sábado, 16 de octubre de 2010

Jorge Baron Biza: Gato encerrado en pornocine

Poco antes de morir en septiembre de 2001, Jorge Baron Biza me confió un cuento que debía integrarse a una antología del erotismo que preparábamos para la editorial. El texto, fruto de los años de destape de la primavera alfonsinista y supuestamente publicado en una revista pornográfica de la época, bajo seudónimo, combina con maestría el erotismo y la filosofía, y no es casual que su inicio aluda al mundo de Borges, donde la penumbra de las salas de una biblioteca infinita se traslada a un espacio donde otras ceremonias, casi tan privadas como la lectura, se encadenan en el tiempo. Hoy, esta obra maestra de las formas breves, se publica por primera vez en internet.



Gato encerrado en pornocine



El limitado universo tiene planta rectangular. Hay en él una larga noche repleta de seres inferiores devorables, mis ratas. Llegan después los espectadores adorantes y en cuatro sesiones alum­bra el proyector sobre la pantalla, interrumpido sólo por breves intervalos. A través de la luz del foco llegan los seres que amo, los seres de la luz. En cada intervalo se renuevan los espectadores adorantes.
Después de las cuatro funciones se repite la noche larga y aprovecho el tiempo para devorar las vidas sabrosas que han sido puestas aquí únicamente para mi gusto. Las ratas son criaturas que no soportan la pre­sencia imponente y sonora de la claridad. En la noche larga, entre bocados de rata y sueños, yo sólo pienso en los seres que vienen en el haz de luz. Para cazar ratas me basta el olfato, el tacto y el gusto; reservo mis oídos y mis ojos para los momentos inefables de las proyecciones. Largamente durante la no­che —la noche larga— me siento prisionero.
Al principio creí que la luz, por poder propio, atraía a los espectadores adorantes, seres sobre dos patas, pero ahora estoy seguro de que no es así: los más valientes de los adorantes llegan al uni­verso, se sientan en dirección opuesta a la fuente de luz y desean en silencio fren­te a la pantalla. El poder de este deseo atrae a otros especta­dores y abre finalmente la fuente de luz. En la luz llegan sus criaturas. A medida que los seres de la luz realizan sus cere­monias, crece en los espectadores el de­seo, que pone tensos sus cuerpos.
Yo también quise desear como los espectadores ado­rantes. Varias veces me he refregado contra sus piernas o me he sentado en sus hirvientes regazos para compartir la naturaleza de su apetito, pero siempre me han alejado con palmadas amistosas o patadas furibundas. Enajenados por los seres de la luz y sus ceremonias, los espectadores no admiten ningún contacto, ni siquiera entre ellos, que son del mismo género; su deseo los aísla. Mi deseo es mejor, calmo.
Los seres devorables parecen todos del mismo género; los adorantes también: las criaturas de la luz son de dos especies que tratan de unirse frenéticamente: Yo soy único.
Las patadas que me propinaron los adorantes me hicieron comprender que aquí, en el universo, el acercamiento no es la forma de relacionarse. Tuve una idea audaz: si toda la atención de los adoradores está dirigida a la pantalla en la que se plasman los seres que vienen con la luz, yo debía participar de la luz para ser reconocido como único por los adorantes.
Subí al proscenio de la pantalla en la que las criaturas de la luz se unían frenéticamente.
Cuando entré en la zona del haz luminoso y quedé expuesto a la claridad, una sensación excepcional se apoderó de mí. La región de la cual yo provenía, allí donde habían quedado los adoradores, se convirtió en una brumosa tierra inferior. Arri­ba, en el proscenio, hasta las motas de polvo se bañaban en una realidad convincente por sí misma, despegada de la ola de deseo que emitían los espectadores. Pero la transformación más sor­prendente fue la de mi cuerpo, que se dividió en reflejos y sombras definidas, sombras completamente distintas de las en­volventes que me atrapaban en la platea. Las sombras nítidas que sobre el proscenio creaba la acción directa de la luz eran allí parte necesaria de mi cuerpo, y junto con las partes ilu­minadas formaban un ser intensificado y enaltecido, digno y próximo a los seres de la luz. De esta transformación exte­rior nació algo nuevo en mi interior. Comprendí la naturaleza de mi superioridad y me senté de cara a los adoradores de la platea para recibir sus deseos y transformarlos en algo mejor y real. Primero escuché un murmullo que fue creciendo, después unas risitas, finalmente un alboroto amenazador. Un objeto llegó volando, mientras los adorardores pataleaban groseramente sobre el suelo. Seguí con mis ojos el vuelo del proyectil. Cuando quedó detenido detrás de mí, algo siniestro llamó mi atención en la pantalla, donde se movían los seres de la luz: allí donde se interponía mi presencia, se formaba en la pantalla una som­bra de mi cuerpo, aumentada y grotescamente desproporcionada, que borraba en parte a los dueños naturales del lugar y acen­tuaba la falta de sentido que siempre habían tenido para mí —que soy único— sus esfuerzos por unirse, género con género.
Un segundo proyectil me golpeó y me retiré del proscenio, sin miedo, atolondrado sólo por la comprobación de las transfor­maciones a las que mi cuerpo era susceptible, y por el poder de bloqueo que tenía sobre los seres de la pantalla, hasta ese momento imperturbables por nada que no fuesen ellos mismos. Tam­bién noté la defensa de los adoradores en la platea para que todo permane­ciese en su cauce durante la función. No sólo eran adorantes, sino también guardianes.
Los silbidos y pataleos me indignaron. Desprecio a los ado­rantes. Ya no me interesa llamar su atención; no me interesa llamar la atención de nadie que no sean los seres de la luz, actuar con ellos, dominarlos.
Intenté un primer acercamiento a esos pobres dioses (que podían ser víctimas de mi sombra) empleando el mismo método estúpido que empleaban los adoradores. Me senté tenso frente a la pantalla y miré con golosa atención hacia la luz, pero a pesar del empeño que puse, no logré que naciera en mí ese deseo de quieto ardor que invadía a los espectadores.
En estos intentos empecé a prestar verdadero cuidado a lo que ocurría en la pantalla. Los seres de la luz actuaban con el beneplácito de los adorantes. Pero mi única actuación, cuando enfrenté a los espectadores, fue reprobada. Sólo la actuación de los seres de luz era seguida con creciente atención y un respeto solemne y resentido.
Los adoradores tienen sobrepieles que cuelgan flojas, pesa­das y olorosas. También los seres de luz comienzan su actuación con estas sobrepieles más o menos ridículas, salvo que ellos no tienen ningún olor, prueba clara de que pertenecen a una esfera supe­rior. Esta superioridad los impulsa a despojarse de las falsas pieles grotescas; casi siempre se ayudan entre sí para hacer­lo. Comprendí entonces el sentido de la actuación de los seres de luz, en lo que se refiere a la primera parte.
Cuando, como víboras, los seres de luz se han despojado de sus pieles, salen a relucir sus cuerpos blancos y brillantes, adornados apenas con unos pocos pelos. Entonces empieza la se­gunda parte de su actuación: se acarician y se acercan cada vez más: se mueven con gran libertad —como no lo hacen jamás los adorantes—, pero el sentido de esos movimientos me es descono­cido. Aparentemente tratan de unirse, género con género y aun los del mismo género, a embestidas furiosas que siempre fracasan. A lo sumo logran una verdadera unión en las entrepiernas, pero por más que se deses­peren, no logran ir más allá en sus intentos de ser uno de dos, como si en alguna época remota hubiesen sido uno y por algún método simple, directo y olvidado se hubiesen convertido en dos, y arrepentidos quisiesen volver a esa célula unitaria y originaria.
En estos tran­ces de unidad, su expresión es tensa, pero en vez de termi­nar en el me­lancólico resentimiento que llevan es­tampado los adoradores de la platea cuando se van del universo por la puerta con telones de atrás, la tensión de los seres de luz se intensifica hasta reflejar un infinito dolor que está, asom­brosamente, apoyado en una alegría no menos grande. Después se serenan y caen en una expresión vacía, casi estúpida, pare­cida a la de los espectadores. Como su propia superioridad no les permite soportar este ánimo insulso, desaparecen, pero no por la puerta con pesados cortinados del fondo; se desvanecen en la pantalla misma y esto, según estimo yo, es un milagro de la voluntad de los seres de luz, decididos a existir sólo en el frenesí y sus prolegómenos.
En cuanto a los sonidos que los seres de luz pronuncian mientras intentan unirse, sólo puedo compararlos con los chillidos mortuorios de las ratas que cazo, pero los gemidos que provienen de la luz están traspasados de un sentimiento de esperanza que pregona felici­dades que ni las ratas ni yo conocemos.
Las dificultades de penetrar en el mundo de los seres de luz son enormes. Por empezar, uno de los géneros que aparecen en la pantalla no existe entre los espectadores. Es una especie suave, redondeada y más pequeña, pero a pesar de que a veces es tratada con dureza, sus movimientos más reposados señalan que es el centro de la acción, mientras que los del otro género se afanan y celebran extrañas danzas a su alrededor, hasta que inevitablemente tratan de unirse a la especie redondeada me­diante brutales embestidas.
Aquí se plantea uno de mis grandes problemas. Después de mi fracaso de compartir el deseo de los adorantes, fracasé también en mi intento de unión con los seres de luz, de los cuales ni siquiera sé si pertenezco al género redondeado o a sus furiosos merodeadores;  y por lo tanto ignoro cuál sería mi papel en los rituales de la pantalla. Tampoco está claro si debo adherirme a los espectadores adorantes o a los seres de luz. Ambos me decepcionaron de alguna manera. Por lo que de mí veo, soy completamente distinto de todos los que habitan el universo.

Durante mucho tiempo aparecieron siempre los mismos seres de luz repitiendo exactamente las mismas acciones, mientras que los adoradores de la platea se renovaban en cada ciclo de luz en la pantalla. Esto me hizo creer por una temporada en la inmutabi­lidad de la luz. Sus reiteraciones se convirtieron en la sola certeza que ofrecía el mundo, sus actos eran la medida del tiempo y sus epifanías aseguraban la unidad del universo y anunciaban y escondían al mismo tiempo el sentido del mundo.
Sorpresivamente, después de una de las noches largas entre las cuatro funciones, cuando los seres de luz más se añoran, aparecie­ron en la pantalla seres distintos, que cumplían acciones también distintas, aun­que las mutuas embesti­das finales eran iguales. Fue un golpe para mis convicciones. Me sentí sorprendido, trai­cionado y vacilante. Creí —creo— en una profanación. Los ídolos a los que estaba acostumbrado y aun encariñado, desaparecieron sin que el universo se estremeciese. Fueron sustituidos por otros, no menos luminosos, pero que no me eran familiares. Por ejemplo, en el ciclo ante­rior, el ser que era centro de todas las atenciones era rubio, redondo y usaba colgajos de colores chillones, como fucsia y violeta, que otros seres le quitaban y aparecían entonces dos grandes bolsas en el pecho que le impedían co­rrer, razón por la cual era siempre atrapado por otros cuatro seres morenos que en lugar de tener sus bultos en el pecho los tenían en las entrepiernas, y por lo tanto eran más activos, atrapaban a lo rubio y trataban de fusionarse con ello. Pero todos fracasaban siempre y cada uno se retiraban dejando el lugar al siguien­te de los seres ágiles y musculosos de ese ciclo. La hermenéutica de esas imágenes me convenció de que los seres musculosos habían sido destinados, por una ley superior y natural, a atrapar a los seres redondeados y un poco incompletos, porque les faltaba uno de los miembros y trataban de suplir esa carencia con un ritual de devoración del miembro que les faltaba, pero por más porfunda que fuese la deglución, nunca se atrevían al certero mordisco con el que yo desgarraba la cabeza de las ratas. Además de ser único, es obvio que soy superior a todos.
En el nuevo ciclo, todo era distinto. El ser principal tenía cabellera negra y estaba vestido con harapos insuficientes, pero se los sacaba ella misma al son de una música hermosamente maulladora, y aparecían entonces las consabidas bolsas en el pecho. Las nuevas situaciones eran completamente distintas. El ser morocho con bolsas se acariciaba a sí mismo y esa actividad implicaba tanto trabajo que hasta sudaba copiosamente, lo cual parecía atraer finalmente a los otros seres de la luz. A pesar de que el ser morocho trata­ba de seguir acariciándose y al principio no quería fusionarse con sus com­pañeros de  luz, los otros entraban en estado de frenesí y la forzaban a ofrecerse a la fusión. Entonces, el ser principal cambiaba de humor y colaboraba con los intentos de fusión. Todo inútil, como ocurría en el ciclo anterior del ser rubio. Rubios o morochos, la fusión es siempre imposi­ble. Me pregunto por qué no se desaniman nunca y cesan en sus intentos.
Esperé el retorno de mis favoritos rubios, los del ciclo del origen, los fundadores del universo. Imaginé que en algún lugar fuera del universo descansaban y que, después de una lucha con los usurpadores que se agrupaban en torno del ser morocho, retornarían triunfantes. No fue así. La segunda ola de seres fue sustituida por un tercer ci­clo, un cuarto, hasta que comprobé con pánico que los seres originarios eran sólo figuras que se desleían en mi recuerdo sin nada que atestiguase que hubiesen existido: peor aun, empecé a mezclar en mis nostalgias las distintas oleadas de seres de luz. Finalmente, uno de los ciclos reconocía la imposibilidad de fusionarse que yo ya anticipaba. Era un ciclo en le que todos se colgaban segundas pieles de cueros y hierros, y en lugar de acariciarse, unos seres tan musculosos que sus hincha­das bolsas en el pecho eran casi tan voluminosas como las del otro género, golpeaban despiadadamente a los seres redon­deaditos y pequeños, que eran tres, uno rubio, otro morocho y otro que tenía toda la piel oscura, negra. Cobraban las tres víctimas, sin distinción de color de pelo ni de piel. Aunque estas víctimas daban señales insistentes de querer fusio­narse, los musculosos las golpeaban más cuando ellas más señales de amor daban. Después las obligaban a realizar actos que a las vícti­mas bolsudas no les gustaban, como tratar de fusionar a través de la boca u otros orificios; volvían las palizas. Las palizas parecían, para los seres de cuero, hierro y rapados, mucho más importantes que las fusiones. Si en los ciclos anteriores en­contré alguna lógica y me fabriqué algunas explicaciones, en éste no entendí nada. Todas las motivaciones me permanecían ocultas, o quizá no existían. Supuse que después de este ciclo, el Universo cesaría de alguna manera.
El anonadamiento que este hecho produjo en mí me quitó el hambre y caí en una languidez indiferente. Todo el mundo de seres de luz se derrumbó. Sus distintos ciclos, a los que yo había tratado de darles un sentido superior, se confundían en mi mente y perdían significación; los seres de luz no trabajan por la unidad de géneros ni la fusión del mundo. Todo me parecía sin razón. Perdí el hambre y aun los motivos para acechar. Me tendí en un rincón oscuro, indiferentes a las proyecciones. No sentía el menor deseo de girar la cabeza para ver a los seres que tanto admiré. Ni siquiera sabía si habían cambiado el ciclo de las palizas por otro, que con seguridad me desconcertaría tanto como el de los rapados.
Las ratas fueron perdiendo el temor que siempre les infundí. Sus cuerpitos gri­ses se aventuraban audaces hasta donde yo yacía aletargado, olfateándome, como seres inferiores que son. Finalmente, una —más grande y seguramente más estúpida— se acercó para husmearme. Quise alejarla con indolencia. De pronto sentí una sensación aguda y fría en una pata. Me inva­dió el dolor. Miré a los ojos de la imprudente y vi en ellos la deci­sión de devorarme. Se apoderó de mí una exaltación que sólo se parecía a la que había experimentado cuando ascendí al pros­cenio y quedé bañado por el haz luminoso que dibujaba en mi­ cuerpo fragmentos de los seres de luz del ciclo originario. Supuse que así debían sentirse los seres musculosos del último ciclo, el de la caída de los seres de la luz. Recordé las expresiones en las que se mezclaba el dolor y el estupor de las víctimas del cuero y el hierro y las cabezas rapadas, y compren­dí lo que experimen­ta­ban. Pensé un instante en la actitud de abandono sin escapa­toria de la espe­cie más redondea­da, y consideré la posibili­dad de dejar­me devo­rar. Un segundo mordisco envalentonado se llevó un trozo de mi carne. Después ya no volví a pensar en los seres de luz.
De un salto atrapé a la rata. Su actitud cambió completamen­te, aun antes de que le hiciera daño. Bastó esa ráfaga de vo­luntad, para recuperar mi naturaleza de cazador. La condenada trataba de escabullirse sin ninguna dignidad. Entonces hice lo que no había hecho jamás: simulé dejarla ir, jugué con sus espe­ranzas, y cuando se creyó libre volví a atraparla autoritaria­mente. Repetí el juego, cada vez con más entusiasmo. En uno de los sal­tos cubrí su cuerpo mal herido. Cuando me aparté, en lugar del ser gris y devorable me encontré con la imagen de la espe­cie más redondeada de los seres de luz, una de las víctimas del ciclo del cuero y el hierro. Ella también trató de huir, frá­gil. Comprendí su debilidad y seguí jugando con sus bolsas pectorales re­gordetas, convencido ya de que lo único permanente en el uni­verso era yo, soberano. Me pregunté si en algún lugar confeccionarían ropa de cuero y hierro para un ser como yo, Único.

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