al rey Felipe. Desgraciadamente la pieza de convicción se le escapa de las manos y se interna en la selva por descuido del peón que lo llevaba en una canoa. Los jesuitas de Misiones remitieron a Europa, para agravar la confusión y la duda en que se vivía sobre la flora y la fauna, pájaros artificiales que componían, como los primeros padres de la iglesia sus Evangelios, recogiendo mentiras. Son pájaros fabulosos que no pudieron quedarse en Madrid y llegaron hasta los gabinetes de historia natural del rey Luis XV. Buffón fue engañado por los ejemplares raros. Su clasificación es, por eso, falsa, y recién, después que Azara publicara su libro, la mentida tornasol de los jesuitas, esos sabios que sacaban la cola a un pavo real, las alas a un chajá, la cabeza y el cuello a un loro, para inventar un ave, quedó desplumada. Los jesuitas querían y admiraban la volatería, pero detestaban la ornitología sin fénix.


La mimosa es una planta tímida. Es casi un animal que siente. Se descubren en sus gestos el pudor y la vergüenza. Se sonroja, se enluta y se encoge y se marchita si la tocan.


Entre las buracas que dejaban los andamios del Escorial nacieron las golondrinas. Son pájaros de duelo. Salieron de las cornisas del sepulcro real cuando el pulido Felipe II, que aplastaba sobre la rótula desnuda los gusanos que lo devoraban, se había quedado solo, sin criados, en vísperas de bajar al pudridero. Esos pájaros negros llevaron el luto de España hacia el Flandes español, donde nacía el sol, y hacia la América morena, donde se acostaba el día. El duque de Alba y el licenciado de la Gazca, al verlas pasar, comprendieron el mensaje. Y los dos cómplices, emocionados, sonrieron. El enemigo de Antonio Pérez se moría...
La emigración de golondrinas se hizo anual. Huían del invierno. En América se multiplicaban y las mensajeras románticas —que recién lo fueron cuando Miranda, San Martín y Bolívar nos libertaron— iban a Europa a morir del pecho como las mulatas de las Antillas. La distancia las vencía. Otras veces topaban con las nieves prematuras que las amortajaban y otras veces era el rey Luis XVI que les salía al encuentro. Golondrinas nacidas en América, caían, hasta doscientas por día, heridas por la escopeta cincelada del monarca, que adoraba tirar al blanco. Su cuadro de caza es impresionante. Lo escribió de su mano y está en el Memorial. Más de doscientas mil presas: faisanes, perdices, palomas, golondrinas, cisnes y venados. Siempre asesinó animales tímidos. Nunca afrontó un león, un oso o un tigre. Cuando le cortaron el cuello, por monarca o cazador de torcazas, el día helado del 21 de enero de 1793, recogieron, cuentan las gacetas, una golondrina muerta entre la nieve. Las golondrinas son pájaros de duelo.


Los muros de las iglesias de la colonia donde nos bautizaron eran de adobe crudo. Los pájaros entraban a sacar las pajas secas para sus nidos de la fábrica sagrada. La iglesia era siempre un vasto salón en que el suelo fue de baldosa cocida y las paredes blanqueadas o rosadas a la cal. Los altares estaban dentro del muro. Eran nichos de los que se caían los santos mal equilibrados. Las tallas en maderas verdes del país se abrían, se rajaban a la humedad o al calor, porque aun
 trabajaba el corazón del árbol. Las llagas de San Roque eran verticales y la sinovia de su rodilla enferma, savia de guayacán o palo santo. Los artistas eran indios a quienes se les guiaba la mano. Los santos parecían, por lo deformes, enfermos, o calcos para un museo de medicina. Los ángeles no dejaban de ser obesos y sus alas, pesadas y coloreadas, daban a las iglesias el aspecto de grandes pajareras. No era una antesala del paraíso la iglesia, sino una sala de espera en un asilo de dementes.

sábado, 16 de octubre de 2010

Jorge Baron Biza: Gato encerrado en pornocine

Poco antes de morir en septiembre de 2001, Jorge Baron Biza me confió un cuento que debía integrarse a una antología del erotismo. El texto, fruto de los años de destape de la primavera alfonsinista y supuestamente publicado bajo seudónimo en una revista pornográfica de la época, combina con maestría el erotismo y la filosofía. No es casual que su inicio aluda al mundo de Borges; la penumbra de las salas de una biblioteca infinita se traslada a un espacio donde otras ceremonias, casi tan privadas como la lectura, se encadenan en el tiempo. Hoy, esta obra maestra de las formas breves, se publica por primera vez en internet.



Gato encerrado en pornocine



El limitado universo tiene planta rectangular. Hay en él una larga noche repleta de seres inferiores devorables, mis ratas. Llegan después los espectadores adorantes y en cuatro sesiones alum­bra el proyector sobre la pantalla, interrumpido sólo por breves intervalos. A través de la luz del foco llegan los seres que amo, los seres de la luz. En cada intervalo se renuevan los espectadores adorantes.
Después de las cuatro funciones se repite la noche larga y aprovecho el tiempo para devorar las vidas sabrosas que han sido puestas aquí únicamente para mi gusto. Las ratas son criaturas que no soportan la pre­sencia imponente y sonora de la claridad. En la noche larga, entre bocados de rata y sueños, yo sólo pienso en los seres que vienen en el haz de luz. Para cazar ratas me basta el olfato, el tacto y el gusto; reservo mis oídos y mis ojos para los momentos inefables de las proyecciones. Largamente durante la no­che —la noche larga— me siento prisionero.
Al principio creí que la luz, por poder propio, atraía a los espectadores adorantes, seres sobre dos patas, pero ahora estoy seguro de que no es así: los más valientes de los adorantes llegan al uni­verso, se sientan en dirección opuesta a la fuente de luz y desean en silencio fren­te a la pantalla. El poder de este deseo atrae a otros especta­dores y abre finalmente la fuente de luz. En la luz llegan sus criaturas. A medida que los seres de la luz realizan sus cere­monias, crece en los espectadores el de­seo, que pone tensos sus cuerpos.
Yo también quise desear como los espectadores ado­rantes. Varias veces me he refregado contra sus piernas o me he sentado en sus hirvientes regazos para compartir la naturaleza de su apetito, pero siempre me han alejado con palmadas amistosas o patadas furibundas. Enajenados por los seres de la luz y sus ceremonias, los espectadores no admiten ningún contacto, ni siquiera entre ellos, que son del mismo género; su deseo los aísla. Mi deseo es mejor, calmo.
Los seres devorables parecen todos del mismo género; los adorantes también: las criaturas de la luz son de dos especies que tratan de unirse frenéticamente: Yo soy único.
Las patadas que me propinaron los adorantes me hicieron comprender que aquí, en el universo, el acercamiento no es la forma de relacionarse. Tuve una idea audaz: si toda la atención de los adoradores está dirigida a la pantalla en la que se plasman los seres que vienen con la luz, yo debía participar de la luz para ser reconocido como único por los adorantes.
Subí al proscenio de la pantalla en la que las criaturas de la luz se unían frenéticamente.
Cuando entré en la zona del haz luminoso y quedé expuesto a la claridad, una sensación excepcional se apoderó de mí. La región de la cual yo provenía, allí donde habían quedado los adoradores, se convirtió en una brumosa tierra inferior. Arri­ba, en el proscenio, hasta las motas de polvo se bañaban en una realidad convincente por sí misma, despegada de la ola de deseo que emitían los espectadores. Pero la transformación más sor­prendente fue la de mi cuerpo, que se dividió en reflejos y sombras definidas, sombras completamente distintas de las en­volventes que me atrapaban en la platea. Las sombras nítidas que sobre el proscenio creaba la acción directa de la luz eran allí parte necesaria de mi cuerpo, y junto con las partes ilu­minadas formaban un ser intensificado y enaltecido, digno y próximo a los seres de la luz. De esta transformación exte­rior nació algo nuevo en mi interior. Comprendí la naturaleza de mi superioridad y me senté de cara a los adoradores de la platea para recibir sus deseos y transformarlos en algo mejor y real. Primero escuché un murmullo que fue creciendo, después unas risitas, finalmente un alboroto amenazador. Un objeto llegó volando, mientras los adorardores pataleaban groseramente sobre el suelo. Seguí con mis ojos el vuelo del proyectil. Cuando quedó detenido detrás de mí, algo siniestro llamó mi atención en la pantalla, donde se movían los seres de la luz: allí donde se interponía mi presencia, se formaba en la pantalla una som­bra de mi cuerpo, aumentada y grotescamente desproporcionada, que borraba en parte a los dueños naturales del lugar y acen­tuaba la falta de sentido que siempre habían tenido para mí —que soy único— sus esfuerzos por unirse, género con género.
Un segundo proyectil me golpeó y me retiré del proscenio, sin miedo, atolondrado sólo por la comprobación de las transfor­maciones a las que mi cuerpo era susceptible, y por el poder de bloqueo que tenía sobre los seres de la pantalla, hasta ese momento imperturbables por nada que no fuesen ellos mismos. Tam­bién noté la defensa de los adoradores en la platea para que todo permane­ciese en su cauce durante la función. No sólo eran adorantes, sino también guardianes.
Los silbidos y pataleos me indignaron. Desprecio a los ado­rantes. Ya no me interesa llamar su atención; no me interesa llamar la atención de nadie que no sean los seres de la luz, actuar con ellos, dominarlos.
Intenté un primer acercamiento a esos pobres dioses (que podían ser víctimas de mi sombra) empleando el mismo método estúpido que empleaban los adoradores. Me senté tenso frente a la pantalla y miré con golosa atención hacia la luz, pero a pesar del empeño que puse, no logré que naciera en mí ese deseo de quieto ardor que invadía a los espectadores.
En estos intentos empecé a prestar verdadero cuidado a lo que ocurría en la pantalla. Los seres de la luz actuaban con el beneplácito de los adorantes. Pero mi única actuación, cuando enfrenté a los espectadores, fue reprobada. Sólo la actuación de los seres de luz era seguida con creciente atención y un respeto solemne y resentido.
Los adoradores tienen sobrepieles que cuelgan flojas, pesa­das y olorosas. También los seres de luz comienzan su actuación con estas sobrepieles más o menos ridículas, salvo que ellos no tienen ningún olor, prueba clara de que pertenecen a una esfera supe­rior. Esta superioridad los impulsa a despojarse de las falsas pieles grotescas; casi siempre se ayudan entre sí para hacer­lo. Comprendí entonces el sentido de la actuación de los seres de luz, en lo que se refiere a la primera parte.
Cuando, como víboras, los seres de luz se han despojado de sus pieles, salen a relucir sus cuerpos blancos y brillantes, adornados apenas con unos pocos pelos. Entonces empieza la se­gunda parte de su actuación: se acarician y se acercan cada vez más: se mueven con gran libertad —como no lo hacen jamás los adorantes—, pero el sentido de esos movimientos me es descono­cido. Aparentemente tratan de unirse, género con género y aun los del mismo género, a embestidas furiosas que siempre fracasan. A lo sumo logran una verdadera unión en las entrepiernas, pero por más que se deses­peren, no logran ir más allá en sus intentos de ser uno de dos, como si en alguna época remota hubiesen sido uno y por algún método simple, directo y olvidado se hubiesen convertido en dos, y arrepentidos quisiesen volver a esa célula unitaria y originaria.
En estos tran­ces de unidad, su expresión es tensa, pero en vez de termi­nar en el me­lancólico resentimiento que llevan es­tampado los adoradores de la platea cuando se van del universo por la puerta con telones de atrás, la tensión de los seres de luz se intensifica hasta reflejar un infinito dolor que está, asom­brosamente, apoyado en una alegría no menos grande. Después se serenan y caen en una expresión vacía, casi estúpida, pare­cida a la de los espectadores. Como su propia superioridad no les permite soportar este ánimo insulso, desaparecen, pero no por la puerta con pesados cortinados del fondo; se desvanecen en la pantalla misma y esto, según estimo yo, es un milagro de la voluntad de los seres de luz, decididos a existir sólo en el frenesí y sus prolegómenos.
En cuanto a los sonidos que los seres de luz pronuncian mientras intentan unirse, sólo puedo compararlos con los chillidos mortuorios de las ratas que cazo, pero los gemidos que provienen de la luz están traspasados de un sentimiento de esperanza que pregona felici­dades que ni las ratas ni yo conocemos.
Las dificultades de penetrar en el mundo de los seres de luz son enormes. Por empezar, uno de los géneros que aparecen en la pantalla no existe entre los espectadores. Es una especie suave, redondeada y más pequeña, pero a pesar de que a veces es tratada con dureza, sus movimientos más reposados señalan que es el centro de la acción, mientras que los del otro género se afanan y celebran extrañas danzas a su alrededor, hasta que inevitablemente tratan de unirse a la especie redondeada me­diante brutales embestidas.
Aquí se plantea uno de mis grandes problemas. Después de mi fracaso de compartir el deseo de los adorantes, fracasé también en mi intento de unión con los seres de luz, de los cuales ni siquiera sé si pertenezco al género redondeado o a sus furiosos merodeadores;  y por lo tanto ignoro cuál sería mi papel en los rituales de la pantalla. Tampoco está claro si debo adherirme a los espectadores adorantes o a los seres de luz. Ambos me decepcionaron de alguna manera. Por lo que de mí veo, soy completamente distinto de todos los que habitan el universo.

Durante mucho tiempo aparecieron siempre los mismos seres de luz repitiendo exactamente las mismas acciones, mientras que los adoradores de la platea se renovaban en cada ciclo de luz en la pantalla. Esto me hizo creer por una temporada en la inmutabi­lidad de la luz. Sus reiteraciones se convirtieron en la sola certeza que ofrecía el mundo, sus actos eran la medida del tiempo y sus epifanías aseguraban la unidad del universo y anunciaban y escondían al mismo tiempo el sentido del mundo.
Sorpresivamente, después de una de las noches largas entre las cuatro funciones, cuando los seres de luz más se añoran, aparecie­ron en la pantalla seres distintos, que cumplían acciones también distintas, aun­que las mutuas embesti­das finales eran iguales. Fue un golpe para mis convicciones. Me sentí sorprendido, trai­cionado y vacilante. Creí —creo— en una profanación. Los ídolos a los que estaba acostumbrado y aun encariñado, desaparecieron sin que el universo se estremeciese. Fueron sustituidos por otros, no menos luminosos, pero que no me eran familiares. Por ejemplo, en el ciclo ante­rior, el ser que era centro de todas las atenciones era rubio, redondo y usaba colgajos de colores chillones, como fucsia y violeta, que otros seres le quitaban y aparecían entonces dos grandes bolsas en el pecho que le impedían co­rrer, razón por la cual era siempre atrapado por otros cuatro seres morenos que en lugar de tener sus bultos en el pecho los tenían en las entrepiernas, y por lo tanto eran más activos, atrapaban a lo rubio y trataban de fusionarse con ello. Pero todos fracasaban siempre y cada uno se retiraban dejando el lugar al siguien­te de los seres ágiles y musculosos de ese ciclo. La hermenéutica de esas imágenes me convenció de que los seres musculosos habían sido destinados, por una ley superior y natural, a atrapar a los seres redondeados y un poco incompletos, porque les faltaba uno de los miembros y trataban de suplir esa carencia con un ritual de devoración del miembro que les faltaba, pero por más porfunda que fuese la deglución, nunca se atrevían al certero mordisco con el que yo desgarraba la cabeza de las ratas. Además de ser único, es obvio que soy superior a todos.
En el nuevo ciclo, todo era distinto. El ser principal tenía cabellera negra y estaba vestido con harapos insuficientes, pero se los sacaba ella misma al son de una música hermosamente maulladora, y aparecían entonces las consabidas bolsas en el pecho. Las nuevas situaciones eran completamente distintas. El ser morocho con bolsas se acariciaba a sí mismo y esa actividad implicaba tanto trabajo que hasta sudaba copiosamente, lo cual parecía atraer finalmente a los otros seres de la luz. A pesar de que el ser morocho trata­ba de seguir acariciándose y al principio no quería fusionarse con sus com­pañeros de  luz, los otros entraban en estado de frenesí y la forzaban a ofrecerse a la fusión. Entonces, el ser principal cambiaba de humor y colaboraba con los intentos de fusión. Todo inútil, como ocurría en el ciclo anterior del ser rubio. Rubios o morochos, la fusión es siempre imposi­ble. Me pregunto por qué no se desaniman nunca y cesan en sus intentos.
Esperé el retorno de mis favoritos rubios, los del ciclo del origen, los fundadores del universo. Imaginé que en algún lugar fuera del universo descansaban y que, después de una lucha con los usurpadores que se agrupaban en torno del ser morocho, retornarían triunfantes. No fue así. La segunda ola de seres fue sustituida por un tercer ci­clo, un cuarto, hasta que comprobé con pánico que los seres originarios eran sólo figuras que se desleían en mi recuerdo sin nada que atestiguase que hubiesen existido: peor aun, empecé a mezclar en mis nostalgias las distintas oleadas de seres de luz. Finalmente, uno de los ciclos reconocía la imposibilidad de fusionarse que yo ya anticipaba. Era un ciclo en le que todos se colgaban segundas pieles de cueros y hierros, y en lugar de acariciarse, unos seres tan musculosos que sus hincha­das bolsas en el pecho eran casi tan voluminosas como las del otro género, golpeaban despiadadamente a los seres redon­deaditos y pequeños, que eran tres, uno rubio, otro morocho y otro que tenía toda la piel oscura, negra. Cobraban las tres víctimas, sin distinción de color de pelo ni de piel. Aunque estas víctimas daban señales insistentes de querer fusio­narse, los musculosos las golpeaban más cuando ellas más señales de amor daban. Después las obligaban a realizar actos que a las vícti­mas bolsudas no les gustaban, como tratar de fusionar a través de la boca u otros orificios; volvían las palizas. Las palizas parecían, para los seres de cuero, hierro y rapados, mucho más importantes que las fusiones. Si en los ciclos anteriores en­contré alguna lógica y me fabriqué algunas explicaciones, en éste no entendí nada. Todas las motivaciones me permanecían ocultas, o quizá no existían. Supuse que después de este ciclo, el Universo cesaría de alguna manera.
El anonadamiento que este hecho produjo en mí me quitó el hambre y caí en una languidez indiferente. Todo el mundo de seres de luz se derrumbó. Sus distintos ciclos, a los que yo había tratado de darles un sentido superior, se confundían en mi mente y perdían significación; los seres de luz no trabajan por la unidad de géneros ni la fusión del mundo. Todo me parecía sin razón. Perdí el hambre y aun los motivos para acechar. Me tendí en un rincón oscuro, indiferentes a las proyecciones. No sentía el menor deseo de girar la cabeza para ver a los seres que tanto admiré. Ni siquiera sabía si habían cambiado el ciclo de las palizas por otro, que con seguridad me desconcertaría tanto como el de los rapados.
Las ratas fueron perdiendo el temor que siempre les infundí. Sus cuerpitos gri­ses se aventuraban audaces hasta donde yo yacía aletargado, olfateándome, como seres inferiores que son. Finalmente, una —más grande y seguramente más estúpida— se acercó para husmearme. Quise alejarla con indolencia. De pronto sentí una sensación aguda y fría en una pata. Me inva­dió el dolor. Miré a los ojos de la imprudente y vi en ellos la deci­sión de devorarme. Se apoderó de mí una exaltación que sólo se parecía a la que había experimentado cuando ascendí al pros­cenio y quedé bañado por el haz luminoso que dibujaba en mi­ cuerpo fragmentos de los seres de luz del ciclo originario. Supuse que así debían sentirse los seres musculosos del último ciclo, el de la caída de los seres de la luz. Recordé las expresiones en las que se mezclaba el dolor y el estupor de las víctimas del cuero y el hierro y las cabezas rapadas, y compren­dí lo que experimen­ta­ban. Pensé un instante en la actitud de abandono sin escapa­toria de la espe­cie más redondea­da, y consideré la posibili­dad de dejar­me devo­rar. Un segundo mordisco envalentonado se llevó un trozo de mi carne. Después ya no volví a pensar en los seres de luz.
De un salto atrapé a la rata. Su actitud cambió completamen­te, aun antes de que le hiciera daño. Bastó esa ráfaga de vo­luntad, para recuperar mi naturaleza de cazador. La condenada trataba de escabullirse sin ninguna dignidad. Entonces hice lo que no había hecho jamás: simulé dejarla ir, jugué con sus espe­ranzas, y cuando se creyó libre volví a atraparla autoritaria­mente. Repetí el juego, cada vez con más entusiasmo. En uno de los sal­tos cubrí su cuerpo mal herido. Cuando me aparté, en lugar del ser gris y devorable me encontré con la imagen de la espe­cie más redondeada de los seres de luz, una de las víctimas del ciclo del cuero y el hierro. Ella también trató de huir, frá­gil. Comprendí su debilidad y seguí jugando con sus bolsas pectorales re­gordetas, convencido ya de que lo único permanente en el uni­verso era yo, soberano. Me pregunté si en algún lugar confeccionarían ropa de cuero y hierro para un ser como yo, Único.