miércoles, 27 de abril de 2016

50º Aniversario del fallecimiento del Vizconde de Lascano Tegui




Vizconde de Lascano Tegui
(1888-1966)


Emilio Lascanotegui, nacido en Mercedes (Depto. de Soriano, Uruguay) el 17 de mayo de 1888, adoptó en su juventud la triple máscara que establecería las coordenadas públicas de su lúdica personalidad: transformó su apellido de origen vasco en uno doble, se arrogó un título nobiliario, hizo correr la noticia de un nacimiento en Entre Ríos.
Fue andarín, traductor, corresponsal de guerra, mecánico dental, artista plástico, periodista, vendedor de baratijas, diplomático, conferencista, chef inigualable. Con su primer libro (La sombra de la Empusa, 1910) superó en originalidad a Lugones y escandalizó el ambiente literario de Buenos Aires, al sembrar en sus versos luces de neón, mingitorios pre-Duchamp y procacidades inauditas; años más tarde, Manuel Gálvez lo reconocerá el precursor literario de las nuevas formas, aquellas que después de la visita de Ortega y Gasset a la Argentina se denominarían la nueva sensibilidad y luego, con mayor concisión, simplemente vanguardia.
Su obra se compone de novelas, cuentos, poemas y cientos de artículos periodísticos que divulgaron su seudónimo más transparente: Vizconde de Lascano Tegui. Vizconde, a secas, pasó a ser entonces la contraseña amable de amigos y extraños, tal era la frecuencia con que su firma pudo encontrarse durante más de cinco décadas en revistas y diarios como La Mañana, La Fronda, El Tiempo, La Noche, Caras y Caretas, Nosotros, Martín Fierro, La Prensa, Plus Ultra, La Revue Argentine, Patoruzú, El Hogar, La Nación, La Res, El Mundo, Saeta, El Correo de la Tarde…
El Vizconde –“a quien todo el mundo conoce y nadie comprende”, decía Luis Ipiña en 1912– cumplió un papel protagónico en los círculos bohemios de Buenos Aires y París. A orillas del Plata, frecuentó las tertulias del Royal Keller y el Café de los Inmortales, en las que, según recuerda Ulyses Petit de Murat, se divertía, junto con Carlos de la Púa, en generar grescas a puño limpio y “sacar de ellas a los poetas de buena voluntad pero peso excesivamente controlado por los repetidos ayunos”; a orillas del Sena, se asentó en Montparnasse y tuvo por cuarto propio los cafés del boulevard homónimo: La Rotonde, La Coupole. A tal punto se mimetizó con su nuevo ambiente que Henri Broca, director del periódico Paris-Montparnasse, lo eligió como cronista oficial y publicó con regularidad sus notas, en las que historia el barrio y sus artistas. Roberto Arlt, que haría pública su admiración en una aguafuerte (“Usted señor, a quien admiro mucho, porque tiene o tuvo bastante talento, escribió un libro que se tituló ‘De la elegancia mientras se duerme’”), no dudó en registrarlo entre nuestros escritores afrancesados.
Personaje caleidoscópico, Lascano Tegui parece reunir en sus días la actividad febril de una multitud. Ardua tarea la de conciliar en una sola figura la pluralidad de imágenes y momentos impares que convoca su recuerdo: el mismo que, en su adolescencia, vive en La Plata y elabora permanganato de potasio para combatir la sífilis, recorre más tarde a pie el norte de África; inicia en Argentina la vanguardia literaria y, de paso, el movimiento que llevará al progresivo abandono del sombrero como elemento de etiqueta urbana; pergeña la inverosímil aventura de publicar un poemario con el seudónimo de Rubén Darío (hijo) y hacer pasar por autor a su amigo Carlos Schaeffer Gallo, alto y rubio...; tiene la ocurrencia de endilgarle a Hipólito Yrigoyen el mote de peludo con que este será conocido desde entonces; cocina a diario para Picasso y expone sus propios cuadros junto con los de Modigliani; fija en yeso el molde para la dentadura postiza de Georges Clemenceau; entrevista a grandes personalidades de su tiempo (Pirandello, Herrera y Reissig, Mussolini, Primo de Rivera, Lindbergh); funda el Museo de San Martín en Boulogne-sur-Mer; toma el té con la familia real de Inglaterra en el Palacio de St James; pinta murales en Venezuela…
El 13 de abril de 1966 el Vizconde de Lascano Tegui, después de haber conocido todo el mundo, en sentido geográfico y también humano, falleció en Buenos Aires. “Aquel que desea escribir sus memorias”, sostuvo, “no puede ser un espíritu ortodoxo. Es un dolor contenido que no parecía interesar a la vida y se deja como testamento para la muerte. Arrancando desde el fondo del pasado, las memorias son descargas contra la posteridad. Ningún ingeniero en pólvoras mejor dotado que el Duque de Saint-Simon. Daba la impresión de escribir para ensalzar a su rey desmesurado Phoebus –Luis XIV– y en sus culebrinas decorativas dejaba las bombas del anarquista de su época que irían a explotar a la distancia y a desdorar supuestamente al rey supremamente vanidoso, padre, abuelo y bisabuelo de la Revolución Francesa, tantas eran sus culpas. Las Memorias son bombas de fabricación casera y los artilleros no saben muy bien cómo tomarlas. Ahí están preocupados los albaceas con los dos últimos tomos de las Memorias o Diario de los Goncourt (…)”
Las dos primeras “descargas contra la posteridad” del volumen de Apuntes para mis memorias del Vizconde de Lascano Tegui –que Ediciones Simurg publicará próximamente en conmemoración del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento– aguarda a continuación a los lectores que no rehúyan el estruendo.



Solo de violoncelo

Lo que hace falta en los entierros es un poco de música. Suele haber discursos. Suelen decirse versos lacrimatorios. Pero no se oye el oleaje majestuoso del órgano, el suspiro de un violín o la voz de una flauta. Lo que es desalentador para el espíritu. Pues no estamos del todo seguros que los muertos sean sordos. La música es un lenguaje de más allá. Los ángeles tocan pífanos. Los ángeles tocan el arpa, y los que nos vamos para el otro mundo tenemos, casi todos, nuestra partitura en el bolsillo del saco. Aunque no se piensa que los deseos secretos están cosidos a la entretela de la solapa. Los deudos revisan el bolsillo, pero no son lo suficiente perspicaces como para dar vuelta al dobladillo. Y en vez de descubrir nuestra tarjeta musical de una vida que dejamos, hallan el testamento de un aspecto aún más seco que el bacalao y al que hay que bañar en lágrimas para hacerlo comestible.
Yo he elegido la música para mi muerte. No es un trozo desconocido e inédito. Pero lo he preferido al aire popular en que se muere siempre: el aire patrio –una Jota, una Machicha, un Cuando o una canción Tzigana–. Elegí la música del entierro siendo muy joven y sin saber lo que hacía. Le llamé siempre mi música favorita y la encontré en un subsuelo donde la Europa nórdica, en un complot contra Buenos Aires, se metía debajo de tierra para beber cerveza. Era un café sin compadritos. No se oía el ruido seco de las carambolas, ni el “vale cuatro”, ni el “te gané de mano”. Hoy desaparecido, el Royal Keller fue un sótano en la esquina de Corrientes y Maipú. Su clientela se evadía bajando a esa catacumba. Y se ponían una tapa encima frente a un sandwich de pan negro y mostaza, viajando –in mente– hacia la comarca natal, que tiene los domingos señalados con una pila de chops, un edelweiss en el gorro y perfume agrio de lúpulo sobre el bigote. El Royal Keller fue un embarcadero y también academia del buen beber.
Debuté muy niño en ese antro. Con los primeros 50 centavos que me dieron descendí al Averno y me interné hasta el rincón tranquilo de ese sótano, que era algo así como una hernia que le había salido al edificio debajo de las escaleras y frente al palco en que sonorizaba la orquesta. Pedí un vaso de cerveza al camarero austríaco de delantal verde, espesos bigotes y ojos ahumados. Fue sólo después de haber puesto el “imperial” sobre la mesa que leí un letrero: “Imperial: 60 centavos”. No tenía con qué pagarlo y pasé un mal rato. Todo se me indigestó: la cena, la noche de parranda, la cerveza rubia y la rubia de cabello de paje florentino que tocaba el violoncelo en aquella orquesta. Estudié las idas y venidas del camarero, y en una de las veces que iba en busca de nuevos imperiales, salí a sus espaldas, me deslicé hacia la calle y huí. Me iba sin pagar. Estuve seis años sin volver al sótano. Al niño ya le habían salido bigotes y barba. El mozo no podía reconocerme. Volví a la misma mesa y con mucha plata. Di buena propina. Me hice cliente asiduo de la cervecería. Viajé a París. Volví. Me fui. Volví y en este juego corrieron 20 años, y siempre el camarero de delantal verde, ojos ahumados y bigote espeso, de quien fui cliente y amigo, me recibía afectuoso como reconociendo más que un cliente un amigo, más que un amigo un pariente. Una vez le dije: “Tengo, hace años, el deseo de hacerle una confesión… Hace 25 años…” Y el camarero me interrumpió agregando: “Usted me pidió un vaso de cerveza y se fue sin pagarme…”
A la sombra del palco de la orquesta me reunía con un grupo de artistas de origen italiano: Amoretti, Torrini, Pompeo Boggio, Saccheti, Curatella Manes, Alice, los hermanos Broggi y otros. Integraban una sociedad gastronómica denominada “L’uomo non è di legno”. Monteavaro y Soussens se intercalaban en el texto y esperaban, bebiendo, que pasara un amigo que les pagara el barrilito de cerveza que se despachaban mano a mano. Pasaban por allí Emilio Becher, José Ingenieros, Díaz Romero, Melián Lafinur, Alfonso de Laferrère, Roberto Giusti, el escultor Amadeo Gache y Delfín Medina, a quien llamaban el Maestro, por la manera clásica de beber a la alemana. Y allí bebía cuando estaba en Buenos Aires, alojado en el Royal Hotel, Rubén Darío…
Fue en ese café que yo elegí la marcha de mi sepelio, que no tiene nada de fúnebre, pero sí mucho de cortesano y de galante. Es “La invitación al vals”, de la ópera “Oberon”, de Weber. Con sus primeros acordes lentos y magistrales descubrimos al bosque dormido, y la voz de los violoncelos se echa a despertar los hongos, los gnomos, el árbol y el arbusto; todo metido en un sopor de niebla. De pronto una ráfaga de viento abre las puertas y entran los elfos con sus violines, invitando desenvueltamente al vals. Era la pieza favorita que yo pedía por intermedio de mi camarero de delantal verde y ojos ahumados, al director de la orquesta, que era hijo de la pianista, hermano de la violoncelista, primo de la clarinetista, sobrino del segundo violín y, por fin, esposo lejano de la arpista. La familia tocaba a cuatro manos, en aquel subsuelo, inmensa tumba de trogloditas y en la que venían a reponerse el alma infinidad de seres que andaban solos por la tierra. Se les veía que venían a curar su soltería con cerveza y melodías. El director de orquesta era, además, el hombre menos celoso del mundo. Virtuoso de la música, lo era también por el pensamiento. No veía de apetitos extraños en esa multitud de solteros para quien tocaba. Veía sólo oídos. Y no se percataba de las miradas amorosas que se levantaban como gases de cianuro hacia el cielorraso. Veía sólo clientes en estado de éxtasis. Dentro de la dimensión del puño almidonado de mi camisa escribí una noche versos a la arpista, que aún trotan en mi memoria. Aquella señora envuelta en terciopelo negro como de la Gándara envolvía sus damas.

Canción del arpa adorada…
Canción del arpa dorada…
Era una mujer delgada.
Vestía ropa enlutada.
Tomada a la balaustrada
como una monja enclaustrada,
se perdía su mirada
a lo lejos, en la nada.
¡Canción del arpa dorada,
canción del arpa adorada!
¿No estaría enamorada
de nada?...

La violoncelista había ya merecido versos mucho más formales que vieron la luz con mi primer libro, pero molesto por la cantidad de admiradores que la bloqueaban, me abstuve de hacerle entrega del poema. No quería ser un parroquiano más de ojos vacuos que pierden sus noches detrás de las sirenas del palco alto. Años pasaron en ese viajar continuo que caracteriza mi bohemia, y viendo que el libro se agotaba y mi dedicatoria –como tanto cliente audaz–, le hice señas de que descendiera de su trono a recibir mi obsequio. No vi nunca mujer más sorprendida ante mi gesto. No podía creerlo. Yo –el más orgulloso de los clientes–, que jamás decía, en 10 años, había dirigido una mirada al palco de la orquesta, ¿atreverme a hacerle una seña?... ¿Por qué tanta osadía? ¿Por qué, tantos años después de la primera noche en que ella me vio huir sin pagar el vaso de cerveza?...
Es que salía el viejo gruñón de su violoncelo la voz inicial de “La invitación al vals”. Era voz de su pecho. Era su arco el que despertaba a Oberon, la divinidad nórdica y aérea. Era ella la que tocaría en el opulento instrumento la invitación al sepelio el día en que yo partiera, justificando la frase que el duelo de la muerte, de Alfonso Daudet, arranca a Jules Renard, ese poeta de todos los momentos: “Un hombre que muere es un árbol que va a retoñar más lejos.” ¿Y cómo, quien ha de ser árbol, no ha de vibrar con la caja de madera de un árbol hecho instrumento, como que es un violoncelo?


Solo de fagote

Han bajado de las paredes y desaparecido de las salas los retratos de los padres o abuelos que ornamentaban los salones del pasado. Fuera cual fuera el estilo de la pieza, esos retratos de antepasados ilustres no fueron nada más que fotografías ampliadas y retocadas a la carbonilla, donde aparecía, en plena madurez y metida dentro de un marco dorado, la efigie del padre de familia, o, si se quiere mejor, del inmigrante que hizo patria.
Es a la sombra de esos personajes que vestían trajes de paño o de lustrina negros, negros de cabellos y de pelo, que nuestros padres se dijeron las trémulas frases de amor en las horas de consultorio, que eran las horas de la visita oficial del novio, en quien la casa entera reconocía a un intruso tolerado, pero no consentido. El joven aspirante visitaba a la niña, y nada quedaba ajeno a su presencia. Los seres y los muebles cuchicheaban entre ellos. Los muebles de la sala eran los primeros en participar de la novedad. Horas antes de la visita entraba la fámula en la sala y sacaba las fundas de los sillones, amenazaba a los cortinados y pasaba un plumero confidente sobre esa tumba desmesurada de la habitación que, con el estrecho sepulcro de la Recoleta, era lo más preciado en el haber de la familia pudiente. Los muebles quedaban descarnados, mostrando sus ricas telas, acolchados, flecos y borlas. La sirvienta no los trataba muy bien. Y los dejaba desnudos en la sombra, hasta que entraba el pretendiente, y todo el personal femenino de la casa caracoleaba a su alrededor alumbrando las arañas y las velas del piano.
Retocado a la carbonilla, el retrato del abuelo se imponía trágicamente, con las ropas negras con que lo enterraron, sobre el delicado instante que se iniciaba.
Visitar a la novia, cuando yo fui joven, era como entrar en un estuche. Nos recortaban las uñas y los gestos. Nada menos humano que ese joven juzgado, comentado, mirado, inspeccionado desde los cuatro ángulos de la sala. Era el pretendiente a marido en cuerpo presente. No se pertenecía. Disponían de su persona y de su actitud. Si un consejo podía pedir su complejo de inferioridad, era el de levantar los ojos al retrato amplificado al carbón que presidía el cónclave y a quien todos buscaban el parecido y la filiación en sus descendientes. Era de rigor que la niña se pareciera a uno de sus progenitores. Y era necesario que el novio se conmoviera ante este cadáver que presidía su felicidad. No podría sacarse el muerto de en medio sino el día aquel en que se casara y se llevara la prometida mujer a una casa virgen de recuerdos y desmemoriada.
Hoy día los novios hablan desenvueltamente de sus programas. Es decir, de las oportunidades que la época, más liberal, les ofrece para construir, mano sobre mano, la arquitectura espiritual de su hogar. Salen los jóvenes con las niñas de paseo. Ya no hay tías solteras, ni mucamas que las acompañen. Van al cinematógrafo. Vuelven a casa después del copetín. Se embarcan en yacht con varios amigos y amigas. Se bañan y pasan el día, al sol, junto a la piscina del club, que ofrece, a la tarde, un baile en que no se ven personas mayores. Los novios van solos a los conciertos. Se pasean por los parques y por las calles, sin empacho ni temor. No hay mal en todo esto.  Pero antes –cuando los muchachos no usaban gomina– no era así. Ese señor de las ampliaciones fotográficas a la carbonilla, que presidía las visitas de los novios, tenía ideas cejijuntas sobre “lo que era conveniente” y “lo que no era conveniente”. El novio era colocado en una silla que no podía separar de la pared, y en plena luz. Ni escamoteos, ni prestidigitación. La niña, a pocos pasos suyos. Una hermanita en el piano, mirando con un ojo la partitura y tocando sin cesar los valses analfabetos de Strabon, y, de cuando en cuando, la novia, después de hacerse rogar, tocaba, a su turno, el “Ave María” de Gounod o “La prière d’une vierge”. La mamá estaba sentada en el sofá, tejiendo, cosiendo, sin coser ni tejer, y mirando disimuladamente el juego de pies de los novios, como en las pedanas del box se observa el cambio de guardia de los peleadores. La hermana menor salía y entraba de la habitación, y la hermana mayor, la Cenicienta, la fea, la que no había de casarse, suspiraba fuerte o sollozaba en la antesala. No habiendo madre a mano, había siempre una tía soltera que se había quedado para vestir santos, y que, cuando observaba que los novios bajaban la voz, irrumpía diciendo:
–¡Niños!... ¡Niños!... Hablar más alto, que no oigo…
Así era la inquisición en 1900.  Yo sufría y protestaba contra la intolerancia de la sociedad, en el nombre sacrosanto de la especie. Y siempre hallé solidaridad en mi novia.  Era la única que me entendía, entre muebles y seres extraños y los retratos a la carbonilla. Una vez imaginé, de acuerdo con mi novia, desvanecerme, para que ella pudiera acercarse y tomarnos las manos, preguntándome contrita: “¿Qué le pasa, Lascano?”… La tía, mucho más entendida en desmayos, corrió en busca de un cuarto de litro de agua de azahar, y, entretanto, enfermo y enfermera nos decíamos palabras dulces, mirándonos en los ojos. Hicimos algo más grave. Mi novia escondía el frasco del agua de azahar, para que la tía demorase en hallarlo, hasta el día en que encontré la sala vacía, las fundas puestas, y entró el padre de mi novia con varios libros de medicina anotados, y me los leyó pausadamente, explicándome así la necesidad de que me alejara de la niña. Porque todos los síntomas de mis pérdidas de conocimiento coincidían con los síntomas de la histeria, y él consideraba que, dada mi mala salud y la enfermedad congénita que arrastraba, no volvería más a la casa, ni consentía en el desgraciado matrimonio de su hija con un epiléptico…

lunes, 14 de marzo de 2016

El penúltimo duelo de Carlos de Soussens



"El duelo es la civilización de la venganza", escribió Leopoldo Lugones, quien, para probar su hombría, tiraba esgrima en el Círculo Militar y, a veces, condescendía a algún raspón callejero, sin mayor efusión de sangre. Más comprometido resultó este “penúltimo duelo” de Carlos de Soussens, el bohemio ejemplar cuyos textos reunimos por primera vez en libro. A título de anticipo, en dos apretadas columnas que merecen el esfuerzo de lectura, un relato estupendo que nos devuelve las andanzas de nuestros más divertidos escritores.


martes, 1 de marzo de 2016

LOS LIBROS DE MARZO





Marcapasos
Carlos Costa
ISBN 978-987-554-207-5
SEGUNDA EDICIÓN


"La inminencia de la muerte revela hasta qué punto una vida es capaz de multiplicarse en misterios. Carlos Costa dispone la escena con pulso exacto: en el tiempo casi suspendido del campo, la espera casi suspendida de las agonías; en torno de esa espera, los intereses y las intrigas se tejen y destejen de manera incesante. Los lectores de Marcapasos van a seguir esta historia como si fueran sus proprios secretos y sus propias ambiciones lo que se está poniendo en juego."  
Martín Kohan 






 Labios del Fin del Mundo

Federico Aliende
ISBN 978-987-554-506-8

 "Atravesada por la literatura de Cortázar, Labios del Fin del Mundo narra una potente historia en un futuro distópico que evoca tanto como perturba. Con personajes y escenarios muy bien trazados, esta primera novela de Aliende nos deja con ganas de leer sus próximas."  
Fabián Matías Siccardi

martes, 11 de agosto de 2015

Carlos Costa: Al margen del cielo (novela)






Capítulo 1
 

 La cena era en un viejo hotel del centro. Supuse que no sería el comedor principal donde el tal Morales nos había reunido, porque estábamos en un entrepiso, apartados de los huéspedes y de la recepción. La mesa estaba dispuesta más o menos por el centro del salón. Los comensales, distribuidos por afinidad, orden de llegada o según el azar. Ninguno parecía tener dudas sobre el lugar de Morales: la cabecera. Lo veía gesticular, levantar la voz ordenando al mozo traer los platos, dirigir las presentaciones a que forzaba mi presencia; todo a la vez, como un estratega en medio de la batalla. Hubo algunas vacilaciones al momento de llenar los vasos con el tinto mediocre que nos sirvieron, pero finalmente tuvimos las copas listas para el primer brindis.
Morales dijo unas palabras. Habló sobre el honor de tenernos allí, sobre la amistad, sobre la lealtad entre amigos. Con honestidad debo decir que me pareció demasiado ceremonioso, casi solemne. Nadie lo interrumpió, ni hizo ningún comentario, la cena continuó por los carriles acostumbrados a cualquier comilona.
Los demás charlaban siguiendo un complejo código de fraternidad y humor que yo no podía llegar a entender. Me sumé como pude al comportamiento general, y no lo debo haber hecho tan mal porque me fueron integrando. De a poco me daba cuenta de quién era quién. Al mismo ritmo sentía crecer la intriga sobre el lazo que podía llegar a unirlos.
De izquierda a derecha yo tenía a un comisionista hambriento; a su lado el gerente del hotel, un viejo sordo con el mismo aspecto calamitoso del lugar que regenteaba; a continuación un muchacho calvo mortificado por la quimioterapia, seguido de un barbudo, que me presentaron como sobrino de un ex ministro del interior. Aprendí algunos nombres y ocupaciones presentes o pasadas. El rengo que estaba sentado junto a Ricardo y acaparaba continuamente su atención, era un ex agente de inteligencia. Ricardo era el único al que yo conocía y también el que me había invitado, supuestamente para sacarme de mi ostracismo social: “De casa al trabajo, del trabajo a casa, te vas a enfermar”. A la derecha del agente de inteligencia estaba el escribano García. Un nombre que, supe, no se me olvidaría, menos aún si lo recordaba con traje, chaleco y zapatos de charol, codo a codo con el propio Morales, de chomba a rayas y en zapatillas. Seguía un tipo viejo que tenía puesto un sombrero. Según entendí, el viejo le hacía de testaferro en algún negocio a Morales. Después había una mujer. Estuvo todo el tiempo en silencio, si excluyo alguna que otra palabra de circunstancia. Comía despacio. De los diez sentados a la mesa, era la única que había pedido gaseosa y esperaba con la copa vacía pacientemente a que el mozo se diera cuenta y se la llenara.
Como a la una de la madrugada ya nadie podía comer más. La combinación de matambre, ensaladas, lechón frío, papas fritas, torta de chocolate y helado tuvo un resultado contundente. Salvo el comisionista, al que todavía le quedaron ganas de repetir el postre, los demás pedimos el café.
Morales le quitó el sombrero al viejo. Era un sombrero de campo que le daba como un toque pintoresco y de paso disimulaba la calva marchita, llena de manchas. A su lado, la cabeza del muchacho de la quimioterapia, con los pequeños pelos luchando por sobrevivir, era la imagen de la esperanza. El sombrero quedó sobre la mesa con el hueco hacia arriba. Morales, serio, supervisó que Ricardo pusiera todos los papelitos. El viejo anticipó que si le tocaba a él cedería su lugar. Al escribano lo vi transpirar y el comisionista dejó para después las últimas cucharadas de torta.
A Morales le pareció correcto repasar las reglas. El agraciado por la suerte tenía derecho a pasar la noche con la dama. Dijo “la dama” de un modo que podía sonar respetuoso. Con el premio se incluía el costo de la habitación. El rengo hizo una broma sobre compartir la noche entre varios. Morales lo cortó. “¡Esto no es una orgía!” Me sorprendió el tono y no supe si hablaba en serio o era una broma más. Ricardo revolvía los papelitos. Volví a mirar a la mujer. Con unos kilos menos hubiera entrado en la categoría de linda. Me pregunté qué iba a hacer yo si resultaba ganador. De ninguna manera rechazar el premio, no me sentía capaz, pero tampoco me daba gusto ir a la cama con ella. No por su escasa belleza, sino por ese aire de gallina para sacrificio que tenía. Procuré sin embargo que el desagrado no se me notara en la cara. Morales me estaba mirando a los ojos, buscando en mí algún gesto que marcara entusiasmo o deseo. Esbocé una sonrisa. Me quitó inmediatamente la mirada de encima sin corresponder a mi gesto; supe que no había sido la reacción correcta. El viejo ya metía la mano en el sombrero. La suerte favoreció al chico de la quimio. El muchacho –Marcelo se llamaba– no hizo ningún gesto de sorpresa, ni de alegría, solo tomó el papelito en sus manos como si hubiera querido verificar que su nombre estaba allí. Seguimos con el café, la segunda ronda; la mujer también pidió otro. Repartimos los gastos, la cuenta fue bastante moderada. Cuando me fui, el muchacho y la mujer todavía estaban sentados a la mesa.

Soporté el viento frío de la avenida y me apuré para llegar al estacionamiento. La cena no había sido gran cosa. Ricardo se había equivocado cuando pensó que me iba a sentir bien. Lo que más deseaba en ese momento era volver a casa, tal vez Alejandra estuviera despierta. El hombre de la ventanilla estaba semidormido, tuve que golpearle el vidrio para que me atendiera. Pagué y caminé hasta el auto. Metí la mano en el bolsillo derecho, no encontré la llave. Tampoco estaba en el izquierdo, ni en ninguno de los otros. Inicié el camino de regreso. Las tres cuadras que recorrí, me parecieron interminables, un poco por el frío y otro por la ansiedad de ver si había dejado las llaves en alguna parte. Cuando subía las escaleras me crucé con el rengo Viñates, el ex agente de inteligencia, que venía en sentido contrario. Bajaba con dificultad enterrando el bastón en la alfombra gastada. Tuve que detenerme para dejarlo pasar. No sé por qué, pero me sentí obligado a dar una explicación por mi regreso. Viñates no puso en duda mis razones y me dejó ir, deseándome buena suerte con las llaves.

Solo quedaba Morales sentado a la mesa, en medio del salón vacío. Las llaves de mi auto estaban sobre el mantel. Me di cuenta de que me esperaba.
–¿Se sintió cómodo?
–Sí, sí, estuvo todo muy bien.
–No le pregunto por la cena, no es gran cosa, la mujer tampoco –me guiñó un ojo–. Lo bueno es la compañía. ¿Le gustó?
–Me sentí muy cómodo. Gracias por invitarme.
–Le dije a Ricardo: “Este muchacho se va a integrar bien”.
–Es un grupo muy bueno, la pasé bien.
–Entonces, ¿va a seguir viniendo?
–Si me invitan, sí –mentí.
–Lo esperamos el jueves que viene, véngase un rato antes y nos tomamos unos whiskies.
–Seguro, el jueves estoy acá.
–¿Usted a qué se dedica?
–Trabajo en la agencia, usted lo sabe.
–Ah sí, es inspector. Ricardo me había dicho. Usted nos va a venir bien.
–¿Tiene algún problema? Si es algo de lo mío lo puedo asesorar –dije y me arrepentí. Otra vez me había sentido obligado. Hubiera sido mejor ignorar el comentario.
–No, un amigo tiene un problemita, pero no se preocupe, ya se va arreglar.
–Cualquier cosa me dice.
–Lo vemos el jueves, acuérdese, venga a las nueve.

Me fui pensando en no volver. Y estuve totalmente seguro de no hacerlo, de olvidarme de estos personajes para siempre. Hasta el jueves. El jueves por la mañana mientras preparaba el informe de una inspección que habíamos hecho, recibí un mensaje de texto en mi celular. “Barragán, lo esperamos a las nueve.” No era una orden, pero omitía el “recuerde”. Yo no le había dado mi número a nadie, de modo que llamé a Ricardo.
–Che, ¿vos le diste mi celular a Morales?
–No, ni me lo pidió.
–¿De dónde lo sacó? Me está mandando un mensaje de texto.
–Qué sé yo. ¿Qué te dice?
–Me citó. Quiere hablar conmigo.
–¿Recién te incorporás al grupo y ya te invita a charlar con él? Sos un fenómeno.
Me sentí tocado, viniendo de Ricardo era un elogio.
–¿Pero este Morales quién es?
–Uh, si te cuento, da para hablar un día entero. Ahora no puedo, entro a una reunión, esta noche nos vemos.
Me sentía molesto, como siempre cuando no sé qué hacer. La invitación de Ricardo para incorporarme a ese “grupo macanudo”, me ponía ante un compromiso que no me gustaba. Ni siquiera lo tenía a él para asesorarme. Me faltaba indudablemente calle, cintura. Tenía que cambiar, tenía que afrontarlo, como haría Ricardo, como lo haría cualquier tipo normal.

Morales estaba con un hombre de traje que no era García, sentado en el recibidor del hotel. Tenían la botella de whisky en la mesita, le faltaba la mitad.
–Este es el amigo del que te hablé –dijo Morales y alzó la mano hacia mí, mientras miraba al otro:– El Contador Barragán.
El amigo de Morales murmuró algo así como “Julio del Canto” y me estrechó la mano. Hablamos de cualquier cosa menos del problema del señor Del Canto, tampoco me quedó claro cuál era su ocupación. A eso de la diez pasamos al comedor. Además de nosotros tres, había siete personas más, de las cuales solo conocía al viejo, a Marcelo, el muchacho de la quimio –que supe se alojaba en el hotel mientras recibía el tratamiento– y al comisionista; Ricardo mandó un mensaje diciendo que tenía un problema y que no podía llegar. La mujer era otra. Más linda a mi gusto, tal vez más joven. Morales se esforzó para que me sintiera bien. Casi llegué a olvidar la razón por la que estaba allí. No me sorprendió que en el sorteo saliera mi nombre, sí, que nadie se fuera después del café. Le dije a Morales que no podría quedarme toda la noche. “No hay problema, se queda el tiempo que necesite.” Hice una llamada por el celular, me alejé un poco de la mesa por discreción, pero supe que igual me estarían escuchando, mientras le decía a mi mujer que me quedaba un rato para bajar el nivel etílico por los controles de alcoholemia. Después me acerqué a la mesa y la muchacha se paró, me tomó la mano y fuimos hacia la escalera.
Nos dieron una habitación en el segundo piso. Una de las que habían sido reformadas hacía poco, todavía tenía olor a pintura fresca.
Laura. Podía haberme dicho cualquier otro nombre, pero me dijo “llamame Laura” y también “decime lo que te gusta”.
Una noche de gloria. Todo fue como a mí me gusta, o me gustaba, no podría decirlo ahora. Laura encendió en mí el deseo, lo reavivó todas las veces que pudo, estaba a mi servicio, para darme placer. Fue como volver a encontrarme con algo que ni recordaba haber perdido. Salí como a las cuatro, después de darme una ducha para sacarme su perfume de la piel.

No hablé con Ricardo en toda la semana. Contribuyó a esto que tuvimos un operativo en la zona de La Plata de lunes a miércoles; terminé agotado. El jueves recibí el nuevo mensaje. No voy a engañarme, lo estaba esperando. Era más breve. “Lo espero a las nueve.” No lo llamé a Ricardo y estuve a las nueve. Morales estaba solo. Me sirvió una medida generosa y se recostó en el sillón.
–¿Qué le pareció mi amigo?
–Una persona agradable.
–Más que eso, es un tipo excelente. Anda con un problema y creo que usted lo puede ayudar.
–Desde ya que lo puedo asesorar, cuente conmigo.
–No es lo que necesita. Ya tiene quién lo asesore.
–No sé entonces.
–Necesita un amigo que le haga un favor. Un favor muy grande. –Se me quedó mirando, como si dudara de seguir–. Que le arreglen un problema, un problema que le crearon otros amigos… amigos suyos –aclaró al fin.
–¿Amigos míos?
–Colegas suyos.
Morales acababa de mostrar la hilacha. Todos sus gestos, su amabilidad, la noche con Laura, todo, apuntaba a una sola cosa: usarme. Lo tenía que poner en su lugar, mostrarle el límite.
–Mire, yo no tengo un cargo que me permita ayudarlo, el mío es un puesto intermedio, si tiene un problema así, tiene que ir más arriba. Hay planes especiales de regulación para empresas en problemas.
–No, lo que necesitamos es alguien que trabaje desde adentro. Arriba no podemos hablar con nadie, no conviene.
–¿Y qué puedo hacer yo? No tengo ningún poder de decisión.
–Me estaban traspirando las manos. Odiaba escucharme dando disculpas. No, era no.
–Hay algunos papeles que deberían perderse. Ustedes tienen un bonito quilombo allí, no creo que sea tan difícil.
–No es difícil, es directamente imposible.
–No hay nada que sea imposible cuando se quiere ayudar a un amigo. Y usted quiere, ¿no?
–Lo puedo ayudar dentro de lo legal, de lo administrativo, pero no me puedo llevar un expediente. Eso no me lo puede pedir.
–Eso ya se ha hecho. Se puede. Con Viñates hemos hecho cosas como estas y más complicadas también.
Lo decía seguro, mientras tomaba su whisky sin hielo. No me estaba amenazando, no podría decir eso, no me estaba ofreciendo nada, solo me reprochaba mi falta de disposición para ayudar a un amigo. Pero no podía levantarme y salir, ni reiterarle que yo no hacía esas cosas, por lo menos no las que me estaba pidiendo. Permanecí callado, con el vaso sin tocar, mirando un rincón del salón. Morales no dijo nada más. Estuvimos diez minutos en silencio, hasta que vino el mozo para invitarnos a pasar al comedor.
Éramos apenas cinco: Viñates, el viejo, el muchacho de la quimio y nosotros dos. La mujer era la misma de la última vez: Laura. El muchacho de la quimio se fue antes del sorteo. El viejo aclaró que no había puesto su nombre porque estaba medicado. Era una posibilidad sobre tres. Una sobre tres. La suerte lo favoreció a Viñates que se fue con Laura, mientras el viejo se escurría hacia los fondos para hablar con los mozos. Morales rompió el silencio.
–¿Qué decidió?
Me miraba a los ojos, tenía las dos manos apoyadas sobre la mesa. Me sentí obligado a no dejarlo sin esperanzas. No supe cómo decir no. Eso hubiera sido lo mejor.
–Tendría que ver el caso –dije, tratando de ser lo más ambiguo posible, sin darme cuenta de que ya estaba aceptando algo. Me estaba comportando como un idiota.
–El lunes lo espero a las tres en mi oficina. –Me extendió su tarjeta–. No esperaba menos de usted –hizo una pausa como si buscara algo con la vista y siguió–: Le tengo un regalito.
Sacó un sobre marrón de algún lado, me parece que lo había dejado el viejo en su silla antes de levantarse, y me lo entregó. Dudé en abrirlo allí mismo, pero la intriga pudo más. Había cuatro fotos; buenas tomas, muy explícitas y bastante nítidas para haber sido tomadas con luz ambiente. Era una pareja cogiendo. Laura y un tipo, un tipo cualquiera, que podría haber sido yo. Pero no era, ni siquiera se me parecía.