sábado, 20 de julio de 2013

Reseña de "Marcapasos" de Carlos Costa, en Radar Libros (Página/12, 14/7/13)


El corazón delator

La primera novela de Carlos Costa parte de una historia de herencia familiar para abrirse a una sugerente pluralidad narrativa.

Por Sebastián Basualdo


“Hubo un error de cálculo cuando el médico le aseguró a Marta que ayer sería la última noche y, por eso, viajamos, y estamos todavía hoy soportando el calor, los mosquitos y las incomodidades. ¿Cómo pudo haber vivido la tía Amanda todos estos años sin tan siquiera un ventilador? No es posible entender que hubiera prescindido de todo en la vida. Se está yendo sin quejarse, sin dar gastos, sin pedir compañía. Aquí, en el casco viejo de lo que fue la estancia”, dice Diego, el narrador de Marcapasos, primera novela de Carlos Costa, donde se plantea, en principio, la llegada de cuatro primos a una chacra en Entre Ríos, después de haber recibido el llamado telefónico de una casera que ya cansada de cuidar a una mujer enferma decide avisar a la familia. Sólo que los hombres tienen un propósito concreto para regresar al campo donde solían pasar los lentos veranos de la infancia: la herencia que dejará la tía Amanda al morir. “Quieren repartir la herencia ignorando la voluntad de Amanda. Necesitaban constatar si realmente yo tengo alguna documentación que diga que todas las hectáreas que aún quedan nos corresponden por sucesión a Eliana y a mí. Si hay algún papel firmado en nuestro favor, debería estar en esta casa.” A partir de ese momento, los primos se verán obligados a convivir bajo el techo de una misma ambición, desatando todo tipo de excentricidades y miserias; pronto se verán envueltos en una trama compleja donde la herencia tendrá todas las características de una verdad revelada. En principio, Diego tendrá que lidiar con el pasado cuando se imponga una confesión que no buscó ni quiso. “Se queda callada. Tal vez piense. Tal vez no quiera seguir hablando. Otra lágrima corre lenta por su cara rígida. Estoy parado en el medio de la habitación sin saber qué hacer. ‘Me acosté con tu papá’, dice de forma súbitamente clara”. La tía Amanda está convaleciente en su cama, no puede moverse ni abrir los ojos, pero tiene la suficiente lucidez como para pronunciar estas palabras que terminarán por darle un giro interesante a la historia. Porque será a partir de entonces que la muerte recorrerá las páginas amenazando con dejarlo todo inconcluso: un verano del ’76 irrumpirá con la ferocidad de lo que no debiera saberse nunca, de todas aquellas verdades que debieran mudarse con nosotros cuando morimos.
Una serie de cartas encontradas hacia el final quizá logren esclarecer la intriga que Marcapasos sostiene colmada de una violencia que parece a punto de estallar a cada instante, siempre bien arraigada en ese paisaje lento y casi estático de un campo que parece gritar lo que ya fue dicho hace mucho tiempo. La mujer digna de ser amada, aquella que alguna vez fue alegre y hermosa y solía meterse en el agua del tanque australiano a chapotear con los chicos, dejará de ser simplemente una tía que agoniza en su cama para convertirse en un ser tan enigmático y complejo como la vida misma.
Con una prosa sencilla y poética, Carlos Costa, sociólogo nacido en Gualeguaychú, propone algo más que una historia familiar signada por las ambiciones y los secretos. Intensa hasta la última página, la novela oscila entre la ironía, el humor y la violencia al ritmo de un marcapasos que funciona no sólo como un artificio para mantener con vida a una entrañable mujer sino como el pulso preciso, acaso como un corazón delator que tiene una verdad que decir antes de callar para siempre.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5080-2013-07-20.html


miércoles, 17 de julio de 2013

Reseña de "Ensayo clínico" de Gustavo Kusminsky



Ensayo clínico

por Ana Abregú


La novela de Gustavo Kusminsky, Ensayo Clínico, ocurre en tres dimensiones espaciales, que no intersecan entre sí, el espacio real o irreal del bar San Bernardo, el espacio real o irreal de la memoria, y el espacio real o irreal de las palabras.
El protagonista, Marco, sentado en el bar San Bernardo, rescata una parte de su vida, y toda a la vez,  mientras su cuerpo y sentidos se abandonan, a los ruidos y olores, el sosiego familiar del bar delega en el relato un período, que en contraste, se mueve a otra velocidad.
La vida de Marco parece diseñada en duplicidades que otros han configurado para él, lo han obligado a ser alguien que no supo que era, desenredándose, casi irremediablemente, en actos sin contención de sí mismo.
En el espacio de las palabras, los referentes del personaje no son de su entorno, ni tan siquiera una realidad doméstica, sino que se mira en el espejo de historias, personajes, músicos y escritores; es así como desde Santa Cecilia, patrona de la música, por error, de los poetas por convicción y de los ciegos por condición, las palabras que deben ser dichas, para comprender la historia de Marco, se expresan en un tiempo diferente al que transita su vida; hay informaciones y verdades que ha experimentando a destiempo, y que repone en el momento de rehabilitar sus recuerdos bajo la influencia de la atmosfera del bar.
Como dentro de una nave, aislado, a modo de transporte en el tiempo;  nos muestra al protagonista no como un sobreviviente, meramente, sino como un personaje en el que parecen confluir las consternaciones de una época de la historia Argentina, que no sólo no ha terminado para Marco, sino que deja interrogantes profundos sobre cuestiones cosmogónicas como  amor, verdad, muerte, que no terminan con la última página de esta novela.
En la vida de Marco no existen las certezas, su identidad, sujeta a conjeturas según el rol que creyó interpretar, exalta sus conflictos: su rol de padre, su rol de proveedor, su rol de esposo, de yerno y hasta de músico, que no parecen sostener un carácter apropiado.
La voz narradora, como en una letanía continua, sin mayúsculas, ni comienzos ordinales, ofrece al lector la ilusoria sensación de relato inmanente, no trascendente, sin distinción de orden moral con el natural, en donde la realidad impasible del bar sirve de moldura a la condición frágil de esos roles en la vida del protagonista.
Marco toma como referencia de la subjetiva vida que dispusieron para él, a personajes de relatos, históricos o de ficción, tal la Odisea;  como una forma de reflexionar sobre la paradoja que significa la contradicción y justificación de situaciones que resultaron inconsistentes con su percepción de la realidad.
La apreciación de Marco, relacionada con los sonidos, cifra su atención e intereses bajo la visión que le permite su condición de músico; como parte de ello, las palabras  reinventan su significado; términos importantes como padre, patria, hijo, enfermedad, humo, muerte, sobreviviente, se desmoldan, mantienen su forma, pero no su sentido; los recuerdos del protagonista parece una explicación pero son, en contexto, una implicación.
Reveladora la voz de un personaje, que funciona como una señal, o una bisagra, quizás un sino o profecía, cito: “–Y la ficción deforma posteriormente la realidad en sus espejos, dijo alguien por ahí”, en el centro neurálgico de la novela, mitad exacta del libro, en páginas y voces, donde las palabras comienzan a funcionar como un gozne, entre apariencia, memoria, narración, veracidad.
En esta novela es permanente las referencias dobles en diversos aspectos: el mismo bar, con el nombre de esa raza de can que se asocia con el rescate de personas; Marco que ha notado la contradicción que ha generado que Santa Cecilia resultara la Patrona de la música, semejante al laberinto confuso respecto a motivaciones de Cecilia, su mujer; el paralelo entre la dicción de Julio Cortázar y su torturador; el humo del bar y la nebulosa del recuerdo; en el recorrido de la memoria, se establecen relaciones con músicos, Bach, Ravel, y otros; con textos, la Biblia, el Talmud, citas Borgianas y otros; con  personajes, Ulises, Fausto, Frankestein, Jekyll y Hyde, y otros –a su vez historias de dobles–;  la progresión de personajes y escritores, Homero, Hemingway, Stevenson, y otros, como puntos de anclaje en las reflexiones de Marco, ofrecen una apariencia de equilibrio emocional, de análisis distante, racionalismo filosófico que en contradicción con el relato hacen que este texto enfrente al lector con cuestiones sobre hechos y acontecimientos que irradian una percusión con la aparente calma de la escritura; sin dejar de notar que esta historia se cuenta en un solo día, aspecto que nos hace pensar en el Ulises, esta vez de James Joyce; dan cuenta de un viaje, una vida de contingencias, ida y vuelta entre universos geográficos, ida y vuelta entre universos políticos, ida y vuelta entre verdades, lo que genera un haz de tiempos que se resuelve en conjugaciones verbales.
Fluida y plástica, esta novela alterna su figurado carácter confesional con un texto profundo, conmemorativo y diferente.
“¡Oh!, mis ojos han visto todo esto,/Mis orejas lo han oído y entendido./Job 13:1”, es el epígrafe de este libro, que podría interpretarse como una capitulación frente a la irreversibilidad de hechos; pero es también un salmo, del latín psalmus, que significa: tocar las cuerdas de un instrumento musical.
El efecto más logrado de esta novela, es la iluminación con que los discursos de los personajes, dejan fuera la especulación que pueda construir el lector, y al mismo tiempo expanden sus proposiciones;  con habilidad geométrica, la sensación del diálogo continuo y la reposición de las voces en fórmulas simples, pero intensas, hacen que se lea sin respirar, con avidez casi metafísica.
Como en el resto del libro, al lector le tocará decidir entre los posibles narrativos de esta historia conmovedora que cuestiona la verdad, pero no la juzga, cuestiona instituciones, el matrimonio, la política, pero no las juzga; interpela, en definitiva, al propio protagonista en la forma de un testimonio de sus memorias, e imprime, entre sus torcedura, un sentimiento de perplejidad, pero no por no resolver misterios, sino justamente por develarlos.

(9/7/2013, http://www.metaliteratura.com.ar)

sábado, 13 de julio de 2013

Reseña de "El filósofo envenenado" de Marcelo Abadi en EL LITORAL de Santa Fe

Por Julio Anselmi

Ejercicios de seducción


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“El filósofo envenenado”, de Marcelo Abadi. Simurg. Buenos Aires, 2013.

De Quincey cuenta que los vecinos ajustaban sus relojes cuando Kant pasaba frente a sus casas. Los sábados, cuenta el filósofo argentino Marcelo Abadi (1932), Kant tomaba la tarde libre, iba acompañado por su mucamo, pero de repente se detenía detrás de un árbol; el mucamo avanzaba unos pasos y disimulaba: “Sabe que en ese momento el amo se masturba, y que no tardará en retomar sabiamente el camino”. ¿Qué tienen en común la obsesiva repetitividad puntual de Kant, los recuerdos de un estudiante argentino en la Alemania de 1955, el aprendizaje de un idioma, Alquié y Deleuze? Abadi logra conducirnos a través de estos mojones hasta un núcleo esencial de la filosofía: a la profunda nostalgia de una imposible voluntad de absoluto, a la frustración del ser humano “condenado a buscar un mundo que le rehusará su intimidad” (Kant); al dictamen que sentencia: “De aquello de lo que no se puede hablar, hay que callar” (Wittgenstein).
A este primer ensayo que abre El filósofo envenenado, sigue uno sobre las verdaderas razones de la condena de Sócrates, y es aquí donde puede rastrearse el ars filosófica de Abadi. Como el amor y la existencia plena, la filosofía es concebida como un ejercicio de todos los días, una donadora de concordancia entre el intelecto y las cosas, el examen de uno mismo y un aprendizaje de la muerte.
En estos, y en los ensayos que siguen -sobre Borges, la angustia y el deseo (y Sartre), o el tango que con Eduardo Bianco sedujo a los nazis, entre otros- Abadi ofrece lo que Borges designaba como el principal don de un escritor: el encanto. Más allá de las tesis y del acuerdo que podamos o no convenir con el autor, lo que importa es sentirnos atrapados por el recorrido que nos ofrece y la magnitud de los paisajes y el placer del paseo.

“Los ilotas y la juventud maravillosa”

En el ensayo “Los ilotas y la juventud maravillosa”, Abadi recuerda un episodio referido por Vidal-Naquet. Ocurre en 423/22 a.C. durante la guerra entre Atenas y Esparta. Los espartanos enviaron un cuerpo expedicionario compuesto en gran parte por los esclavos ilotas. Tucídides cuenta que los espartanos, temiendo una revuelta de ilotas, después de una batalla, “anunciaron que aquellos ilotas que se hubieran conducido con coraje y que estimaran merecer la ciudadanía debían presentarse para ser liberados. Los amos estimaban que se presentarían los más orgullosos de su comportamiento viril, los más belicosos y, por lo tanto, los más susceptibles de participar en un levantamiento. De los que se presentaron, seleccionaron a dos mil. Les pusieron una corona sobre la cabeza a cambio del gorro infamante que debían portar... ‘Poco después, se los hizo desaparecer y nadie supo de qué manera cada cual fue eliminado’ ”.
Tucídides no dice cómo desaparecen, cómo los matan, dónde se los entierra. “Silencio. ¿Será que los lectores de Tucídides no necesitaban más aclaraciones?”. Y Abadi concluye el breve ensayo devolviéndonos a la Argentina de los ‘70, cuando fue ungido presidente Cámpora, aunque se sabía que el triunfador era Perón. “Un sector de la juventud, el que había tomado las armas para inclinar la balanza en favor del retorno del líder, pensaba que se estaba a las puertas de la revolución. ¿Acaso una de las primeras medidas del gobierno de Cámpora no había sido amnistiar a los presos políticos? Y Perón, desde Madrid, ¿no se había congratulado de la juventud maravillosa?
“Los miembros de las organizaciones armadas y sus simpatizantes reclamaban con distintos grados de violencia su parte en la victoria. Algunos habían sido formados por el cristianismo revolucionario, otros se inspiraban en un foquismo que invocaba a Vietnam o Cuba. En nombre de sus convicciones habían realizado secuestros, habían matado desde un ex presidente hasta a simples policías de facción”.
Iban con sus pancartas, mientras “los servicios de información se cansaban de fotografiarlos y filmarlos desde todos los ángulos. Se hubiera dicho que los inminentes clandestinos querían salir en la foto; ‘jetoneaban’, hacían comprender que andaban ‘calzados’, se deleitaban hablando de la ‘orga’, poniéndose nombres de guerra y haciéndose envidiar por los que aspiraban a pertenecer.
“Los muchachos se sentían portadores del sentido de la historia. No percibían que los vientos soplaban en dirección opuesta. Pronto, sin embargo, de la euforia pasaron al desconcierto y la ira. Hasta que un día, tan previsible, Perón los llamó imberbes, idiotas y se fueron de la plaza, patéticos con sus banderas plegadas.
“¿Hace falta recordar la frase de Tucídides? ‘Poco después, se los hizo desaparecer y nadie supo de qué manera cada cual fue eliminado’ ”.
 

Reseña de "Río arriba", de Jorge E. Gavilán







Este libro de cuentos puede situarse en un lugar escondido, habría que descorrer la cortina de esa habitación y mirar lentamente para no cegarnos. Como dice Ricardo Piglia, un cuento siempre cuenta dos historias, ese placer de descubrir los intersticios que vibra en cada relato. En cada cuento habita un enigma, un silencio a revelarse, una pregunta que queda colgada en los confines de una isla,  unas palabras que asedian al personaje hasta atraparlo, una estación de tren como observadora muda…

En el cuento que da título al libro, un hombre escruta a cada paso, recuerda, conquista ese viaje como evolución continua del espíritu, para bien o para mal; pretende crucificar a los malos espíritus y fracasa; o llega a vencerlos y es entonces cuando su vida coincide en un mismo lugar. En El orden del tiempo, es el pasado que atrae su cruel para hacer una simetría capaz de envolver vidas y destinos. En El Huésped, Bernardo es un interrogante que permanece tranquilo, junto a los gestos y ruidos que invaden un hogar y conviven en una apariencia enigmática. En Los cuervos, (difícil no recordar la película de A. Hitchcock), el protagonista reflexiona sobre estos animales que de pronto son parte de cada uno de los pobladores de la comunidad, metáfora para quién le guste hacer extrapolaciones políticas y sociales. El destino es un juego, una visitación a la inspiración y goce del arte. La noche del samurái, es una joya del cuento tradicional argentino, la ley de la esfericidad cumplida en forma perfecta, un hallazgo, la luz al fondo del pasillo que nos revela realidad de ficción, pero que se apaga intermitentemente.
Jorge E. Gavilán nace al mundo literario con esta primera obra publicada con gran calidad por Simurg. En muchas oportunidades se escucha que en el primer libro el escritor debe salir con su mejor traje, relucir sus zapatos, usar su mejor corbata y no despeinarse. Gavilán hizo todo aquello y está listo para la fiesta.

Juliano Oscar Ortiz 

Valoración:
Cuatro Estrellas

martes, 19 de febrero de 2013

Paul Celan, el tango y los nazis. Anticipo de "El filósofo envenenado", volumen de ensayos de Marcelo Abadi


El tango de la muerte





El veinte de enero de 1942, siguiendo instrucciones de Goering, y sin duda órdenes de Hitler, los más encumbrados jerarcas nazis se juntaron en una mansión de las SS ubicada en un suburbio berlinés, junto al lago Wansee. Entre ellos estaba Heydrich, y también Eichmann, nuestro futuro huésped. En esa siniestra reunión se acordó la “solución final” del problema judío. Ese eufemismo significaba el exterminio de todos los judíos de Europa, unos once millones, según se calculaba. De una fase que admitía crueldades individuales se pasaba a una escala industrial, una matanza que requería una sistematización rigurosa, transporte de grandes poblaciones, provisiones de un gas adecuadamente mortal como el Zyklon-B que aportarán algunas empresas francesas, crematorios eficaces y personal capaz, una parte del cual, es cierto, fue constituido por aquellos que a su vez pronto serían víctimas.1 
Atrás quedaba el amateurismo. En el campo de Janowska, no lejos de Czernowitz, donde había nacido el poeta Paul Celan, un comandante llamado Gustav Willhaus se dedicaba con entusiasmo al “tiro al judío”, que también gustaba practicar su esposa y pronto su hijita de nueve años a la cual los SS complacían aportándole chicas judías de a cuatro; la rubiecita les disparaba y en seguida pedía “otra vez, papá, otra vez”. Willhaus aun celebró, el 20 de abril de 1943, los cincuenta y cuatro años del Führer asesinando personalmente a cincuenta y cuatro prisioneros.
Todos esos crímenes individuales resultaron pronto en-marcados en un plan de proporciones nunca imaginadas. Varios campos de trabajo se convirtieron a partir de Wansee en campos de exterminio directo, prescindiendo de la previa extenuación por el trabajo. De uno de esos establecimientos había logrado salir el poeta rumano judío Paul Antschel, que luego se llamaría Paul Ancel y después Paul Celan y compondría el más célebre, el más estremecedor poema sobre la Shoá. Sus parientes habían sido deportados antes que él. Su padre, el sionista de la familia, el propulsor del uso del hebreo, murió de tifus, en un campo del Este; su madre, exhausta, fue asesinada, su madre querida que adoraba el alemán y se lo había hecho valorar tanto.
Ese famoso poema de Paul Celan apareció en traducción rumana con el título de “Tangoul mortii” (Tango de la muerte), antes de aparecer en el original alemán bajo el título de “Todesfuge” (Fuga de muerte).
¿Por qué el nombre “Tango de la muerte”? Hubo en la Argentina por lo menos dos tangos con ese título, uno de Mackinstosh y otro de Novión. A ninguno de ellos se refería Celan. El tango de la muerte de los campos nazis fue el que en realidad se llamó “Plegaria” y con tal título lo cantaron intérpretes como Carlos Gardel y Libertad Lamarque, pese a ser, según los críticos, una composición mediocre, entre cursi y necrofílica.
Su historia es la siguiente: aprovechando el auge del tango en Europa durante los ’30, un violinista argentino lla-mado Eduardo Bianco se fue a París, formó una orquesta con Bachicha, la Bianco-Bachicha, y luego otra por su sola cuenta. Años quedó en Europa. Tocó en Francia, en España, donde dedicó una composición al rey Alfonso XIII, tocó en Italia, donde dedicó otra o quizás la misma al Duce, tocó en Rusia, en Oriente Medio y en Alemania. En Berlín, en 1941, “Plegaria” fue ejecutado por la orquesta de Bianco ante Hitler y Goebbels, en oportunidad de un asado que ofreció el agregado cultural argentino. Hitler y Goebbels, en su ansia por desplazar al foxtrot, los souls y los blues, toda esa basura decadente de negros y judíos, estaban felices de encontrar el tango. En la esfera de la música culta, bien se sabe que la dodecafónica fue condenada y que la grandiosidad de Wagner gozó del máximo favor, pero en lo popular, y junto a las viejas canciones alemanas, se supuso que era ventajoso imponer nuevos y aún poco difundidos ritmos.
Bianco era nazionalista de alma y acaso de profesión. Simpatizó con las dictaduras del Eje, aparentemente haciendo para ellas algunos trabajos de “inteligencia”. Se cuenta que en las reuniones de músicos argentinos, Enrique Cadícamo advertía: “guarda con Bianco, que informa a la Gestapo”.
Pues bien, los testimonios de unos pocos sobrevivientes de los campos y, para más pruebas, un folleto encontrado en los archivos del Ejército Rojo, indican que en Lublin-Majdanek y en Janowska los comandantes hacían formar pequeñas orquestas de judíos y les ordenaban tocar música mientras otros prisioneros marchaban a las cámaras de gas o eran ejecutados junto a las fosas que ellos mismos habían cavado. Esa música, se especifica, era un tango llamado “Plegaria”.
Por el poema de Celan se entiende cómo el arte alemán, sus rubias Margaritas, el “Deutsches Requiem” de Brahms, “Der Tod und das Mädchen” de Schubert, hasta la “Lorelei” de Heine pudieron contribuir a configurar una cultura de muerte.
En el año 2011, en el Collège de France, John E. Jackson dio cuatro conferencias sobre Celan, que se pueden escuchar por Internet. Jackson destaca en el fondo del carácter de la cultura alemana impuesta por el nacionalsocialismo dos predominancias que se mezclan peligrosamente: un sentimentalismo (diría que próximo a la sensiblería) y una crueldad siniestra. Fueron pocos los hombres que resistieron a esa constelación, muy pocos.
Ahora bien, en nuestras latitudes, ¿no cultivamos con el tango alguna mezcla de sentimentalismo y crueldad? Ahí está el enamorado que descubriendo que se lo engaña comete el previsible doble crimen y lleva las pruebas de su proeza en la maleta: “las trenzas de mi china y el corazón de él”. Ahí el otro, que mata a la amada y al mejor amigo y que exclama: “¡qué cuadro, compañero!” ¿Y no celebramos en la literatura a los compadritos y las hazañas del facón? Y cuando la juventud maravillosa se inspiraba en las monto-neras o anunciaba que el poder reside en la punta de los fusiles, mientras un siniestro mundo de adultos proclamaba que las fuerzas armadas eran la reserva moral de la Nación, y los capellanes bendecían las armas que aniquilarían “el accionar de la subversión”, ¿no se adivinaba la matanza inminente? ¿Cuando Menéndez se mofaba del principito y los más grandes folcloristas volvían de sus exilios para convocar a la recuperación de la “hermanita perdida”, ¿no intuíamos que iban a morir centenares de muchachos más por esa hermanita? Y ahora, cuando la televisión repite entre noticias de crímenes contra nenas suburbanas, muchachos que salen de los bailes, supermercadistas chinos o nativos, que la Argentina es “un país con buena gente”, ¿olvidamos que ya nos presentamos como derechos y humanos?, ¿no tememos la autocomplacencia?
Hay que cuidar el lenguaje, no se puede hacer cualquier cosa con él. Hay que impedir que moldee una cultura culpable. Si unos intelectuales (de veras o de fantasía) se agrupan en cartas abiertas o plataformas cerradas, si otros revisan la historia para confirmar ideas preconcebidas (afortunadamente sin revalorizar aun la mazorca), ¿no son infieles a los principios del pensamiento articulado?
Una frase que se repite en “Todesfuge” dice “Der Tod ist ein Meister aus Deutschland” (“La muerte es un maestro proveniente de Alemania”). En alemán, Meister significa al mismo tiempo amo y maestro, maestro de orquesta, por ejemplo. El Meister había tocado su música de infierno, el amo destrozaba los cuerpos de opositores políticos, judíos, gitanos, homosexuales y enfermos.
Al finalizar la guerra, cualquier escritor alemán de buena fe se encontraba con un montón de palabras envilecidas. ¿Qué hacer con todas esas mentiras, con ese lenguaje en el cual se había ordenado la muerte de millones? El alemán de los campos había sido una sucesión de ladridos; las bellas palabras compuestas del idioma eran como excrecencias, ajenas a cualquier sintaxis. Theodor Adorno dictaminó famosamente que después de Auschwitz no podía haber poesía. Celan, mal que bien, instalado en París desde 1948, siguió componiendo sus poemas y en 1960 fue distinguido en Alemania con el premio Büchner. En su discurso de agradecimiento aludió al encuentro frustrado que había planeado con Theodor Adorno en Sils Maria, ahí donde Nietzsche tuvo la iluminación del eterno retorno. Celan pensaba que el alemán, el alemán suave que le enseñara su madre asesinada, había sobrevivido. Podía ser reencontrado: se tenía que atravesar el espanto, penetrar en los bosques más oscuros, tomar los senderos más escarpados, hasta recuperarlo enteramente, arrepentido y hermoso.
Acaso fue esa la intención que lo llevó a visitar a Hei-degger en su cabaña de Todtnauberg, en busca de una palabra de arrepentimiento del filósofo por su pasado compromiso nazi. Como lo lamentó en unos versos, Celan no recibió esas palabras. Poco después se tiró al Sena, desde el puente Mirabeau.





1 Daniel Rafecas en Historia de la solución final, Buenos Aires: Siglo XXI, 2012, relativiza la importancia de esa conferencia o, mejor dicho, el carácter de hito fundamental que se le aribuye.

lunes, 14 de enero de 2013




 Carlos Costa
Marcapasos

(Novela, 168 pp.)


“La inminencia de la muerte revela hasta qué punto una vida es capaz de multiplicarse en misterios. Carlos Costa dispone la escena con pulso exacto: en el iempo casi suspendido del campo, la espera casi suspendida de las agonías; en torno de esa espera, los intereses y las intrigas se tejen y destejen de manera incesante. Los lectores de Marcapasos van a seguir esta historia como si fueran sus propios secretos y sus propias ambiciones lo que se está poniendo en juego.”  

Martín Kohan




Hace calor. Suficiente como para que hayamos decidido instalarnos en la galería. La tía Amanda sigue viva. La puerta de su cuarto está abierta, desde donde estamos la puedo ver: apenas una leve protuberancia en la cama que le queda enorme. Marta, la mujer que la cuida, está atenta a cualquier mínimo cambio en el ritmo de su respiración. Se ha venido ocupando de todo en los últimos años y seguirá a su lado hasta el final. Debe tener cuarenta y algo. Es joven. Me quedo pensando cuánto más joven habrá sido cuando empezó este trabajo y se enterró en el campo con Amanda. Debe tener una historia, le debería preguntar a mis primos que la conocen. Cuando esto se termine ya no tendrá a quién cuidar, se quedará sin trabajo.
Es ella la que nos ha alcanzado el repelente, hace un rato. Ahora el pomo pasa de mano en mano sin que sea necesario romper el silencio, nuestro silencio, porque el campo está poblado de estridencias: gritan los teros, las chicharras aturden, de algún lote lejano nos llega un mugido. Somos hombres, no estamos obligados a realizar ninguna tarea samaritana, ni a mostrar sentimientos. Si cualquiera de nosotros dijera “no puedo soportar verla así”, todos asentiríamos solidarios. Porque todos debemos estar pensando si no nos aguarda el mismo destino, más tarde o temprano; tenemos la misma sangre. Pero ninguno es capaz de decirlo en un momento como este.
Hubo un error de cálculo cuando el médico le aseguró a Marta que ayer sería la última noche y, por eso, viajamos, y estamos todavía hoy soportando el calor, los mosquitos y las incomodidades de la casona. ¿Cómo pudo haber vivido la tía Amanda todos estos años sin tan siquiera un ventilador? No es posible entender que hubiera prescindido de todo en la vida. Se está yendo sin quejarse, sin dar gastos, sin pedir compañía. Aquí, en el casco viejo de lo que fue la estancia, en este pedazo de tierra en medio del campo ahora ajeno. Casi olvidada de nosotros, hasta que Marta lo llamó a Mario, nuestro primo mayor. Él se comunicó con Daniel y Germán. A mí me avisó Daniel, casi sobre la hora. “Vamos en el auto de Mario, si querés te pasamos a buscar.” No ha sido una buena idea, ahora tengo la impresión de que estamos todos sujetos al día y hora en que Mario quiera volver. Hasta que él no diga basta, ya está, nadie se va a ir, y no solo por el tema del auto. De alguna manera sigue siendo el mayor.
–Tendríamos que ir arreglando algo con la funeraria –dice Mario–, mañana es sábado, si nos descuidamos no la vamos a poder inhumar hasta el lunes.
–Si querés te acompaño –suelta Germán.
–Vamos –determina Mario.
Se van rápido, sin darnos tiempo a ofrecerles nuestra compañía. Me parece hasta cierto punto ridículo contratar el servicio antes del fallecimiento, pero cualquier cosa que los aleje por un rato de la casa les debe resultar una bendición. Nos quedamos Daniel y yo. Siempre fuimos los más lentos, los más chicos, o los más boludos de entre los cuatro primos. A Daniel eso nunca le ha molestado; está, podría decirse, acostumbrado a ser el hermano menor de Mario y Germán. A mí, siempre me fastidió ser el más chico, el último.


–Se fueron nomás –digo abriendo los brazos en un gesto de resignación.
Daniel asiente con la cabeza y da una pitada al cigarrillo. No me está mirando, tiene los ojos clavados en las cuchillas. Todavía se ve a lo lejos cómo el auto levanta polvareda, ya casi están llegando al vado, para después tomar la ruta al pueblo.
–Deberían haberla internado. No sé por qué la tenemos que tener acá, donde no hay ni un médico cerca –agrego para romper el silencio de Daniel.
–Estuvo internada. La mandaron a la casa porque ya no hay nada que hacer.
–Y por qué no la llevaron a la casa del pueblo.
Daniel me mira condescendiente.
–La casa no era de ella. Era del tío Enrique. La heredaron los hijos de él, ahora vive la mayor.
–No sabía. La última vez que vinimos a la estancia yo tenía doce años. Cuando murió el tío ya mi viejo se había peleado con ellos.
–Tu viejo era insoportable. Pobre Amanda, las que le hizo pasar.
Me descoloca. Nunca pensé a mi viejo como un tipo insoportable, era mi viejo. Desde qué lugar me puede decir Daniel eso. Con todos los favores que mi papá le hizo mientras vivió. Realmente esta es una familia de desagradecidos. Debería alegrarme de que nos tratemos tan poco. Pero me queda haciendo ruido lo que dijo, no puedo dejarlo ahí.
–La verdad es que no sé por qué se pelearon.
–¿No sabés?
–No, era muy chico. En casa no se hablaba del asunto.
–La culpa fue de tu viejo. Amanda y tu mamá no tuvieron nada que ver.
–¿Qué pasó?
–Tus viejos venían siempre. Todos los veranos. Como si no pudiesen ir a veranear a otra parte.
–Era mi viejo que siempre quería venir, le gustaba cazar.
–Me supongo, debe haber sido así. El tío Enrique y Amanda los esperaban con la mejor disposición. Me imagino que Amanda lo convencería al tío Enrique, le rogaría que le tuviera paciencia a tu viejo, que no hablaran de política. Pero, un mes los dos aquí, en el medio del campo, sin nada para hacer, era pedir un imposible. Terminaban siempre discutiendo, siempre ofendidos, eran como River y Boca, dos pasiones irreconciliables.
Se detiene. Giro la cabeza. Mis ojos abandonan la contemplación del campo, mientras sigo con la mente en aquel último verano. Daniel me mira como esperando que diga algo.
–Seguí –le reclamo.
Da una pitada al cigarrillo y continua.
–Las cosas nunca habían llegado a mayores porque el tío Enrique se las dejaba pasar. No lo hacía de bueno, ni de tranquilo, lo hacía por Amanda y por tu mamá. Las dos hermanas se querían demasiado como para que dejaran de verse por la política y eso Enrique lo entendía; tu viejo no, estoy seguro.
Bajo la cabeza como asintiendo, pero es solo una cortesía, porque en mis recuerdos, el que golpeaba la mesa con el puño, el que puteaba, era el tío Enrique. Mi viejo siempre tranquilo, como sobrando. Primero tiraba la piedra, después escondía la mano, se me ocurre.
–La cosa se pudrió definitivamente el día que lo “chuparon” a Rodolfo. ¿Te acordás de Rodolfo?
La imagen de un Rodolfo alto, desgarbado, que en esa época andaría por los veinte años, se me cruza. Estábamos en el arroyo; nosotros, los más chicos, cazando lagartos; ellos, Mario y Rodolfo, fumaban y hablaban, a la sombra de los talas, como si fueran adultos, como si ya pudieran con el mundo.
–Sí, cómo no me voy a acordar. Tenía la edad de Mario. Eran amigos –le digo.
–Eran muy amigos –aclara Daniel, enfatizando el “muy”. Mario ha cambiado mucho, pero en esa época, si te acordás, compartía las ideas de Rodolfo.
El sol está al ras del horizonte, la sombra de los eucaliptos se estira hacia nosotros. Daniel está detenido, espera que yo diga algo más para seguir.
–¿Y eso qué tuvo que ver? –lo animo.
–Los viejos de Rodolfo sabían del cargo en el ministerio que tenía tu viejo durante la dictadura. Creyeron que si lo hablaban al tío Enrique y él a su vez hablaba con tu papá, algo se iba a poder hacer. Y a mí me parece que al menos lo podría haber intentado. Pero estaba envenenado, odiaba demasiado a esos “zurdos de mierda”, como siempre decía, pienso yo. El asunto es que cuando el tío lo llamó, se negó. Después hubo una discusión terrible, me supongo que debió ser por eso y desde ese momento se acabó toda relación entre ellos. Me extraña que nunca les hayas preguntado.
–Mi vieja me contó otra cosa. Algo de un negocio, de que papá había puesto plata para comprar hacienda y que esa plata desapareció. ¿Vos creés que lo de Rodolfo sea realmente la causa?
–Nosotros vivimos acá hasta el ochenta; lo que te acabo de contar lo sabe todo el mundo.
–Pero, concretamente, ¿a quién se lo escuchaste?
–A mi mamá, a mis hermanos, a los padres de Rodolfo. ¿Necesitás algún otro testigo?
–No, pero a lo mejor mi viejo no pudo hacer nada, él era civil.
–Capaz que no. Pero lo que los jodió es que se negara por principio.
Pienso: ¿por qué iba a mentirnos mamá?, ¿por qué atribuyó el quilombo a un asunto comercial y no político? Aunque lo que dice Daniel podría cerrar. Muy de mi viejo, sí, los principios por sobre todas las cosas. Nunca se dejó convencer por las medias tintas, no iba a ceder ni un milímetro, costara lo que costara. Pero vaya uno a saber.
–Del asunto del negocio, ¿escuchaste algún comentario? –digo, incapaz de renunciar, de aceptar la versión de Daniel.
–Nunca, y me parece raro, porque tu viejo no tenía un mango en esa época; ¿de dónde iba a sacar plata? La plata la hizo después y no me preguntés cómo.
–¿Qué me querés decir? –Me altera esa forma insidiosa, como si fuera quién, para hablar así.
–Nada, Diego. La verdad no tengo idea. No te lo tomes a mal.
–Sabés qué. –Me paro, es un movimiento casi involuntario–. Estoy podrido de estas cosas. De las indirectas, de que me hagan el vacío. Si tenés algo que decir, decilo de una vez. Mi viejo hizo guita importando neumáticos y a vos te consta porque te dio trabajo cuando estabas en la lona.
–Tu viejo ya tenía la guita cuando se dedicó a la importación, o vos te creés que se hubiera podido mover sin un capital.
Me quedo sin palabras. Es cierto, las actividades comerciales de mi viejo habían ocupado solo los últimos años de su vida; hacia atrás, cuando yo todavía era chico, únicamente puedo recordar el puesto en el Ministerio de Economía y más atrás tengo una nebulosa. Lástima que ya no quede nadie a quien preguntarle. Elisa, mi hermana, hace diez años que vive en Miami, nunca hablamos de eso y estoy seguro de que sabe menos que yo, porque es más chica. A Amanda no se le puede preguntar, llegué tarde, una pena. Me siento humillado, como si tuviera puesta una ropa incómoda, que no me pudiera sacar de encima.
–A ver –lo apuro–, vos qué suponés que pasó.
–Te digo de verdad: no sé. Pero fue notorio que en un par de años le cambió la vida.
–Entonces te voy a pedir dos cosas: primero que si no sabés, no digas nada, y segundo, que me dejés de joder con lo que haya hecho mi viejo. Yo no soy mi viejo y no tengo nada que ver –casi le estoy gritando, pero no puedo evitarlo.
–Disculpame, Diego. Tenés razón. Pero hay mucha bronca en mi familia, a tu viejo lo odian. Yo sé que no es justo que te pasemos la factura a vos, pero tanto me machacaron de chico, que a veces…
–Es difícil para todos –lo interrumpo–. Imaginate que hace treinta años que no me trato con nadie. Salvo con vos, y eso solo porque trabajaste con papá, con el resto ni siquiera me había visto. Y con vos hasta ahí, prácticamente estabas siempre de viaje.
Es justo que le haya remarcado el “trabajaste”. Debería haberle dicho: “Te dio de comer”. Si tanto lo odiaban, ¿por qué le fue a pedir ayuda? Terminó llenándose los bolsillos con la venta de las cubiertas importadas por mi viejo y ahora me confiesa que siempre creyó que era un cretino. Es un ventajero, un miserable. No se lo digo, no vale la pena caer tan bajo.
–Sí, lo más lejos posible de ustedes. Pero le tengo que estar agradecido.
Y no lo estás –por eso es capaz de decir lo que dice.
–Señor –la voz de Marta ha llegado desde la pieza.
Nos volvemos los dos pensando que el desenlace llegó. Marta está en el vano de la puerta agarrándose los brazos uno con otro, como si abrazarse a sí misma la reconfortara.
–¿Qué pasa, Marta?
–Necesita más suero. ¿Por qué no los llama a sus primos, que lo compren antes de volver?
Más suero, más tiempo. Me siento mal de pensarlo, ¿pero es lógico prolongarle la agonía? ¿Qué sentido tiene que siga allí en ese estado de vida suspendida?
Daniel se me adelanta, los llama. Casi grita por el celular.
Trato de imaginarme a Mario y Germán. Ellos estarán pensando lo mismo que yo. ¿Para qué?
–Y, comprá dos o tres, no sé qué decirte. Mejor preguntale al farmacéutico. –Después se dirige a Marta–: ¿Necesita algo más, algún calmante?
–No, tiene todo. –Hace una pausa–: ¿Van a cenar?
Es inevitable, si vamos a pasar otra noche tenemos que cenar. La primera noche nos arreglamos con algunos sandwiches. Al mediodía Marta nos hizo un poco de arroz hervido con huevos fritos, ahora aparentemente se han acabado los recursos.
–Decile que traigan unas pizzas y algo para tomar –le indico a Daniel, asumiendo la decisión.

Vuelven cuando ya se ha puesto el sol. El pedido que les habíamos hecho los sorprendió en la funeraria, nos dicen. Como supuse, no pudieron contratar el servicio sin un certificado de defunción y sin el documento de la fallecida. Mario deja las pizzas en la cocina y se va al comedor para ver el partido. Lo sigue Germán que se saca de encima los sachets de suero y se los entrega a Marta.
Daniel y Marta están disponiendo los platos para tres, Mario y Germán ya cenaron en el pueblo. Yo me demoro en entrar, no tengo hambre, sobre las ceibas del patio vuelan algunas luciérnagas. Había muchas, muchísimas, aquel último verano. Ahora solo quedan unas pocas.
 







viernes, 2 de noviembre de 2012

Reseña de "Por la banquina" de Ariel Basile en Ámbito Financiero (31/12/12)

Libros


Entretenida aventura de un impostor profesional

 
Ariel Basile, «Por la banquina» (Bs.As., Simurg, 2012, 154 págs.)
En forma entretenida y en muchos momentos muy divertida, «Por la banquina» muestra el camino de la profesionalización de un impostor. A los 25 años a Diego Petrusi lo echan de la oficina donde se aburre más de lo que trabaja. Lo negociado por indemnización le sirve para convertirse durante un año en lo que Roberto Arlt definía como un esquenún, alguien que cultivaba la espalda derecha gastando la cama día y noche. Cuando ya está dispuesto a volver a ser eternamente el nene de sus padres, Petrusi descubre un rebusque para ganarse algo de dinero: hacerse pasar por un jugador de fútbol que está en el exterior, con el que casualmente comparte el apellido, en un pueblito de provinciam y él, que nunca fue bueno con la pelota, tiene la suerte de convertirse en estrella.

En la mejor tradición del pícaro, del vivillo, del chanta, piensa que «cada tanto el Barba tira un centro y hay que estar despierto para agarrarlo, y tanto en el fútbol como en el amor, es preciso tener olfato y explotar las buenas rachas». La necesidad de escapar de un lugar cada vez que se está por descubrir que es un embaucador lo lleva a andar «por la banquina», cada vez más por lo márgenes, necesitado de adoptar una nueva identidad para lucrar engañando a pueblerinos o para poder escabullirse de las culpas con las que fantasea que la policía lo busca por violador, asesino, defraudador, cosas todas que tienen un margen de realidad.

En «Por la banquina» además de goles no falta la corrupción política, los tiros disparados por una vidente desvalijada, un asesinato, proliferaciones de sexo, paranoia que hace que Petrusi encarne una documentada simulación que lo ayuda a salir del país.

Ariel Basile construye en su animada opera prima la sorprendente «road movie» de un porteño al que «le va agarrando el gustito de vivir en historias inventadas», y aún más cuando decide vivir delictivamente de historias inventadas. En los primeros capítulos, en la jornadas de fútbol, Basile entra en la tradición de los relatos futboleros de Osvaldo Soriano, Roberto Fontarrosa y Eduardo Sacheri, verdaderos maestros del género. En las siguientes partes de la novela, tanto cuando el protagonista se vuelve un adivino viajero explotador de señoras enfermas, solitarias o engañadas, como cuando se convierte en una falso promotor de estrellas del canto, sin dejar de aceptar las emotivas ofertas sexuales de chicas pueblerinas aspirantes a modelos en la capital, se acentúa la influencia de Osvaldo Soriano y, quizá, de Bernado Kordon, a la vez que gana algo narrativamente muy personal.

La historia queda abierta para seguir conociendo de las aventuras de ese porteño chanta que siempre piensa que tiene que volver a la facultad. Posible nueva faena para el talento mostrado por Basile.

M.S. [Máximo Soto]