martes, 18 de octubre de 2011
Edición especial de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca
La edición original de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca, que circula en librerías desde mayo de este año, se compone además de una tirada de cabecera de cuarenta ejemplares de los cuales se destinan a bibliófilos y coleccionistas tan solo treinta y cinco.
Estos libros únicos se han encuadernado artesanalmente en cartoné grabado, poseen una sobrecubierta impresa a medida y –lo más importante– están numerados a mano, firmados por el autor y acompañados de un dibujo original (todos diferentes y firmados) del reconocido plástico argentino Jorge Garnica, con obra en colecciones en diversos países (Museo de Arte Argentino Eduardo Sívori; Casa de las Américas, de La Habana; University of Essex, Inglaterra; Lalit Khala Academy, India, etc.) y por la que ha recibido diversos premios y menciones de honor (Fondo Nacional de las Artes, Asociación Argentina de Críticos de Arte, Salón Nacional de Pintura de la Secretaría de Cultura de la Nación, entre otros).
Luis Felipe Noé ha dicho:
"Garnica es un poeta del lenguaje mudo. Se trata de uno de los más notables y singulares artistas de su generación que se brinda de una manera tan misteriosamente generosa como secreta, tanto sea en su vida personal como en su obra."
Los ejemplares de la tirada de cabecera se compran únicamente en la sede de la editorial, previa reserva telefónica al (+54 11) 4857-9353. El precio de venta al público es de $ 1.800.- (pesos mil ochocientos).
miércoles, 29 de junio de 2011
Presentación de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca
Ediciones Simurg y Casa de la Lectura
invitan a la presentación de los
Cuentos Completos
de
Alberto Laiseca
a cargo de Walter Iannelli y el autor
Miércoles 13 de julio, 19.30 hs
Casa de la Lectura
Lavalleja 924
(entre Jufré y Lerma, Barrio de Palermo)
sábado, 16 de abril de 2011
Alberto Laiseca: Cuentos Completos
Alberto Laiseca publicó su primer cuento, "Mi mujer", bajo el seudónimo de Dionisios Iseka en el diario La Opinión el 19 de agosto de 1973, aunque su escritura estaba fechada casi dos años antes (29 de Octubre. 1971). Las páginas que el suplemento cultural le dedicó al joven escritor incluyen el anticipo de dos capítulos de la novela Su turno (que, por razones de mercado, fue publicada por decisión del editor con el título ampliado de Su turno para morir) y una nota de presentación sin firma que reproducimos a continuación, antes de "Mi mujer", rescatado en hemeroteca para el volumen de Cuentos Completos que Simurg distribuye en estos días en librerías de todo el país.
El volumen, merecido homenaje a uno de los escritores más originales de la literatura contemporánea, recopila todos los cuentos que integran sus tres colecciones anteriores (Matando enanos a garrotazos, Gracias Chanchúbelo, En sueños he llorado), otros publicados en antologías y quince inéditos escritos en los últimos años.
Una tirada de cabecera de tan solo cuarenta ejemplares, acompañados de un trabajo original del reconocido plástico argentino Jorge Garnica, se imprime especialmente para bibliófilos. Estos libros, numerados y firmados por Alberto Laiseca, tienen encuadernación artesanal y son vendidos únicamente en la sede de la editorial.
Mi mujer
—Queréis la guerra total, más total que todas las guerras totales que han sido, más total incluso, de lo que yo pueda estar diciendo en este momento, os pregunto de nuevo, ¿queréis la guerra total?
Les largo puchos encendidos a la gente que pasa abajo por la calle. Soy malo. De mal corazón. Cuánto los odio: me acusan de querer mojarle la oreja a la centralización. “Escuchame, aquí no se trata de mojarle la oreja a la centralización.” Los odio a todos. Plagiando una famosa cinta cuyo título no recuerdo, les reviento a los chicos sus globos con mi pucho encendido. Fumo exclusivamente toscanos y me siento en las confiterías para que las mujeres me odien y se vayan. Algunas me tocan el hombro: “Por favor ¿podrías fumar otra cosa, que no puedo aguantar?” “No.” Luego lo pienso mejor y les agrego: “Peor estábamos en el 43, señorita”. “¿Por?” “Con el Zyklon B kámara. Las cámaras de gas.” “Ah, no sé, porque yo por esa fecha no había nacido.” “Bien, pero el caso es que yo sí, se da cuenta. Porque nací en el 41. Pase buenas tardes.” Entonces ellas toman a su novio por el bracito y se van. Me odian, y yo gozo.
Compró en un kiosco una postal japonesa. Del torso para arriba, una mujer desnuda. Era una de esas postales tridimensionales que los japoneses son tan hábiles para hacer. Cerca de sus manos, ramos de flores que formaban ikebana con el seno izquierdo desnudo de la mujer. Un delicioso pezón rosado. El seno derecho, tapado por el pelo negro, tupido y lustroso que le llegaba al pupo. Una especie de ventana abierta atrás de ella; nubes azules y cielo blanco. Del otro lado de la fotografía, abajo y con letra chiquitita decía:
“Export prohibited to all Europe Kowa Display CO. INC. Tokyo. Japan (216) Toppan”*
Por las noches él le acariciaba el pelo y le mordía el seno. Pero como ella lo miraba con ironía decidió efectuar una expedición punitiva. Le pegó un papelito sobre la boca, suficiente para cubrírsela, y dibujó en él un cierre relámpago. Del otro lado escribió:
“Mona Lisa con gavetas”. Retrato al óleo de mi mujer, por el afamado pintor Dalí. Firmado: Dionisios, amante esposo de Cósima (también llamada Erika Eurídiche Andrómaca Eloísa Electra Adela y Magda). Dalí dice que la dejó muda para que yo pueda oírla mejor detrás de una gaveta.”
Enamoradísimo de ella. Ahora.
Cuando se encontraba con un amigo muy querido le decía tímidamente:
—¿Querés ver una foto de mi mujer?
—¿Mujer? ¿tuya? No sabía que estuvieses casado.
—Pues sí que lo estoy.
—Enseñámela.
—No. No te la muestro nada (decía él con pudor retirando la fotografía apresuradamente). Yo conozco con qué bueyes aro. No te mostraré sus redondeces turbadoras y deliciosas para que después me la seduzcas.
(Riendo.)
—Ah, quiere decir que no estás seguro de vos mismo.
—De mí estoy seguro. No estoy seguro de vos.
—Pero vamos, si yo ya tengo mujer.
—Sí, pero podría ocurrírsete tener otra. Leo en tus ojos tendencias bígamas. (Le daba la foto. Risas.) Lee también del otro lado.
—Muy lindo, muy lindo.
—¿Te gusta?
—Sí. Pero francamente me parece demasiado.
—Nada es demasiado para mí.
Si se la mostraba a una mujer, le decía:
—Te voy a mostrar una foto de mi mujer.
— !
—Sí, pero no la mires con el lesbianismo acostumbrado. Si no dejás la cuádruple raíz del principio de razón lesbiana suficiente en casa, no te la muestro.
Curiosa:
—A ver a ver.
Risas.
—Qué genial.
Él:
—¿Te gusta mucho?
—Sí, mucho.
—Bien. Adela vuelva a casa (y se la arrebataba de la mano, guardándola).
Pero un buen día decidió entrar en acción: Se dijo: “¿Por qué no?” y como era cabalista, podía hacerlo.
Hizo los dibujos y los números. Distribuyó en los ocho trigramas los nombres de poder. La foto en el centro.
Sobre su cama, dormida. Una mujer de 25 cm de altura. Sus miembros eran equivalentes a los del retrato sólo que no terminaban en la cintura. La japonesita estaba completa y abrió sus ojos sintiendo que la llamaban: “Adela, Adela, mujer mía”. Se desperezó hasta la punta de sus pies. Luego se sentó.
—Mon amour, déjame ver si el otro lado es tan delicioso como éste. (Y ella, que sabía a qué se refería, con un ademán echó airosamente la masa de pelo hacia atrás. Por fin podía mirarle el pezón derecho. Tenía una levísima hendidura en la parte superior, como un abismo diferencial. Él se lo besó.)
Ella dijo:
—No te has afeitado y me pinchás con la barba. Así no me gusta que me besen. Tengo la piel muy delicada y soy chiquitita, de modo que si querés besarme, afeitate primero.
—Me afeité esta mañana.
—Afeitate de nuevo.
—No puedo porque se me irrita la cara.
—Entonces no me beses.
—Qué mala sos. (Entonces ella se arrepentía y me abrazaba un dedo.)
La llevaba a la cama todas las noches. Me había impuesto a mí mismo el hábito subconsciente de no moverme mucho para no aplastarla.
Era sumamente erótica. Con mi lengua tocaba la punta de sus senos, sus hombros y su sexo, y se estremecía de placer. Ella también cabalgaba sobre mí y abarcando parte de mi cabeza, besaba mi boca.
Yo decía:
—Te amo igual aunque tengas secretamente boca de puta y aunque al fabricarte se me haya olvidado hacerlo con su respectiva gaveta.
Ella con un mohín delicioso:
—Si me amases de verdad tendrías que amarme con mi boca de puta incluida.
Yo. Sacudiendo la cabeza:
—Estas mujeres que no comprenden.
Ella tomaba la postal como si fuese un cartelón gigantesco y decía admirando:
—La verdad es que soy muy fotogénica. Claro que yo soy mucho más hermosa.
Vivíamos así los dos. Un día la encontré llorando.
—¿Qué te pasa, osito?
Se echó el pelo atrás con furia:
—Ya sé que has andado detrás de esas estúpidas gigantonas. Quién te necesita.
—Te aseguro, mi amor, que todo el día pienso en vos.
Y le di un hermoso pañuelo que acababa de comprar, un pañuelo transparente, como azul, como rojo, como verde, que recordaba el nombre de “Heliogábalo, emperador” al mirarlo.
—Es para que te hagas un vestido.
Muy contenta, estuvo todo el día haciéndoselo. Por la tarde (le quedaba maravillosamente tanto el vestido como la tarde) yo le dije:
—Te amo.
Ella:
—Soy muy feliz.
Un día dijo:
—Quiero hacer el amor. ¿Por qué no podemos tener hijos nosotros?
Y entonces los dos llorábamos porque no se podía por razones obvias. Yo prácticamente deliraba por poseerla. En medio de mi locura me parecía en un momento que ella no era tan chica después de todo y que tal vez…
Otras veces me hacía la ilusión de que yo era más pequeñito y que entonces…
—Y si fue así como me creaste ¿por qué no lo hacés de nuevo? Quiero ser más grande.
—No se puede.
—Cómo que no se puede. Sí se puede. Si antes pudiste.
—Tiene que darse el milagro. Tenemos que jugarnos los dos esta vez. Uno solo no puede.
—¿Jugarme en qué sentido? —Como se ve ella había reducido el plural al singular—. ¿De qué estás hablando? Hablá más claro.
—Vos no sos cualquier mujer. Sos una mujer mágica. De modo que nuestra casa, para que podamos vivir, tiene que ser cuidada por los dos. Hay quienes tratan de impedirlo. Y si queremos que lo nuestro sea bello, tenemos que trabajar los dos para que vos crezcas.
—Últimamente y yo por qué tengo que crecer, ¿no podrías vos hacerte más chico?
En otros momentos me decía:
—Si perdés altura te mato.
Era así de contradictoria.
Yo le explicaba:
—Hay poderosas fuerzas mágicas adversas que luchan para que no pueda hacerte crecer. Puedo hacerlo pero ¿de qué valdría si todo saldrá mal?
—Es tu problema. Yo no tengo nada que ver con eso.
—¿No es ésta tu casa?
—La mía es una posición correctísima. Sin fallas. Yo hago todo lo debido. El cabalista sos vos, no yo. Así que arrégleselas como pueda.
—No seas tan egoísta que todo se va a destruir y vamos a andar los dos, solos y sin amor, por toda la eternidad.
—Claro que soy egoísta. El egoísmo es un bien, no un mal. ¿Acaso no lo dijo Ayn Rand a quien vos tanto admirás?
—No tergiverses, mi vida. No tergiverses por favor. El tuyo es un egoísmo feo e inartístico. Es antiegoísmo, porque conduce a la destrucción de nuestras almas.
—Hablá más claramente.
Un día traje a casa la postal de un hombre desnudo: un japonés. Un samurai que dormía y sus armas montaban guardia a su lado.
Ella se pasaba horas mirándolo y decía:
“Qué hermoso es. ¿No te parece hermoso?”
Yo que comprendía lo que ella no podía comprender, dije:
“Sí. Es muy hermoso. Lo que no sé es si te será útil.” “¿Qué querés decir? ¿Por qué siempre hablas con enigmas? ¿No te podrías olvidar de la cábala siquiera por un rato?” Y volvía a mirarlo.
Tracé nuevamente los dibujos sagrados. Coloqué los nombres de poder sobre los ocho trigramas.
Ella se acercó al hombre dormido y lo despertó.
Vi que se iban. Además para eso se los di.
* Esta fotografía existe.
sábado, 5 de febrero de 2011
Sobre literatura argentina (Jorge Baron Biza)
La solución de todos los problemas
de la Literatura argentina
Por Jorge Baron Biza
Me contaron que en algunos diccionarios, enciclopedias y otros repertorios de los autores argentinos figuran libros que nunca existieron. Se filtraron: es imposible que los recopiladores verifiquen cada una de las obras que los autores se atribuyen.
Estos chismes me llegan por lo general con aire de rechazo moral. Sin embargo, creo que nos encontramos frente a la gran solución de los problemas de la literatura nacional.
Cada vez que hablo con un editor, en algún momento de la charla se pone la mano en la frente y exclama: ”¡Estoy hasta aquí de originales! Tengo un cuarto lleno. Todo el mundo escribe”, con el mismo tono con que algunas maestras se quejan porque tienen muchos alumnos. Con demasiada frecuencia me encuentro con abogados, economistas, militares, políticos, profesoras de gimnasia, ex cualquier cosa, poetas de los de “amor” con “temblor”, empresarios con éxito, argentinos que pelearon en la guerra del Golfo (¿pero existió?), pintoras con casa en balneario paquete. A todos les brillan los ojos cuando ven la posibilidad de ser escritores. Lo sé muy bien porque yo mismo les escribí algunos de sus libros. El único que no me pagó fue el empresario; pero la pintora gastó más –mucho más– en el cóctel de presentación que en su escritor fantasma. Nosotros, los fantasmas, tenemos que cuidarnos mucho si queremos seguir trabajando: te piden que describas en el libro cómo engañaron sin piedad a su rival, pero sienten pánico ante la más remota posibilidad de que se descubra que no son escritores.
Trato de disuadir a los escritores que no son escritores: les muestro las últimas liquidaciones de mi editor; las radiografías de mi columna, les hablo de que hay que dar la cara, de las burlas si las cosas salen mal, del ninguneo si las cosas salen bien.
Todo en vano: quieren tener su libro. Nada los detiene. Dos hectáreas de bosque en Canadá, Misiones o Finlandia tiemblan ante la determinación de cada una de esas miradas. Las agujas de los pinos se erizan mientras alguien con influencias revisa su agenda soñando con una reseña en los diarios de gran tirada.
También hablo con los libreros: “¡Demasiados títulos, dónde los voy a exhibir, y al mes siguiente otra oleada, no hay tiempo de comercializar bien ni de que funcione el boca a boca!”. En la redacción del diario para el cual trabajo hay un ropero lleno de libros que esperan ser comentados en las cada vez menos páginas dedicadas a la cultura. Detrás de cada uno de esos ejemplares acecha una persona habitualmente amable, hasta inteligente quizá, que se convertirá en una arpía de persecución personal si no le publican la reseña. No hablemos de reseñas desfavorables, porque eso casi no existe en la Argentina. Como buen país mafioso, la más leve insinuación de que después de la página cuatro el libro sufre una operación alquímica que lo transforma en plomo, la sospecha de que el autor no es un genio total, la falta de convicción de que ésa pueda no ser una de las cumbres de las letras nacionales, son todas excelentes razones para que el autor llame al secretario de redacción y le cuente que a su periodista cultural la vieron la otra tarde salir de un cabaret. La corte es la antesala de la mafia. A cada mes que pasa, estos enemigos se van sumando. Muchos se conocen entre sí y van estrechando redes y combinando operaciones cada vez más complejas y sutiles. En pocos años, el periodista cultural es una Virgen de Lippi entre los gladiadores, una cebra con los colores de Newell`s en un campo de toros carnívoros.
A esta altura el lector ya sabrá cuál es la solución que propongo. En lugar de cubrir de vergüenza a los autores que se inventan algún librito por ahí, cubrámoslos de gloria. Son buenas almas que no atormentan a editores, ni libreros, ni reseñadores. Sus ficciones no atiborran camiones de reparto, ni depósitos, ni estantes de librerías. Gracias a sus pacíficas ficciones los bosques del mundo respiran aliviados. Hemos llegado a una nueva categoría de héroe, tan en onda con la historia de su tiempo como el héroe kantiano lo estaba con el romanticismo por venir: hoy tenemos al héroe que no ha hecho nada.
Tampoco debemos despreciar los méritos específicamente literarios de su trabajo. Está la idea de la coherencia. La profesora de gimnasia no puede atribuirse Cómo ganar una fortuna en tres meses ( a costa de no pagar a los escritores). Eso queda para empresarios y editores. No, ella está en el negocio de perder, tiene que inventarse algo del estilo Cómo perder todo en tres meses. Los lacanianos son expertos titulando. Una obra maestra sería Delirio, comunicación y simultaneidad, en la que el primer término pone el paroxismo, el segundo la nota intelectual actualizada y el tercero el misterio que nos hace abrir el librito: nos encontraríamos con un estudio sobre los efectos de la televisión en unos chicos, observados primero aisladamente y después en grupo. Otras obras maestras que nunca fueron escritas: La expropiación fluida de la intimidad, Orificios y equilibrio. Los sociólogos tampoco lo hacen mal: Asco, la marcha en el trasfondo de Las sociedades impotentes. Reciencito se han sumado también los estetas: La tecnología del Assemblage como expresión de la différance, o El Cyborg en la representación del infinito.
Frente al refrito, el plagio, el afano –o como dicen ahora, la “apropiación”– propongo el libro nunca escrito. Habrá que hacer algunos ajustes en el campo literario. Dar becas y premios por no haber escrito un libro. Si se tienen en cuenta las horas que se ahorrarán editores, reseñadores, libreros y lectores, podría instituirse algún derecho de noautor, estimado por la DGI sobre la base de horas ahorradas por esas categorías más expuestas al diluvio de las letras.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Vizconde de Lascano Tegui: El libro celeste (selección)
El libro celeste (1936), estructurado en numerosos capítulos breves sin numeración, retoma el fragmentado estilo de De la elegancia mientras se duerme (1925) pero con un renovado signo que se traslada de la incursión por la tradición francesa al despliegue de una ferviente argentinidad amparada en la dedicatoria tutelar que encabezan Domingo French y Antonio Berutti, “los dos merceros inspirados que el 25 de Mayo de 1810, cerrando las calles adyacentes al Cabildo, sólo dejaron pasar a los criollos perfectos que iban a darnos la libertad”. No es simple elogio criollista ni exaltado ejercicio de patriotismo, sino un volumen de pulida prosa, mezcla irreductible de autobiografía lírica, pintoresca sátira, análisis sociológico, etimologías provenientes de Isidoro de Sevilla y enciclopedismo medieval, que configura un extraño mundo cuya órbita se centra en la participación de las letras locales en la cultura universal. Presentado como geografía abstracta, bestiario, herbario y lapidario argentinos, la novela del Vizconde —si es que la amplitud de este género moderno puede admitir tan particular composición— reclama la ayuda de la fantasía como camino hacia la felicidad. Sus originales cruces iluminan —en un tono por demás opuesto al de las preocupaciones contemporáneas de Eduardo Mallea o Ezequiel Martínez Estrada— la esencia del ser nacional.
El diagnóstico de los males contemporáneos de la Argentina se entreteje en sus páginas, en difuso recorrido temático de clave contrapuntística, con las analogías más inesperadas provenientes de la imaginación poética del autor. Mezcla de géneros y tradiciones, El libro celeste perpetúa en renovada línea la experimentación híbrida que, noventa años antes, se perfilaba ya en el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Pero es también, y en esencia, ejemplo de la memoria atravesada por el tiempo, los viajes y las lecturas de un espíritu itinerante que titula su libro con el color del barrilete de infancia en atemporal vuelo.
Vizconde de Lascano Tegui: El libro celeste (selección)
El animal mayor de la República sería el dragón, pero no existe. Ha sido reemplazado por la estatua ecuestre. Es un animal fabuloso. Es de piedra y de bronce. Recuerda a los héroes de la Independencia que resolvieron a caballo nuestra libertad política. Desde 1810 hasta 1860 no bajaron del corcel. Las dificultades que les creaba su posición ecuestre les impedían adaptar como cosa suya los principios liberales de Voltaire y Montesquieu, a esa asociación fundamental y que parecía eterna (antes de la invención del vapor) entre el héroe y la bestia, y que no cesó sino con la degeneración del héroe en montonero y en la disminución notable del valor del caballo criollo como elemento civilizador frente al ferrocarril. Los héroes de Mayo, continuando a caballo, terminaron en gauchos alzados que resistíanse a tomar el tren y trataban de enlazarlo. La primera estatua ecuestre que debía devolver la justa medida del héroe fue la de San Martín en la plaza del Retiro. La habían fabricado para Chile, pero cuando se dieron cuenta los patriotas del desfavor que les echaba encima la preferencia chilena, sobornaron al escultor francés y éste fundió dos estatuas en el mismo molde y a uno de los caballos (el chileno) le alargó la cola, dándole así una mejor sustentación a la estatua, que se levantaría en un terreno volcánico. Cuando el modelo del hombre perfecto se plasmó en bronce sobre un zócalo de mármol y explicaron los poetas por qué señalaba con su dedo la cordillera de los Andes,
“¿no lo ha visto a San Martín,
entre el laurel y el olivo,
señalando con el dedo
donde viene el enemigo?”,
los falsos profetas y al mismo tiempo seudos formadores de nacionalidades, los Facundo, los Ferrer, los Bustos y los Ibarra, se perdieron en los campos todavía no arados. La nación comenzaba. La civilización también. La estatua de San Martín fue regalada como una recompensa desde Buenos Aires a las provincias que se portaban bien. Una estatua ecuestre de San Martín surgió en las plazas centrales de las capitales de provincia cada vez que uno de nuestros presidentes, por ser galante con la esposa de un fundidor de bronce, recibía su visita perfumada dentro del fuerte de Buenos Aires. El pintor Villegas nos ha dejado, de uno de esos días felices, un paisaje en que las aguas del Río de la Plata parecen más azules, las veletas de San Ignacio y San Francisco mucho más doradas y las banderolas blancas de la escolta presidencial, sobre las lanzas, mucho más lindas... La estatua ecuestre de otros héroes, por su abundancia, creó la raza argentina del dragón de bronce. Hoy es común. Está en todos los catálogos de bazar. Cuando nace una ciudad, y nacerán muchas en la extensión ilimitada de la nacionalidad, será siempre una estatua ecuestre el mejor florón de su corona. Porque desde ese día, la ciudad se sentirá tan noble como aquellas ciudades medioevales que habían dado hijos, y Perseos, vencedores de dragones.
El tábano nace de la bellota del cardo. El picaflor, según los primeros conquistadores, sale del fruto del chaviyú. Pero hay algunos sabios que, como el Padre Guevara, aseguran que la hembra pone un solo huevo, y otros más sabios, de la misma laya, que sólo pone dos huevos, de los que sale un gusano que se convierte en mariposa y la mariposa en picaflor a fuerza de volar. Aceptemos la duda como en el origen de Homero y reconozcamos que el picaflor es un pavo real diminuto. Es todo pluma decorativa. Su cuerpo no es mayor que una almendra y dentro de las cartas que enviaban a España los soldados que no conocían todavía la tarjeta postal —pero sentían su necesidad— ponían el cadáver de un picaflor. Con él querían dar la sensación del nuevo mundo mentiroso y atrayente.
Entre las piedras que devolvían al colonial desilusionado su juventud, no puedo olvidar a la macedonia y a la cimbra, que nacen en el exterior de los pescados o del aliento de las ballenas, origen presunto pero no muy seguro. Lo cierto es que el mar las deposita en la playa. Blanqueadas y una su vez secas, devuelven las fuerzas perdidas. La macedonia, que era piedra capaz de engendrar otras piedras y que algunos usaban para matar las moscas, empleábase en verdad como un potente afrodisíaco. La macedonia como la silenita crecía y decrecía con la luna.
Como de la vida de Shakespeare quedan muy pocas trazas, los historiadores y los admiradores han querido llenar el vacío con cartas, documentos, anillos con sus iniciales, libros con sus firmas contradictorias. La duda planea sobre ellos cuando la investigación científica y policial no ha demostrado que son falsos y apócrifos. Felizmente el hombre sabe mentir, y si Ossián y sus poemas son invenciones, la tiara de Saitaphernes, hecha hace unos meses, es una mistificación más que honra a la imaginación humana. De la tierra virgen de América corrieron por Europa mil y una mentiras y mil y una leyendas; que, a fin y al cabo, las leyendas son mentiras más largas que las comunes. Eran cuentos sin control y sin ejemplo que persuadiera. De luengas tierras podían y debían llegar siempre las luengas mentiras. Pocos espíritus lo suficiente veraces aportan pruebas a sus afirmaciones. Ruy Díaz de Guzmán afirma haber cazado un animal que tenía un espejo en la frente y que pensaba remitir al rey Felipe. Desgraciadamente la pieza de convicción se le escapa de las manos y se interna en la selva por descuido del peón que lo llevaba en una canoa. Los jesuitas de Misiones remitieron a Europa, para agravar la confusión y la duda en que se vivía sobre la flora y la fauna, pájaros artificiales que componían, como los primeros padres de la iglesia sus Evangelios, recogiendo mentiras. Son pájaros fabulosos que no pudieron quedarse en Madrid y llegaron hasta los gabinetes de historia natural del rey Luis XV. Buffón fue engañado por los ejemplares raros. Su clasificación es, por eso, falsa, y recién, después que Azara publicara su libro, la mentida tornasol de los jesuitas, esos sabios que sacaban la cola a un pavo real, las alas a un chajá, la cabeza y el cuello a un loro, para inventar un ave, quedó desplumada. Los jesuitas querían y admiraban la volatería, pero detestaban la ornitología sin fénix.
La mimosa es una planta tímida. Es casi un animal que siente. Se descubren en sus gestos el pudor y la vergüenza. Se sonroja, se enluta y se encoge y se marchita si la tocan.
Entre las buracas que dejaban los andamios del Escorial nacieron las golondrinas. Son pájaros de duelo. Salieron de las cornisas del sepulcro real cuando el pulido Felipe II, que aplastaba sobre la rótula desnuda los gusanos que lo devoraban, se había quedado solo, sin criados, en vísperas de bajar al pudridero. Esos pájaros negros llevaron el luto de España hacia el Flandes español, donde nacía el sol, y hacia la América morena, donde se acostaba el día. El duque de Alba y el licenciado de la Gazca, al verlas pasar, comprendieron el mensaje. Y los dos cómplices, emocionados, sonrieron. El enemigo de Antonio Pérez se moría...
La emigración de golondrinas se hizo anual. Huían del invierno. En América se multiplicaban y las mensajeras románticas —que recién lo fueron cuando Miranda, San Martín y Bolívar nos libertaron— iban a Europa a morir del pecho como las mulatas de las Antillas. La distancia las vencía. Otras veces topaban con las nieves prematuras que las amortajaban y otras veces era el rey Luis XVI que les salía al encuentro. Golondrinas nacidas en América, caían, hasta doscientas por día, heridas por la escopeta cincelada del monarca, que adoraba tirar al blanco. Su cuadro de caza es impresionante. Lo escribió de su mano y está en el Memorial. Más de doscientas mil presas: faisanes, perdices, palomas, golondrinas, cisnes y venados. Siempre asesinó animales tímidos. Nunca afrontó un león, un oso o un tigre. Cuando le cortaron el cuello, por monarca o cazador de torcazas, el día helado del 21 de enero de 1793, recogieron, cuentan las gacetas, una golondrina muerta entre la nieve. Las golondrinas son pájaros de duelo.
Los muros de las iglesias de la colonia donde nos bautizaron eran de adobe crudo. Los pájaros entraban a sacar las pajas secas para sus nidos de la fábrica sagrada. La iglesia era siempre un vasto salón en que el suelo fue de baldosa cocida y las paredes blanqueadas o rosadas a la cal. Los altares estaban dentro del muro. Eran nichos de los que se caían los santos mal equilibrados. Las tallas en maderas verdes del país se abrían, se rajaban a la humedad o al calor, porque aun
trabajaba el corazón del árbol. Las llagas de San Roque eran verticales y la sinovia de su rodilla enferma, savia de guayacán o palo santo. Los artistas eran indios a quienes se les guiaba la mano. Los santos parecían, por lo deformes, enfermos, o calcos para un museo de medicina. Los ángeles no dejaban de ser obesos y sus alas, pesadas y coloreadas, daban a las iglesias el aspecto de grandes pajareras. No era una antesala del paraíso la iglesia, sino una sala de espera en un asilo de dementes.
sábado, 16 de octubre de 2010
Jorge Baron Biza: Gato encerrado en pornocine
Poco antes de morir en septiembre de 2001, Jorge Baron Biza me confió un cuento que debía integrarse a una antología del erotismo. El texto, fruto de los años de destape de la primavera alfonsinista y supuestamente publicado bajo seudónimo en una revista pornográfica de la época, combina con maestría el erotismo y la filosofía. No es casual que su inicio aluda al mundo de Borges; la penumbra de las salas de una biblioteca infinita se traslada a un espacio donde otras ceremonias, casi tan privadas como la lectura, se encadenan en el tiempo. Hoy, esta obra maestra de las formas breves, se publica por primera vez en internet.
Gato encerrado en pornocine
El limitado universo tiene planta rectangular. Hay en él una larga noche repleta de seres inferiores devorables, mis ratas. Llegan después los espectadores adorantes y en cuatro sesiones alumbra el proyector sobre la pantalla, interrumpido sólo por breves intervalos. A través de la luz del foco llegan los seres que amo, los seres de la luz. En cada intervalo se renuevan los espectadores adorantes.
Después de las cuatro funciones se repite la noche larga y aprovecho el tiempo para devorar las vidas sabrosas que han sido puestas aquí únicamente para mi gusto. Las ratas son criaturas que no soportan la presencia imponente y sonora de la claridad. En la noche larga, entre bocados de rata y sueños, yo sólo pienso en los seres que vienen en el haz de luz. Para cazar ratas me basta el olfato, el tacto y el gusto; reservo mis oídos y mis ojos para los momentos inefables de las proyecciones. Largamente durante la noche —la noche larga— me siento prisionero.
Al principio creí que la luz, por poder propio, atraía a los espectadores adorantes, seres sobre dos patas, pero ahora estoy seguro de que no es así: los más valientes de los adorantes llegan al universo, se sientan en dirección opuesta a la fuente de luz y desean en silencio frente a la pantalla. El poder de este deseo atrae a otros espectadores y abre finalmente la fuente de luz. En la luz llegan sus criaturas. A medida que los seres de la luz realizan sus ceremonias, crece en los espectadores el deseo, que pone tensos sus cuerpos.
Yo también quise desear como los espectadores adorantes. Varias veces me he refregado contra sus piernas o me he sentado en sus hirvientes regazos para compartir la naturaleza de su apetito, pero siempre me han alejado con palmadas amistosas o patadas furibundas. Enajenados por los seres de la luz y sus ceremonias, los espectadores no admiten ningún contacto, ni siquiera entre ellos, que son del mismo género; su deseo los aísla. Mi deseo es mejor, calmo.
Los seres devorables parecen todos del mismo género; los adorantes también: las criaturas de la luz son de dos especies que tratan de unirse frenéticamente: Yo soy único.
Las patadas que me propinaron los adorantes me hicieron comprender que aquí, en el universo, el acercamiento no es la forma de relacionarse. Tuve una idea audaz: si toda la atención de los adoradores está dirigida a la pantalla en la que se plasman los seres que vienen con la luz, yo debía participar de la luz para ser reconocido como único por los adorantes.
Subí al proscenio de la pantalla en la que las criaturas de la luz se unían frenéticamente.
Cuando entré en la zona del haz luminoso y quedé expuesto a la claridad, una sensación excepcional se apoderó de mí. La región de la cual yo provenía, allí donde habían quedado los adoradores, se convirtió en una brumosa tierra inferior. Arriba, en el proscenio, hasta las motas de polvo se bañaban en una realidad convincente por sí misma, despegada de la ola de deseo que emitían los espectadores. Pero la transformación más sorprendente fue la de mi cuerpo, que se dividió en reflejos y sombras definidas, sombras completamente distintas de las envolventes que me atrapaban en la platea. Las sombras nítidas que sobre el proscenio creaba la acción directa de la luz eran allí parte necesaria de mi cuerpo, y junto con las partes iluminadas formaban un ser intensificado y enaltecido, digno y próximo a los seres de la luz. De esta transformación exterior nació algo nuevo en mi interior. Comprendí la naturaleza de mi superioridad y me senté de cara a los adoradores de la platea para recibir sus deseos y transformarlos en algo mejor y real. Primero escuché un murmullo que fue creciendo, después unas risitas, finalmente un alboroto amenazador. Un objeto llegó volando, mientras los adorardores pataleaban groseramente sobre el suelo. Seguí con mis ojos el vuelo del proyectil. Cuando quedó detenido detrás de mí, algo siniestro llamó mi atención en la pantalla, donde se movían los seres de la luz: allí donde se interponía mi presencia, se formaba en la pantalla una sombra de mi cuerpo, aumentada y grotescamente desproporcionada, que borraba en parte a los dueños naturales del lugar y acentuaba la falta de sentido que siempre habían tenido para mí —que soy único— sus esfuerzos por unirse, género con género.
Un segundo proyectil me golpeó y me retiré del proscenio, sin miedo, atolondrado sólo por la comprobación de las transformaciones a las que mi cuerpo era susceptible, y por el poder de bloqueo que tenía sobre los seres de la pantalla, hasta ese momento imperturbables por nada que no fuesen ellos mismos. También noté la defensa de los adoradores en la platea para que todo permaneciese en su cauce durante la función. No sólo eran adorantes, sino también guardianes.
Los silbidos y pataleos me indignaron. Desprecio a los adorantes. Ya no me interesa llamar su atención; no me interesa llamar la atención de nadie que no sean los seres de la luz, actuar con ellos, dominarlos.
Intenté un primer acercamiento a esos pobres dioses (que podían ser víctimas de mi sombra) empleando el mismo método estúpido que empleaban los adoradores. Me senté tenso frente a la pantalla y miré con golosa atención hacia la luz, pero a pesar del empeño que puse, no logré que naciera en mí ese deseo de quieto ardor que invadía a los espectadores.
En estos intentos empecé a prestar verdadero cuidado a lo que ocurría en la pantalla. Los seres de la luz actuaban con el beneplácito de los adorantes. Pero mi única actuación, cuando enfrenté a los espectadores, fue reprobada. Sólo la actuación de los seres de luz era seguida con creciente atención y un respeto solemne y resentido.
Los adoradores tienen sobrepieles que cuelgan flojas, pesadas y olorosas. También los seres de luz comienzan su actuación con estas sobrepieles más o menos ridículas, salvo que ellos no tienen ningún olor, prueba clara de que pertenecen a una esfera superior. Esta superioridad los impulsa a despojarse de las falsas pieles grotescas; casi siempre se ayudan entre sí para hacerlo. Comprendí entonces el sentido de la actuación de los seres de luz, en lo que se refiere a la primera parte.
Cuando, como víboras, los seres de luz se han despojado de sus pieles, salen a relucir sus cuerpos blancos y brillantes, adornados apenas con unos pocos pelos. Entonces empieza la segunda parte de su actuación: se acarician y se acercan cada vez más: se mueven con gran libertad —como no lo hacen jamás los adorantes—, pero el sentido de esos movimientos me es desconocido. Aparentemente tratan de unirse, género con género y aun los del mismo género, a embestidas furiosas que siempre fracasan. A lo sumo logran una verdadera unión en las entrepiernas, pero por más que se desesperen, no logran ir más allá en sus intentos de ser uno de dos, como si en alguna época remota hubiesen sido uno y por algún método simple, directo y olvidado se hubiesen convertido en dos, y arrepentidos quisiesen volver a esa célula unitaria y originaria.
En estos trances de unidad, su expresión es tensa, pero en vez de terminar en el melancólico resentimiento que llevan estampado los adoradores de la platea cuando se van del universo por la puerta con telones de atrás, la tensión de los seres de luz se intensifica hasta reflejar un infinito dolor que está, asombrosamente, apoyado en una alegría no menos grande. Después se serenan y caen en una expresión vacía, casi estúpida, parecida a la de los espectadores. Como su propia superioridad no les permite soportar este ánimo insulso, desaparecen, pero no por la puerta con pesados cortinados del fondo; se desvanecen en la pantalla misma y esto, según estimo yo, es un milagro de la voluntad de los seres de luz, decididos a existir sólo en el frenesí y sus prolegómenos.
En cuanto a los sonidos que los seres de luz pronuncian mientras intentan unirse, sólo puedo compararlos con los chillidos mortuorios de las ratas que cazo, pero los gemidos que provienen de la luz están traspasados de un sentimiento de esperanza que pregona felicidades que ni las ratas ni yo conocemos.
Las dificultades de penetrar en el mundo de los seres de luz son enormes. Por empezar, uno de los géneros que aparecen en la pantalla no existe entre los espectadores. Es una especie suave, redondeada y más pequeña, pero a pesar de que a veces es tratada con dureza, sus movimientos más reposados señalan que es el centro de la acción, mientras que los del otro género se afanan y celebran extrañas danzas a su alrededor, hasta que inevitablemente tratan de unirse a la especie redondeada mediante brutales embestidas.
Aquí se plantea uno de mis grandes problemas. Después de mi fracaso de compartir el deseo de los adorantes, fracasé también en mi intento de unión con los seres de luz, de los cuales ni siquiera sé si pertenezco al género redondeado o a sus furiosos merodeadores; y por lo tanto ignoro cuál sería mi papel en los rituales de la pantalla. Tampoco está claro si debo adherirme a los espectadores adorantes o a los seres de luz. Ambos me decepcionaron de alguna manera. Por lo que de mí veo, soy completamente distinto de todos los que habitan el universo.
Durante mucho tiempo aparecieron siempre los mismos seres de luz repitiendo exactamente las mismas acciones, mientras que los adoradores de la platea se renovaban en cada ciclo de luz en la pantalla. Esto me hizo creer por una temporada en la inmutabilidad de la luz. Sus reiteraciones se convirtieron en la sola certeza que ofrecía el mundo, sus actos eran la medida del tiempo y sus epifanías aseguraban la unidad del universo y anunciaban y escondían al mismo tiempo el sentido del mundo.
Sorpresivamente, después de una de las noches largas entre las cuatro funciones, cuando los seres de luz más se añoran, aparecieron en la pantalla seres distintos, que cumplían acciones también distintas, aunque las mutuas embestidas finales eran iguales. Fue un golpe para mis convicciones. Me sentí sorprendido, traicionado y vacilante. Creí —creo— en una profanación. Los ídolos a los que estaba acostumbrado y aun encariñado, desaparecieron sin que el universo se estremeciese. Fueron sustituidos por otros, no menos luminosos, pero que no me eran familiares. Por ejemplo, en el ciclo anterior, el ser que era centro de todas las atenciones era rubio, redondo y usaba colgajos de colores chillones, como fucsia y violeta, que otros seres le quitaban y aparecían entonces dos grandes bolsas en el pecho que le impedían correr, razón por la cual era siempre atrapado por otros cuatro seres morenos que en lugar de tener sus bultos en el pecho los tenían en las entrepiernas, y por lo tanto eran más activos, atrapaban a lo rubio y trataban de fusionarse con ello. Pero todos fracasaban siempre y cada uno se retiraban dejando el lugar al siguiente de los seres ágiles y musculosos de ese ciclo. La hermenéutica de esas imágenes me convenció de que los seres musculosos habían sido destinados, por una ley superior y natural, a atrapar a los seres redondeados y un poco incompletos, porque les faltaba uno de los miembros y trataban de suplir esa carencia con un ritual de devoración del miembro que les faltaba, pero por más porfunda que fuese la deglución, nunca se atrevían al certero mordisco con el que yo desgarraba la cabeza de las ratas. Además de ser único, es obvio que soy superior a todos.
En el nuevo ciclo, todo era distinto. El ser principal tenía cabellera negra y estaba vestido con harapos insuficientes, pero se los sacaba ella misma al son de una música hermosamente maulladora, y aparecían entonces las consabidas bolsas en el pecho. Las nuevas situaciones eran completamente distintas. El ser morocho con bolsas se acariciaba a sí mismo y esa actividad implicaba tanto trabajo que hasta sudaba copiosamente, lo cual parecía atraer finalmente a los otros seres de la luz. A pesar de que el ser morocho trataba de seguir acariciándose y al principio no quería fusionarse con sus compañeros de luz, los otros entraban en estado de frenesí y la forzaban a ofrecerse a la fusión. Entonces, el ser principal cambiaba de humor y colaboraba con los intentos de fusión. Todo inútil, como ocurría en el ciclo anterior del ser rubio. Rubios o morochos, la fusión es siempre imposible. Me pregunto por qué no se desaniman nunca y cesan en sus intentos.
Esperé el retorno de mis favoritos rubios, los del ciclo del origen, los fundadores del universo. Imaginé que en algún lugar fuera del universo descansaban y que, después de una lucha con los usurpadores que se agrupaban en torno del ser morocho, retornarían triunfantes. No fue así. La segunda ola de seres fue sustituida por un tercer ciclo, un cuarto, hasta que comprobé con pánico que los seres originarios eran sólo figuras que se desleían en mi recuerdo sin nada que atestiguase que hubiesen existido: peor aun, empecé a mezclar en mis nostalgias las distintas oleadas de seres de luz. Finalmente, uno de los ciclos reconocía la imposibilidad de fusionarse que yo ya anticipaba. Era un ciclo en le que todos se colgaban segundas pieles de cueros y hierros, y en lugar de acariciarse, unos seres tan musculosos que sus hinchadas bolsas en el pecho eran casi tan voluminosas como las del otro género, golpeaban despiadadamente a los seres redondeaditos y pequeños, que eran tres, uno rubio, otro morocho y otro que tenía toda la piel oscura, negra. Cobraban las tres víctimas, sin distinción de color de pelo ni de piel. Aunque estas víctimas daban señales insistentes de querer fusionarse, los musculosos las golpeaban más cuando ellas más señales de amor daban. Después las obligaban a realizar actos que a las víctimas bolsudas no les gustaban, como tratar de fusionar a través de la boca u otros orificios; volvían las palizas. Las palizas parecían, para los seres de cuero, hierro y rapados, mucho más importantes que las fusiones. Si en los ciclos anteriores encontré alguna lógica y me fabriqué algunas explicaciones, en éste no entendí nada. Todas las motivaciones me permanecían ocultas, o quizá no existían. Supuse que después de este ciclo, el Universo cesaría de alguna manera.
El anonadamiento que este hecho produjo en mí me quitó el hambre y caí en una languidez indiferente. Todo el mundo de seres de luz se derrumbó. Sus distintos ciclos, a los que yo había tratado de darles un sentido superior, se confundían en mi mente y perdían significación; los seres de luz no trabajan por la unidad de géneros ni la fusión del mundo. Todo me parecía sin razón. Perdí el hambre y aun los motivos para acechar. Me tendí en un rincón oscuro, indiferentes a las proyecciones. No sentía el menor deseo de girar la cabeza para ver a los seres que tanto admiré. Ni siquiera sabía si habían cambiado el ciclo de las palizas por otro, que con seguridad me desconcertaría tanto como el de los rapados.
Las ratas fueron perdiendo el temor que siempre les infundí. Sus cuerpitos grises se aventuraban audaces hasta donde yo yacía aletargado, olfateándome, como seres inferiores que son. Finalmente, una —más grande y seguramente más estúpida— se acercó para husmearme. Quise alejarla con indolencia. De pronto sentí una sensación aguda y fría en una pata. Me invadió el dolor. Miré a los ojos de la imprudente y vi en ellos la decisión de devorarme. Se apoderó de mí una exaltación que sólo se parecía a la que había experimentado cuando ascendí al proscenio y quedé bañado por el haz luminoso que dibujaba en mi cuerpo fragmentos de los seres de luz del ciclo originario. Supuse que así debían sentirse los seres musculosos del último ciclo, el de la caída de los seres de la luz. Recordé las expresiones en las que se mezclaba el dolor y el estupor de las víctimas del cuero y el hierro y las cabezas rapadas, y comprendí lo que experimentaban. Pensé un instante en la actitud de abandono sin escapatoria de la especie más redondeada, y consideré la posibilidad de dejarme devorar. Un segundo mordisco envalentonado se llevó un trozo de mi carne. Después ya no volví a pensar en los seres de luz.
De un salto atrapé a la rata. Su actitud cambió completamente, aun antes de que le hiciera daño. Bastó esa ráfaga de voluntad, para recuperar mi naturaleza de cazador. La condenada trataba de escabullirse sin ninguna dignidad. Entonces hice lo que no había hecho jamás: simulé dejarla ir, jugué con sus esperanzas, y cuando se creyó libre volví a atraparla autoritariamente. Repetí el juego, cada vez con más entusiasmo. En uno de los saltos cubrí su cuerpo mal herido. Cuando me aparté, en lugar del ser gris y devorable me encontré con la imagen de la especie más redondeada de los seres de luz, una de las víctimas del ciclo del cuero y el hierro. Ella también trató de huir, frágil. Comprendí su debilidad y seguí jugando con sus bolsas pectorales regordetas, convencido ya de que lo único permanente en el universo era yo, soberano. Me pregunté si en algún lugar confeccionarían ropa de cuero y hierro para un ser como yo, Único.
José Gabriel Ceballos: Los hijos de Rivas
José Gabriel Ceballos nació en 1955 en el pueblo donde vive: Alvear, Corrientes, sobre el río Uruguay. Con su novela Víspera negra ganó en España el Premio "Ciudad de Alcalá". Su vasta producción cuentística ha merecido distinciones internacionales como el Premio "EDUCA" de Costa Rica y, entre otras, el Premio "Alberto Lista" otorgado por la Fundación El Monte y el diario ABC de Sevilla, España, al cuento que compartimos en esta ocasión. En Simurg ha publicado Ivo El Emperador (novela, 2002), Víspera negra (novela, 2004), Fabulario de Buenavista. Antología Personal (cuento, 2004) y Relator deportivo (cuento, 2006).
Los hijos de Rivas
Desde muy chicos los hijos del sepulturero Rivas supieron hablar con los muertos. Siendo tan niños, les habrá bastado con pasar el cerco ruinoso que había entre su casa y el camposanto. Por la misma razón que los niños pueden conversar con los objetos, con los animales, con los seres creados por su fantasía, ellos habrán aprendido a hacerlo con los muertos.
Rivas enviudó tempranamente. No recuerdo a su mujer, que según me dijo creo que Romilia, murió tuberculosa. Veo sí a un Rivas todavía derecho y ágil, que acudía al panteón de mis padres un rato después de mi llegada, el tiempo necesario para permitirme la intimidad ritual que nos imponen esas visitas: un padrenuestro, acomodar algunas flores y velas, pensar en nuestros difuntos. Si yo estaba solo, el hombre saludaba y me esperaba bajo un ciprés, apoyado en el cabo de su azada o su rastrillo, con una atención que parecía poder quedarse para siempre en su barbudo rostro flaco y atezado. Si conmigo estaba Romilia, la criada de mis padres, él saludaba y se ponía a ayudarla con el balde o a fregar las placas de bronce, pidiendo permiso cada vez que debía entrar al mausoleo. Cuando se ahuecaba para recibir la propina, su mano huesuda me hacía pensar en una pata de pollo.
Sus hijos eran dos pequeñas siluetas que aparecían y desaparecían entre las cruces, y unas risas fragmentarias entre los pocos rumores de la vida. Por una de esas normas que se arraigan en nosotros sin mayores razones, trato de no ir a los cementerios sino en días hermosos y con el sol a pleno. Por eso recuerdo a los hijos de Rivas como dos manchas que se mueven veloces en una claridad vibrante, con un efecto multiplicado por la fijeza de las cruces. Cuando los conocí, la niña tendría unos ocho años y su hermano cuatro. Entre el haberlos conocido y mi primer viaje habrán transcurrido dos años. Así que poco puedo añadir a esa impresión que constituye mi recuerdo más antiguo de ellos. Unas indefinidas caritas sucias que espiaban sobre una sepultura, o tras un estatua, o entre la maleza en que naufragaba una verja, para escapar ni bien se las descubría. Morenos cuerpitos andrajosos y descalzos. Una facilidad insuperable para correr entre las tumbas, esquivarlas, saltar sobre ellas, saltar de tumba en tumba, zambullirse en el zapallar o en el mandiocal que Rivas cultivaba entre su rancho y el cementerio, como si no existiera el semicaído alambrado. Raras veces andaban con el sepulturero.
Mi memoria pasa por alto los tres años de mi primer viaje y me los muestra apenas cambiados. Ella un poco más, como es lógico, con sus formas femeninas sólo sugeridas en la delgadez oscura. Las tetitas le marcaban levemente la blusa mugrienta, las piernas chuecas le impedían toda gracia. Él, con sus orejas puntiagudas y sus dientes demasiado grandes, con su pelo lacio y retinto, parecía la caricatura de un duende. Se los veía saludables pese a la flacura, y aunque ella ahora reflejaba cierta timidez que juzgué propia de la edad. Pero el sepulturero había desmejorado. Su espalda ya se doblaba notablemente, caminaba de un modo grotesco, arqueado hacia adelante y un costado, con dificultad. “Un reuma jodido, señor, en todo el cuerpo”, me informó él mismo, la primera vez que visité el cementerio tras mi viaje. Yo venía de errar por el mundo durante tres años, aventura iniciada en cuanto acabó el juicio sucesorio de mis padres. Una mezcla de fuertes añoranzas y remordimientos todavía colmaba mi espíritu. En tres años no había tenido ninguna comunicación con el pueblo, y había consumido una respetable porción de mi herencia en diversiones no totalmente confesables. La recepción de los parientes y amigos había sido muy poco propicia a aquellos sentimientos. Frialdad, silencios cargados de reproches, desdén en las miradas esquivas. Con esto quiero explicar la actitud que Rivas y sus hijos provocaron en mí aquella tarde en el cementerio. Cuando oí al sepulturero atribuirse la prolijidad que exhibían los canteros adyacentes al mausoleo y el brillo de las placas, me sentí desbordado por la gratitud. No se me ocurrió que nadie más pudiera haberlo hecho, la vieja Romilia había muerto unos cuantos meses atrás. Una tía me contaría después que con sus criadas había estado ocupándose del panteón, pero para entonces los acontecimientos ya habrían sucedido. La mañana siguiente a mi reencuentro con Rivas y sus hijos volví al camposanto, pero entré por atrás, por el rancho del sepulturero. Allí dejé tantos obsequios como cabían en mi auto. Cajas con comestibles, ropas, juguetes y golosinas, hasta unos analgésicos para Rivas, a quien llevaba también un turno para que lo atendiera mi médico. Para los gurises fue una fiesta. El sepulturero me agradeció con los ojos mojados. Así me metí en sus vidas tan extrañas como menesterosas y en su increíble secreto.
Los hijos de Rivas me tomaron cariño. Llegaba yo al cementerio y ya estaban conmigo, festejándome, abriéndome la puerta del auto o llegando a mi encuentro sofocados por la carrera. Ella (Finita, se llamaba Delfina; el niño se llamaba Ramón y le decían Carpincho) casi siempre andaba abrazada a la muñeca rubia que yo le había regalado, y eso me conmovía: seguramente conocía su primera muñeca a la edad en que las niñas abandonan los juguetes. Las ropitas nuevas pronto se convirtieron en guiñapos en sus cuerpos. Con una velocidad supersónica devoraban las golosinas que yo les llevaba; él, comenzando por llenar la boca entre carcajadas cómplices; ella, con su timidez iluminada. El afecto fue recíproco, se entiende. Nunca me habían agradado los niños, ése fue un motivo fundamental para que permaneciera soltero; sin embargo, aquellos dos conquistaron mi corazón.
Mientras tanto Rivas empeoraba. El médico me dijo que lo suyo era irreversible y que podía complicarse si no dejaba los esfuerzos físicos. El mal le había invadido las vértebras. Con cierta influencia política gestioné una jubilación anticipada para él, la cual estuvo lista en unas semanas. El cementerio tuvo varios sepultureros sucesivos en poco tiempo, al parecer ninguno dispuesto a asumir definitivamente aquel trabajo. Por fin se fue quedando un anciano sordo y miope, que vivía en las cercanías, como un elemento meramente formal pues el desmalezar, los enterramientos y demás trabajos pesados los hacían otros obreros municipales llevados para cada circunstancia.
Cómo conocí el secreto. Quitaba yo unas flores secas de sobre el ataúd de mi padre, de espaldas a la puerta. Procedía con esfuerzo pues la altura del nicho me obligaba a hacerlo en puntas de pie. El calor, aumentado por unas velas que ardían sobre el altar y la sensación de encierro, me hacía sudar a mares, ahogándome por momentos. Finita y su hermano se hallaban afuera, a unos cinco pasos de mí, bajo el ciprés. Ya habían tragado los caramelos y ahora lamían sus chupetines, observándome. Eran de escaso hablar, por entonces lo eran. En general nuestros diálogos se reducían a preguntas que ellos contestaban con monosílabos o frases muy cortas, con la mirada baja. Pero de pronto Finita me dijo:
—Quiere que usted revise de nuevo el armario chico.
Estaba tan enfrascado en la limpieza que aquellas palabras demoraron un instante en penetrar mi pensamiento. Cuando me volví hacia ella, bajó la vista y repitió:
—El armario chico. Eso me dijo.
—¿Quién, Finita?
—Él, su papá —e indicó con la cabeza, sin alzarla, hacia el interior del mausoleo—. El finado.
El niño soltó una risita, me echó una ojeada con súbita seriedad, aprovechó para aplicar un chupetón a su golosina y clavó de nuevo la mirada en el suelo. Me quedé como se supone que se quedaría cualquiera en mi lugar. Pero el recuerdo de unos documentos, unas viejas hipotecas que mi abogado había estado pidiéndome desde que regresé al pueblo, para no sé cuáles trámites complementarios del juicio sucesorio, irrumpió en mi estupor. Me lancé hacia el coche sin siquiera cerrar el panteón.
Encontré las hipotecas en el fondo de dicho armario, mezcladas con otros documentos que me habían despistado en la búsqueda anterior. Una hora después volví al camposanto, con el corazón y la mente a los tumbos pese al whisky que me había metido entre pecho y espalda para retemplarme.
Finita y su hermano seguían frente al panteón, ahora trepados al ciprés. Se descolgaron al verme llegar. Inmóviles, cabizbajos, aguardaron mis preguntas. La razón me sirvió por lo menos para interrogarlos con la mayor cautela posible, y eso sin duda facilitó las cosas. No pasarían veinte minutos y todo había cambiado por completo para mí, en mí. Ya no era yo, el mundo ya no era el mundo que yo pisaba un rato antes, todo se había convertido en un agujero negro hacia cuyas profundidades me sentía arrastrado.
Anoto aquí algunos detalles que juzgo importantes.
Yo era la única persona a quien los hijos de Rivas habían revelado aquello; por reiteradas órdenes de los muertos, ni siquiera a Rivas se lo habían contado. Conmigo habían hecho la excepción por autorización expresa de mi padre, autorización confirmada por otros difuntos. Supuse que esto implicaba un privilegio que se me concedía desde ultratumba, por mi amplitud intelectual, por mi discreción o sabe Dios por qué; más adelante comprendí que los muertos querían comunicarse con alguien en condiciones de cumplir sus encargos. La precaución de los muertos en este sentido había llegado al extremo de prohibir a los niños que fueran a la escuela y tuviesen amigos.
En cuanto al modo de conversar, era puramente mental. Los niños oían las voces perfectamente diferenciadas pero sólo como “sonidos interiores”, pese a lo cual el fenómeno se producía exclusivamente ante las tumbas respectivas. “Hablan en nuestras cabezas”, me dijo Carpincho. Aquella misma tarde y en el mismo sitio en que me confiaron el secreto, Finita y su hermano probaron la verdad de estos dichos, con mi padre y mi madre. Finita me pidió que hiciera preguntas a mis padres, en voz alta y luego sólo con el pensamiento. Se las hice, naturalmente sobre cuestiones que sólo mis padres podían conocer. Al cabo de un momento, durante el cual yo no oía más que el rumor de los pájaros y la brisa y en los chicos se dibujaba una divertida atención, éstos se disputaban por darme la respuesta con la mayor exactitud. Mis últimas dudas desaparecieron entonces.
Nunca me comuniqué directamente; siempre ocurrió a través de los niños: mis palabras y mis pensamientos llegaban a los muertos sin necesidad de que intervinieran los niños, pero no sucedía lo inverso.
En cuanto al origen de las conversaciones, me contó Finita que fueron ellos y no los muertos quienes las provocaron. Finita se había acostumbrado a hablar con aquellos rostros tan tristes de las fotografías que enseñaban las lápidas, para darles consuelo o algo así, el niño aprendió a imitarla y un buen día oyeron (conviene decir sintieron) una respuesta. Una joven señora recién fallecida que se lamentaba por haber sido reemplazada prontamente por su viudo.
Aquí ya debo consignar algo fundamental, relativo a los temas. Los muertos nunca hablaban sobre temas metafísicos, nada de aquello que tanto angustia a los humanos vivientes, lo que hay tras la muerte. No. Sólo trataban asuntos relativos a la vida, y por lo general y con muy pocas excepciones, a sus propias vidas. Ni siquiera daban ninguna información sobre la realidad de los vivos que se supusiera obtenida en el más allá, como anunciar el porvenir. Al principio creí que ello se debía a la corta edad de los interlocutores. Después descubrí que las revelaciones trascendentales resultaban en sí mismas inalcanzables por aquella vía, y hasta construí una teoría al respecto. Como toda persona cuando muere deja innumerables cosas irresueltas (explicaciones que pedir, secretos que revelar, cuentas que pagar y que cobrar, perdones que ganar y que conceder, injusticias que reparar, responsabilidades por asumir, sentimientos que declarar, el futuro de los hijos, el reparto de la herencia), hay una parte del alma que se queda aferrada a la materia, por la “preocupación” que esos asuntos generan. Permanece allí hasta que se muere o se vuela por la impotencia o porque la vida en su continua transformación elimina tales cuestiones, resolviéndolas a su modo. Sea que esa porción del alma esté llamada a morirse adherida a la materia, o sea que deba elevarse después hacia donde se halle la porción principal (no hay que olvidar la hipótesis de que ésa sea toda el alma que tenemos), nada puede informarnos mientras tanto del más allá, sencillamente porque no conoce el más allá. Expuse esta teoría a unos cuantos expertos. Un teólogo católico soltó la carcajada; cierta escritora consagrada a una de esas religiones exóticas en boga me miró como a un insecto; un santón espiritista la aprobó con algunas correcciones.
Pero aun descartada (nunca definitivamente, claro) la posibilidad de sonsacar información trascendental, ¿cómo podía resistirme a aquella comunicación? Mi vida quedó reducida a ella, digamos que en un noventa y cinco por ciento. El cementerio me atraía como un imán invencible. Cuando no visitaba tumbas con los niños, casi seguro que aún seguía con la mente en el cementerio. Mis jornadas quedaron organizadas más o menos así: la mañana o la tarde en el camposanto; la otra mitad del día para verificar datos y cumplir algunas de las comisiones solicitadas por los muertos; unas horas de la noche para organizar mis registros. Una rutina tan excéntrica sólo acentuó la idea que la gente ya se había formado sobre mí, por mi largo viaje y la casi nula dedicación a mi patrimonio, así que no sufrí los fastidios de la curiosidad ajena.
Mediante un grabador de bolsillo fui formando un archivo magnetofónico de aquellas conversaciones (llené casi cien casetes con las voces de Finita y Carpincho y mi voz) y por escrito llevaba un registro muy completo. Mientras grababa tomaba apuntes en una libreta, en los que incluía datos circunstanciales, como las demoras en contestar, los pormenores que me soplaban los niños —risas, llantos, tonos especiales, balbuceos— y diversas impresiones mías. Pronto armé un fichero; fichas ordenadas alfabéticamente, una para cada muerto, con los asuntos más reiterados por éste, con apuntes sobre mis verificaciones y las diligencias que el muerto solicitaba.
Por supuesto que de los pedidos que me hacían sólo una pequeña parte resultaba realizable. Imposible abordar a un caballero y espetarle: “Perdone, pero su esposa lo engaña, me lo contó su difunto amigo Fulano”. O asumir una venganza sangrienta que no nos incumbe y a instancias de un muerto desconocido. Pero los pedidos me desbordaban también por su cantidad. Nadie sospecharía que tras las lápidas de un camposanto pequeño como aquél hay tanta ansiedad por la vida. Y cuando digo vida no me refiero a una abstracción, al vivir conjetural, sino a asuntos concretos, a eslabones, por así decirlo, que quedaron abiertos en la cadena de la vida vivida. Por eso los arrepentimientos constituyen el tema sin duda más común en las sepulturas. Tampoco se debe creer que todas son cuestiones objetivamente importantes. Las hay, pero tanto como otras que parecen increíbles por su insignificancia, por su falta de entidad para existir en la majestad de la muerte, al punto de reducir el enigma a algo así como un torpe escamoteo teatral. La alimentación de su canario puede quitarle la paz a un muerto, por ejemplo. No hallé para esto una explicación general más aceptable que la “perspectiva de la vida” que tuvo cada muerto. Uno que vivió para las grandes empresas se habrá llevado a la tumba desvelos probablemente más considerables que uno que empeñó su existencia en pequeñeces. Pero no es una ley infalible, tal vez porque también incide el carácter más o menos obsesivo que haya tenido el difunto, y la medida en que ese carácter haya actuado durante la agonía respecto a tal o cual preocupación, lo que equivale a reconocer una cierta causalidad a las circunstancias en que se produjo cada muerte. Quiero dejar constancia de que si bien los pedidos disminuían en número cuanto más antiguo era el muerto, no había relación entre este dato cronológico y la gravedad de los pedidos. Almas que salieron de este mundo más de un siglo atrás me hicieron un solo pedido, pero uno francamente estúpido. Colegí que el tiempo borra las obsesiones post-mortem mientras el muerto aún puede sustentarlas, pero únicamente por la razón ya señalada: porque hace desaparecer las causas, por ir cerrando los eslabones.
Algunos ejemplos ilustran sobre la diversidad de aquellos encargos. De J.L.: comunicar a sus nietos que hay una tinaja con plata entre el cielo raso y el techo. De C.F.M.: denunciar en la comisaría que éste murió envenenado por su mujer. Del hacendado Fulano: informar a su familia que el solicitante dejó los siguientes hijos extramatrimoniales (y aquí unos cuantos nombres), a quienes se debe evitar penurias económicas. De doña Mengana: hacer saber a sus víctimas (otra lista) que la solicitante confiesa haberles mandado las cartas anónimas y pide perdón por los daños causados. Del Sr. Zutano: entrevistar a la anciana señorita XX y manifestarle el arrepentimiento del muerto solicitante por haberla abandonado por un matrimonio de conveniencia, que este casamiento lo hizo muy desdichado y que el solicitante continuó amándola aún en la extrema vejez. De un empleado contable de La Insuperable S.R.L.: advertir a su gerente que en el balance del año 1957, rubro gastos varios, hay un error de doscientos trece pesos, del cual el solicitante se percató demasiado tarde para practicar la enmienda. Del médico Dr. Perengano: avisar a su paciente Equis que probablemente tiene un cáncer y no una simple bronquitis. De la Sra. MM: rogar a su bisnieta menor que no se case con ese novio porque es un mal hombre, cazafortunas, golpeador, vicioso y hasta posiblemente homosexual.
Confieso haber recurrido a procedimientos vergonzosos, como los mensajes anónimos y el sembrar cizaña en el viento, pero quienes pedían eran muertos e insistían con angustia. Finita y Carpincho, que pronto aprendieron a soltar la lengua conmigo, me preguntaban por el cumplimiento de aquellos encargos. Aprendí a mentirles con descaro.
Mis padres no volvieron a dirigirme ningún mensaje. Esto me dio la tranquilidad de creerlos en paz.
Ocho meses duró mi aventura. Ocho meses durante los cuales pertenecí más a la muerte que a la vida, aunque con plena salud.
En cuanto despertaba en mi cama, me asaltaba una urgencia por reanudar aquella rutina. Finita y Carpincho recibían sus golosinas y me conducían por entre las sepulturas, siguiendo una especie de agenda mental preparada en mi ausencia, conforme a la prioridad que ellos mismos adjudicaban a cada muerto interesado en comunicarse conmigo. Hay que pensar que los niños dialogaban mucho con los difuntos. Para ellos, recorrer el cementerio no se diferenciaba de andar por el patio de su casa, lo hacían sin horarios, incluso por las noches. Me guiaban con contento, como orgullosos de prestar aquel servicio. Carpincho solía ir por delante, por una ruta complicada que le exigía ascensos y descensos, saltos y difíciles equilibrios, por momentos en el techo de un panteón, por momentos a horcajadas sobre una estatua, saltando sobre el hueco abierto de una tumba en ruinas, trepándose a los árboles, como si quisiera demostrarme su dominio del terreno. Finita marchaba a mi lado, abrazada a su muñeca, rompiendo por trechos su silencio para contener a Carpincho o adelantarme datos sobre los muertos y sus inquietudes. Llegados a la tumba del caso, los niños se ponían a mirar fijamente la fotografía del muerto, o un punto cualquiera si no había foto, se diría que concentrándose, y de pronto, casi siempre enseguida, comenzaba la triangular comunicación. Las discusiones entre Finita y Carpincho respecto a la traducción más precisa se repetían con frecuencia, divertían a Carpincho y enojaban a su hermana.
No faltaron sobresaltos. Una tarde nos sorprendió una tormenta. Estábamos tan metidos en una conversación con una muerta charlatana que cuando nos dimos cuenta la tempestad se nos cayó encima. Nos refugiamos en un panteón abandonado, donde tuvimos que esperar hasta bien entrada la noche que cesara aquella furia de agua, viento, truenos y rayos. Lo terrible no fue el mero permanecer allí en medio del temporal; ya me había familiarizado lo suficiente con aquel sitio y con sus ocupantes como para entregarme a los miedos de las películas de Drácula. Lo pavoroso fue sentir que el panteón no iba a resistir, que acabarían por derrumbarlo los torrentes que azotaban sus paredes fulgurando por los relámpagos y arrastrando restos funerarios, el viento que arremolinado en la cúpula hacía chillar a los murciélagos y gemir a las vigas, los rayos, la lluvia feroz.
Unas pocas semanas después ocurrió lo del homenaje. Quiso la casualidad que pasáramos frente a la sepultura de un político ilustre justo cuando se acercaba un grupo de personas endomingadas, con una gran corona floral. Damas ensombreradas, dos o tres militares, caballeros en rigurosos trajes oscuros, hasta un anciano en un sillón de ruedas. Ya pasábamos, demorados por la curiosidad, cuando Finita me tomó de un brazo. El político le hablaba. Que esperásemos. Nos detuvimos dos tumbas más allá, lo bastante cerca para que Finita continuara percibiendo la voz sepulcral. Se trataba de un aniversario. Colocada la ofrenda contra la lápida, el grupo aguardó el correspondiente discurso, en semicírculo. El orador era un caballero maduro, canoso, con barbita en punta; se adelantó un paso entre dos mujeres —una, evidentemente la viuda, la otra quizás una hija del homenajeado—, carraspeó, miró la lejanía y luego clavó la vista en la tumba y lanzó al aire su ampulosa verba, sin papel. Lo que sigue lo tomo de mi grabador.
Orador: —Hemos venido, inolvidable amigo y correligionario, a rendirte este austero pero sentido homenaje, a tu última morada... etc.
Finita (por lo bajo): —Hijo de puta.
Yo: —¿Qué?
Finita (su voz apenas se oye): —Dice el muerto que ése es un hijo de puta.
Mientras tanto el orador va entusiasmándose. Lo veo encenderse con las alabanzas, al compás que marca su dedo índice derecho. Sus ojos se dilatan como ante visiones dantescas y se entornan beatíficos, como si de repente lo arrullara un ángel; su barba tiembla por momentos; el gesto entero se le contrae reflejando a medias los sentimientos que con sus rebuscadas frases declara, a medias porque la diversidad de tales sentimientos hace imposible que alguna expresión facial se complete, y de un modo ridículo por esto mismo. Desconsuelo, resignación, ira, arrogancia, veneración, otra vez dolor... Se balancea, se estira hacia lo alto, cada tanto emite una lloviznita de saliva.
Finita: —Quiere que eche a ese tipo.
Yo: —¿Yo?
Finita: —Sí, usted. Dice que el tipo robó mucha plata cuando era su secretario, el de él, del muerto, en el gobierno. Y que ahora se acuesta con la mujer esa, la viuda.
Yo: —No puedo hacer nada, Finita. Se va a armar un lío bárbaro.
El discurso arrecia. Anoto algunos adjetivos: heroico, infatigable, titánico, glorioso, ejemplar, sublime, irreemplazable. En este momento fue cuando vi caer un pedazo de bosta muy cerca de un caballero. Comprendí el peligro al instante. Me lancé hacia Carpincho, que a mi izquierda ya apuntaba otra vez muy serio y con el ceño fruncido. Ante sí, sobre una tumba, tenía abundante bosta seca de las vacas que solían pastar en el cementerio. En la grabación se oye a Finita que llama a su hermano, mi jadeo y luego el del niño, el discurso como fondo cada vez más lejano. No conseguí calmar a Carpincho hasta esconderlo tras un mausoleo, donde seguramente ya no le llegaba la voz de aquel muerto. Pataleaba y se agitaba entre mis brazos como un demonio. Rostros perplejos nos observaban desde el homenaje.
Antes de que se acabara aquel verano decidí emprender otro viaje por el mundo. Los muertos ya no me parecían una buena razón para quedarme en el pueblo. No sacaba de ellos más que enredos vulgares, ninguna gran revelación. Pensándolo bien, yo sólo era su mandadero, y Finita y Carpincho no pasaban de unos médiums precoces pero relativamente eficientes. Si por algo me costaría marcharme sería por el cariño que me ligaba a los chicos, pero los muertos poco y nada contaban.
Cuando mi penúltima visita al rancho de Rivas antes de aquel viaje, Carpincho me contó en un aparte que Finita estaba enamorada. Tomé la delación a la ligera y hasta la festejé con Carpincho. La aproximación de Rivas nos interrumpió. Nada dije sobre el asunto a Finita, por su timidez.
En mi última visita tenía yo demasiado ocupada la cabeza como para interesarme por el enamoramiento de Finita. Entregué un dinero a Rivas —cuya enfermedad se mantenía estacionaria, permitiéndole cuidar la chacra, ordeñar sus vacas y salir a vender sus productos por el pueblo— y le hice algunas recomendaciones, aunque nada respecto a mudarse de allí ni a mandar los chicos a la escuela, consejos que le había dado dos o tres veces sintiéndome enseguida un perfecto idiota. Luego demoré un buen rato despidiéndome de mis padres y eché una caminata con los niños por el camposanto. Recuerdo que Finita iba cabizbaja, sumida en silencio. A Carpincho lo entusiasmaban mis promesas de un pronto regreso con regalos. En cierto momento, el niño mencionó algo sobre el enamoramiento de su hermana.
—Callate, pelotudo —lo frenó en seco Finita.
Me hice el desentendido.
Mi ausencia esta vez duró año y medio. Cuando retorné al pueblo Finita ya se había ahorcado.
Rivas me recibió llorando. Bastaba verlo para comprender que aquel pobre hombre, que tanto había lidiado con la muerte, no soportaría mucho más la de su hija. Ya habían transcurrido varios meses del suicidio y lloraba como si todavía viera a la ahorcadita colgada del árbol. Lloraba con espasmos que le impedían articular palabra, y cuando cesaba su llanto quedaba temblando y con la mirada vacía. Lo consolé cuanto pude y salí del rancho con Carpincho. Mi corazón estaba destrozado pero pedía detalles. Caminamos hasta el árbol, un frondoso gomero, gigantesco. Su sombra cubría unas cuantas tumbas, todas muy viejas, algunas ya dañadas por las poderosas raíces. Carpincho me señaló una y me contó todo.
Fue así. Finita se había enamorado de aquel muerto y se mató para juntarse con él. Últimamente ya no conversaba casi con ningún otro muerto. Aquél le recitaba versos. La muchachita se pasaba los días ante la antigua tumba, poniéndole velas y flores y otros adornos, conversando, sintiendo recitar al muerto, recitando por ahí cuanto podía memorizar de sus versos (que no sería mucho, pues ella no sabía escribir ni leer). “Versos de amor”, me dijo Carpincho. “Todos versos de amor.” Leí el epitafio. Un nombre vulgar, dos fechas remotas que hablaban de la juventud con que aquel individuo había descendido a la tumba, esta leyenda: “Poeta: Dios te dé la paz que el amor y tu pluma te quitaron”. Creí ver una mirada dulce y sombría en el retrato borroso que ilustraba el epitafio, en un círculo de bronce incrustado en relieves del mármol. Un mozo flaco, rasgos nobles, largas patillas, lo que se distinguía.
Volví a partir a los pocos días. Nunca supe si Carpincho le contó a su padre algo sobre el poeta, no quise preguntar.
Rivas no tardó en morirse. Carpincho se fue antes, al Brasil, con unos parientes brasileros, cuando a su padre lo internaron en el hospital. Tiempo después me enteré de que se había convertido en un médium famoso en todo el Brasil.
Todavía suelo volver al pueblo, sólo para visitar el cementerio. Ahora Finita y su poeta están sepultados juntos. Averigüé en la municipalidad, arrendé aquella tumba por la cual ya nadie pagaba, mandé arreglarla e hice trasladar allí a Finita.
A veces quisiera tener la inocencia de los niños para poder hablar con ellos.
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