Claudia Yelin es psicoterapeuta y escritora. Ha recibido varios reconocimientos del International Latino Book Award. «La silla vacía» obtuvo el Primer Premio a la Mejor Novela en Inglés. Es autora de libros para niños, ensayo y narrativa.
Todos los pueblos guardan secretos y memorias. Río Seco, un pueblito nacido a la vera de un ingenio azucarero, no es la excepción. Es un cofre repleto de historias. En estas páginas, donde se abren paso la infancia y la juventud de la autora, hay varias de ellas; constituyen un viaje a un pasado cercano, lleno de vida, gente y sucesos que moldearon sus primeros años. Relatos con fuerza embriagadora, costumbrista y universal al mismo tiempo, se impregnan del embrujo del paisaje y de la melancolía de la vida obliterada por el tiempo.
Arenales
es la máscara mordaz de Salta. En esta lograda novela, con mucho de
elegía y sátira, Víctor Fernández Esteban revisa sus mitos, conflictos, clases sociales y
masonería.
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Manuel González López
Paraguay
Novela, 110 pp.
ISBN 978-987-554-239-6
Tal vez algún día un totalitarismo perfecto impida que los hombres vuelvan a los lugares de la niñez, aniquile el pasado y los posibles contrastes entre el ayer luminoso y el hoy, con la inevitable decepción. Tal vez algún día ese totalitarismo nos libre de los dolores de la memoria, sobre todo si es una memoria feliz, porque la felicidad del ayer magnifica la tristeza de cualquier presente.
Pero no pensaba en totalitarismos ni en el pasado durante el viaje. No pensaba en nada, solo miraba cómo las pequeñas olas se expandían con el paso de la lancha de pasajeros, desde la proa hasta las orillas del arroyo, formando una ve corta que se regeneraba incesante con su avance. Un espectáculo aburrido, tanto como el viaje a través de ese laberinto marrón y verde que conforma el paisaje del Delta. Un viaje sin más sobresaltos que el provocado al atravesar la estela de una embarcación que pasa en sentido contrario, y poco más.
Aunque —para qué negarlo— cruzar el Paraná asusta. No tiene que ocurrir nada especial. Basta con reparar en el contraste: navegar por un arroyo y entrar, con un golpe de timón, en el brazo del río y comprobar que la otra orilla está a un kilómetro o dos, ver los areneros que semejan monstruos al lado de la lancha en la que uno viaja. La pequeñez propia: ese es el miedo, la causa. Nuestra insignificancia frente a la infinitud de ese río y la certeza de que no podríamos sobrevivir en esa inmensidad fugitiva, en esa corriente feroz si, por alguna desgracia, cayésemos al agua.
Tal vez el viaje era aburrido porque era largo, porque debíamos recorrer, durante cuatro horas, una infinidad de arroyos entre demasiadas islas, amén de soportar una cantidad enorme de paradas, para bajar un pasajero, para cargar otro, para dejar un paquete, para contemplar un saludo entre el piloto de la lancha y un obrador o un habitante de una isla o el dueño del buffet de un club de pesca. Avanzar, atracar, zarpar: un ciclo reiterado hasta el cansancio, y todo acompañado por el ruido del motor ubicado en medio de la cabina.
Miraba la vegetación, el agua, los recovecos interminables, y tenía la sensación de estar inmerso en una novela de Conrad. Carlos, en cambio, disfrutaba. Preparaba sus anzuelos y tanzas, se maravillaba con las casas elevadas de los isleños. Hay quienes han nacido para el infierno. En cambio, Jorge, el promotor del viaje, dormía. Yo lo envidiaba. El miedo al agua, a morir ahogado —siempre fui un pésimo nadador— me mantenía despierto.
Lo dicho, cuatro horas. Íbamos a una isla en el Paraná Miní, el brazo más estrecho del Paraná, cerca del Uruguay o de quién sabe qué lugar de oscuridad verde y gris.
El Delta es un mal sitio para ir de vacaciones en verano. O simplemente es una mala tierra. Ahora lo sé.
Impresiones de Montevideo
Por Alfonsina Storni
Editorial Simurg. 122 páginas
Un día cruzó el charco, se aventuró en las aguas del Rio de la Plata y desembarcó, temerosa, en Montevideo. La ciudad la esperaba con los brazos abiertos. Ese viaje iniciático fue el primero de muchos otros, el nacimiento de un sólido vínculo que la uniría con el Uruguay y sus letras.
Alfonsina Storni había viajado a Uruguay invitada para disertar sobre la obra de la poetisa oriental Delmira Agustini, asesinada años antes por su marido cuando apenas tenía 27 años. La ocasión le sirvió también para conocer personalmente a un nutrido grupo de artistas con quienes mantenía hasta ese entonces una amistad epistolar.
No le hizo falta mucho para cautivarlos. La platea uruguaya se rindió a sus pies. Pocos sabían, sin embargo, que la Alfonsina que había llegado estaba en pleno proceso de reconversión poética, que no era la misma de años anteriores. Poco a poco había iniciado una transformación que la llevaría a dejar las temáticas vinculadas con su mundo interior para proyectarse hacia un afuera problemático, cáustico, misterioso.
Su sensibilidad artística le había permitido advertir que el cambio, lejos de ser una variante personal, estaba ocurriendo a nivel social y cultural. Dirá, en una nota publicada en el periódico montevideano La Noche, en febrero de 1920, que pronto la poesía y la novela “quedarán en manos de las mujeres, y los hombres emigrarán a las especulaciones científicas y metafísicas, despreciando acaso el arte de cantar dulcemente sus propias inquietudes, y la exterior inquietud sentimental”.
Lo que anuncia Storni en los tempranos años ‘20 es el ingreso de las plumas femeninas al universo de la literatura. Ese movimiento que hacía tiempo ya ocurría en Francia, poco a poco llegaba también a las costas sudamericanas.
El diario La Noche será para ella un espacio clave adónde expresar sus nuevas inquietudes. Ya no sólo le atañe el amor, la pasión, el dolor y la pérdida, sino que transita también por otras áreas y escribe sobre la dinámica del universo y la naturaleza de los planetas.
Esta Alfonsina todo terreno no puede evitar que sus textos conlleven cierta musicalidad lírica, aún cuando estén escritos en prosa. El fenómeno se advierte sobremanera en el relato “Impresiones de Montevideo”, narración que le da título a este libro. Allí describe la ciudad, sus lugares de reunión y los paseos públicos. Los descubre y al contarlos se fusiona con ellos. Un pedacito suyo se quedará para siempre en aquellas orillas.