lunes, 14 de enero de 2013




 Carlos Costa
Marcapasos

(Novela, 168 pp.)


“La inminencia de la muerte revela hasta qué punto una vida es capaz de multiplicarse en misterios. Carlos Costa dispone la escena con pulso exacto: en el iempo casi suspendido del campo, la espera casi suspendida de las agonías; en torno de esa espera, los intereses y las intrigas se tejen y destejen de manera incesante. Los lectores de Marcapasos van a seguir esta historia como si fueran sus propios secretos y sus propias ambiciones lo que se está poniendo en juego.”  

Martín Kohan




Hace calor. Suficiente como para que hayamos decidido instalarnos en la galería. La tía Amanda sigue viva. La puerta de su cuarto está abierta, desde donde estamos la puedo ver: apenas una leve protuberancia en la cama que le queda enorme. Marta, la mujer que la cuida, está atenta a cualquier mínimo cambio en el ritmo de su respiración. Se ha venido ocupando de todo en los últimos años y seguirá a su lado hasta el final. Debe tener cuarenta y algo. Es joven. Me quedo pensando cuánto más joven habrá sido cuando empezó este trabajo y se enterró en el campo con Amanda. Debe tener una historia, le debería preguntar a mis primos que la conocen. Cuando esto se termine ya no tendrá a quién cuidar, se quedará sin trabajo.
Es ella la que nos ha alcanzado el repelente, hace un rato. Ahora el pomo pasa de mano en mano sin que sea necesario romper el silencio, nuestro silencio, porque el campo está poblado de estridencias: gritan los teros, las chicharras aturden, de algún lote lejano nos llega un mugido. Somos hombres, no estamos obligados a realizar ninguna tarea samaritana, ni a mostrar sentimientos. Si cualquiera de nosotros dijera “no puedo soportar verla así”, todos asentiríamos solidarios. Porque todos debemos estar pensando si no nos aguarda el mismo destino, más tarde o temprano; tenemos la misma sangre. Pero ninguno es capaz de decirlo en un momento como este.
Hubo un error de cálculo cuando el médico le aseguró a Marta que ayer sería la última noche y, por eso, viajamos, y estamos todavía hoy soportando el calor, los mosquitos y las incomodidades de la casona. ¿Cómo pudo haber vivido la tía Amanda todos estos años sin tan siquiera un ventilador? No es posible entender que hubiera prescindido de todo en la vida. Se está yendo sin quejarse, sin dar gastos, sin pedir compañía. Aquí, en el casco viejo de lo que fue la estancia, en este pedazo de tierra en medio del campo ahora ajeno. Casi olvidada de nosotros, hasta que Marta lo llamó a Mario, nuestro primo mayor. Él se comunicó con Daniel y Germán. A mí me avisó Daniel, casi sobre la hora. “Vamos en el auto de Mario, si querés te pasamos a buscar.” No ha sido una buena idea, ahora tengo la impresión de que estamos todos sujetos al día y hora en que Mario quiera volver. Hasta que él no diga basta, ya está, nadie se va a ir, y no solo por el tema del auto. De alguna manera sigue siendo el mayor.
–Tendríamos que ir arreglando algo con la funeraria –dice Mario–, mañana es sábado, si nos descuidamos no la vamos a poder inhumar hasta el lunes.
–Si querés te acompaño –suelta Germán.
–Vamos –determina Mario.
Se van rápido, sin darnos tiempo a ofrecerles nuestra compañía. Me parece hasta cierto punto ridículo contratar el servicio antes del fallecimiento, pero cualquier cosa que los aleje por un rato de la casa les debe resultar una bendición. Nos quedamos Daniel y yo. Siempre fuimos los más lentos, los más chicos, o los más boludos de entre los cuatro primos. A Daniel eso nunca le ha molestado; está, podría decirse, acostumbrado a ser el hermano menor de Mario y Germán. A mí, siempre me fastidió ser el más chico, el último.


–Se fueron nomás –digo abriendo los brazos en un gesto de resignación.
Daniel asiente con la cabeza y da una pitada al cigarrillo. No me está mirando, tiene los ojos clavados en las cuchillas. Todavía se ve a lo lejos cómo el auto levanta polvareda, ya casi están llegando al vado, para después tomar la ruta al pueblo.
–Deberían haberla internado. No sé por qué la tenemos que tener acá, donde no hay ni un médico cerca –agrego para romper el silencio de Daniel.
–Estuvo internada. La mandaron a la casa porque ya no hay nada que hacer.
–Y por qué no la llevaron a la casa del pueblo.
Daniel me mira condescendiente.
–La casa no era de ella. Era del tío Enrique. La heredaron los hijos de él, ahora vive la mayor.
–No sabía. La última vez que vinimos a la estancia yo tenía doce años. Cuando murió el tío ya mi viejo se había peleado con ellos.
–Tu viejo era insoportable. Pobre Amanda, las que le hizo pasar.
Me descoloca. Nunca pensé a mi viejo como un tipo insoportable, era mi viejo. Desde qué lugar me puede decir Daniel eso. Con todos los favores que mi papá le hizo mientras vivió. Realmente esta es una familia de desagradecidos. Debería alegrarme de que nos tratemos tan poco. Pero me queda haciendo ruido lo que dijo, no puedo dejarlo ahí.
–La verdad es que no sé por qué se pelearon.
–¿No sabés?
–No, era muy chico. En casa no se hablaba del asunto.
–La culpa fue de tu viejo. Amanda y tu mamá no tuvieron nada que ver.
–¿Qué pasó?
–Tus viejos venían siempre. Todos los veranos. Como si no pudiesen ir a veranear a otra parte.
–Era mi viejo que siempre quería venir, le gustaba cazar.
–Me supongo, debe haber sido así. El tío Enrique y Amanda los esperaban con la mejor disposición. Me imagino que Amanda lo convencería al tío Enrique, le rogaría que le tuviera paciencia a tu viejo, que no hablaran de política. Pero, un mes los dos aquí, en el medio del campo, sin nada para hacer, era pedir un imposible. Terminaban siempre discutiendo, siempre ofendidos, eran como River y Boca, dos pasiones irreconciliables.
Se detiene. Giro la cabeza. Mis ojos abandonan la contemplación del campo, mientras sigo con la mente en aquel último verano. Daniel me mira como esperando que diga algo.
–Seguí –le reclamo.
Da una pitada al cigarrillo y continua.
–Las cosas nunca habían llegado a mayores porque el tío Enrique se las dejaba pasar. No lo hacía de bueno, ni de tranquilo, lo hacía por Amanda y por tu mamá. Las dos hermanas se querían demasiado como para que dejaran de verse por la política y eso Enrique lo entendía; tu viejo no, estoy seguro.
Bajo la cabeza como asintiendo, pero es solo una cortesía, porque en mis recuerdos, el que golpeaba la mesa con el puño, el que puteaba, era el tío Enrique. Mi viejo siempre tranquilo, como sobrando. Primero tiraba la piedra, después escondía la mano, se me ocurre.
–La cosa se pudrió definitivamente el día que lo “chuparon” a Rodolfo. ¿Te acordás de Rodolfo?
La imagen de un Rodolfo alto, desgarbado, que en esa época andaría por los veinte años, se me cruza. Estábamos en el arroyo; nosotros, los más chicos, cazando lagartos; ellos, Mario y Rodolfo, fumaban y hablaban, a la sombra de los talas, como si fueran adultos, como si ya pudieran con el mundo.
–Sí, cómo no me voy a acordar. Tenía la edad de Mario. Eran amigos –le digo.
–Eran muy amigos –aclara Daniel, enfatizando el “muy”. Mario ha cambiado mucho, pero en esa época, si te acordás, compartía las ideas de Rodolfo.
El sol está al ras del horizonte, la sombra de los eucaliptos se estira hacia nosotros. Daniel está detenido, espera que yo diga algo más para seguir.
–¿Y eso qué tuvo que ver? –lo animo.
–Los viejos de Rodolfo sabían del cargo en el ministerio que tenía tu viejo durante la dictadura. Creyeron que si lo hablaban al tío Enrique y él a su vez hablaba con tu papá, algo se iba a poder hacer. Y a mí me parece que al menos lo podría haber intentado. Pero estaba envenenado, odiaba demasiado a esos “zurdos de mierda”, como siempre decía, pienso yo. El asunto es que cuando el tío lo llamó, se negó. Después hubo una discusión terrible, me supongo que debió ser por eso y desde ese momento se acabó toda relación entre ellos. Me extraña que nunca les hayas preguntado.
–Mi vieja me contó otra cosa. Algo de un negocio, de que papá había puesto plata para comprar hacienda y que esa plata desapareció. ¿Vos creés que lo de Rodolfo sea realmente la causa?
–Nosotros vivimos acá hasta el ochenta; lo que te acabo de contar lo sabe todo el mundo.
–Pero, concretamente, ¿a quién se lo escuchaste?
–A mi mamá, a mis hermanos, a los padres de Rodolfo. ¿Necesitás algún otro testigo?
–No, pero a lo mejor mi viejo no pudo hacer nada, él era civil.
–Capaz que no. Pero lo que los jodió es que se negara por principio.
Pienso: ¿por qué iba a mentirnos mamá?, ¿por qué atribuyó el quilombo a un asunto comercial y no político? Aunque lo que dice Daniel podría cerrar. Muy de mi viejo, sí, los principios por sobre todas las cosas. Nunca se dejó convencer por las medias tintas, no iba a ceder ni un milímetro, costara lo que costara. Pero vaya uno a saber.
–Del asunto del negocio, ¿escuchaste algún comentario? –digo, incapaz de renunciar, de aceptar la versión de Daniel.
–Nunca, y me parece raro, porque tu viejo no tenía un mango en esa época; ¿de dónde iba a sacar plata? La plata la hizo después y no me preguntés cómo.
–¿Qué me querés decir? –Me altera esa forma insidiosa, como si fuera quién, para hablar así.
–Nada, Diego. La verdad no tengo idea. No te lo tomes a mal.
–Sabés qué. –Me paro, es un movimiento casi involuntario–. Estoy podrido de estas cosas. De las indirectas, de que me hagan el vacío. Si tenés algo que decir, decilo de una vez. Mi viejo hizo guita importando neumáticos y a vos te consta porque te dio trabajo cuando estabas en la lona.
–Tu viejo ya tenía la guita cuando se dedicó a la importación, o vos te creés que se hubiera podido mover sin un capital.
Me quedo sin palabras. Es cierto, las actividades comerciales de mi viejo habían ocupado solo los últimos años de su vida; hacia atrás, cuando yo todavía era chico, únicamente puedo recordar el puesto en el Ministerio de Economía y más atrás tengo una nebulosa. Lástima que ya no quede nadie a quien preguntarle. Elisa, mi hermana, hace diez años que vive en Miami, nunca hablamos de eso y estoy seguro de que sabe menos que yo, porque es más chica. A Amanda no se le puede preguntar, llegué tarde, una pena. Me siento humillado, como si tuviera puesta una ropa incómoda, que no me pudiera sacar de encima.
–A ver –lo apuro–, vos qué suponés que pasó.
–Te digo de verdad: no sé. Pero fue notorio que en un par de años le cambió la vida.
–Entonces te voy a pedir dos cosas: primero que si no sabés, no digas nada, y segundo, que me dejés de joder con lo que haya hecho mi viejo. Yo no soy mi viejo y no tengo nada que ver –casi le estoy gritando, pero no puedo evitarlo.
–Disculpame, Diego. Tenés razón. Pero hay mucha bronca en mi familia, a tu viejo lo odian. Yo sé que no es justo que te pasemos la factura a vos, pero tanto me machacaron de chico, que a veces…
–Es difícil para todos –lo interrumpo–. Imaginate que hace treinta años que no me trato con nadie. Salvo con vos, y eso solo porque trabajaste con papá, con el resto ni siquiera me había visto. Y con vos hasta ahí, prácticamente estabas siempre de viaje.
Es justo que le haya remarcado el “trabajaste”. Debería haberle dicho: “Te dio de comer”. Si tanto lo odiaban, ¿por qué le fue a pedir ayuda? Terminó llenándose los bolsillos con la venta de las cubiertas importadas por mi viejo y ahora me confiesa que siempre creyó que era un cretino. Es un ventajero, un miserable. No se lo digo, no vale la pena caer tan bajo.
–Sí, lo más lejos posible de ustedes. Pero le tengo que estar agradecido.
Y no lo estás –por eso es capaz de decir lo que dice.
–Señor –la voz de Marta ha llegado desde la pieza.
Nos volvemos los dos pensando que el desenlace llegó. Marta está en el vano de la puerta agarrándose los brazos uno con otro, como si abrazarse a sí misma la reconfortara.
–¿Qué pasa, Marta?
–Necesita más suero. ¿Por qué no los llama a sus primos, que lo compren antes de volver?
Más suero, más tiempo. Me siento mal de pensarlo, ¿pero es lógico prolongarle la agonía? ¿Qué sentido tiene que siga allí en ese estado de vida suspendida?
Daniel se me adelanta, los llama. Casi grita por el celular.
Trato de imaginarme a Mario y Germán. Ellos estarán pensando lo mismo que yo. ¿Para qué?
–Y, comprá dos o tres, no sé qué decirte. Mejor preguntale al farmacéutico. –Después se dirige a Marta–: ¿Necesita algo más, algún calmante?
–No, tiene todo. –Hace una pausa–: ¿Van a cenar?
Es inevitable, si vamos a pasar otra noche tenemos que cenar. La primera noche nos arreglamos con algunos sandwiches. Al mediodía Marta nos hizo un poco de arroz hervido con huevos fritos, ahora aparentemente se han acabado los recursos.
–Decile que traigan unas pizzas y algo para tomar –le indico a Daniel, asumiendo la decisión.

Vuelven cuando ya se ha puesto el sol. El pedido que les habíamos hecho los sorprendió en la funeraria, nos dicen. Como supuse, no pudieron contratar el servicio sin un certificado de defunción y sin el documento de la fallecida. Mario deja las pizzas en la cocina y se va al comedor para ver el partido. Lo sigue Germán que se saca de encima los sachets de suero y se los entrega a Marta.
Daniel y Marta están disponiendo los platos para tres, Mario y Germán ya cenaron en el pueblo. Yo me demoro en entrar, no tengo hambre, sobre las ceibas del patio vuelan algunas luciérnagas. Había muchas, muchísimas, aquel último verano. Ahora solo quedan unas pocas.
 







viernes, 2 de noviembre de 2012

Reseña de "Por la banquina" de Ariel Basile en Ámbito Financiero (31/12/12)

Libros


Entretenida aventura de un impostor profesional

 
Ariel Basile, «Por la banquina» (Bs.As., Simurg, 2012, 154 págs.)
En forma entretenida y en muchos momentos muy divertida, «Por la banquina» muestra el camino de la profesionalización de un impostor. A los 25 años a Diego Petrusi lo echan de la oficina donde se aburre más de lo que trabaja. Lo negociado por indemnización le sirve para convertirse durante un año en lo que Roberto Arlt definía como un esquenún, alguien que cultivaba la espalda derecha gastando la cama día y noche. Cuando ya está dispuesto a volver a ser eternamente el nene de sus padres, Petrusi descubre un rebusque para ganarse algo de dinero: hacerse pasar por un jugador de fútbol que está en el exterior, con el que casualmente comparte el apellido, en un pueblito de provinciam y él, que nunca fue bueno con la pelota, tiene la suerte de convertirse en estrella.

En la mejor tradición del pícaro, del vivillo, del chanta, piensa que «cada tanto el Barba tira un centro y hay que estar despierto para agarrarlo, y tanto en el fútbol como en el amor, es preciso tener olfato y explotar las buenas rachas». La necesidad de escapar de un lugar cada vez que se está por descubrir que es un embaucador lo lleva a andar «por la banquina», cada vez más por lo márgenes, necesitado de adoptar una nueva identidad para lucrar engañando a pueblerinos o para poder escabullirse de las culpas con las que fantasea que la policía lo busca por violador, asesino, defraudador, cosas todas que tienen un margen de realidad.

En «Por la banquina» además de goles no falta la corrupción política, los tiros disparados por una vidente desvalijada, un asesinato, proliferaciones de sexo, paranoia que hace que Petrusi encarne una documentada simulación que lo ayuda a salir del país.

Ariel Basile construye en su animada opera prima la sorprendente «road movie» de un porteño al que «le va agarrando el gustito de vivir en historias inventadas», y aún más cuando decide vivir delictivamente de historias inventadas. En los primeros capítulos, en la jornadas de fútbol, Basile entra en la tradición de los relatos futboleros de Osvaldo Soriano, Roberto Fontarrosa y Eduardo Sacheri, verdaderos maestros del género. En las siguientes partes de la novela, tanto cuando el protagonista se vuelve un adivino viajero explotador de señoras enfermas, solitarias o engañadas, como cuando se convierte en una falso promotor de estrellas del canto, sin dejar de aceptar las emotivas ofertas sexuales de chicas pueblerinas aspirantes a modelos en la capital, se acentúa la influencia de Osvaldo Soriano y, quizá, de Bernado Kordon, a la vez que gana algo narrativamente muy personal.

La historia queda abierta para seguir conociendo de las aventuras de ese porteño chanta que siempre piensa que tiene que volver a la facultad. Posible nueva faena para el talento mostrado por Basile.

M.S. [Máximo Soto]

martes, 18 de octubre de 2011

Edición especial de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca








La edición original de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca, que circula en librerías desde mayo de este año, se compone además de una tirada de cabecera de cuarenta ejemplares de los cuales se destinan a bibliófilos y coleccionistas tan solo treinta y cinco. 
Estos libros únicos se han encuadernado artesanalmente en cartoné grabado, poseen una sobrecubierta impresa a medida y –lo más importante– están numerados a mano, firmados por el autor y acompañados de un dibujo original (todos diferentes y firmados) del reconocido plástico argentino Jorge Garnica, con obra en colecciones en diversos países (Museo de Arte Argentino Eduardo Sívori; Casa de las Américas, de La Habana; University of Essex, Inglaterra; Lalit Khala Academy, India, etc.) y por la que ha recibido diversos premios y menciones de honor (Fondo Nacional de las Artes, Asociación Argentina de Críticos de Arte, Salón Nacional de Pintura de la Secretaría de Cultura de la Nación, entre otros).
Luis Felipe Noé ha dicho:


"Garnica es un poeta del lenguaje mudo. Se trata de uno de los más notables y singulares artistas de su generación que se brinda de una manera tan misteriosamente generosa como secreta, tanto sea en su vida personal como en su obra." 


Los ejemplares de la tirada de cabecera se compran únicamente en la sede de la editorial, previa reserva telefónica al (+54 11) 4857-9353. El precio de venta al público es de $ 1.800.- (pesos mil ochocientos).

miércoles, 29 de junio de 2011

Presentación de los Cuentos Completos de Alberto Laiseca








Ediciones Simurg y Casa de la Lectura
invitan a la presentación de los
  
Cuentos Completos 
 de 
Alberto Laiseca 

a cargo de Walter Iannelli y el autor

Miércoles 13 de julio, 19.30 hs
Casa de la Lectura
Lavalleja 924 
(entre Jufré y Lerma, Barrio de Palermo)

sábado, 16 de abril de 2011

Alberto Laiseca: Cuentos Completos



Alberto Laiseca publicó su primer cuento, "Mi mujer", bajo el seudónimo de Dionisios Iseka en el diario La Opinión el 19 de agosto de 1973, aunque su escritura estaba fechada casi dos años antes (29 de Octubre. 1971). Las páginas que el suplemento cultural le dedicó al joven escritor incluyen el anticipo de dos capítulos de la novela Su turno (que, por razones de mercado, fue publicada por decisión del editor con el título ampliado de Su turno para morir) y una nota de presentación sin firma que reproducimos a continuación, antes de "Mi mujer", rescatado en hemeroteca para el volumen de Cuentos Completos que Simurg distribuye en estos días en librerías de todo el país.

El volumen, merecido homenaje a uno de los escritores más originales de la literatura contemporánea, recopila todos los cuentos que integran sus tres colecciones anteriores (Matando enanos a garrotazos, Gracias Chanchúbelo, En sueños he llorado), otros publicados en antologías y quince inéditos escritos en los últimos años.

Una tirada de cabecera de tan solo cuarenta ejemplares, acompañados de un trabajo original del reconocido plástico argentino Jorge Garnica, se imprime especialmente para bibliófilos. Estos libros, numerados y firmados por Alberto Laiseca, tienen encuadernación artesanal y son vendidos únicamente en la sede de la editorial.







Mi mujer




—Queréis la guerra total, más total que todas las guerras totales que han sido, más total incluso, de lo que yo pueda estar diciendo en este momento, os pregunto de nuevo, ¿queréis la guerra total?
Les largo puchos encendidos a la gente que pasa abajo por la calle. Soy malo. De mal corazón. Cuánto los odio: me acusan de querer  mojarle la oreja a la centralización. “Escuchame, aquí no se trata de mojarle la oreja a la centralización.” Los odio a todos. Plagiando una famosa cinta cuyo título no recuerdo, les reviento a los chicos sus globos con mi pucho encendido. Fumo exclusivamente toscanos y me siento en las confiterías para que las mujeres me odien y se vayan. Algunas me tocan el hombro: “Por favor ¿podrías fumar otra cosa, que no puedo aguantar?” “No.” Luego lo pienso mejor y les agrego: “Peor estábamos en el 43, señorita”. “¿Por?” “Con el Zyklon B kámara. Las cámaras de gas.” “Ah, no sé, porque yo por esa fecha no había nacido.” “Bien, pero el caso es que yo sí, se da cuenta. Porque nací en el 41. Pase buenas tardes.” Entonces ellas toman a su novio por el bracito y se van. Me odian, y yo gozo.


Compró en un kiosco una postal japonesa. Del torso para arriba, una mujer desnuda. Era una de esas postales tridimensionales que los japoneses son tan hábiles para hacer. Cerca de sus manos, ramos de flores que formaban ikebana con el seno izquierdo desnudo de la mujer. Un delicioso pezón rosado. El seno derecho, tapado por el pelo negro, tupido y lustroso que le llegaba al pupo. Una especie de ventana abierta atrás de ella; nubes azules y cielo blanco. Del otro lado de la fotografía, abajo y con letra chiquitita decía:
“Export prohibited to all Europe Kowa Display CO. INC. Tokyo. Japan (216) Toppan”*
Por las noches él le acariciaba el pelo y le mordía el seno. Pero como ella lo miraba con ironía decidió efectuar una expedición punitiva. Le pegó un papelito sobre la boca, suficiente para cubrírsela, y dibujó en él un cierre relámpago. Del otro lado escribió:
“Mona Lisa con gavetas”. Retrato al óleo de mi mujer, por el afamado pintor Dalí. Firmado: Dionisios, amante esposo de Cósima (también llamada Erika Eurídiche Andrómaca Eloísa Electra Adela y Magda). Dalí dice que la dejó muda para que yo pueda oírla mejor detrás de una gaveta.”
Enamoradísimo de ella. Ahora.
Cuando se encontraba con un amigo muy querido le decía tímidamente:
—¿Querés ver una foto de mi mujer?
—¿Mujer? ¿tuya? No sabía que estuvieses casado.
—Pues sí que lo estoy.
—Enseñámela.
—No. No te la muestro nada (decía él con pudor retirando la fotografía apresuradamente). Yo conozco con qué bueyes aro. No te mostraré sus redondeces turbadoras y deliciosas para que después me la seduzcas.
(Riendo.)
—Ah, quiere decir que no estás seguro de vos mismo.
—De mí estoy seguro. No estoy seguro de vos.
—Pero vamos, si yo ya tengo mujer.
—Sí, pero podría ocurrírsete tener otra. Leo en tus ojos tendencias bígamas. (Le daba la foto. Risas.) Lee también del otro lado.
—Muy lindo, muy lindo.
—¿Te gusta?
—Sí. Pero francamente me parece demasiado.
—Nada es demasiado para mí.
Si se la mostraba a una mujer, le decía:
—Te voy a mostrar una foto de mi mujer.
— !
—Sí, pero no la mires con el lesbianismo acostumbrado. Si no dejás la cuádruple raíz del principio de razón lesbiana suficiente en casa, no te la muestro.
Curiosa:
—A ver a ver.
Risas.
—Qué genial.
Él:
—¿Te gusta mucho?
—Sí, mucho.
—Bien. Adela vuelva a casa (y se la arrebataba de la mano, guardándola).
Pero un buen día decidió entrar en acción: Se dijo: “¿Por qué no?” y como era cabalista, podía hacerlo.
Hizo los dibujos y los números. Distribuyó en los ocho trigramas los nombres de poder. La foto en el centro.


Sobre su cama, dormida. Una mujer de 25 cm de altura. Sus miembros eran equivalentes a los del retrato sólo que no terminaban en la cintura. La japonesita estaba completa y abrió sus ojos sintiendo que la llamaban: “Adela, Adela, mujer mía”. Se desperezó hasta la punta de sus pies. Luego se sentó.
—Mon amour, déjame ver si el otro lado es tan delicioso como éste. (Y ella, que sabía a qué se refería, con un ademán echó airosamente la masa de pelo hacia atrás. Por fin podía mirarle el pezón derecho. Tenía una levísima hendidura en la parte superior, como un abismo diferencial. Él se lo besó.)
Ella dijo:
—No te has afeitado y me pinchás con la barba. Así no me gusta que me besen. Tengo la piel muy delicada y soy chiquitita, de modo que si querés besarme, afeitate primero.
—Me afeité esta mañana.
—Afeitate de nuevo.
—No puedo porque se me irrita la cara.
—Entonces no me beses.
—Qué mala sos. (Entonces ella se arrepentía y me abrazaba un dedo.)
La llevaba a la cama todas las noches. Me había impuesto a mí mismo el hábito subconsciente de no moverme mucho para no aplastarla.
Era sumamente erótica. Con mi lengua tocaba la punta de sus senos, sus hombros y su sexo, y se estremecía de placer. Ella también cabalgaba sobre mí y abarcando parte de mi cabeza, besaba mi boca.
Yo decía:
—Te amo igual aunque tengas secretamente boca de puta y aunque al fabricarte se me haya olvidado hacerlo con su respectiva gaveta.
Ella con un mohín delicioso:
—Si me amases de verdad tendrías que amarme con mi boca de puta incluida.
Yo. Sacudiendo la cabeza:
—Estas mujeres que no comprenden.
Ella tomaba la postal como si fuese un cartelón gigantesco y decía admirando:
—La verdad es que soy muy fotogénica. Claro que yo soy mucho más hermosa.
Vivíamos así los dos. Un día la encontré llorando.
—¿Qué te pasa, osito?
Se echó el pelo atrás con furia:
—Ya sé que has andado detrás de esas estúpidas gigantonas. Quién te necesita.
—Te aseguro, mi amor, que todo el día pienso en vos.
Y le di un hermoso pañuelo que acababa de comprar, un pañuelo transparente, como azul, como rojo, como verde, que recordaba el nombre de “Heliogábalo, emperador” al mirarlo.
—Es para que te hagas un vestido.
Muy contenta, estuvo todo el día haciéndoselo. Por la tarde (le quedaba maravillosamente tanto el vestido como la tarde) yo le dije:
—Te amo.
Ella:
—Soy muy feliz.


Un día dijo:
—Quiero hacer el amor. ¿Por qué no podemos tener hijos nosotros?
Y entonces los dos llorábamos porque no se podía por razones obvias. Yo prácticamente deliraba por poseerla. En medio de mi locura me parecía en un momento que ella no era tan chica después de todo y que tal vez…
Otras veces me hacía la ilusión de que yo era más pequeñito y que entonces…
—Y si fue así como me creaste ¿por qué no lo hacés de nuevo? Quiero ser más grande.
—No se puede.
—Cómo que no se puede. Sí se puede. Si antes pudiste.
—Tiene que darse el milagro. Tenemos que jugarnos los dos esta vez. Uno solo no puede.
—¿Jugarme en qué sentido? —Como se ve ella había reducido el plural al singular—. ¿De qué estás hablando? Hablá más claro.
—Vos no sos cualquier mujer.  Sos una mujer mágica. De modo que nuestra casa, para que podamos vivir, tiene que ser cuidada por los dos. Hay quienes tratan de impedirlo. Y si queremos que lo nuestro sea bello, tenemos que trabajar los dos para que vos crezcas.
—Últimamente y yo por qué tengo que crecer, ¿no podrías vos hacerte más chico?
En otros momentos me decía:
—Si perdés altura te mato.
Era así de contradictoria.
Yo le explicaba:
—Hay poderosas fuerzas mágicas adversas que luchan para que no pueda hacerte crecer. Puedo hacerlo pero ¿de qué valdría si todo saldrá mal?
—Es tu problema. Yo no tengo nada que ver con eso.
—¿No es ésta tu casa?
—La mía es una posición correctísima. Sin fallas. Yo hago todo lo debido. El cabalista sos vos, no yo. Así que arrégleselas como pueda.
—No seas tan egoísta que todo se va a destruir y vamos a andar los dos, solos y sin amor, por toda la eternidad.
—Claro que soy egoísta. El egoísmo es un bien, no un mal. ¿Acaso no lo dijo Ayn Rand a quien vos tanto admirás?
—No tergiverses, mi vida. No tergiverses por favor. El tuyo es un egoísmo feo e inartístico. Es antiegoísmo, porque conduce a la destrucción de nuestras almas.
—Hablá más claramente.


Un día traje a casa la postal de un hombre desnudo: un japonés. Un samurai que dormía y sus armas montaban guardia a su lado.
Ella se pasaba horas mirándolo y decía:
“Qué hermoso es. ¿No te parece hermoso?”
Yo que comprendía lo que ella no podía comprender, dije:
“Sí. Es muy hermoso. Lo que no sé es si te será útil.” “¿Qué querés decir? ¿Por qué siempre hablas con enigmas? ¿No te podrías olvidar de la cábala siquiera por un rato?” Y volvía a mirarlo.


Tracé nuevamente los dibujos sagrados. Coloqué los nombres de poder sobre los ocho trigramas.


Ella se acercó al hombre dormido y lo despertó.
Vi que se iban. Además para eso se los di.


* Esta fotografía existe.





sábado, 5 de febrero de 2011

Sobre literatura argentina (Jorge Baron Biza)


La solución de todos los problemas
de la Literatura argentina

Por Jorge Baron Biza


Me contaron que en algunos diccionarios, enciclopedias y otros repertorios de los autores argentinos figuran libros que nunca existieron. Se filtraron: es imposible que los recopiladores verifiquen cada una de las obras que los autores se atribuyen.
Estos chismes me llegan por lo general con aire de rechazo moral. Sin embargo, creo que nos encontramos frente a la gran solución de los problemas de la literatura nacional.
Cada vez que hablo con un editor, en algún momento de la charla se pone la mano en la frente y exclama: ”¡Estoy hasta aquí de originales! Tengo un cuarto lleno. Todo el mundo escribe”, con el mismo tono con que algunas maestras se quejan porque tienen muchos alumnos. Con demasiada frecuencia me encuentro con abogados, economistas, militares, políticos, profesoras de gimnasia, ex cualquier cosa, poetas de los de “amor” con “temblor”, empresarios con éxito, argentinos que pelearon en la guerra del Golfo (¿pero existió?), pintoras con casa en balneario paquete. A todos les brillan los ojos cuando ven la posibilidad de ser escritores. Lo sé muy bien porque yo mismo les escribí algunos de sus libros. El único que no me pagó fue el empresario; pero la pintora gastó más –mucho más– en el cóctel de presentación que en su escritor fantasma. Nosotros, los fantasmas, tenemos que cuidarnos mucho si queremos seguir trabajando: te piden que describas en el libro cómo engañaron sin piedad a su rival, pero sienten pánico ante la más remota posibilidad de que se descubra que no son escritores.
Trato de disuadir a los escritores que no son escritores: les muestro las últimas liquidaciones de mi editor; las radiografías de mi columna, les hablo de que hay que dar la cara, de las burlas si las cosas salen mal, del ninguneo si las cosas salen bien.
Todo en vano: quieren tener su libro. Nada los detiene. Dos hectáreas de bosque en Canadá, Misiones o Finlandia tiemblan ante la determinación de cada una de esas miradas. Las agujas de los pinos se erizan mientras alguien con influencias revisa su agenda soñando con una reseña en los diarios de gran tirada. 
También hablo con los libreros: “¡Demasiados títulos, dónde los voy a exhibir, y al mes siguiente otra oleada, no hay tiempo de comercializar bien ni de que funcione el boca a boca!”. En la redacción del diario para el cual trabajo hay un ropero lleno de libros que esperan ser comentados en las cada vez menos páginas dedicadas a la cultura. Detrás de cada uno de esos ejemplares acecha una persona habitualmente amable, hasta inteligente quizá, que se convertirá en una arpía de persecución  personal si no le publican la reseña. No hablemos de reseñas desfavorables, porque eso casi no existe en la Argentina. Como buen país mafioso, la más leve insinuación de que después de la página cuatro el libro sufre una operación alquímica que lo transforma en plomo, la sospecha de que el autor no es un genio total, la falta de convicción de que ésa pueda no ser una de las cumbres de las letras nacionales, son todas excelentes razones para que el autor llame al secretario de redacción y le cuente que a su periodista cultural la vieron la otra tarde salir de un cabaret. La corte es la antesala de la mafia. A cada mes que pasa, estos enemigos se van sumando. Muchos se conocen entre sí y van estrechando redes y combinando operaciones cada vez más complejas y sutiles. En pocos años, el periodista cultural es una Virgen de Lippi entre los gladiadores, una cebra con los colores de Newell`s en un campo de toros carnívoros.
A esta altura el lector ya sabrá cuál es la solución que propongo. En lugar de cubrir de vergüenza a los autores que se inventan algún librito por ahí, cubrámoslos de gloria. Son buenas almas que no atormentan a editores, ni libreros, ni reseñadores. Sus ficciones no atiborran camiones de reparto, ni depósitos, ni estantes de librerías. Gracias a sus pacíficas ficciones los bosques del mundo respiran aliviados. Hemos llegado a una nueva categoría de héroe, tan en onda con la historia de su tiempo como el héroe kantiano lo estaba con el romanticismo por venir: hoy tenemos al héroe que no ha hecho nada.
Tampoco debemos despreciar los méritos específicamente literarios de su trabajo. Está la idea de la coherencia. La profesora de gimnasia no puede atribuirse Cómo ganar una fortuna en tres meses ( a costa de no pagar a los escritores). Eso queda para empresarios y editores. No, ella está en el negocio de perder, tiene que inventarse algo del estilo Cómo perder todo en tres meses. Los lacanianos son expertos titulando. Una obra maestra sería Delirio, comunicación y simultaneidad, en la que el primer término pone el paroxismo, el segundo la nota intelectual actualizada y el tercero el misterio que nos hace abrir el librito: nos encontraríamos con un estudio sobre los efectos de la televisión en unos chicos, observados primero aisladamente y después en grupo. Otras obras maestras que nunca fueron escritas: La expropiación fluida de la intimidad, Orificios y equilibrio. Los sociólogos tampoco lo hacen mal: Asco, la marcha en el trasfondo de Las sociedades impotentes. Reciencito se han sumado también los estetas: La tecnología del Assemblage como expresión de la différance, o El Cyborg en la representación del infinito.
Frente al refrito, el plagio, el afano –o como dicen ahora, la “apropiación”– propongo el libro nunca escrito. Habrá que hacer algunos ajustes en el campo literario. Dar becas y premios por no haber escrito un libro. Si se tienen en cuenta las horas que se ahorrarán editores, reseñadores, libreros y lectores, podría instituirse algún derecho de noautor, estimado por la DGI sobre la base de horas ahorradas por esas categorías más expuestas al diluvio de las letras.