viernes, 22 de octubre de 2021
miércoles, 23 de junio de 2021
«Las sirvientas del domingo» de Elías Scherbacovsky, por Luis Benítez (Revista «Alas de cuervo», Caracas)
Las sirvientas del domingo: el irónico humanismo de Elías Scherbacovsky
Por Luis Benítez
Que para los buenos escritores no existen temas menores es algo bien sabido y en ocasiones hasta damos con sus mejores ejemplos. Un episodio como el asesinato de una anciana usurera a manos de un mísero estudiante, que acosado por un inspector de policía termina confesando su culpa, es hoy –en medio de tantos horrores como describe la prensa- apenas digno de 15 líneas en las últimas páginas de un medio amarillista. Pero lo toma como excusa para la mejor prosa alguien como Fiódor Mijáilovich Dostoyevski y nos deja Crimen y castigo.
Ese acierto vuelve a confirmarse en el caso de Las sirvientas del domingo, nueva entrega de Elías Samuel Scherbacovsky (
Las sirvientas del domingo es un volumen de cuentos lanzado por Ediciones Simurg (www.edicionessimurg.com.ar), de Argentina, hace pocos meses (ISBN 978-987-554-229-7, 128 pp., Buenos Aires, 2021) que reúne en sus páginas cinco relatos titulados por Scherbacovsky: “Gastón Lerchundi entre la vida y la perfección”, “Bacigalupo me visita en Jerusalén”, “Las sirvientas del domingo”, “Méndele Saratogo y la fidelidad” y “El testimonio de Olinda”.
Con pareja calidad, este quinteto de historias se ocupa de existencias dominadas por la sordidez que empaña lo cotidiano, donde la infelicidad, los añejos desengaños, la ambición sin fundamento ni puerto posible, el desmadre emocional y el vacío interior que retrata el autor con fidelidad fotográfica –un preciso blanco y negro que no necesita de añadidas coloraturas- no le impiden a este sugerir qué dignos de ternura y compasión resultan ser sus personajes, a los que reviste de una carnadura que nos resulta preocupantemente familiar.
Scherbacovsky bien conoce los entresijos y las esquinas que ofrece la condición humana, sus contradicciones y límites, pero solo con ese saber no se edifica una obra literaria de los calibres que demuestran sus relatos. Es necesario poseer su maestría para los juegos de indicios, las pistas que el autor sabe cómo brindar con la mera descripción de un tic, la pausa de un silencio, un premeditado equívoco, la falta de término de una frase, la pintura más acabada de los caracteres que ha ficcionalizado para volverlos más reales todavía que muchas personas a las que suponemos conocer y que tratamos en la vida diaria sin prestarles mayor atención. Sujetos que guardan, como Gastón Lerchundi, tal como Atilio Bacigalupo, Enrique Carrera Gutiérrez, Méndele Saratogo o el inefable y kafkiano señor R. y la enternecedora Olinda –dúo inolvidable del muy logrado cuento que cierra el volumen-, una relación directa con esa realidad que, gracias al arte de escritores como quien nos ocupa, se transforma en representación de sus ficciones.
Estamos refiriéndonos a un autor que domina como pocos la habilidad de resumir en una frase, un párrafo corto, la vacilación que teclea en falso dentro de una respuesta, un conjunto de visiones y perspectivas que en otros textos necesitan de páginas enteras para conducirnos a un sitio similar. Y Scherbacovsky lo logra, además, sin apelar a enrarecimientos de la escritura, citas ripiosas, falsos atajos que demoran y entorpecen el acceso al potente núcleo de sentidos que logra desnudar ante nosotros. Su discurso narrativo tiene una fluidez acuática, tan natural que nos lleva con ella a donde nos quiere conducir sin tropiezos ni desvíos; una sencillez expresiva que el lector avezado inmediatamente reconoce como resultado de un complejo trabajo narrativo que simula ser casual, como al desgaire, para así acrecentar todavía más su vigorosa irrupción –y permanencia- en la sensibilidad de quien lee.
Y la ironía, otro elemento fundamental en el arsenal literario de que dispone el escritor que anima estas ficciones, está dirigida invariablemente a poner de relieve esas bajezas, miserias, debilidades y efímeras grandezas que nos constituyen y nos dan entidad diferenciada, por lo que Scherbacovsky la utiliza para mejor pintar qué es lo humano y apiadarse de ello, apiadarse siempre, aunque sonría amargamente cada vez que ella surge bajo el pulso de sus dedos.
Sin duda se trata de un texto de relevancia visible y palpable, cuyo único defecto estriba en su brevedad: uno de esos que hace lamentar al lector que acabe y no continúe más allá de su última página.
Publicado en http://aladecuervo-vocablos.blogspot.com/2021/06/las-sirvientas-del-domingo-el-ironico.html
martes, 11 de mayo de 2021
Anticipo de «Vaselina», novela de Graciela Scarlatto
PRÓLOGO
Esos caranchos, Gómez, vienen por sus ojos. Así como no se lo digo –pero podría– le digo otra cosa. No sé. Habría que pensarlo. Me gusta imaginarlo así, enterrado hasta el cuello en el desierto, con la cabeza afuera, comido por las hormigas, chupado por la sed y las serpientes o no.
Pero este indio que soy no se conmueve. La lástima no se obsequia a los amigos aunque tampoco a los enemigos. Y no me compadezco, no, porque yo no tengo sed. Soy la lengua del desierto y vengo a hablarle desde muy lejos, desde el orfanato, cuando ni siquiera podía comer; desde el cinto del coronel que me introdujo en el arte de mandar. Soy un fantasma, si usted quiere. Una aparición. Y todo esto podría ser poco más que una parodia de la vida entera.
El pozo lo hicieron los muchachos y bastó una orden, una palabra mía para horadar la tierra con las palas, tomando tetra y fumando; dos pozos al sereno bajo las estrellas. Y usted llenará uno de ellos porque lo desea, según parece, o está ya adentro, enterrado hasta el pescuezo, con la vida a sus espaldas pero la cabeza en alto. Agradézcalo. Usted, cabeza gacha todo el tiempo, ahora mira las estrellas y piensa en la lluvia, quizá. Mira a lo alto o debería hacerlo, Gómez, no se tire a menos. Tiene lo suyo, usted. Me dio una hermandad que por mucho tiempo me esquivó la vida. Un hombre como usted. Un gringo. Y si después me la retiró, habría que pensarlo; no es cosa de ponerse a matizar ahora, en estas circunstancias apremiantes. ¿Tiene sed? ¿La tendrá? Usted es el hombre de la sed. Y yo soy el aguatero. Yo lo tengo todo y nada al mismo tiempo. Yo hablo en el desierto, mi palabra está muda, es la lengua del que ya no necesita decir nada.
Insignificante.
Un solo gesto mío basta para llevarlo a la muerte, un solo gesto para enterrarlo en un pozo o para redimirlo. Pero la cosa viene dura, para mí, para usted. La cosa siempre viene dura para un indio maleante. La transa ya no es fácil. Me pongo viejo o no; soy como un muchacho montando a pelo una moto en la montaña. Hay que ser muy macho en la frontera; traficar, se trafica con las vidas. La esperanza es moneda de cambio. Agua le ofrecería, un balde de agua fresca en la cara para ver cómo lo anega el barro, cómo escurre por el cuello la lava cristalina evitando su boca. No se puede beber. No podrá. La vida esquiva todo lo que es prioritario, se hace rogar; nos vuelve arqueólogos, geólogos de un sueño.
Y así vamos, Gómez, tomando ginebra en la Asociación de Box, charlando o escapando. ¿Qué es una traición, una más? ¿Y una amistad? ¿No hubo una hermandad entre grapa y grapa? Las cosas que hacen los gringos. Las cosas que puede hacer un indio como yo. Mestizo. Puchero de maldad y bonhomía. Vaya a saber. Qué dice usted ahí enterrado o fumando en un café, viendo pasar a las pibas que se visten como ella. Porque seguro que las mira. ¿O no? Anoche cayó la helada y el desierto se parte en una grieta por donde hierven las hormigas. Las culebras, Gómez, se arrastran con la lengua alzada. Un hombre enterrado hasta el cuello, sus ojos serán un gran bocado. Dos ratas sedientas, sus ojos. Así lo imagino. Medio muerto, herido, seco gracias a mí.
Y no me felicito en nada.
viernes, 30 de abril de 2021
Los Echeverri: Capítulos de la novela
martes, 20 de abril de 2021
De la elegancia mientras se duerme
En breve, la reedición de una obra maestra...
«De mis libros hay dos que prefiero: La Sombra de la Empusa y De la elegancia mientras se duerme. Son dos títulos jeroglíficos que han creado el estupor y la distancia de lectores ortodoxos. Han sentido a la legua, que yo no lo era. ¿Cómo podría ser escritor de sus épocas, si tengo el amor propio de no repetirme? Excesiva exigencia que es también el único título que me autoriza a escribir cartas al futuro. Los verdaderos libros, viven cien años después. Son misivas dirigidas a la posteridad, cuando el libro ya no es un mendicante humano, sino un jocundo mazo de papel. Un papel con señales mágicas y croquis de circunstancia y anotación lírica o personaje bíblico o mapa de pirata o confesiones sin pudor o grito que sale al fin de las mazmorras o duende sacrílego con hábito franciscano o espectro del padre de Hamlet, con un vaso de cerveza en la mano. En ese momento, recién el libro se abre en el valle de Josaphat, para ser leído en voz alta y clara.» (Vizconde de Lascano Tegui)
Emilio Lascanotegui nació en Mercedes (Depto. de Soriano, Uruguay) en 1888.
Siendo aún niño de corta edad, se mudó con su familia a la casona que el abuelo
paterno mantenía en Buenos Aires. Cursó estudios secundarios en el Colegio
Nacional Oeste y frecuentó, desde joven, los círculos bohemios del Café de los
Inmortales y del Royal Keller. Participó en la Revolución radical de 1905, dirigida
por Hipólito Yrigoyen, e integró el Club Radical Intransigente de la parroquia
Balvanera sud. En 1908 consiguió su primer empleo en la Dirección
Administrativa del Correo.
Al regreso de un viaje por Francia, Italia y el norte de Africa, conmocionó
el ambiente literario con la publicación de La sombra de la Empusa
(1910), libro de poemas que inicia entre nosotros la «nueva sensibilidad», y
comenzó a firmar sus colaboraciones en la prensa con el seudónimo de Vizconde
de Lascano Tegui. La presunta ayuda de testigos de favor le permitió obtener la
Libreta de Enrolamiento argentina; con la adopción irregular de la nueva
nacionalidad empezaría a difundir la historia de su nacimiento en Concepción
del Uruguay (Entre Ríos), impostura que aún confunde a biógrafos y ocasionales
articulistas.
Fue fabricante de específicos farmacéuticos, traductor en la Oficina
Internacional de Correos, comisionista, decorador, ropavejero, corresponsal de
guerra, conferencista, mecánico dental, conservador de museo, pintor muralista
y eximio maestro del arte culinario. En 1923 ingresó en el Ministerio de
Relaciones Exteriores y Culto como Canciller de segunda clase y se desempeñó en
legaciones de Francia, Venezuela y Estados Unidos hasta 1944, año en que se le
solicitó tramitar el expediente jubilatorio. Su labor periodística le granjeó infrecuente
celebridad: escribió miles de notas para La Mañana, El Tiempo,
Crítica, La Fronda, Caras y Caretas, La Prensa, La Noche, Plus Ultra, El Hogar,
Patoruzú, Correo de la Tarde y otras publicaciones que acogieron también
sus poemas, cuentos y entrevistas.
El Vizconde de Lascano Tegui falleció en Buenos Aires en 1966.
En Simurg hemos publicado De la elegancia mientra se duerme, Muchacho
de San Telmo (1895), El libro celeste y la antología Mis queridas
se murieron.
martes, 12 de enero de 2021
Reseña de «El bandido en el bosque de ladrillo» en Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica (Univ. de Los Andes, Colombia)
Arlt, Roberto. El bandido en el bosque de ladrillo.
Compilación y prólogo de Gastón S. Gallo, Simurg, 2018, 224 pp.
Roberto Arlt (1900-1942) publicó en vida dos libros de cuento: El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941). Estos volúmenes comprenden alrededor de un tercio de su producción en el género. La mayor parte de su narrativa breve se editó solo en revistas y periódicos de Buenos Aires y fue alcanzando post-mortem el formato libro en ediciones, cada vez más abarcadoras, de sus Cuentos completos; la última de ellas a cargo de Seix Barral (2017). Más de tres cuartos de siglo después del fallecimiento de Arlt —quizás el autor más leído en la Argentina en el siglo xx— el mundo de la edición todavía le debe a lectores y críticos un volumen que reúna la totalidad de sus relatos. En camino hacia ese objetivo, la aparición de El bandido en el bosque de ladrillo (Simurg, 2018), nacido del trabajo de investigación y compilación de Gastón Sebastián Gallo, marca un hito, pues exhuma la impactante cifra de veinte prosas y por primera vez habilita a dudar de si aún quedan piezas por recobrar o ya llegaron al soporte libro todas las narraciones cortas del cuentista, novelista, dramaturgo y periodista porteño.
Gallo, más atento que cualquier compilador anterior a los mínimos detalles, recuperó dieciocho textos firmados por Arlt entre 1927 y 1942 revisando miles de ejemplares de publicaciones de la época en múltiples hemerotecas, pero también persiguió incansablemente el esquivo número de una revista, ausente en todas las colecciones salvo en la Biblioteca Nacional, donde faltaba una hoja, justo la que tenía el cuento de Arlt, hasta que, a punto de dar por perdido el texto, encontró un ejemplar íntegro en una feria popular. Gallo, además, descubrió la mano de Roberto Arlt tras el seudónimo Mario Fernández, ficticio autor del final de un cuento ganador de un certamen de la revista Mundo Argentino, para la cual Arlt trabajaba: el tema, el estilo, los escenarios de la narración parecen remitir al autor de Los siete locos, mas el dato que realmente lo delata es la dirección postal del tal Fernández, la casa donde Arlt pasó su adolescencia. El concurso de finales de cuentos (la revista proveía los principios) se llevaba a cabo regularmente y lo obtenían escritores reales, pero cuando se fraguó un autor, Gallo lo detectó.
Con todo, este libro —cuyo título honra la promesa que no pudo cumplir Arlt de editar un volumen homónimo—, no solo suma un número significativo de obras al universo cuentístico arltiano, lo que nos permite renovar el placer de leerlo, sino que, por la índole del material revelado, puede estimular el desarrollo de estudios críticos novedosos, desde perspectivas teóricas y metodológicas no aplicadas hasta hoy al autor y planteando problemáticas aún no transitadas por su prolífica crítica. Doy dos ejemplos: 1. Se ha dicho hasta el cansancio que Arlt escribía y publicaba frenéticamente, sin corregir ni dejar borradores, y que por eso su obra literaria se resistía a estudios genéticos. El bandido en el bosque de ladrillo presenta un cúmulo de textos que alientan una serie de estudios genéticos de la obra literaria de Arlt; algunos son primeras versiones, ampliaciones o desvíos de cuentos bien conocidos del autor, o bien adaptaciones al género de escritos surgidos de su escritura periodística, teatral o novelística. Cuentos como “Ester Primavera” (con el mismo nombre) y “El jorobadito” (aquí “El insolente jorobadito”) y la obra de teatro La isla desierta (aquí “El hombre del tatuaje”), encuentran en este libro una versión diferente. “Beso de muerte” y “Naufragio” se vinculan a novelas: aquel se disolverá volviéndose capítulo de Los lanzallamas; este expandirá un pasaje de Los siete locos autonomizándose. Si “Noche terrible” (en El jorobadito, 1933) aborda la separación de una pareja donde la novia es de clase media baja, “Ruptura de compromiso” (en este libro) es su calco, salvo por las pequeñas y cruciales diferencias que impone al relato que la abandonada pertenezca a la clase media alta. Los críticos pueden de acá en más esclarecer la mecánica de estas repeticiones, desplazamientos, transfiguraciones entre intertextos de evidente correspondencia mutua, pero también entre otros de parentescos menos obvios: v.g. entre “Un ladrón”, donde el protagonista afirma: “Todos los delincuentes ocasionales caen porque lo último de que se preocupan es del domicilio donde se refugiarán cuando huyan” (117), y el cuento sin título ganador del concurso, donde el domicilio consignado reveló al autor encubierto.
2. En sus últimos cinco años Arlt escribió más de dos veces el número de cuentos que compuso el resto de su vida. Ese lapso (1937-1942) coincide con un brusco viraje de su trabajo en el diario El Mundo: allí abandona las crónicas costumbristas locales —las Aguafuertes porteñas— y se aboca a comentar y recrear noticias de política internacional con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo en la sección Al margen del cable. De modo análogo a lo que acontece con su labor periodística, su cuentística también se atiborra de conflictos, malentendidos y trágicos desencuentros entre personajes de distintas culturas, etnias, países o regiones de un mismo país. Por eso, si hasta hoy la preponderancia de su imagen de autor como “escritor de Buenos Aires” —cimentada en la centralidad de sus novelas y aguafuertes— era el motivo que mejor explicaba la inexistencia de estudios imagológicos de sus textos —entendiendo la imagología como ejercicio de una literatura comparada entre series de autoimágenes y series de heteroimágenes—, desde la aparición de El bandido en el bosque de ladrillo, por estar sus relatos plagados de escenas donde “los de aquí” y “los de allá” buscan destruirse o preservarse unos a otros, la formulación de investigaciones desde la perspectiva imagológica se vuelve inaplazable. Es probable que los críticos venideros descubran en el último Arlt un exponente tan temprano como desencantado de la interculturalidad.
Dos reparos menores, que no opacan el estupendo trabajo de recuperación literaria llevado adelante por el licenciado en Letras Gastón Gallo: 1. La ilustración de tapa: una insulsa fotografía escogida con paradójico descuido. 2. La decisión de incluir “El hombre del tatuaje”, obra dramática, no parece justificada en un libro de cuentos. Sería más adecuado que integre un tomo del “teatro inédito” de Arlt junto a Escenas de un grotesco y La cabeza separada del tronco, dos hipotextos de Saverio el cruel que no solo no figuran en las compilaciones que han pretendido ofrecer su Teatro Completo, sino que hasta el día de hoy permanecen —vaya ventura— inéditos en libro.
Párrafo final para los cuentos: los hay excelentes, los hay olvidables. Hay una estética que los atraviesa a todos y que es marca de fábrica del autor: la pasión por el retorcimiento, por la negación de los probos y la renegación de los nulos. Exponen a un autor que ingresó a la literatura argentina reivindicando los “saberes del pobre” (Sarlo) y que en sus últimas producciones redobla la apuesta: enhebrando aquellos saberes con una portentosa enciclopedia de saberes “cultos” —literarios, de otras artes, de política, de filosofía, de sociología— reclama un lugar en la literatura mundial.





